Por David kirkpatrick
Por una semana, el mundo se volvió loco por Facebook cuando la oferta pública inicial de las acciones de la compañía se convirtió en un circo de fervor, codicia y —finalmente— alarma. Cuando las acciones empezaron a venderse la mañana del viernes, abrieron a US$42 por acción, US$4 por encima del precio de oferta de US$38, aunque el lunes ya habían caído hasta los U$S 34,77. Para quienes esperaban que Facebook ofreciese un faro durante tiempos económicos oscuros, hubo decepción. Las acciones de la red social terminaron casi donde había empezado: a US$38.23 por acción, y hubieran caído más si los aseguradores no se hubieran amontonado para apoyar el precio. No obstante, incluso este debut decepcionante le dejó a Facebook un valor asombroso de US$104 mil millones.
¿Qué convirtió a esta oferta pública inicial en semejante parangón cultural? ¿Fue la juventud de su director ejecutivo de 28 años, Mark Zuckerberg? ¿O el hecho de que la mitad de todos los estadounidenses y 900 millones de personas alrededor del mundo pasan una porción considerable de sus vidas allí? ¿O fue el choque generacional sobre cuán rápidamente la tecnología está cambiando como vivimos?
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