Espectáculos
09.01.2011
Los padres de la criatura
A veinte años de la primera puesta de Drácula, vuelven a presentar el exitoso musical con Juan Rodó como protagonista. El peso de la experiencia, la incorporación de las nuevas generaciones de sus familias al elenco y la convivencia con los jóvenes.
Por:
INFOnews
Por Daniela Rossi
La música termina. Las voces se apagan. Nacen aplausos tímidos, que luego toman fuerza. Brotan algunas lágrimas y abrazos entre los actores. El calor agobia en el gimnasio del colegio porteño donde recién finaliza el último ensayo general de "Drácula" antes de trasladarse al teatro Astral. Sentados, observando cada detalle, marcando cada acierto o error están Pepito y Ángel, Cibrián y Mahler, igual que hace 20 años.
Consagrados como la gran dupla de los musicales argentinos, decidieron reponer –rehacer, explicarán- la obra que los llevó al gran público en 1991, cuando le acercaron un proyecto (hasta esa primera reunión era sólo una idea) a Tito Lectoure, dueño del Luna Park y promotor de la época de oro del boxeo argentino. "¡Era tan inconsciente el proyecto, y el delirio de Tito de apoyarlo! Nadie me hubiera dado 40 funciones de 5 mil personas", recuerda Cibrián. El final de cada función era como el de una velada de guantes: habían "pactado" que si superaban los 3 mil espectadores, el productor tenía que subir al escenario a saludar. "Al final, tuvo que subir siempre. Nos tomaba de las muñecas y nos mostraba como a los campeones", se ríe.
Los 32 actores, la mayoría veinteañeros, se sientan en el piso, y escuchan atentos cada comentario. El gran estreno del 14 de enero se acerca, y todo debe estar en su lugar. Juan Rodó, Drácula, es el único de los artistas en escena que estuvo en aquella versión primeriza, a sus 24 años. Sus compañeros de elenco tienen esa edad, la de su gran debut, "su nacimiento", como lo define. Él comparte la charla final como uno más.
Las palabras de Cibrián resbalan de a muchas a la vez, ansiosas por salir. Habla de la obra, de que disfruta quedarse en su casa mirando series "tontas" y compartiendo el tiempo con Santiago, su pareja desde hace 10 años, arquitecto y constructor. Saluda a quien será el maquillador de la obra y conversa con el jefe de vestuario. Mahler llega con el tiempo justo luego de otro compromiso, y repasa partituras con su hijo, que compartirá con él la dirección de la orquesta. Siempre sonriente, está distendido porque confía, o porque sabe que todo saldrá como deberá ser. Rodó saca su set de maquillaje, y empieza la transformación frente al espejo. Después cambia jeans y zapatillas por la gran capa confeccionada en los talleres del teatro San Martín, intacta como ayer. El paso del tiempo, la experiencia y el respeto son las palabras que repiten los tres cuando hablan del trabajo, de hacer musicales. Tantos años juntos – entre "Drácula", "Las mil y una noches", "El jorobado de Notre Dame", "Dorian Gray" y "Otelo"- hacen del decir como del hacer una coherencia casi total.
–¿Cómo es retomar la misma obra tanto tiempo después?
Cibrián: - Antes que nada, es tomar una dimensión exacta del paso del tiempo. Fue ayer que comenzamos, que elegimos a Juan, a (Cecilia) Milone y a (Paola) Krum. Después de giras y reposiciones, sentí que esta vez tenía que hacerla de nuevo. Un mismo texto pero con una nueva concepción del director, que no es el mismo de hace 20 años. La vida me ha modificado. Implica rejuvenecer, crecer. Es un riesgo mayor que cuando lo estrené
Mahler: -A mí me emociona por muchas cosas. Una es la que dice Pepe, el paso del tiempo, pero además el darme cuenta de que la música para teatro es, justamente, atemporal. Y por otro lado, hoy me encuentra dirigiendo y tocando el piano junto a mi hijo. Ese es un deseo de toda la vida.
Rodó: - ¡Yo era un nene cuando lo hice! Es un volver a los comienzos, a mi nacimiento con ese protagónico. Además siento que soy el mismo joven de aquella época, por el espíritu de lucha, la manera de pararse frente al trabajo y la vida misma. Por eso podemos seguir trabajando juntos los tres, porque coincidimos en ese ánimo, en la perseverancia y tenacidad.
–La relación entre los tres debe estar aceitada…
Rodó: - La vinculación y el afecto hacen que ya nos conozcamos, pero lo bueno es que ninguno pierde la ubicuidad en la relación. Por más que haya amistad o cariño, Pepe no deja de ser mi director. Hay un respeto por el lugar que ocupan, la confianza no distorsiona esos roles.
Cibrián: - En el teatro se han ido perdiendo las costumbres del respeto, la admiración. Yo no hago poner de pie a los actores cuando entro, como se estilaba antes, pero sí les pido que me aplaudan. Si no lo sienten, les pido que se vayan. Debe haber respeto. Tiene que ver con la disciplina. Comemos juntos, lo que quieras, pero el rol es intachable. Yo trabajo desde el afecto con mi gente.
Mahler: - Pepito es mi familia, mis hijos lo llaman "tío". No hay mucho que explicar, es todo muy natural. Y con Juan pasa otra cosa, la relación compositor-intérprete. Él hace que el mensaje te llegue al corazón. Y sobre todo compartimos el sentir por la música.
Rodó: - De los directores que conocí, Pepe creo que es el único cariñoso, que busca una vinculación especial con el elenco, con todo el elenco. Eso lo hace diferente. Podés pagar la clase de un muy buen maestro, pero que siempre busquen, como hace Pepe, que brilles, no tiene precio. De hecho, el año que viene planeo hacer una versión nacional del musical "Nine" de Broadway, escrito y llevado adelante por mí. Él lo sabe y le encanta que realice mi sueño con esa obra, un desafío muy importante para mi carrera.
–La incorporación de tu sobrina Candela, Pepe, y de tu hijo Damián, Ángel, ¿cómo se dio?
Cibrián: -Fue Ángel quien decidió que ella fuera Mina, le tomó las pruebas igual que a los demás. Claro que es mi sobrina, no soy ingenuo, pero si él consideraba que había alguien superior, lo hubiera hecho. Es como ver a mi madre en el escenario. Tengo videos de ella al año cantando la música de "Drácula" en una piletita, imaginate. Y Ángel, que le entrega la batuta a su hijo, le cede su espacio. Eso tendría que hacer la Reina de Inglaterra, ¡y dejarse de joder! ¡Qué horror cuando la gente se aferra a los podios! Un buen padre debe ceder para ver a su fruto superarlo. A mí me gusta fantasear con que me van a superar, eso me da mucho placer.
Mahler: - Creo que se tiene que dar así, fue natural. Yo la viví muy bien, y ahora voy a compartir la dirección y el piano con Damián, es algo soñado. Hay una afinidad total en cómo se deben hacer las cosas, me siento muy afortunadoww.
Cibrián: - Yo hablo mucho con los chicos, y les digo, "mi sobrina no es boluda. Si ustedes están en el camarín puteando a Pepe y ella entra, ¡sigan haciéndolo!". A lo mejor es ella la que más putea al tío (Risas)
–Para vos, Juan, ¿qué se siente volver a compartir una obra con un elenco tan joven?
Rodó: - A veces veía como negativo trabajar con principiantes. Pero pienso "yo también lo he sido". En ellos, que tienen muchas cosas que aprender, quizá estén los grandes talentos del mañana. Cuando trabajé con Claudia Lapacó en "Las Mil…", frente a su carrera, yo era un joven, pero ella me tenía alta estima. Los caminos de la vida y el arte ocurren en tiempos distintos, lo bueno es el aprendizaje que se pueda dar en el proceso.
–¿Qué es lo que más disfrutan de hacer teatro?
Cibrián: - Hago todo con mucho placer, no sabría vivir de otra manera que con el teatro. Es una vocación profunda. Lo que hoy más me conmueve de la vida es sentir que he trascendido a través de esta obra, y de otras, de manera profunda.
Mahler: - Me conecta con algo que me encanta, no sé describirlo, es una energía particular. Si querés llamalo Dios, no sé. No me da vergüenza decirlo porque es así. Uno cierra los ojos, suenan las notas del piano, y te conectás con algo valioso, lindo.
–A esta altura de sus carreras, ¿siguen teniendo nervios, ansiedad?
Rodó: - Es cada vez peor. Es un exceso de responsabilidad, de conciencia que antes no tenía. Ahora sé lo que hago, lo que cuesta, lo que la gente espera de mí. No sólo el público, sino mis colegas, el ojo crítico, a veces uno se siente expuesto a eso. Los estrenos causan excesiva ansiedad. Entro a canciones sin aire, siento que la voz no me llega, todas situaciones de estrés.
Cibrián: - Yo estoy muy nervioso, es como volver a conocer el amor. Que esté la sangre Cibrián-Campoy-Meliá (la de mi abuela) sobre el escenario también me genera una cosa interna importante. Yo no sé si ellos están con nosotros, muchos me dicen que sí. Yo no puedo hablar con mi madre, nunca la soñé; a mi padre una vez, apenas había muerto. No sé si están, pero sí su sangre.
Mahler: - Yo no me voy a subir a su locura, ¡soy músico! (Risas) Me agarra ansiedad, nervios no. Si no confiáramos en el equipo de trabajo, no podríamos hacer nada. Sólo confirmo lo que me decían de chiquito: "Vos tenés que desear algo muy fuerte para que suceda", y vuelve a suceder.
Fotos Margarita Fractman
La música termina. Las voces se apagan. Nacen aplausos tímidos, que luego toman fuerza. Brotan algunas lágrimas y abrazos entre los actores. El calor agobia en el gimnasio del colegio porteño donde recién finaliza el último ensayo general de "Drácula" antes de trasladarse al teatro Astral. Sentados, observando cada detalle, marcando cada acierto o error están Pepito y Ángel, Cibrián y Mahler, igual que hace 20 años.
Consagrados como la gran dupla de los musicales argentinos, decidieron reponer –rehacer, explicarán- la obra que los llevó al gran público en 1991, cuando le acercaron un proyecto (hasta esa primera reunión era sólo una idea) a Tito Lectoure, dueño del Luna Park y promotor de la época de oro del boxeo argentino. "¡Era tan inconsciente el proyecto, y el delirio de Tito de apoyarlo! Nadie me hubiera dado 40 funciones de 5 mil personas", recuerda Cibrián. El final de cada función era como el de una velada de guantes: habían "pactado" que si superaban los 3 mil espectadores, el productor tenía que subir al escenario a saludar. "Al final, tuvo que subir siempre. Nos tomaba de las muñecas y nos mostraba como a los campeones", se ríe.
Los 32 actores, la mayoría veinteañeros, se sientan en el piso, y escuchan atentos cada comentario. El gran estreno del 14 de enero se acerca, y todo debe estar en su lugar. Juan Rodó, Drácula, es el único de los artistas en escena que estuvo en aquella versión primeriza, a sus 24 años. Sus compañeros de elenco tienen esa edad, la de su gran debut, "su nacimiento", como lo define. Él comparte la charla final como uno más.
Las palabras de Cibrián resbalan de a muchas a la vez, ansiosas por salir. Habla de la obra, de que disfruta quedarse en su casa mirando series "tontas" y compartiendo el tiempo con Santiago, su pareja desde hace 10 años, arquitecto y constructor. Saluda a quien será el maquillador de la obra y conversa con el jefe de vestuario. Mahler llega con el tiempo justo luego de otro compromiso, y repasa partituras con su hijo, que compartirá con él la dirección de la orquesta. Siempre sonriente, está distendido porque confía, o porque sabe que todo saldrá como deberá ser. Rodó saca su set de maquillaje, y empieza la transformación frente al espejo. Después cambia jeans y zapatillas por la gran capa confeccionada en los talleres del teatro San Martín, intacta como ayer. El paso del tiempo, la experiencia y el respeto son las palabras que repiten los tres cuando hablan del trabajo, de hacer musicales. Tantos años juntos – entre "Drácula", "Las mil y una noches", "El jorobado de Notre Dame", "Dorian Gray" y "Otelo"- hacen del decir como del hacer una coherencia casi total.
–¿Cómo es retomar la misma obra tanto tiempo después?
Cibrián: - Antes que nada, es tomar una dimensión exacta del paso del tiempo. Fue ayer que comenzamos, que elegimos a Juan, a (Cecilia) Milone y a (Paola) Krum. Después de giras y reposiciones, sentí que esta vez tenía que hacerla de nuevo. Un mismo texto pero con una nueva concepción del director, que no es el mismo de hace 20 años. La vida me ha modificado. Implica rejuvenecer, crecer. Es un riesgo mayor que cuando lo estrené
Mahler: -A mí me emociona por muchas cosas. Una es la que dice Pepe, el paso del tiempo, pero además el darme cuenta de que la música para teatro es, justamente, atemporal. Y por otro lado, hoy me encuentra dirigiendo y tocando el piano junto a mi hijo. Ese es un deseo de toda la vida.
Rodó: - ¡Yo era un nene cuando lo hice! Es un volver a los comienzos, a mi nacimiento con ese protagónico. Además siento que soy el mismo joven de aquella época, por el espíritu de lucha, la manera de pararse frente al trabajo y la vida misma. Por eso podemos seguir trabajando juntos los tres, porque coincidimos en ese ánimo, en la perseverancia y tenacidad.
–La relación entre los tres debe estar aceitada…
Rodó: - La vinculación y el afecto hacen que ya nos conozcamos, pero lo bueno es que ninguno pierde la ubicuidad en la relación. Por más que haya amistad o cariño, Pepe no deja de ser mi director. Hay un respeto por el lugar que ocupan, la confianza no distorsiona esos roles.
Cibrián: - En el teatro se han ido perdiendo las costumbres del respeto, la admiración. Yo no hago poner de pie a los actores cuando entro, como se estilaba antes, pero sí les pido que me aplaudan. Si no lo sienten, les pido que se vayan. Debe haber respeto. Tiene que ver con la disciplina. Comemos juntos, lo que quieras, pero el rol es intachable. Yo trabajo desde el afecto con mi gente.
Mahler: - Pepito es mi familia, mis hijos lo llaman "tío". No hay mucho que explicar, es todo muy natural. Y con Juan pasa otra cosa, la relación compositor-intérprete. Él hace que el mensaje te llegue al corazón. Y sobre todo compartimos el sentir por la música.
Rodó: - De los directores que conocí, Pepe creo que es el único cariñoso, que busca una vinculación especial con el elenco, con todo el elenco. Eso lo hace diferente. Podés pagar la clase de un muy buen maestro, pero que siempre busquen, como hace Pepe, que brilles, no tiene precio. De hecho, el año que viene planeo hacer una versión nacional del musical "Nine" de Broadway, escrito y llevado adelante por mí. Él lo sabe y le encanta que realice mi sueño con esa obra, un desafío muy importante para mi carrera.
–La incorporación de tu sobrina Candela, Pepe, y de tu hijo Damián, Ángel, ¿cómo se dio?
Cibrián: -Fue Ángel quien decidió que ella fuera Mina, le tomó las pruebas igual que a los demás. Claro que es mi sobrina, no soy ingenuo, pero si él consideraba que había alguien superior, lo hubiera hecho. Es como ver a mi madre en el escenario. Tengo videos de ella al año cantando la música de "Drácula" en una piletita, imaginate. Y Ángel, que le entrega la batuta a su hijo, le cede su espacio. Eso tendría que hacer la Reina de Inglaterra, ¡y dejarse de joder! ¡Qué horror cuando la gente se aferra a los podios! Un buen padre debe ceder para ver a su fruto superarlo. A mí me gusta fantasear con que me van a superar, eso me da mucho placer.
Mahler: - Creo que se tiene que dar así, fue natural. Yo la viví muy bien, y ahora voy a compartir la dirección y el piano con Damián, es algo soñado. Hay una afinidad total en cómo se deben hacer las cosas, me siento muy afortunadoww.
Cibrián: - Yo hablo mucho con los chicos, y les digo, "mi sobrina no es boluda. Si ustedes están en el camarín puteando a Pepe y ella entra, ¡sigan haciéndolo!". A lo mejor es ella la que más putea al tío (Risas)
–Para vos, Juan, ¿qué se siente volver a compartir una obra con un elenco tan joven?
Rodó: - A veces veía como negativo trabajar con principiantes. Pero pienso "yo también lo he sido". En ellos, que tienen muchas cosas que aprender, quizá estén los grandes talentos del mañana. Cuando trabajé con Claudia Lapacó en "Las Mil…", frente a su carrera, yo era un joven, pero ella me tenía alta estima. Los caminos de la vida y el arte ocurren en tiempos distintos, lo bueno es el aprendizaje que se pueda dar en el proceso.
–¿Qué es lo que más disfrutan de hacer teatro?
Cibrián: - Hago todo con mucho placer, no sabría vivir de otra manera que con el teatro. Es una vocación profunda. Lo que hoy más me conmueve de la vida es sentir que he trascendido a través de esta obra, y de otras, de manera profunda.
Mahler: - Me conecta con algo que me encanta, no sé describirlo, es una energía particular. Si querés llamalo Dios, no sé. No me da vergüenza decirlo porque es así. Uno cierra los ojos, suenan las notas del piano, y te conectás con algo valioso, lindo.
–A esta altura de sus carreras, ¿siguen teniendo nervios, ansiedad?
Rodó: - Es cada vez peor. Es un exceso de responsabilidad, de conciencia que antes no tenía. Ahora sé lo que hago, lo que cuesta, lo que la gente espera de mí. No sólo el público, sino mis colegas, el ojo crítico, a veces uno se siente expuesto a eso. Los estrenos causan excesiva ansiedad. Entro a canciones sin aire, siento que la voz no me llega, todas situaciones de estrés.
Cibrián: - Yo estoy muy nervioso, es como volver a conocer el amor. Que esté la sangre Cibrián-Campoy-Meliá (la de mi abuela) sobre el escenario también me genera una cosa interna importante. Yo no sé si ellos están con nosotros, muchos me dicen que sí. Yo no puedo hablar con mi madre, nunca la soñé; a mi padre una vez, apenas había muerto. No sé si están, pero sí su sangre.
Mahler: - Yo no me voy a subir a su locura, ¡soy músico! (Risas) Me agarra ansiedad, nervios no. Si no confiáramos en el equipo de trabajo, no podríamos hacer nada. Sólo confirmo lo que me decían de chiquito: "Vos tenés que desear algo muy fuerte para que suceda", y vuelve a suceder.
Fotos Margarita Fractman







