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11.11.2010

Distancias que no dejan de crecer

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“Nuestro sueño es un mundo libre de pobreza.” En letras de acero clavadas en la pared del hall de su cuartel general en Washington, el Banco Mundial exhibe orgulloso su lema, como cuando el júbilo de la posguerra le permitía promocionarse como el ente que ayudaría primero a la reconstrucción de Europa y luego a la transformación del planeta en uno más vivible. Apenas seis décadas después, el organismo es dirigido por un halcón ortodoxo como Bob Zoellick, quien esta semana propuso un trasnochado regreso al patrón oro para superar la “guerra de monedas” que ahora libran los Estados Unidos contra China y el resto del mundo en desarrollo.

Es el mismo Banco Mundial que impulsó y financió en la Argentina las privatizaciones de los servicios públicos, el desguace de la educación pública y la reducción de millones de personas a la dependencia de un plan social. Sus aspiraciones –si eran honestas en la época de Bretton Woods– quedaron tan desdibujadas como el rol de su primo el Fondo Monetario, pensado inicialmente para paliar desequilibrios financieros y convertido en poco más que un gendarme de la banca privada europea y estadounidense.

¿Puede reemplazarlos el G-20? ¿Pueden resolverse en ese foro las contradicciones entre las potencias tradicionales y las regiones que les disputarán la hegemonía mundial mientras vivan las dos o tres próximas generaciones? ¿Tiene algún sentido volver a soñar con “un mundo libre de pobreza” de la mano de un nuevo multilateralismo?

En su última edición, la revista conservadora inglesa The Economist otorga cierto crédito a sus aspiraciones. Dice que el G-20 puede ser el primer foro de parloteo (talking-shop) que valga la pena tener. Pero que eso sólo ocurrirá si se limita a perseguir metas discretas, marginales, que no lo conviertan en un cazador de utopías.

El mundo que tienen enfrente los líderes del G-20, sin embargo, requiere bastante más que maquillajes de corto plazo, al menos si ese foro pretende evitar que sus abismos estallen en forma violenta, tanto entre países como al interior de cada país.

Un reciente informe del gigante bancario Crédit Suisse es elocuente para ilustrar esos abismos. Revela que a pesar de la crisis financiera del 2008, la riqueza acumulada por la humanidad en activos financieros y físicos se disparó un 72% en los últimos diez años. Pero que esa masa de recursos, estimada en u$s195 billones, se reparte en forma tan desigual como muestra la pirámide que acompaña estas líneas.

Entre los 4.400 millones de adultos del mundo, según Crédit Suisse, hay apenas 1.000 que son “billonarios” (poseen más de u$s1.000 millones cada uno). Otros 80.000 atesoran más de u$s50 millones cada uno. En el otro extremo, un 68% de los adultos tiene activos por menos de 10.000 dólares. Incluyendo dinero, muebles, inmuebles y todo lo que puedan considerar vendible.

El informe es optimista respecto de la emergencia de una nueva clase media mundial: la de quienes poseen entre 10.000 y 100.000 dólares. Destaca que casi un 60% de ella vive en la región Asia-Pacífico. Y que la riqueza en esa parte del mundo aumenta diez veces más rápido que en el agregado total.

Pero diez veces cero es cero. Y la brecha es tal que los gradualismos parecen condenados al fracaso. El mundo que enfrenta el G-20 es desesperante, para esos dos tercios de sus habitantes casi desposeídos y para los demás, también. Difícilmente este foro de parloteo pueda fracasar durante seis décadas seguidas sin antes volar por los aires.






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