Lo que las cacerolas no podrán evitar jamás
Por Matías Garfunkel. ¿Por qué el Grupo Clarín, Perfil y La Nación se dedican sin descanso a ser cada vez más opositores? El cacerolazo del pasado jueves es un claro ejemplo. Sobran tiempo y voluntad para logar equidad. Los caceroleros y los ruralistas lo saben. Por eso se empeñan en visibilizarse con golpes que suenan a manotazos de ahogado.
Por:
Matías Garfunkel
Los datos de la realidad son incontrastables. No hay medio periodístico, hegemónico, contrahegemónico, dependiente o independiente, que pueda cambiar los hechos. Ni una cacerola ni los cientos de caceroleros que las atañen. No hay margen aunque hagan ruido, golpeen a los periodistas, se dejen influir por los relatos catastróficos editados por La Nación y Clarín, emitidos por la pantalla de TN, o por las frases acalambradas que transmite Radio 10. Y aunque por estos días, el aire suene intermitentemente a lata, el presente es cartesiano por claro y distinto.
Los cacerolazos, hijos del neoliberalismo y padres de expresiones como asambleas barriales, movimientos de desocupados, fábricas recuperadas, ferias del trueque, tuvieron su momento más álgido en 2001. Las poco más de 36 millones de personas que habitaban suelo argentino, atravesados por la desesperación, marcaban un nuevo récord: la tasa de desocupación más alta de la historia del país. Así, el 21,5% de la población activa estaba sin trabajo. En términos humanos, había casi 5 millones en la calle y casi 2 millones de subocupados, o empleados en negro o no registrados o precarizados y casi el 30% de los ocupados no tenía los aportes obligatorios. En definitiva, desde el segundo mandato de Carlos Menem y durante los años de gobierno de Fernando de la Rúa, en la Argentina se multiplicó el número de excluidos sociales. Son demasiado pocos los años que pasaron.
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