Por:
Ernesto Tenembaum
Golpista, le dijeron. Extorsionador. Títere de Magnetto. Da náuseas. Provoca diabetes. Cómplice de la Triple A. Aliado de Biolcati. Destituyente. Dictadora, soberbia, le dijo él a la Presidenta. Y al kirchnerismo: gorilas, mitómanos que inventan una historia y después se la creen. Al vicepresidente, que vuelva al sarcófago, chorro. Y a los dirigentes que lo criticaban: “Hacen fila para ver quién es más alcahuete”. La barra del líder gremial coreaba: “Cristina, hija de puta, la puta que te parió”. Mientras tanto, ministros y periodistas K denunciaban que el gobernador bonaerense era parte de un pacto golpista –cuyo objetivo último era trabar la ley de medios (¿?)– apenas por una foto en un partido de futbol.
Hasta hace muy poquito, el kirchnerismo era un movimiento bastante homogéneo que tenía tres puntos de apoyo claros. El principal era el liderazgo de Néstor y Cristina Kirchner. Otro, la conducción sindical de Hugo Moyano. Y el tercero, la llegada de Daniel Scioli como candidato a sectores que, quizás, al kirchnerismo le eran más resistentes. Scioli fue el único dirigente al que lo aceptaron primero como vice y luego lo impulsaron dos veces, nada menos que en la provincia de Buenos Aires. Y antes de eso le pidieron que sea candidato testimonial. Y siempre dijo que sí.
Esa estructura está ahora patas para arriba, y dos de sus tres integrantes parecen haberse transformado en los Locos Adams. De haberse declarado un amor profundo durante ochos años ininterrumpidos ahora se descubren mutuamente las peores miserias: que tal cazaba zurdos en los setenta, que cual se escondía durante la dictadura para hacerse millonario con la 1050. No parece la manera más edificante de conducir un país, pero la verdad es que no hay otra así que sólo queda mirar los fuegos artificiales con curiosidad casi de biólogos: especies extrañas que luchan por la supervivencia.
Además, es curiosa la manera en que tanto fanático toma partido. Están los kirchneristas que ayer amaban a Moyano porque les daba un no sé qué, cierto sabor peronista del que carecían, y ahora lo odian, algunos hasta lo llaman gorila. Y están los antikirchneristas que echaban baba por la boca de sólo escuchar su nombre, y ahora se dejan seducir por sus exabruptos porque todo vale con tal de debilitar al Gobierno.
Entre unos y otros, el manicomio argentino está desbordado.
Con tanto espectáculo –por supuesto que las razones son muy serias, faltaba más–, hay dos rasgos del proyecto nacional y popular que no dejan de sorprender: uno es la rapidez, el vértigo casi caprichoso con que su jefa pasa del amor más absoluto al odio más irreconciliable; el otro es la manera en que muchos olvidan y recuperan la memoria sobre lo ocurrido en la década del setenta, según convenga: cómo la revolean, la usan para un barrido o para un fregado, la ocultan, la muestran, la distorsionan.
Respecto del vértigo, de la ciclotimia afectiva, pueden dar testimonio reciente Sergio Schocklender, la familia Eskenazi, Claudio Cirigliano, Hugo Moyano. Los archivos con demostraciones de amor casi contemporáneas a la excomunión son realmente curiosos. Como si no nos diéramos cuenta de nada –y eso que en todos los casos había advertencias públicas y privadas– hasta que en un momento determinado, por razones que nadie conoce, se hace la luz y que los parta un rayo. El amigo, el protegido, el mimado, cae en desgracia por razones inexplicables. Y a cantarle a Gardel.
Es curioso lo que genera esto en los que quedan aún dentro del redil. Todos –y primero que nadie uno que se sentía Jauretche hasta que le pusieron un bonete– empiezan a despotricar contra el ex aliado, respecto del cual antes no decían una palabra. Es como si tuvieran miedo de terminar también señalados por el dedo acusador, partidos al medio por una mirada letal, y sobreactuaran la necesidad de no contagiarse.
El que cayó en desgracia podrá haber sido amigo, hermano de toda la vida, pero si la Jefa lo fulminó es lo importante y hay que sumar voces al escarmiento para que no queden dudas de qué lado estamos.
El segundo rasgo es más estremecedor: el revoleo de la memoria histórica. En los últimos días algunos notorios simpatizantes del movimiento nacional y popular se acordaron que Moyano era parte de las patotas sindicales que “perseguían zurdos” en Mar del Plata, hace casi cuatro décadas. A la distancia, es lógico que para muchas personas no resulte del todo claro si había buenos y malos en aquellas disputas entre los grupos proguerrilleros y los que atacaban desde el sindicalismo. Pero es curioso que quienes tienen una opinión terminante sobre el tema lo hayan ocultado –y hasta justificado– cuando Moyano era aliado y ahora que es enemigo lo transformen en un dato central de su biografía.
Es como si la memoria histórica, realmente, no importara, sino su utilización para resolver pleitos menores del presente. De situaciones similares fueron objeto el fiscal de los juicios contra las cúpulas militares Julio César Strassera, la periodista Magdalena Ruiz Guiñazú –víctima de un juicio público, uno de los momentos más miserables de estos años–, la jueza que intervino en el caso de las reservas del Banco Central, María José Sarmiento; Beatriz Sarlo –a quien luego de una participación fulgurante en un programa de televisión el entonces jefe de Gabinete la acusó de lopezrreguista, con un claro aporte de los servicios–, y las figuras más visibles del grupo Clarín.
Es muy raro ese mecanismo.
Rarísimo.
Bastante repugnante, bah.
Hay otro elemento que reveló este conflicto, que son algunos frutos del modelo. Durante su discurso del martes, la Presidenta contó que el 32% de la fuerza de trabajo está empleada en negro y el 7% desocupada. Es decir, que casi cuatro de cada 10 trabajadores vive una situación laboral muy precaria luego de los nueve años en los que más se creció en la historia del país, según nos dicen una y otra vez. Eso, en un marco de inflación y de problemas serios en la economía, expresa que los conflictos recién empiezan, y trascienden a las figuras con roles protagónicos.
En cualquier caso, el kirchnerismo, o cristinismo, o como se lo quiera llamar, va tomando una forma distinta contra Hugo Moyano y sin Daniel Scioli. La virulencia de las imágenes de esta semana prefiguran una transición larga y, quizá, traumática. Al menos por ahora, CFK sigue teniendo el as de espadas. Moyano le hizo una muesca, pataleó, hizo ruido, pero basta ver los gremios que asistieron a la Plaza para percibir su debilidad relativa. Además, ella no se expone tanto como lo hizo durante la pelea por la 125, y deja que el rostro más amenazante sea el de su adversario: juega mejor sus cartas que entonces.
Si la vida entera fuera una foto, el cristinismo puede estar tranquilo.
Pero falta mucho por verse.
Una eternidad.
Además, estamos rodeados de enemigos acechantes, peligrosos –algunos de ellos hasta compran dólares–, golpes de Estado en ciernes, complots en cada sótano de la ciudad. Sólo es cuestión de descubrirlos, atacar a sus partícipes y decirles de todo.
Cuando todos los enemigos se acaben, vamos a andar como corresponde.
Pero será una lucha eterna. Décadas nos tomará limpiar este país de conspiradores.
Mientras tanto, qué bien que la estamos pasando con Homero, Morticia, el Tío Lucas y Dedos: una familia muy normal.
































