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03.09.2010

El karma de los que viven a metros del río

Historias de gente inundada. Cómo sobrevivir cuatro horas bajo el agua en una casilla

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“Yo estoy acostumbrada. No me asusté, pero ellos sí porque son chiquitos”. Si a Johana Fernández se la escuchara sin verla, cualquiera diría que tiene cuarenta y pico de años. Por la parsimonia con la que habla mientras cuenta su calvario y por la exactitud de su alocución. Pero no, tiene apenas 18 y un hijo, Nazareno, de ocho meses. Cuando dice “ellos” se refiere a sus hermanos, siete en total: Ayelén (16), Brenda (14), Nair (13), Laureano (11), Leandro (9), Selena (6) y Nazarena (4). Ayer por la tarde, todos eran albergados en la Casa de Cultura, en pleno centro de Ensenada, tras ser rescatados de milagro gracias al trabajo arriesgado de efectivos de Prefectura durante la madrugada.

La familia, en pleno, esperaba ser rescatada a las 9 de la noche. Pero la brutalidad y rapidez con la que creció el río retrasó el rescate: era imposible llegar a la precaria casilla en la que viven, cerca de la segunda rotonda, camino a Boca Cerrada. Al menos lo era en camión o en gomón semi rígido. “Nos sacaron de a tres, en motos de agua”, dice Brenda, con la algarabía de estar contando una anécdota risueña. “A la una de la mañana”, completa Johana, la vocera de la familia a la que sólo le faltaba ayer –nada más ni nada menos– Aníbal Acosta y Karina Parlatti, los padres, que, como tantos otros, se quedaron a cuidar la casa.

Johana vive en una casilla diminuta con su hijo. Cuando el agua trepó hasta la mitad de la puerta, todos se amontonaron en la casa de los papás, también una precaria edificación que hay que reconstruir en gran parte con cada sudestada. Los siete hermanos de Johana y su bebé aguantaron sobre una cama cucheta más de cuatro horas. Mientras tanto, ella y sus padres soportaron el agua hasta el pecho. Finalmente se hicieron los traslados en moto de agua. Luego, un camión hasta la comisaría y, por último, un micro. Ayer, recostada sobre una cama de la Casa de Cultura, donde funciona uno de los centros de evacuados, Johana destilaba felicidad pese a la humedad que aún conservaban sus ropas. “Naza es la razón para seguir”, explicaba, mientras dormía en su pecho al pequeño bebé ajeno a los padecimientos.

TODO IGUAL. María se levantó a las 7.30 a cebarle unos mates a Juan, su marido, que pronto debía irse a trabajar. Juan de la Cruz es albañil. Y conoce el río como la palma de su mano. Porque nació y se crió allí, a metros del zanjón, en una de las zonas de Ensenada más afectadas. “Me dijo que iba a crecer mucho. Y tuvo razón”, rememoraba María ayer por la tarde en el Club Astilleros, uno de los tres centros de evacuados que funcionan en el distrito comandado por el intendente Mario Secco. Para media mañana el agua estaba a las puertas de su casa. La changa a Juan se le había aguado, así que “estábamos los tres”, cuenta María, quien a pesar de los 44 pirulos tiene a Abril, una nena de dos. “Llegó de regalito”, comenta al pasar mientras la nena se le prende a una teta.

Ese día María y Abril soportaron la penuria de convivir con el agua dentro de la casa hasta las 9 de la noche, momento en el cual fueron rescatados por los bomberos, que llegaron en un gomón levantando gente “como si fuera un colectivo”. Juan, como tantos otros padres de familia, se quedó a cuidar la casa y sus pertenencias. ¿Cuáles? Una casilla de cuatro por tres, una cama, una heladera, un televisor y media docena de pequeños muebles “hechos de madera de la calle y cartón prensado”. La casa es una prefabricada de años. Con varias sudestadas encima, “está que se vuela; y tiene una pared de nylon”. María sueña con que el municipio le dé “aunque sea una casilla nueva”. El miércoles a las ocho y media de la noche, ella sostenía bien alto a su pequeña Abril “para que no se humedeciera”. El agua le llegaba a la cintura. María y Abril se irán en las próximas horas a la casa de su hija mayor, en Barrio Aeropuerto, en La Plata. Así tendrán “un poco de contención” y podrán usar ropa seca. Juan quedará vigilando la casa, sacando la mugre que les dejó el río. “La última vez –dice María– me llevó una semana sacarle a la ropa el olor a pescado podrido”. Peces del ropero sacaron.

La heladera y el televisor (“sí, tenemos televisor”, repite como dando una explicación al lujo ante tanta carencia) es de lo poco costoso que tienen. Pero igual son presa de los ladrones que “no bien hay alerta de sudestada ya están tramando cómo y a quién robarán”. Es la propia gente del barrio la que roba a sus vecinos. No todos, claro está, como prefiere aclarar la mujer. Pero enseguida se despacha con la cruda realidad: “Mis propios sobrinos nos roban. Cuando voy a lavar la ropa atrás de la casilla tengo que cerrarla con candado, porque vienen y se llevan lo que sea, desde un encendedor hasta un celular, platos o ropa”. “Me gustaría que mi marido esté acá, con nosotros, pero no puede dejar todo solo. Él me dice: ‘soy hombre, me la banco, ustedes tienen que estar bien’. Pero sé que él también sufre”, dice María. Y sabedora del futuro, dispara a este cronista: “Mirá, Kevin, vení a hacerme una nota en la próxima sudestada y vas a ver que van a cambiar sólo dos cosas: la fecha y la altura del río, porque nosotros vamos a estar igual. Ahora, todos se movilizan, nos sacan las fotos cuando nos rescatan, nos filman; pero cuando el agua se va, con ella también se va  la gente”.

Norberta vive con Jorge y con Yazmín, de un año y seis meses. “El río crecía y nosotros lo mirábamos por televisión. Hasta que el agua empezó a meterse por debajo de la puerta de atrás. Ahí levantamos las cosas con ladrillos y la nena y yo esperamos el bote de bomberos. A las 9 nos sacaron de casa. Teníamos el agua por la cintura”, relata.

QUEDARSE EN CASA. “Qué me voy a asustar. Ya tengo demasiadas de estas como para preocuparme. Si zafé del tornado… con esta agüita no pasa nada”. Desafiante, Jorge repasa sin pausa ni prisa las últimas catástrofes que se aguantó dentro de su precaria casa de madera, emplazada a doscientos metros del río sobre unos delgados pilotes de madera. Una de esas casas antiguas que supieron ser residencias de alquiler en épocas en que la villa Rubén Sito era un sitio de fin de semana para quien pudiera pagar por una buena vista y un rato de vida en medio de la naturaleza.

Ex trabajador en las rotativas del diario Hoy, ex buzo táctico instruido en Estados Unidos, ex laburante de una fábrica de medialunas y actual mecánico, Jorge Raúl Maceroni, de 44 años, asegura que “ni loco” deja sola su casa. Aunque el agua le llegue al pecho, como sucedió el miércoles. “A las 9 de la noche caminamos con el vecino por acá (señala la calle de su casa) con el agua hasta el pecho. Juntamos cosas que se llevaba la corriente y ayudamos a sacar algunos nenes. El agua llegó a rosar el medidor de luz, pero no hubo que cortarla. Y aquí estamos. Sigan talando árboles nomás, sigan excavando donde no deben; así estamos. Y va a seguir lloviendo, y esto va a seguir así, como mínimo”. Se despacha así, de corrido, casi sin respirar. En la mirada se le nota la bronca. Y maldice, sin putear, a quienes “tienen las herramientas para cambiar esto pero no lo hacen; pasan cuando hay agua, miran un poco, hacen como que trabajan y se ocupan y cuando se va el agua, ellos también se van. No vuelven más hasta la próxima sudestada. Y nosotros acá estamos, resistiendo. Viviendo acá en La Tapera (el cartel indica que así se llama su casa), como se pueda”. “Felices”, remata, un poco irónico, un poco en serio.

Los hermanos Fuma también viven a la vera del río. A unos 400 metros, según sus cálculos. Nacieron y se criaron allí. Y aseguran que si tuviesen la posibilidad se mudarían a otro lugar más habitable. Sin embargo, cuando se los consulta por la vida diaria en el barrio, ni pronuncian la palabra inseguridad. “Esto tiene fama, pero jamás nos manotearon siquiera el picaporte de la puerta. Anoche nos quedamos porque de acá no nos mueven, pero básicamente porque es nuestra casa: se corre algo de lugar, se cae algo al agua… estando acá y lo tenemos controlado”, afirma Alejandro, el menor de los Fuma, de 33 años y empleado en el sector mantenimiento del Poder Judicial bonaerense.

Fabián, doce años mayor, abre bien los ojos, sorprendido, cuando cuenta cómo el agua entraba por debajo de la puerta al sector más alto de la casa. “Como si tiraran baldazos”, grafica.
A las 5 de la tarde, con la alerta taladrándoles los oídos, ambos levantaban el juego de sillones blancos del living. El roperito de adelante quedó donde estaba, pero tomaron la precaución de poner la ropa en el estante de arriba. El agua hinchó la madera del mueble. Quedó la marca, a unos 60 centímetros del suelo.

“Volví a las dos de la tarde, más o menos. Y el agua estaba allá, donde empieza aquella casa del vecino. En dos horas la teníamos en la puerta, y ahí empezamos a mover los muebles”, contaba ayer Alejandro, mientras en la cocina chillaban los bifes sobre la plancha y al tiempo que relojeaba por el rabillo del ojo los primeros minutos del partido de la selección de básquet argentina contra Serbia. La TV descansa sobre una tabla alta y la computadora, sobre la mesa que, a su vez, fue apoyada sobre dos sillas. “Cuando éramos chicos no entendíamos por qué mi viejo no quería irse de acá. Cuando pasan estas cosas te da bronca, pero por el momento no tenemos la posibilidad de mudarnos. Así que hay que bancársela”, dice Alejandro. Los Fuma, no obstante, desafían no sólo la bravura del río sino sus propias intenciones nómades y construyen, reforman parte de la casa. Tal vez la agranden, como para quedarse por siempre.







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