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23.09.2010

Los enemigos

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En las últimas dos semanas ocurrió un episodio muy característico de estos tiempos, que permite entender el desagradable momento que atraviesa el debate público en la Argentina. Jorge Lanata y Martín Caparrós se atrevieron a expresar su disconformidad con la manera en que el Gobierno revolea –para usar una expresión cauta– la memoria de lo ocurrido durante la dictadura militar y la arroja contra sus enemigos, adversarios o disidentes. Lanata lo hizo durante tres minutos en uno de las editoriales con los que comienza su programa en el cable. Martín lo hizo en una de sus poco habituales apariciones televisivas, en Palabras más, palabras menos. Se trata de una discusión apasionada y, por momentos, apasionante. ¿Cómo se recuerda una etapa trágica? ¿Cuánto se la recuerda? ¿Quién tiene derecho y quién no a recriminar a otros? ¿Cómo hay que reaccionar ante sus intentos de reescritura por parte de un gobierno? Los españoles resolvieron –o creyeron que lo hacían– el asunto con una frase hermosa y cuestionable, pronunciada por José Sacristán al final de Solos en la madrugada. “No nos vamos a pasar otros cuarenta años hablando sobre los cuarenta años.” Los judíos discutimos esos temas con profundidad desde el final del Holocausto. ¿Quién hizo qué? ¿Quién debe pagar por qué? ¿Cómo se debe transmitir a las nuevas generaciones? Lanata fue muy claro en su editorial, al citar a Simón Wiesenthal: “No podemos vivir como si el Holocausto no hubiera existido pero tampoco hablando todo el tiempo del Holocausto”.

Es una idea. Según quién la escuche, puede sonar correcta, incorrecta, polémica, valiente –de eso no hay duda: es una idea, en estos tiempos, muy valiente–, inapropiada, sorprendente o lo que fuere.

Así suele suceder con las ideas; sobre todo cuando son pronunciadas por personas con una trayectoria difícil de cuestionar en el tema que abordan. Molestan. Hacen pensar. Irritan. Movilizan.

Cada cual puede opinar lo que quiera de ellas, de las ideas de Lanata y Caparrós. Lo que es difícil de discutir es que su reacción sea un exabrupto. Muchas personas empezamos a pensar que la manera en que el Gobierno trata la memoria histórica puede resultar en un boomerang, en un gran favor para los represores. Desde aquel famoso acto en la ESMA donde se ninguneó a Alfonsín, hasta las acusaciones de complicidad con la dictadura contra personas que fueron muy valientes en aquellos años –Magdalena o Sábat, por ejemplo– pasando por frases tan felices como “secuestraron los goles como antes secuestraban a las personas”, reivindicaciones explícitas o implícitas de la guerrilla, la reescritura del prólogo de la Conadep o decisiones tan atinadas como el encargo para que resuelva un supuesto delito de lesa humanidad al mismo personaje que miente sobre las cifras de inflación y contrata patotas y barras bravas para romper a sillazos presentaciones de libros, es evidente que algo poco atinado está ocurriendo respecto de la memoria histórica. Se han inventado pasados de complicidad que no existieron para algunos disidentes con el Gobierno, e inventado pasados de heroísmo que tampoco existieron para funcionarios y aliados. En esa ensalada, tan de estos tiempos, puede ocurrir que haya gente que se harte y otra que empiece a pensar que nadie está tratando de recordar nada sino de montar una campaña propagandística –o una caza de brujas–. Lo vienen advirtiendo varias de las personas que participaron de la Conadep y del juicio a los ex comandantes, dos procesos que se hicieron en tiempos muy duros.

En cualquier caso, son apenas ideas, discusiones.

Lo curioso es que a las ideas de Lanata y Caparrós le siguió una campaña de desprestigio contra ellos. A los tres minutos de Lanata y los diez de Caparrós se les respondió con un repiqueteo de quince días seguidos en la repetidora oficialista, en el cual ambos eran emparentados con las peores figuras de la dictadura, una y otra vez, cada día, y calificados de canallas, traidores, ególatras, miserables, una y otra vez cada día, para que luego cientos de esas personas que creen que Kirchner es el Eternauta, repitieran insultos tras insultos en las así llamadas redes sociales.

Ya no se trataba de discutir una idea sino de destruir a dos personas por tener una idea, un método muy clásico de los totalitarismos de distintos signos ideológicos (que también los hubo de izquierda, dicho sea de paso), puesto en marcha en una democracia.

Lanata y Caparrós ya no eran personas, en todo caso, equivocadas. Se transformaron en miserables, repugnantes, traidores, vendidos, mercenarios. No importa ya las ideas en debate: hay que combatir a quienes las emiten. Y advertir, de paso, a cualquiera que planee imitarlos.

¡Las cosas que se han dicho delante de gente que no reacciona y sonríe conmovida!

Insisto: no se trata de un legítimo debate. En cuanto una personalidad que piensa distinto al Gobierno publica un libro, da un reportaje, difunde una idea, que al Gobierno no le gusta, se pone en marcha la maquinaria de repetición. Sólo pueden opinar distinto quienes son miserables, vendidos, alcahuetes o traidores. Y no es que aparece algo en un diario, una revista o un sitio de Internet. Eso, en todo caso, está dentro de las reglas del juego. No: son días y días en la televisión oficialista que se tergiversan los argumentos ajenos, se repiten los mismos insultos, las mismas barbaridades contra las personas que, simplemente, piensan distinto. No hay, en cambio, un solo periodista cercano al Gobierno o actor que manifiesta simpatías con el oficialismo que sea objeto de semejante nivel de insultos ni en la tele de aire ni en el cable. Por suerte: porque nadie se merece ingresar como blanco de este tipo de maquinarias tan despreciables.

Una y otra vez, uno y otro día, la repetición permanente de la calumnia y la descalificación por el solo hecho de –pequeño pecado– pensar distinto.

En este proceso, es curioso que la virulencia vaya dirigida especialmente a quienes no han sido cómplices de ninguna dictadura y que difícilmente puedan ser calificados como personas de derecha. Caparrós y Lanata, por decirlo de alguna manera, son más odiados que Mariano Grondona y Cecilia Pando. O, para explicarlo de otro modo, Pando y Grondona son apenas herramientas para desprestigiar a Caparrós y Lanata. Porque todo aquel que critica al Gobierno es igual de derechista, reaccionario y, por supuesto, cómplice de la dictadura, y mercenario, y gorila. Los liberales, los librepensadores, son más repudiados que la derecha.

Con distinto nivel de virulencia, en estos tiempos, personas muy distintas han sufrido ataques similares. Entre ellos, Hermenegildo Sábat, Magdalena Ruiz Guiñazú, Julio César Strassera, Jorge Fontevecchia, Nik, Luis Majul, Antonio Gasalla, Lorena Maciel, la Tía Nelly, Mario Pergolini, Fernando Bravo, Claudio Lozano, María Laura Santillán, Nelson Castro, Beatriz Sarlo, Pablo Sirvén, Alejandro Borenzstein, Pepe Eliaschev, Alfredo Leuco, Reynaldo Sietecase, Víctor De Gennaro, Miguel Bonasso, Santo Biasatti, Eduardo Buzzi, Diego Bonadeo.

Ninguna de esas personas es de derecha pero, aunque lo fueran, no merecen ese tratamiento.

El mecanismo es siempre igual. A una columna radial, gráfica o televisiva se la tergiversa, se ubica una de sus frases junto a otra similar de un personaje repugnante de la dictadura y se repite el mecanismo durante días y días.

Los fanáticos se convencen de que hay un nuevo malo sobre el que disparar y allí van.

Semejante aporte a la convivencia democrática es, realmente, invalorable.

Ahora: hay que poder hacer estas cosas, eh.

Eso es lo que más me llama la atención.

Dicen que lo hacen en nombre del progresismo.

Señalar con el dedo.

Hay que poder hacer esas cosas.

La condición humana es una fuente inagotable de sorpresas.






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