Espectáculos
05.08.2010
Genocidas
Por:
INFOnews
Uno de los aspectos más fastidiosos del debate político actual es la recurrencia a la utilización de dos acusaciones tan repetidas que se han transformado en un pegajoso lugar común. La primera: cómplice de la dictadura. La segunda: decís tal cosa porque te paga fulano. Últimamente, abundan los personajes menores, muchas veces advenedizos que, en cualquier momento, de una discusión son capaces de tirar, sin más ni más, contra cualquiera, la frase matadora. Es que fulano es amigo de mengano que es pariente de zutano cuyo padre en 1977 escribió una nota donde no criticaba las violaciones a los derechos humanos. O: ¿y que querés que diga si trabaja para tal o cual? Eso le puede pasar a cualquiera: a Alfredo Leuco, Héctor Timerman, Julio César Strassera, Néstor Kirchner, la Tía Nelly, Ignacio Copani, Luis Juez, Sergio Szpolski, Luis D’Elía, la jueza Sarmiento, Beatriz Sarlo, Horacio Verbitsky, Marcos Aguinis, Víctor Hugo Morales, Magdalena Ruiz Guiñazú, Florencia Peña, Hermenegildo Sábat o el que sea. Personas que no robaron, que no torturaron, que no cometieron ningún crimen ni apañaron a ningún criminal, muchas de las cuales fueron dignísimas, son acusadas por cualquier personaje, a veces personaje menor, de cualquier cosa.
No importa lo que cada uno de ellos haya hecho en su vida, ni su honestidad, ni su trayectoria. Y mucho menos si lo que se le intenta rebatir es cierto o falso. Lo que importa es que piensa distinto a uno.
Entonces, inmediatamente, alguien encontrará el atajo y largará el latiguillo.
Fue cómplice de la dictadura.
Habla porque le pagan.
O las dos cosas.
No sé cuándo empezó este disparate pero, en relación al primer argumento, tengo muy presente la primera y la última vez que me llamó la atención por su desmesura. La primera fue el 7 de junio del 2003. Eran los mejores momentos del kirchnerismo. El entonces presidente encabezaba una ofensiva para derrocar a la Corte Suprema menemista y construir la Corte más independiente y respetable que hayamos tenido. Julio César Strassera, el fiscal del juicio a los ex comandantes, objetó ciertos aspectos del procedimiento de juicio político. Cuando le preguntaron por esa opinión, Néstor Kirchner lanzó la acusación:
–¿Qué quieren? Si fue fiscal de la dictadura...
Kirchner acusaba ¡a Strassera!
El último exabrupto, en ese sentido, se produjo el fin de semana que pasó. La cantante Patricia Sosa participó del acto de inauguración de la feria que organiza la Sociedad Rural todos los años. Inmediatamente, se le inundó su casilla de e-mail y su sitio de Facebook con mensajes amenazadores, donde la acusaban de “cantar para los genocidas”. Sosa contó en diálogo con Fernando Bravo: “La gente es muy intolerante, te tienen que poner de un bando o en otro. Pero para mí es un trabajo; no sabía que iba a hablar el presidente de la Rural y no sé qué dijo. No canto para genocidas; repudio a los genocidas. Estamos hablando de una Sociedad Rural de hace treinta años y de otra que pasó por todos los gobiernos democráticos. Si tiene problemas con el Gobierno yo no tengo nada que ver; sólo fui a cantar el Himno Nacional Argentino”.
A ver si entendemos: como Patricia Sosa cantó en el acto de apertura de la Sociedad Rural, y en 1976 la Sociedad Rural fue cómplice de la dictadura, eso la convierte a ella inmediatamente en cómplice de la dictadura. La acusación es un disparate propia de miserables, cazadores de brujas, gente que en su vida íntima no debe tener coraje para plantarse frente a nadie. Sé que algunas personas leen esta nota y piensan: si fue a cantar ahí, que se joda, que se la banque.
Yo creo –y cada vez más lo creo– que es cosa de cruzados, de dogmáticos e inquisidores. Pero tiene su efecto. Créanme: tiene su efecto, porque nadie quiere ser acusado de semejante horror y entonces estas estupideces generan miedo en gente que debería expresarse con libertad y elegir trabajar donde mejor le quepan las ganas. Y vivir tranquila, que es algo importante –creo– en un país.
Vamos a explicarlo de otro modo. Me pareció muy desagradable el discurso de Biolcati. Desde el principio hasta el final sentí que es un hombre intolerante, de una petulancia desmedida y una avaricia que mejor cuidate el bolsillo. Biolcati honró al simbolismo del lugar desde donde habló. Uso el tono admonitorio de quien se siente propietario de la patria, sin tener la más mínima percepción de la mirada ajena sobre su proceder.
Hasta Elisa Carrió y Felipe Solá lo criticaron.
Se trata de una opinión. Tampoco retaría a nadie a duelo por ella. Otras personas pueden pensar distinto. Y dentro de unos años, vaya a saber qué piensa cada uno. Tanta agua ha pasado bajo el puente, tantas certidumbres se han derrumbado, que mejor ser prudentes respecto de la fiereza con la que cada uno adhiere a sus propias opiniones.
Pero el tal Biolcati me cae realmente horrible, con o sin discurso.
Ahora: no hay ninguna evidencia de que sea un genocida. Tampoco la hay acerca de su actitud durante la dictadura militar. Y mucho menos del resto de la gente que lo rodeaba el sábado pasado.
Pero como emitió un brulote contra el Gobierno, eso lo transforma en genocida (?) y también a todo el que pase cerca de él.
Mancha venenosa.
Es tan tonto el mecanismo, que sorprende por lo repetido, y por lo extendido.
La acusación de cómplice de la dictadura –o de corrupto– a cualquiera que no piense como uno es un límite muy fuerte al debate democrático de ideas. Entre gente honrada, a una información determinada se la admite o se la desmiente, y a una opinión se la acepta o se la rebate con otra. La apelación al principio de autoridad es un recurso casi eclesiástico: las ideas valen según quién las pronuncia y no por su propio valor. Entonces, cuando alguien dice algo que no me gusta recurro a la desvalorización personal. Si no lo logro, por lo menos cambio el eje.
Es cómplice de la dictadura.
Está comprado.
En estos años tan agitados muchas personas nos hemos dicho de todo y, quien más, quien menos, hemos dicho alguna barbaridad.
¿No es hora de parar y respetar un poco más la memoria histórica?
No sé.
Digo yo.
Sin ánimo de molestar a nadie.
No sea cosa.
No importa lo que cada uno de ellos haya hecho en su vida, ni su honestidad, ni su trayectoria. Y mucho menos si lo que se le intenta rebatir es cierto o falso. Lo que importa es que piensa distinto a uno.
Entonces, inmediatamente, alguien encontrará el atajo y largará el latiguillo.
Fue cómplice de la dictadura.
Habla porque le pagan.
O las dos cosas.
No sé cuándo empezó este disparate pero, en relación al primer argumento, tengo muy presente la primera y la última vez que me llamó la atención por su desmesura. La primera fue el 7 de junio del 2003. Eran los mejores momentos del kirchnerismo. El entonces presidente encabezaba una ofensiva para derrocar a la Corte Suprema menemista y construir la Corte más independiente y respetable que hayamos tenido. Julio César Strassera, el fiscal del juicio a los ex comandantes, objetó ciertos aspectos del procedimiento de juicio político. Cuando le preguntaron por esa opinión, Néstor Kirchner lanzó la acusación:
–¿Qué quieren? Si fue fiscal de la dictadura...
Kirchner acusaba ¡a Strassera!
El último exabrupto, en ese sentido, se produjo el fin de semana que pasó. La cantante Patricia Sosa participó del acto de inauguración de la feria que organiza la Sociedad Rural todos los años. Inmediatamente, se le inundó su casilla de e-mail y su sitio de Facebook con mensajes amenazadores, donde la acusaban de “cantar para los genocidas”. Sosa contó en diálogo con Fernando Bravo: “La gente es muy intolerante, te tienen que poner de un bando o en otro. Pero para mí es un trabajo; no sabía que iba a hablar el presidente de la Rural y no sé qué dijo. No canto para genocidas; repudio a los genocidas. Estamos hablando de una Sociedad Rural de hace treinta años y de otra que pasó por todos los gobiernos democráticos. Si tiene problemas con el Gobierno yo no tengo nada que ver; sólo fui a cantar el Himno Nacional Argentino”.
A ver si entendemos: como Patricia Sosa cantó en el acto de apertura de la Sociedad Rural, y en 1976 la Sociedad Rural fue cómplice de la dictadura, eso la convierte a ella inmediatamente en cómplice de la dictadura. La acusación es un disparate propia de miserables, cazadores de brujas, gente que en su vida íntima no debe tener coraje para plantarse frente a nadie. Sé que algunas personas leen esta nota y piensan: si fue a cantar ahí, que se joda, que se la banque.
Yo creo –y cada vez más lo creo– que es cosa de cruzados, de dogmáticos e inquisidores. Pero tiene su efecto. Créanme: tiene su efecto, porque nadie quiere ser acusado de semejante horror y entonces estas estupideces generan miedo en gente que debería expresarse con libertad y elegir trabajar donde mejor le quepan las ganas. Y vivir tranquila, que es algo importante –creo– en un país.
Vamos a explicarlo de otro modo. Me pareció muy desagradable el discurso de Biolcati. Desde el principio hasta el final sentí que es un hombre intolerante, de una petulancia desmedida y una avaricia que mejor cuidate el bolsillo. Biolcati honró al simbolismo del lugar desde donde habló. Uso el tono admonitorio de quien se siente propietario de la patria, sin tener la más mínima percepción de la mirada ajena sobre su proceder.
Hasta Elisa Carrió y Felipe Solá lo criticaron.
Se trata de una opinión. Tampoco retaría a nadie a duelo por ella. Otras personas pueden pensar distinto. Y dentro de unos años, vaya a saber qué piensa cada uno. Tanta agua ha pasado bajo el puente, tantas certidumbres se han derrumbado, que mejor ser prudentes respecto de la fiereza con la que cada uno adhiere a sus propias opiniones.
Pero el tal Biolcati me cae realmente horrible, con o sin discurso.
Ahora: no hay ninguna evidencia de que sea un genocida. Tampoco la hay acerca de su actitud durante la dictadura militar. Y mucho menos del resto de la gente que lo rodeaba el sábado pasado.
Pero como emitió un brulote contra el Gobierno, eso lo transforma en genocida (?) y también a todo el que pase cerca de él.
Mancha venenosa.
Es tan tonto el mecanismo, que sorprende por lo repetido, y por lo extendido.
La acusación de cómplice de la dictadura –o de corrupto– a cualquiera que no piense como uno es un límite muy fuerte al debate democrático de ideas. Entre gente honrada, a una información determinada se la admite o se la desmiente, y a una opinión se la acepta o se la rebate con otra. La apelación al principio de autoridad es un recurso casi eclesiástico: las ideas valen según quién las pronuncia y no por su propio valor. Entonces, cuando alguien dice algo que no me gusta recurro a la desvalorización personal. Si no lo logro, por lo menos cambio el eje.
Es cómplice de la dictadura.
Está comprado.
En estos años tan agitados muchas personas nos hemos dicho de todo y, quien más, quien menos, hemos dicho alguna barbaridad.
¿No es hora de parar y respetar un poco más la memoria histórica?
No sé.
Digo yo.
Sin ánimo de molestar a nadie.
No sea cosa.







