Por Leandro Filozof
U n arquitecto uruguayo duerme en un banco dentro del Salón de los Pasos Perdidos, de la estación Windsor en la ciudad de Montreal. Lo único que lo acompaña son su valija, sus recuerdos y el peso de una historia; un joven arquitecto militante huye de su país y de la dictadura a Canadá. Mataron a su mejor amigo, él vio su cuerpo en la estación Artigas con un disparo en el pecho. Lo llevaron unos hombres, uno era el primo de su padre. La vida de un hombre que se confunde y se mezcla con la historia de una generación; una mujer entra a un café y se pone a escribir. Un hombre lee a su lado, ella le habla. La mujer en el café se llama Julie Vincent, es escritora y el hombre, el arquitecto Francisco Antolino.
“Viajo en tren desde hace diez años y cuando me bajo paso siempre por el Salón de los Pasos Perdidos donde hay vagabundos. Era el 2005, acababa de terminar una obra y quería escribir sobre la pérdida de la belleza en la ciudad, que la vivo como un sufrimiento”, cuenta Julie Vincent. “Me fui a un café y empecé a escribir una nueva obra sobre un arquitecto que se convierte en vagabundo. Había un señor a mi lado, leyendo. Soy un poco romántica. Pensé que, quizás, era otro escritor y se lo pregunté. Me respondió con un acento raro: ‘Soy arquitecto pero podría verme como un vagabundo’. Así conocí la historia de Francisco y así, como la piedra en el lago, empezaron las cosas.”
Como un cuento surgió otro –un cuento teatral–, que se llama El portero de la estación Windsor. Una obra que llegó a Buenos Aires con la ayuda de Blanca Herrera –directora de Casa de Letras, escuela de oralidad y escritura– y se presenta todos los sábados en el teatro El Portón de Sánchez. “Me enamoré del material apenas me llegó –explica Blanca–. Vi la obra como un cuento narrado a cuatro voces donde los personajes habitan y actúan dentro de otros. La idea fue fusionar el cuento teatral con lo que nos brinda la narración oral, esa cosa ancestral.” El lunes pasado fue el estreno y Francisco Antolino, a punto de cumplir 71 años, asistió a la función: “Fue muy emocionante. Había visto algunos ensayos pero tuvo un efecto emotivo, muy diferente. Mucho más intenso, posiblemente debido a la diferencia que pusieron los actores en la representación, sobre todo él”, dice señalando a Manuel Vicente, que está enfrente de él y es quien lo interpreta en la obra. “Huelga decirlo, pero me llena de una enorme emoción –confiesa Vicente–. Hay algo en la tarea del actor que es parecido a la del cirujano, tener cierta noción de distancia porque si no te perdés, y yo soy de perderme en los sentimientos.”
La obra, si bien está basada en la vida de Francisco, contiene otros testimonios e historias. Un trabajo de recopilación que realizó Julie, que incluyó viajes a Montevideo: “Otras personas me ayudaron a construir la historia y la obra –señala la directora–. Un arquitecto, ex esposo de una mujer que vive en Montreal. Lo visité en Montevideo, él sigue enseñando en la facultad. También pude hablar con una doctora que ayudó a morir a la madre de Francisco. La primera vez que la vi fue muy fuerte. La cité en un café en Montevideo y vino casi sin respiración. Puso en la mesa una foto de ella con Francisco y lloró, como si yo fuera parte de la familia. Incluso encontré una pareja que conoció a Francisco en la facultad. Ella era tupamara y estuvo siete años en la cárcel”.
Manuel Vicente, aunque quince años más joven que el arquitecto uruguayo, habla de una generación: “La vivencia de Francisco es la de tantos y por eso es universal, también singular y artística. Y para mí es reivindicar la pasión de nuestra generación. Soy un poco más joven pero la llegué a bordear. Cometimos muchos errores pero se extraña esa pasión, la convicción. Estas personas que las echaban de un país y cuando llegaban al nuevo armaban quilombo porque nada de lo humano les era ajeno”.
Y ese “quilombo” se ve reflejado en la vida de Francisco. Luego de exiliarse trabajó durante un tiempo como arquitecto. Pero comenzó a recibir visitas de un inspector, ex gendarme, de la empresa constructora. La inclinación política de Francisco lo llevó a un enfrentamiento, que derivó en presiones que terminaron haciéndolo renunciar a su trabajo y a una profesión que había elegido desde su temprana infancia. “Trabajé hasta hace unos años y después abandoné la arquitectura. Allá no podía seguir, me puse a traducir literatura”, cuenta Antolino.
Este hombre no sólo tuvo que irse de su país y renunciar, luego, a su profesión. “Él no tenía dinero para ir a un hotel, entonces a veces se quedaba en el Salón de los Pasos Perdidos –cuenta Julie–. Un lugar con bancos, techo alto, café, baños con duchas, donde podía sentirse bien.”
Treinta y cinco años después, Francisco aún vive en un departamento en Montreal. Cuenta que pensó en volver pero que “las condiciones se fueron deteriorando tanto, que un día mi padre me escribió para pedirme que no volviera. Fue la única vez que me escribió”. Después, con la democracia, fue dos veces de visita. Pero hoy su vida está en Canadá. “No sé si hoy volvería, la vida ya la viví en buena parte y ahora la vivo cada día. Es la primera vez que vengo a Buenos Aires y también voy a Montevideo. No sé cómo voy a reaccionar.” Sin embargo, el amor por su país se mantiene intacto. Julie recuerda y enfatiza una frase que escuchó de Francisco en una de sus tardes en el café: “Uruguay es una flor dentro de una piedra, que quiere crecer”.