Espectáculos
22.10.2008
"Mi comienzo en la curación de enfermos"
Anticipo del libro Quiero un novio, de Lorena Bassani, editado por Edhasa.
Por:
INFOnews
Cuando entré a la carrera de periodismo en la facultad, me olvidé por completo de la hermana Mercedes y empecé a tratar con más cariño a los hombres. Digamos que dejé la teoría y arranqué con la práctica. Tres años después, lo conocí a Juan.
Lo conocí de casualidad, pero a él nunca le gustó que hable de azar sin reconocer que “cada cosa que pasa en la vida, ocurre por algo, Lorena”. Antes de empezar a hablar de Juan, habrá que contar sobre todas esas cuestiones que lo acercaban, muy a su pesar, a este mundo de complejidades. Entre ellas, su nombre. Este hombre tenía uno común, de esos que se encuentran seguido en la guía de los teléfonos, de esos que cualquiera puede decir por la calle y repetir sin pensar que se está hablando de alguien en especial. Sin creer, por un segundo, en la magia que pueden despertar algunos, supuestamente, intrascendentes.
La primera vez que lo miré a los ojos supe que Juan tenía un gran secreto. Vivía en Lanús, a dos cuadras de la estación. Había ido a varios colegios, hasta lo habían echado, había tenido hermanos, se había criado con padres buenos, había tomado leche en las meriendas y había hecho todo lo que debía hacer de chico. O no todo. Ya de más grande, también seguía con su vida de “gente común”. Cumplía con un trabajo común, salía con mujeres comunes, soñaba sueños comunes y vivía sin signos de rareza aparente. Sólo aparente. Su documento nacional decía que se llamaba Juan Pablo. Pero para mí siempre será Juan. Juan a secas.
Una de sus costumbres era hablar con frases cortas y decir mucho más de lo que se puede decir
con ellas que con las largas. Porque Juan combinaba las mismas dos o tres palabras en su cabeza y las repetía. Casi por instinto. Casi como si alguien se las apuntara para cantarlas en serie. Lo hacía tan esquizofrénicamente como quien se vale de ellas para crear un “mundo paralelo”. A donde sólo Juan accedía. Sus “ya lo sé” sus “de acuerdo” sus “algo así” sus “lo verás pronto” que deslizaba con esa confianza atroz, dejaban a más de un terrenal sin habla. Pero no a mí.
Podían callar a cualquier otro. Menos a mí. Y hasta enfurecían a los más pacíficos para inspirar violencia. Lo raro, desde siempre, era que Juan nunca fue un misterio. Era sensible. Alegre. Un niño enorme. Fue el más simple de mi vida. El menos contaminado. Tanto que una vez, medio entre tinieblas, medio balbuceando, medio a punto de eructar, Juan abrió su boca llena de alfajor de maicena para decirme...
–Lorena, tengo veinticuatro años pero soy... virgen.
Confesó tres semanas después de conocerme. Disculpándose, como si mantuviera una enfermedad bajo custodia. Quedé patitiesa. Apoyé mi cortado en la mesa del bar y lo agarré de la mano. Se puso a llorar. Me dejó sorprendida. Nunca había visto llorar a un hombre. Virgen. Tan mayorcito. Virgen. Así explicaba que todavía, después de besos, caricias y demases, el tipo no me había tocado ni la sombra de alguna teta. Ahora entendía su nervio cuando lo rozaba. Ahora entendía todo: me había enamorado de su inocencia, de su inocencia a punto de perder.
Dos días después, lo encerré en mi casa. Trabé la puerta desde adentro. No pudo salir. Y yo lo curé. Lo curé mucho. Con mis manos. Con mi lengua. Con todo mi cuerpo. Lo curé tanto. Lo curé tanto que quedó como nuevo. Completamente sano. Completamente instruido. Completamente educado. Con sus ganas cansadas. Con una sonrisa de oreja a oreja: ya no estaba enfermo, pero lo dejé de cama.
Pasaron dos meses. A lección limpia. De frente. De perfil. De arriba. De abajo. Hasta que pasó lo insospechado. Así de sano, así de instruido, así de educado, gritando Viva Perón en uno de los vagones de la ex línea Roca y con la certeza del deber cumplido, Juan regresó a su casa paterna en Lanús hecho todo un hombre. Juan salió del sur como un nene y volvió como un macho. Mi amor ya no importaba. Jamás lo volví a ver.
Sin darme otro beso –o las gracias–, Juan desapareció.
A raviolada limpia
Decir que sólo era inteligente es decir bien poco. Sebastián fue el hombre más inteligente de todos los que pasaron por mi vida. El ser más lúcido que me encontré caminando por la calle. Sebastián era lo suficientemente despierto como para destacarse por sobre el resto sin que alguien lo notara, para resaltar sólo ante los que él quería que se dieran cuenta, para manipular con media frase sin sentido hasta a la más viva del curso, para no dejar de decir la última palabra cuando el orgullo de otro mandaba y para ubicar a cualquiera siempre en el lugar adecuado. Todo esto según el “Sebastián para principiantes descreídos”, aclaro.
Porque Sebastián era un experto jugador de ajedrez y lo demostraba siempre, a cada paso. O sea, sabía bien cuándo irse de las situaciones y cuándo regresar al “juego” para atacar nuevamente. Volvía descontracturado, nuevito, con aires rosados en las mejillas y un exclamativo golpe de gracia final en la punta de la lengua con el que gritaba, soberbiamente, en silencio: “Ey, jaque mate para vos, te tengo otra vez bajo mi poder”.
Él decía que movía las manos más ligero que su cerebro. Pero yo nunca le creí. Porque su mente sí que iba rápido.
Creo que en realidad era ella sola la que hacía lo que quería con Sebastián: lo hacía saltar sin escalas, lo hacía subir a lo más alto y lo suspendía en un precipicio, propio y ajeno. Frente a otros, su mente hasta podía mostrar lo bueno y lo malo de cada alma. Así fue que se convirtió, de a poco, en el hombre con mayor sentido de la simpleza lógica que me tocó conocer. Y que conoceré, seguramente.
Pero a pesar de tanta increíble habilidad estratégica, su vida me terminó dando la razón. Toda esa inteligencia, Sebastián no la aprovechaba para vivir inteligentemente. Porque vivía como un tonto. Haciendo cosas tontas que terminaban por hacerle mal. Hay que decirlo y voy a hacerlo: en la práctica que se necesita para sobrevivir al mundo, Sebastián dejaba mucho que desear. En todos los demás sentidos, era brillante. Era de esos que te hacían cuentas en los supermercados sin calculadora.
Entiendan: llegábamos a la caja registradora sabiendo exactamente cuánto habíamos gastado.
Un genio.
Qué cabeza.
Como para no admirarlo.
A los tres meses de conocerlo, se vino a vivir conmigo. Era inteligente. Nada podía fallar. Después de todo, el mundo estaba lleno de imbéciles. Él no, él era superdotado.
Sebastián entró por la puerta y no dejó atrás nada. Se trajo su vida en cuatro valijas, dos bolsitos y tres bolsas de Coto y, poco a poco, se llevó la mía a vivir a otro lado. Desembarcó. Después dicen que los hombres no quieren compromiso. Sebastián fue lo contrario. Llenó mi departamento deshabitado. Lo completó de arriba para abajo. Hizo lo que quiso con cada uno de los tres ambientes. Desparramó ciento cuarenta libros por mi living. Me presentó a su familia a las dos semanas. Desde ahí, comimos ravioles de verdura con ellos cada domingo. Inauguramos las ravioladas y ahora soy alérgica a las pastas.
Me hizo parte de sus proyectos personales, profesionales, espirituales, físicos y psicológicos. Puso lamparitas nuevas en el baño. Limpió el balcón con desinfectante. Compró un portarretrato para poner la foto de casamiento de sus padres en la repisita de mi comedor.
Y me propuso casamiento.
A la mañana siguiente del primer aniversario, justo cuando estábamos haciendo las compras para la festichola prenupcial, mientras sumaba trece con cincuenta más treinta y dos con setenta y cinco, el tipo confesó: “Me acosté tres veces con María Eugenia Saldivia, una de mis alumnas del CBC”.
Le embalé los libros.
Le devolví las tres bolsitas plásticas del Coto.
Le apagué las lamparitas.
Le tiré la foto del casorio de los viejos.
Lo mandé a la mierda a él y a las ravioladas del orto.
Por último, lo quise desinfectar haciéndolo tomar lavandina pero me arrepentí.
Era tan inteligente que lo saqué de mi casa con una patada en las pelotas... por pelotudo.
Antes de irse se llevó todo, pero me devolvió mi vida.







