Espectáculos
12.11.2010
Cambio de época, cambio de palabras: ¡basta de intervencionismo!
Por:
INFOnews
Con el fallecimiento del ex presidente Néstor Kirchner quedó en evidencia la necesidad de profundizar el modelo vigente, modelo que beneficia por igual a la clase media, a obreros y trabajadores, al empresariado tanto rural como industrial. Tal profundización debe trascender el marco político y socioeconómico para avanzar fuertemente y a todo nivel en el plano cultural. Desde medidas trascendentales como la revolucionaria ley de medios de la democracia hasta medidas más sutiles (y mal consideradas fútiles) como podría ser la modificación en el uso de ciertas palabras. Todo amerita ser reacondicionado al cambio de época que experimenta la Nación desde el 2003.
A propósito e introduciéndonos ya en el objetivo de esta nota, ¿acaso dicho cambio no debería ser acompañado de un lenguaje a tono con la nueva Argentina que asoma? Para comprender la pregunta y, mejor aun, responderla, va un ejemplo concreto y emblemático en relación con el principal uso dado a la palabra intervencionismo, palabra que utilizada como se la utiliza y entendida como se la entiende afecta la lógica y estratégica alianza que debería existir entre las clases populares y un Estado protagónico e impulsor del desarrollo nacional.
De cómo un Estado “intervencionista” es y será siempre un Estado impopular. Si bien el vocablo intervencionismo cuenta con varias acepciones, básicamente todas coinciden en explicarlo como sigue: 1) la acción de un Estado de injerir en los asuntos de otro Estado; y 2) la tendencia de un Estado a tomar por su cuenta servicios y actividades dejados en otros casos a la actividad privada. Ahora, a parar la pelota y a razonar con cabeza propia. Se preguntó alguna vez el lector por qué un Estado activo, crecientemente participativo y rector en los diversos servicios y actividades del quehacer nacional es denominado de intervencionista. Tal vez nunca se lo haya preguntado. En el caso particular de quien escribe, lo viene haciendo desde el día en que por culpa de un agudo y etimológicamente desconocido cuadro de acidez estomacal debió ser sometido de urgencia a una endoscopia gástrica.
En pocas palabras, desde el día en que fui intervenido. Allí el puntapié inicial de mi toma de conciencia, sintetizada en estas tres preguntas que segundos antes de caer fulminado a la soporífera anestesia conseguí formularme: ¿quién habrá sido el desgraciado que eligió definir con semejante palabra a un Estado protagónico y rector de los resortes estratégicos de una nación?; ¿no se supone que tal accionar debería considerarse o sentirse uno buscado, agradable y positivo?; ¿será posible que el neoliberalismo cultural haya sido tan ingenioso como para haber elegido vocablos naturalmente antipáticos e impopulares para definir el avance de su peor enemigo (el Estado) sobre los hilos conductores del país?
Desconozco si el lector pasó por una situación médica de tipo diagnóstica o exploratoria como la mía, pero la verdad es que nada bueno provoca ni nada bueno puede esperarse de los usos que nuestra lengua reserva a la palabra intervención y sus vocablos relacionados. A continuación sírvase el lector de algunos ejemplos de usos y definiciones del verbo intervenir y de los sustantivos intervención e intervencionismo.
Yo te intervengo, tú te entrometes, él te opera, nosotros te fiscalizamos, vosotros me vigiláis y ellos te embargan. Según el Diccionario de Uso del Español María Moliner (2010), las seis principales acepciones del verbo intervenir son: “1) Participar o tomar parte. A veces implica oficiosidad y tiene el significado de ‘entrometerse’; 2) Participar o tomar parte. Otras veces, implica buena voluntad y significa ‘mediar’; 3) Operar a un enfermo; 4) Inspeccionar alguien que tiene autoridad para hacerlo las cuentas o la administración de una cosa (fiscalizar); 5) Impedir a alguien la autoridad competente la libre disposición de sus bienes (embargar); y 6) Vigilar o controlar la correspondencia o las comunicaciones telefónicas de alguien”.
Por su parte, el Diccionario de la Real Academia Española encuentra las siguientes acepciones: “1) Autoridad que tiende a dirigir, limitar o suspender el libre ejercicio de actividades o funciones; 2) Autoridad que espía, por mandato a autorización legal, una comunicación privada; 3) Examinar y censurar las cuentas con autoridad suficiente para ello; 4) Controlar o disponer de una cuenta bancaria por mandato o autorización legal; 5) Dicho de una persona que interpone su autoridad; y 6) Hacer una operación quirúrgica”. Ahora, las acepciones del sustantivo intervención: “1) Acción de intervenir uno o más Estados de manera activa, llegando incluso a la ocupación en los asuntos internos de otro; 2) [Derecho internacional] Participación de la autoridad en la dirección de los negocios de los particulares a causa de graves infracciones cometidas; 3) [Operación quirúrgica] Cargo del interventor y oficina del interventor” (María Moliner, obra citada).
Hasta acá los usos otorgados por el mundo hispanoparlante a los términos intervenir e intervención, vaya uno a saber desde cuándo. ¿Hace falta indagar la existencia de palabras igual o más desdichadas que éstas? Porque la lengua española es riquísima y vastísima, seguro las habrá peores. Pero que ambas son espantosamente infelices, no caben dudas. Prosigamos ahora el análisis apartándonos de la semiología abstracta para pasar a la vida real, que es lo importante. Imagínese el lector por un momento el siguiente cuadro: está usted muy tranquilo leyendo el diario dominical por la mañana, café humeante en mano, aroma a pan tostado y absoluto mutismo en el ecosistema hogareño. Afuera, el contexto ideal: pleno sol, aves piando, asadito alistándose y fútbol dominguero en camino.
Tales encantos permiten excluir momentáneamente de sus neuronas el nefasto embargo que días atrás le encajara su ex socio, o aquella inesperada carta documento de la AFIP intimándolo a pagar tal o cual impuesto, o la violenta “inspección” a su pyme de un estudio de abogados de apellido compuesto que jaquea la estabilidad económica de la empresa.
En fin, ejemplos de situaciones triviales o complejas, pero todas habituales. Embargo, fiscalización de una autoridad superior, intromisión o acecho, etcétera, todos calamitosos escenarios que tal como se vio anteriormente son definidas, sintetizadas y razonadas en una sola palabra: intervención. Volvamos al ejemplo terrenal porque la cosa recién comienza. Como la “Fuerza” con los Jedi en la célebre Guerra de las galaxias, la paz y la armonía lo acompañaban ese domingo pacífico y pequeñoburgués. Lo problemático y febril de la vida mundana había quedado fugazmente postergado. Pero de repente, al dar vuelta la página del diario dominical, sus ojos se posan en los titulares de la perdición: “La intervención al Indec” (Diario Perfil, 10/12/2007), o si prefiere este otro: “Gobierno y la Justicia ya intervienen las AFJP” (Ámbito, 29/10/2008).
Cual tsunami arrollador, el recuerdo del embargo, la violenta actitud fiscalizadora de la AFIP y la intromisión de su desconfiada pareja le nublan la vista y retuercen las tripas. Mientras el diario vuela por el aire, un alarido gutural brota de sus entrañas. Y como no tiene a mano ni al interventor de la AFIP ni al ex socio embargador, su pareja –que hasta hace poco también disfrutaba de la calma bachicha– deviene en la víctima de su embestida: “¡Mirá, lo mismo que vos hace este gobierno de mierda. Se mete en todo. Basta de intervencionismo!”. El domingo se pudre, el asado es historia y el fútbol no será televisado.
Intervencionismo, enemas y ano contra natura. Definamos ahora la palabra intervencionismo: “1) Opinión favorable a la intervención de un Estado en los asuntos de otro. Política de injerencia en los asuntos de otro Estado; 2) Tendencia del Estado a tomar por su cuenta servicios y actividades dejados en otros casos a la actividad privada; 3) [Medicina] Procedimiento diagnóstico-terapéutico realizado a través de incisiones mínimas mediante catéteres, agujas, etcétera, que son guiados y controlados por ecografía, radioscopia, tomografía o resonancia magnética” (María Moliner, obra citada).
Nuevamente, abordemos el análisis con un ejemplo cotidiano: ¿a quién no le practicaron alguna vez en su vida una intervención quirúrgica o diagnóstico-terapéutica? El lector podrá no sentirse aludido, pero con seguridad recordará algún pariente, amigo o colega que sí tuvo la gracia de vivir tan encantadora experiencia. ¿Y todo esto a cuento de qué? Imaginemos por un momento haber sido atormentados por alguna de las intervenciones referidas en la acepción número 3 (endoscopias, radiografías por contraste, ano contra natura, etcétera). Pues bien: ¿cómo cree que habríamos de reaccionar ante las siguientes noticias, por cierto y además, siempre acompañadas de trágicas consecuencias: “Tras el acuerdo con AFA, Cristina volvió a defender la intervención de la economía” (La Nación, 21/8/2009)?; o bien: “La Justicia argentina interviene Aerolíneas por orden de la Presidenta” (El País, 17/12/2008). ¿Cuál sería la primera y más humana sensación ante semejante accionar? El afortunado de la endoscopia responderá a la noticia con una mueca y expresión de desagrado: ¡Puaj! El pobrecillo acreedor de la radiografía de contraste revelará copiosas nauseas y vómitos. ¿Y el desdichado merecedor del edema o del ano contra natura? Mejor no saber.
¡Basta de intervencionismo! Dos días después de la resolución 125, el diario neoliberal La Nación escribía un editorial titulado “Mejorar el clima de negocios”. Transcribimos su primer párrafo: “La economía argentina ha venido creciendo en los últimos años, pero el clima de negocios continúa lejos de ser recreado y las señales que dan cuenta de un cada vez mayor intervencionismo estatal, como los recientes aumentos en las retenciones a exportaciones agrícolas, poco ayudarán a lograrlo” (13/3/2008). O el neoliberalismo tuvo la brillantez de definir a todo Estado crecientemente rector en materia económica, comercial, social, etcétera, con vocablos con los que también se definen y expresan situaciones de embargos, intromisiones, edemas o anos contra natura, o bien al mercado no le interesa (ni le conviene) definir con palabras más felices a un Estado dueño de los resortes básicos de un país.
Poco importa, pues, la progresividad que la medida intervencionista supone para la población. La antipática terminología predispone natural y espontáneamente mal al ciudadano. Aquello que debería ser considerado necesario y estratégico es visto como inusual, anómalo, impropio, confiscatorio, antidemocrático, invasivo y policial. La reacción corre entonces con la ventaja del lenguaje y su impalpable pero implacable efecto subliminal: el avance de su peor enemigo, el Estado, es convertido en amenaza pública y extrapolado así al ciudadano común. Lo que es malo para el mercado, es malo para la propiedad, la libertad y los derechos de la sociedad toda.
Por un lenguaje nacional y popular. La mejor argucia contra un Estado que “irrumpe” (interviene) en cuestiones de mercado pasa por la zoncera de que es justamente el mercado el actor natural y excluyente del progreso humano. A esta idea contribuyó y contribuye enormemente el uso de un lenguaje (como de una historia) afín a la supervivencia del interés elitista parasitario y agrarista. Algo así como ese federalismo mitrista que desde el conflicto por la 125 no se cansa de repetir: “las provincias son anteriores a la Nación”. En igual sentido, se busca imponer la idea de que el mercado es anterior al Estado. Los efectos en la población son devastadores.
Al ciudadano común, penetrado por un lenguaje funcional al interés oligárquico, no le queda más remedio que aceptar que las provincias son las propietarias naturales de los recursos y las rentas dentro de sus fronteras, y que “los servicios y las actividades” de un país deben caer naturalmente en manos del mercado. El lenguaje acorde a la prosperidad del “granero del mundo” convierte en enemigo de la estatización a una población que no precisa haber leído a Aguinis, Halperín Donghi o a Grondona para antikirchnerizarse: una endoscopia, un edema, una intromisión o un embargo bastan y sobran para oponerse al proceso de “estatización del crecimiento y del desarrollo” implementado por el Gobierno.
En fin, tanto la nueva nación puesta en marcha en el 2003 como el subsuelo mismo de la patria que hace muy pocos días demostró ser su aliado incondicional, precisan urgentemente de un lenguaje a imagen y semejanza del cambio de época experimentado por el país. Porque sin Estado no habrá posibilidad de alcanzar el nivel de desarrollo, equidad social e industrialización necesarios para que los 43 millones y pico de ciudadanos vivan feliz y dignamente. Un lenguaje nacional y popular es estratégico en la batalla cultural contra los resabios oligárquicos que reniegan de una Argentina industrial, soberana, justa y moderna.
* Director de CLICeT
A propósito e introduciéndonos ya en el objetivo de esta nota, ¿acaso dicho cambio no debería ser acompañado de un lenguaje a tono con la nueva Argentina que asoma? Para comprender la pregunta y, mejor aun, responderla, va un ejemplo concreto y emblemático en relación con el principal uso dado a la palabra intervencionismo, palabra que utilizada como se la utiliza y entendida como se la entiende afecta la lógica y estratégica alianza que debería existir entre las clases populares y un Estado protagónico e impulsor del desarrollo nacional.
De cómo un Estado “intervencionista” es y será siempre un Estado impopular. Si bien el vocablo intervencionismo cuenta con varias acepciones, básicamente todas coinciden en explicarlo como sigue: 1) la acción de un Estado de injerir en los asuntos de otro Estado; y 2) la tendencia de un Estado a tomar por su cuenta servicios y actividades dejados en otros casos a la actividad privada. Ahora, a parar la pelota y a razonar con cabeza propia. Se preguntó alguna vez el lector por qué un Estado activo, crecientemente participativo y rector en los diversos servicios y actividades del quehacer nacional es denominado de intervencionista. Tal vez nunca se lo haya preguntado. En el caso particular de quien escribe, lo viene haciendo desde el día en que por culpa de un agudo y etimológicamente desconocido cuadro de acidez estomacal debió ser sometido de urgencia a una endoscopia gástrica.
En pocas palabras, desde el día en que fui intervenido. Allí el puntapié inicial de mi toma de conciencia, sintetizada en estas tres preguntas que segundos antes de caer fulminado a la soporífera anestesia conseguí formularme: ¿quién habrá sido el desgraciado que eligió definir con semejante palabra a un Estado protagónico y rector de los resortes estratégicos de una nación?; ¿no se supone que tal accionar debería considerarse o sentirse uno buscado, agradable y positivo?; ¿será posible que el neoliberalismo cultural haya sido tan ingenioso como para haber elegido vocablos naturalmente antipáticos e impopulares para definir el avance de su peor enemigo (el Estado) sobre los hilos conductores del país?
Desconozco si el lector pasó por una situación médica de tipo diagnóstica o exploratoria como la mía, pero la verdad es que nada bueno provoca ni nada bueno puede esperarse de los usos que nuestra lengua reserva a la palabra intervención y sus vocablos relacionados. A continuación sírvase el lector de algunos ejemplos de usos y definiciones del verbo intervenir y de los sustantivos intervención e intervencionismo.
Yo te intervengo, tú te entrometes, él te opera, nosotros te fiscalizamos, vosotros me vigiláis y ellos te embargan. Según el Diccionario de Uso del Español María Moliner (2010), las seis principales acepciones del verbo intervenir son: “1) Participar o tomar parte. A veces implica oficiosidad y tiene el significado de ‘entrometerse’; 2) Participar o tomar parte. Otras veces, implica buena voluntad y significa ‘mediar’; 3) Operar a un enfermo; 4) Inspeccionar alguien que tiene autoridad para hacerlo las cuentas o la administración de una cosa (fiscalizar); 5) Impedir a alguien la autoridad competente la libre disposición de sus bienes (embargar); y 6) Vigilar o controlar la correspondencia o las comunicaciones telefónicas de alguien”.
Por su parte, el Diccionario de la Real Academia Española encuentra las siguientes acepciones: “1) Autoridad que tiende a dirigir, limitar o suspender el libre ejercicio de actividades o funciones; 2) Autoridad que espía, por mandato a autorización legal, una comunicación privada; 3) Examinar y censurar las cuentas con autoridad suficiente para ello; 4) Controlar o disponer de una cuenta bancaria por mandato o autorización legal; 5) Dicho de una persona que interpone su autoridad; y 6) Hacer una operación quirúrgica”. Ahora, las acepciones del sustantivo intervención: “1) Acción de intervenir uno o más Estados de manera activa, llegando incluso a la ocupación en los asuntos internos de otro; 2) [Derecho internacional] Participación de la autoridad en la dirección de los negocios de los particulares a causa de graves infracciones cometidas; 3) [Operación quirúrgica] Cargo del interventor y oficina del interventor” (María Moliner, obra citada).
Hasta acá los usos otorgados por el mundo hispanoparlante a los términos intervenir e intervención, vaya uno a saber desde cuándo. ¿Hace falta indagar la existencia de palabras igual o más desdichadas que éstas? Porque la lengua española es riquísima y vastísima, seguro las habrá peores. Pero que ambas son espantosamente infelices, no caben dudas. Prosigamos ahora el análisis apartándonos de la semiología abstracta para pasar a la vida real, que es lo importante. Imagínese el lector por un momento el siguiente cuadro: está usted muy tranquilo leyendo el diario dominical por la mañana, café humeante en mano, aroma a pan tostado y absoluto mutismo en el ecosistema hogareño. Afuera, el contexto ideal: pleno sol, aves piando, asadito alistándose y fútbol dominguero en camino.
Tales encantos permiten excluir momentáneamente de sus neuronas el nefasto embargo que días atrás le encajara su ex socio, o aquella inesperada carta documento de la AFIP intimándolo a pagar tal o cual impuesto, o la violenta “inspección” a su pyme de un estudio de abogados de apellido compuesto que jaquea la estabilidad económica de la empresa.
En fin, ejemplos de situaciones triviales o complejas, pero todas habituales. Embargo, fiscalización de una autoridad superior, intromisión o acecho, etcétera, todos calamitosos escenarios que tal como se vio anteriormente son definidas, sintetizadas y razonadas en una sola palabra: intervención. Volvamos al ejemplo terrenal porque la cosa recién comienza. Como la “Fuerza” con los Jedi en la célebre Guerra de las galaxias, la paz y la armonía lo acompañaban ese domingo pacífico y pequeñoburgués. Lo problemático y febril de la vida mundana había quedado fugazmente postergado. Pero de repente, al dar vuelta la página del diario dominical, sus ojos se posan en los titulares de la perdición: “La intervención al Indec” (Diario Perfil, 10/12/2007), o si prefiere este otro: “Gobierno y la Justicia ya intervienen las AFJP” (Ámbito, 29/10/2008).
Cual tsunami arrollador, el recuerdo del embargo, la violenta actitud fiscalizadora de la AFIP y la intromisión de su desconfiada pareja le nublan la vista y retuercen las tripas. Mientras el diario vuela por el aire, un alarido gutural brota de sus entrañas. Y como no tiene a mano ni al interventor de la AFIP ni al ex socio embargador, su pareja –que hasta hace poco también disfrutaba de la calma bachicha– deviene en la víctima de su embestida: “¡Mirá, lo mismo que vos hace este gobierno de mierda. Se mete en todo. Basta de intervencionismo!”. El domingo se pudre, el asado es historia y el fútbol no será televisado.
Intervencionismo, enemas y ano contra natura. Definamos ahora la palabra intervencionismo: “1) Opinión favorable a la intervención de un Estado en los asuntos de otro. Política de injerencia en los asuntos de otro Estado; 2) Tendencia del Estado a tomar por su cuenta servicios y actividades dejados en otros casos a la actividad privada; 3) [Medicina] Procedimiento diagnóstico-terapéutico realizado a través de incisiones mínimas mediante catéteres, agujas, etcétera, que son guiados y controlados por ecografía, radioscopia, tomografía o resonancia magnética” (María Moliner, obra citada).
Nuevamente, abordemos el análisis con un ejemplo cotidiano: ¿a quién no le practicaron alguna vez en su vida una intervención quirúrgica o diagnóstico-terapéutica? El lector podrá no sentirse aludido, pero con seguridad recordará algún pariente, amigo o colega que sí tuvo la gracia de vivir tan encantadora experiencia. ¿Y todo esto a cuento de qué? Imaginemos por un momento haber sido atormentados por alguna de las intervenciones referidas en la acepción número 3 (endoscopias, radiografías por contraste, ano contra natura, etcétera). Pues bien: ¿cómo cree que habríamos de reaccionar ante las siguientes noticias, por cierto y además, siempre acompañadas de trágicas consecuencias: “Tras el acuerdo con AFA, Cristina volvió a defender la intervención de la economía” (La Nación, 21/8/2009)?; o bien: “La Justicia argentina interviene Aerolíneas por orden de la Presidenta” (El País, 17/12/2008). ¿Cuál sería la primera y más humana sensación ante semejante accionar? El afortunado de la endoscopia responderá a la noticia con una mueca y expresión de desagrado: ¡Puaj! El pobrecillo acreedor de la radiografía de contraste revelará copiosas nauseas y vómitos. ¿Y el desdichado merecedor del edema o del ano contra natura? Mejor no saber.
¡Basta de intervencionismo! Dos días después de la resolución 125, el diario neoliberal La Nación escribía un editorial titulado “Mejorar el clima de negocios”. Transcribimos su primer párrafo: “La economía argentina ha venido creciendo en los últimos años, pero el clima de negocios continúa lejos de ser recreado y las señales que dan cuenta de un cada vez mayor intervencionismo estatal, como los recientes aumentos en las retenciones a exportaciones agrícolas, poco ayudarán a lograrlo” (13/3/2008). O el neoliberalismo tuvo la brillantez de definir a todo Estado crecientemente rector en materia económica, comercial, social, etcétera, con vocablos con los que también se definen y expresan situaciones de embargos, intromisiones, edemas o anos contra natura, o bien al mercado no le interesa (ni le conviene) definir con palabras más felices a un Estado dueño de los resortes básicos de un país.
Poco importa, pues, la progresividad que la medida intervencionista supone para la población. La antipática terminología predispone natural y espontáneamente mal al ciudadano. Aquello que debería ser considerado necesario y estratégico es visto como inusual, anómalo, impropio, confiscatorio, antidemocrático, invasivo y policial. La reacción corre entonces con la ventaja del lenguaje y su impalpable pero implacable efecto subliminal: el avance de su peor enemigo, el Estado, es convertido en amenaza pública y extrapolado así al ciudadano común. Lo que es malo para el mercado, es malo para la propiedad, la libertad y los derechos de la sociedad toda.
Por un lenguaje nacional y popular. La mejor argucia contra un Estado que “irrumpe” (interviene) en cuestiones de mercado pasa por la zoncera de que es justamente el mercado el actor natural y excluyente del progreso humano. A esta idea contribuyó y contribuye enormemente el uso de un lenguaje (como de una historia) afín a la supervivencia del interés elitista parasitario y agrarista. Algo así como ese federalismo mitrista que desde el conflicto por la 125 no se cansa de repetir: “las provincias son anteriores a la Nación”. En igual sentido, se busca imponer la idea de que el mercado es anterior al Estado. Los efectos en la población son devastadores.
Al ciudadano común, penetrado por un lenguaje funcional al interés oligárquico, no le queda más remedio que aceptar que las provincias son las propietarias naturales de los recursos y las rentas dentro de sus fronteras, y que “los servicios y las actividades” de un país deben caer naturalmente en manos del mercado. El lenguaje acorde a la prosperidad del “granero del mundo” convierte en enemigo de la estatización a una población que no precisa haber leído a Aguinis, Halperín Donghi o a Grondona para antikirchnerizarse: una endoscopia, un edema, una intromisión o un embargo bastan y sobran para oponerse al proceso de “estatización del crecimiento y del desarrollo” implementado por el Gobierno.
En fin, tanto la nueva nación puesta en marcha en el 2003 como el subsuelo mismo de la patria que hace muy pocos días demostró ser su aliado incondicional, precisan urgentemente de un lenguaje a imagen y semejanza del cambio de época experimentado por el país. Porque sin Estado no habrá posibilidad de alcanzar el nivel de desarrollo, equidad social e industrialización necesarios para que los 43 millones y pico de ciudadanos vivan feliz y dignamente. Un lenguaje nacional y popular es estratégico en la batalla cultural contra los resabios oligárquicos que reniegan de una Argentina industrial, soberana, justa y moderna.
* Director de CLICeT







