Espectáculos
07.12.2010
El movimiento anarco-ciclista
Por:
INFOnews
Hay dos formas distintas de pedalear desde la Plaza de la República, y la diferencia es absolutamente política. El 21 de noviembre, como todos los terceros sábados del mes, el Subsecretario de Transporte porteño Guillermo Dietrich encabezó con Horacio Rodríguez Larreta el pelotón de una bicicleteada con espónsores, sorteos, animación festiva, clases de spinning (esas bicis idiotas que no llevan a ninguna parte), globos y remeras amarillo PRO para los participantes a lo largo de un recorrido de diez kilómetros anunciado una semana antes por calles rigurosamente cortadas. Los organizadores acusaron 3.000 pares de ruedas.
Este domingo 5, como los primeros domingos del mes, salió del mismo punto la Masa Crítica Buenos Aires. Y eso es todo lo que se sabía de antemano: sin recorrido, sin organización, sin líderes y sin pedir permiso a nadie, unos 1.200 ciclistas ganaron la calle para ir por donde les diera la gana por el tiempo que les diera la gana. Había tres bandas de sonido: la música desde los parlantes montados en el portapaquetes de un participante, los cantos de “bicis sí, autos no” y una orquesta de bocinazos a los costados. La Masa fue bloqueando las calles laterales para garantizar el paso de unos 500 metros de bicis a 10 kilómetros por hora, y pedaleó sin mosquearse por la Autopista Illia, unos metros de la Avenida Lugones y el túnel de la Avenida Libertador, sitios legalmente vedados a las bicicletas. Los automovilistas que intentaban quebrar el pelotón o prepotear con las carrocerías se enfrentaban a decenas de pedaleantes con sonrisas inamovibles pero intenciones claras de que nadie les arruinara la fiesta.
Si iniciativas oficiales como las bicicleteadas, la red de ciclovías que promete llegar a los 100 kilómetros y el programa piloto de bicicletas públicas que arrancó la semana pasada son un intento amable de lograr un reconocimiento progresivo de los derechos y necesidades del ciclista urbano digno de Martin Luther King, entonces Masa Crítica es Malcolm X al manubrio con una guardia pretoriana de Panteras Negras detrás. Dietrich (que comparte con Macri la condición de heredero de familia automotriz, vaya ironía) tiene un sueño y lo proyecta en tiempos políticos; Masa Crítica quiere todo ya por los medios que sean necesarios, y una vez al mes lo logra por un rato.
¿Cómo hace? Simplísimo: la seguridad de andar en masa. La idea surgió en San Francisco en 1993 de un documental que mostraba cómo hacen los ciclistas chinos para cruzar las esquinas sin semáforo: las bicis se acumulan en la intersección hasta llegar a una cantidad suficiente para cruzar en bloque sin que los automovilistas les presenten riesgo. El ejemplo se transformó en evento, y viralizó de San Francisco a 300 ciudades alrededor del mundo (la de Buenos Aires ya cumplió dos años, hay al menos otras cinco en la Argentina). La página de Masa Crítica Buenos Aires la define como “una coincidencia organizada, un movimiento de bicicletas en las calles, un paseo mensual para celebrar el ciclismo y afirmar los derechos del ciclista en las calles”, y responde a las objeciones sobre el bloqueo de calles con una frase difícil de replicar: “No bloqueamos el tránsito. Somos tránsito”.
Pero la idea va mucho más allá de un montón de gente a la que le gusta pedalear. En otra sección de la misma página se lee que “presentando el uso de la bicicleta como una alternativa positiva y divertida a la melancólica acción destructiva de la cultura del automóvil, la Masa Crítica ha establecido un enfoque visionario del transporte urbano”. Es el mismo enfoque que hace que algunos de los participantes (y, sin ir más lejos, el concepto mismo de la Masa Crítica) se den de cabeza con las bicisendas: si los ciclistas realmente tienen igual derecho a ocupar la calle, como dicen las leyes de tránsito, ¿para qué segregar espacios y transmitir el mensaje de que la única convivencia posible entre autos y bicicletas es con barreras físicas de por medio? El resultado de la experiencia de “carriles preferenciales” de la época de De la Rúa, pintados en sentidos literal y figurativo sobre algunas avenidas, parece responder la pregunta, pero en ese caso ¿armar un corralito para ciclistas no sería poner chaleco antibalas a la víctima en vez de sacarle el arma al tirador?
Enfoques visionarios, derechos tomados a la fuerza, acciones radicales: tras el fin de las ideologías, cuando la ecología ya se hizo lugar común y los partidos apenas si comienzan a entibiar los espíritus, el ciclismo urbano se convierte en una causa con militancia tan fuerte que genera respaldos oficiales, versiones anarquistas, eventos contrapuestos, filosofías divergentes, maneras distintas de fomentarlo. El pedal se hizo político.
Toledo es escritor y editor de The Buenos Aires Herald.
Este domingo 5, como los primeros domingos del mes, salió del mismo punto la Masa Crítica Buenos Aires. Y eso es todo lo que se sabía de antemano: sin recorrido, sin organización, sin líderes y sin pedir permiso a nadie, unos 1.200 ciclistas ganaron la calle para ir por donde les diera la gana por el tiempo que les diera la gana. Había tres bandas de sonido: la música desde los parlantes montados en el portapaquetes de un participante, los cantos de “bicis sí, autos no” y una orquesta de bocinazos a los costados. La Masa fue bloqueando las calles laterales para garantizar el paso de unos 500 metros de bicis a 10 kilómetros por hora, y pedaleó sin mosquearse por la Autopista Illia, unos metros de la Avenida Lugones y el túnel de la Avenida Libertador, sitios legalmente vedados a las bicicletas. Los automovilistas que intentaban quebrar el pelotón o prepotear con las carrocerías se enfrentaban a decenas de pedaleantes con sonrisas inamovibles pero intenciones claras de que nadie les arruinara la fiesta.
Si iniciativas oficiales como las bicicleteadas, la red de ciclovías que promete llegar a los 100 kilómetros y el programa piloto de bicicletas públicas que arrancó la semana pasada son un intento amable de lograr un reconocimiento progresivo de los derechos y necesidades del ciclista urbano digno de Martin Luther King, entonces Masa Crítica es Malcolm X al manubrio con una guardia pretoriana de Panteras Negras detrás. Dietrich (que comparte con Macri la condición de heredero de familia automotriz, vaya ironía) tiene un sueño y lo proyecta en tiempos políticos; Masa Crítica quiere todo ya por los medios que sean necesarios, y una vez al mes lo logra por un rato.
¿Cómo hace? Simplísimo: la seguridad de andar en masa. La idea surgió en San Francisco en 1993 de un documental que mostraba cómo hacen los ciclistas chinos para cruzar las esquinas sin semáforo: las bicis se acumulan en la intersección hasta llegar a una cantidad suficiente para cruzar en bloque sin que los automovilistas les presenten riesgo. El ejemplo se transformó en evento, y viralizó de San Francisco a 300 ciudades alrededor del mundo (la de Buenos Aires ya cumplió dos años, hay al menos otras cinco en la Argentina). La página de Masa Crítica Buenos Aires la define como “una coincidencia organizada, un movimiento de bicicletas en las calles, un paseo mensual para celebrar el ciclismo y afirmar los derechos del ciclista en las calles”, y responde a las objeciones sobre el bloqueo de calles con una frase difícil de replicar: “No bloqueamos el tránsito. Somos tránsito”.
Pero la idea va mucho más allá de un montón de gente a la que le gusta pedalear. En otra sección de la misma página se lee que “presentando el uso de la bicicleta como una alternativa positiva y divertida a la melancólica acción destructiva de la cultura del automóvil, la Masa Crítica ha establecido un enfoque visionario del transporte urbano”. Es el mismo enfoque que hace que algunos de los participantes (y, sin ir más lejos, el concepto mismo de la Masa Crítica) se den de cabeza con las bicisendas: si los ciclistas realmente tienen igual derecho a ocupar la calle, como dicen las leyes de tránsito, ¿para qué segregar espacios y transmitir el mensaje de que la única convivencia posible entre autos y bicicletas es con barreras físicas de por medio? El resultado de la experiencia de “carriles preferenciales” de la época de De la Rúa, pintados en sentidos literal y figurativo sobre algunas avenidas, parece responder la pregunta, pero en ese caso ¿armar un corralito para ciclistas no sería poner chaleco antibalas a la víctima en vez de sacarle el arma al tirador?
Enfoques visionarios, derechos tomados a la fuerza, acciones radicales: tras el fin de las ideologías, cuando la ecología ya se hizo lugar común y los partidos apenas si comienzan a entibiar los espíritus, el ciclismo urbano se convierte en una causa con militancia tan fuerte que genera respaldos oficiales, versiones anarquistas, eventos contrapuestos, filosofías divergentes, maneras distintas de fomentarlo. El pedal se hizo político.
Toledo es escritor y editor de The Buenos Aires Herald.







