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15.11.2010

El real brasileño como referencia de competitividad

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Sin duda, el tema cambiario es de extrema importancia en el seno de las economías abiertas, aun más, en el caso de las subdesarrolladas. Es una variable de vasto alcance, inherente al “núcleo duro” de las articulaciones macroeconómicas, referenciando el alineamiento de las demás variables. Las últimas décadas en nuestro país han confirmado rotundamente lo expresado, más todavía si se computan los agudos contrastes habidos entre la convertibilidad y el MCP. La trascendencia del asunto se ve ratificada cuando se atiende a la correcta identificación realizada por la presidenta Kirchner en términos de un "modelo industrial de mercado interno y fuerte sesgo exportador", además de su puntualización de que "necesitamos conquistar mercados externos" y de que se requiere "de la escala global para ser exitoso". ¿Cómo ignorar la relevancia del tipo de cambio real, no única, pero, sí, primordial, en estos puntos?.

Recuérdese, justamente, que la notable performance en lo relativo a expansión del PIB sostenida y a creación de empleo del saliente lapso 2003(2002)-2007, se debió fundamentalmente a una matriz macro que se asentó en el cambio competitivo o "dólar alto", como se decía entonces. Así se dio pie a lo que llamamos "modelo competitivo productivo", el MCP.

En el presente, se nota una progresiva instalación de un nuevo capítulo acerca de la cuestión cambiaria. En los señalamientos oficiales, persiste la alusión a la pauta de cambio competitivo. Ello se ha desenganchado de la remisión al "dólar alto". Por otra parte, desde hace tiempo, se encara una política de dólar nominal cuasi fijo –una depreciación de sólo el 3/4% respecto de la segunda parte de 2009–, lo que lleva a meditar sobre implicancias en materia de competitividad cambiaria, visualizando las condiciones de comportamiento cambiario nominal y de la inflación doméstica efectiva.

La evolución cambiaria. Es obvio que es difícil aplicar un estricto concepto de "dólar alto". El dólar nominal, luego de acariciar en 2002 un pico de $4, se replegó y amenazó traspasar hacia abajo el valor de $2,80, al irrumpir la gestión de Prat-Gay en el Banco Central. Pasado cierto lapso, el valor se "normalizó", operando en un tramo $2,95-3,10. Durante la crisis mundial, el valor del dólar nominal registró un ajuste no trivial (26/27%). En resumen: en trazo grueso, podría decirse que el dólar nominal, respecto del valor normalizado se apreció en un 30 por ciento.

Tratándose de una relación bilateral: el tipo de cambio real peso-dólar, cuadra en el caso compulsar ese 30% de ajuste, con el diferencial de inflación (efectiva) acumulada en el período entre Argentina y Estados Unidos. Así las cosas, se evidencia en el frente examinado que la apreciación real del peso es fuerte, con lo cual, tendemos a retrotraernos al nivel real existente cuando se decidió quebrar el complicante 1 a 1. Luego, las expectativas hacia delante sitúan un interrogante acerca del diferencial residual del tipo de cambio real medido en dólares con relación al deprimido valor de 2001.

Por supuesto, la medición puede deslizarse hacia el llamado tipo de cambio real multilateral -TCRM-, que remite a una canasta de monedas vinculada a nuestros socios comerciales, o hacia un tipo de cambio real bilateral, pero, con Brasil, el TCRB. Simplificando: en términos de TCRM –utilizando la referencia de precios/costos internos efectivos–, el diferencial residual de cambio real respecto de 2001 tendería a ser del "doble" del vinculado al dólar.

En rigor, las revaluaciones nominales a nivel mundial de terceras monedas con relación al dólar -mientras mantenemos el valor nominal doméstico del dólar respecto del peso-, nos ayudan en el plano competitivo multilateral. En paralelo, lo que molesta en este frente es nuestro mayor nivel interno de inflación efectiva, el que funge como un "claro múltiplo" (en los anualizados) del 2/2,5% de Europa y del 5/6% de Brasil. Así, en lo que va de 2010, registramos un 6/7% de apreciación real respecto del Real brasileño.

Ajustando las referencias. Los elementos examinados nos explican por qué se pone mayor atención en el TCRB, en cuanto "baluarte", a modo de instancia de "resistencia", de la competitividad cambiaria. En este orden, se conoció un análisis que destacó la asociación entre el valor del Real respecto del peso y la expansión del PIB argentino. Coincidirían, partiendo de 1992, momentos de fuerte apreciación relativa del Real con una mayor expansión de nuestro PIB. De todos modos, en el lapso abril de 1991-junio de 1994, aunque el Real se depreció, nuestra economía avanzaba.

Lo saliente es el tipo de cambio real. En un trabajo de años atrás (G. Escudé et al: Evolución del tipo de cambio real multilateral de Argentina en los últimos 10 años, 2001, Banco Central, nota técnica 11), los autores reflejaron la gran incidencia de Brasil, con su moneda, en materia de volatilidad del TCRM argentino de la época. Traducido: el real aparecía como el factor más fluctuante. Justamente, cuando se depreció bruscamente en enero de 1999, lo que pasó es que así caía la "postrera línea de defensa" que teníamos en cuanto a competitividad real en el seno de la convertibilidad.

En verdad, a cuál referencia apelamos para "medir" el tipo de cambio real, depende de la óptica estratégica adoptada. No hay un parámetro en sí válido, que traduzca el "ojo de Dios".

Discrepamos de entrada con la significación que el Banco Central, a partir de 2005, le otorgó a la canasta de monedas y al TCRM. Y defendimos en ese entonces un criterio de política distinto: si a nivel mundial, el dólar se apreciaba, y el real se depreciaba, ello no era automáticamente invocable para aceptar la interna depreciación del dólar real. Se esbozaba de esta forma un planteo competitivo agresivo, frente a otro, concesivo. No se resignaba en el caso el nivel competitivo respecto al dólar, y se aprovechaba la ventaja deparada frente al Real como un colateral beneficioso. Se respetaba la incidencia del mayor socio comercial, pero, sin encapsularse, promoviendo una visión competitiva más abarcativa.

Por otra parte, si se fijara la referencia competitiva sistemática en el real, adecuaríamos el parámetro a una de las monedas más "obesas" o sobrevaluadas del planeta. Goldman Sachs, en base a su metodología, alude a casi un 50% de sobrevaluación. Por su lado, Cline y Wiliamson, del Petersen Institute, son más moderados en el juicio, pero expresan un alerta: la preocupación por el deterioro del componente industrial de las exportaciones industriales brasileñas y por el hecho de que deberían jugar compensadoramente aun mayores precios de los commodities. No abonamos mecánicamente estos análisis, pero está claro que se inscriben en una dirección innegable.

En rigor, el real muy sobrevaluado, encaja en un esquema que "funciona" en Brasil, pero que, a la par, arrastra trazos de una marcada dependencia de los capitales externos y de un proceso de desindustrialización relativa y de "recomoditización" de la economía.

De cara a un modelo de los rasgos que mencionó Cristina Kirchner, y tal como expresamos antes, es clave acertar con la caracterización cambiario-competitiva más apta para calzar con ese modelo. En este sentido, la hipótesis de confiarse muy concentradamente en la referencia del real al respecto, pinta riesgoso.

Es verdad que, hoy por hoy, el intenso ciclo expansivo que transita nuestra economía se asocia con una virtual "lluvia" de dólares. Y, asimismo, es verdad que el esquema en curso de política económica apunta a la continuidad. Sin embargo, reflexiones como las efectuadas no dejan de ser útiles bajo una perspectiva de sustentabilidad más extendida. Ámbito en el que también gravitan cruciales aspectos atinentes al horizonte de la estructura productiva y del comercio exterior y del empleo.






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