Espectáculos
19.01.2011
Turistas que buscan otro norte en la Feliz
Para los que eligen la tranquilidad, un paraje de casitas de colores y playas vírgenes. Rumbeando unos kilómetros hacia el norte desde el centro marplatense, dejando atrás el Parque Camet y Playa Franca -el experimento seminudista levantado por Moria Casán-, por la ruta 11 que va hacia Villa Gesell, el camino se bifurca y a la derecha uno se encuentra con el ingreso hacia Santa Clara del Mar.
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INFOnews
Rumbeando unos kilómetros hacia el norte desde el centro marplatense, dejando atrás el Parque Camet y Playa Franca -el experimento seminudista levantado por Moria Casán-, por la ruta 11 que va hacia Villa Gesell, el camino se bifurca y a la derecha uno se encuentra con el ingreso hacia Santa Clara del Mar. Al atravesar la pequeña ciudad balnearia de un lado están las dunas y los acantilados y del otro la llanura, que en los últimos diez años fue poblándose. Una casita naranja.
Otra verde con ribetes bordó. Una pintada de violeta y amarillo. Más atrás, otra azul. ¿No es una versión mejorada del tradicional Caminito porteño? Las viviendas de los marplatenses, platenses y capitalinos, y de los turistas que les alquilan optando por la paz del lugar, son de material y no de chapa (y se ubican frente a unas amplísimas playas mucho más limpias que el fétido Riachuelo). En el lugar no hay almacenes, sólo un par de restaurantes y un negocio de alpargatas. Tampoco llega la luz ni el gas natural. El viento sopla constante porque no hay vegetación que resista el salitre y crezca para dar reparo.
La familia Montiel llegó desde Chaco para veranear en Mar del Plata. A los días, su necesidad de vacaciones se transformó: "Queríamos algo más tranquilo, así que buscamos por Internet y encontramos esta casita", cuentan. Por las mañanas, disfrutan de la playa de Camet Norte, y por las noches se dan una vuelta por La Feliz para comer o ir a ver algún espectáculo.
Pero aunque para muchos la zona es sinónimo de tranquilidad, a Susana Belloti y su marido enero los espanta porque, dicen, "esto es un boom" y el movimiento es permanente. Ella es arquitecta egresada de la Universidad de Mar del Plata. Con su primer sueldo, hace quince años, le compró el terreno a su abuelo, que lo tenía abandonado. Sin siquiera conocerlo, en una tarde de invierno se acercó hasta allí y la energía del ambiente le indicó que ese era su lugar en el mundo. "A mi marido también le atrajo el lugar así que vinimos a vivir tipo familia Ingalls, sin luz ni nada", cuenta.
Ambos comenzaron a rastrear los terrenos aledaños y llegaron a saber que la mayoría de sus propietarios eran mayores de 70 años que querían venderlos por su escaso valor. Susana comenzó a comprarlos y luego a construir casas. Decidió agregarles el color por la imposibilidad que brinda el lugar de tener vegetación. "No se las vendimos a cualquiera, sólo a gente con onda", aclara. La mayor parte de los compradores fueron de Capital Federal y La Plata, quienes "empezaron viniendo de a poco y terminaron radicándose".
Entre los últimos que decidieron comprar figuran una pareja de Barcelona y una familia de franceses. Construyeron comunicándose con Susana vía mail, y piensan instalarse cuando se jubilen. "El invierno acá es muy crudo y no cualquiera se lo banca, y pasar el primero es clave: si lo lográs, este es tu lugar".
Silencio. Tan sólo se oye ruido de pajaritos y de olas que rompen, y se ven agapanthus violetas (las únicas flores que crecen en la aridez) que sorprenden cada tanto entre los pastizales que crecen entre casa y casa. Carla es docente y vive en Avellaneda. Hace cinco años, llegó paseando por los lugarcitos de la costa atlántica. Los elementos mencionados, el viento, las casitas y sus acogedores colores, la enamoraron y decidió adquirir un terreno. "Este lugar es el paraíso para los que lo elegimos porque no queremos ruido, ni asfalto, ni semáforo, ni playa con balneario", asegura. Renegaría si se instalara un almacén, un kiosco, o colocaran postes de luz en las calles.
"Aquí sólo corre el viento y el tiempo", reza el cartel colgado en el frente del hogar de Rody, herrero y escultor que le construyó la casa a Carla y a otros lugareños. Las hizo respetando el color y la tipología de casas de piedra, madera y material como patrón común. Nació en un pueblito de Necochea y pronto se mudó a Mar del Plata, pero 10 años atrás decidió migrar a Camet Norte. Buscaba tranquilidad y la encontró, pero también se queja por la cantidad de gente que circula en verano.
Juanchi, Juan y Toto son amigos y llegaron desde Los Hornos, en La Plata, para pasar quince días en la casa de los padres de Nacho. Hace ocho años, la compraron para hacerse escapadas una vez por mes. "En ese momento fue una ganga", cuenta Nacho. "Vinimos buscando tranquilidad, y no nos movemos de acá", cuentan los cuatro veinteañeros. Están haciendo "vida de viejos" pero no les preocupa. Amanecen cerca de las 8 de la mañana y temprano a la nochecita ya los sorprende el sueño: "Pero como vinimos a experimentar con el surf y este lugar es óptimo para aprender, estamos contentos", explican, aunque el mar despojado de escolleras sea más bravo que en cualquier otro lugar, y el viento les complique la aventura más de lo esperado.
Otra verde con ribetes bordó. Una pintada de violeta y amarillo. Más atrás, otra azul. ¿No es una versión mejorada del tradicional Caminito porteño? Las viviendas de los marplatenses, platenses y capitalinos, y de los turistas que les alquilan optando por la paz del lugar, son de material y no de chapa (y se ubican frente a unas amplísimas playas mucho más limpias que el fétido Riachuelo). En el lugar no hay almacenes, sólo un par de restaurantes y un negocio de alpargatas. Tampoco llega la luz ni el gas natural. El viento sopla constante porque no hay vegetación que resista el salitre y crezca para dar reparo.
La familia Montiel llegó desde Chaco para veranear en Mar del Plata. A los días, su necesidad de vacaciones se transformó: "Queríamos algo más tranquilo, así que buscamos por Internet y encontramos esta casita", cuentan. Por las mañanas, disfrutan de la playa de Camet Norte, y por las noches se dan una vuelta por La Feliz para comer o ir a ver algún espectáculo.
Pero aunque para muchos la zona es sinónimo de tranquilidad, a Susana Belloti y su marido enero los espanta porque, dicen, "esto es un boom" y el movimiento es permanente. Ella es arquitecta egresada de la Universidad de Mar del Plata. Con su primer sueldo, hace quince años, le compró el terreno a su abuelo, que lo tenía abandonado. Sin siquiera conocerlo, en una tarde de invierno se acercó hasta allí y la energía del ambiente le indicó que ese era su lugar en el mundo. "A mi marido también le atrajo el lugar así que vinimos a vivir tipo familia Ingalls, sin luz ni nada", cuenta.
Ambos comenzaron a rastrear los terrenos aledaños y llegaron a saber que la mayoría de sus propietarios eran mayores de 70 años que querían venderlos por su escaso valor. Susana comenzó a comprarlos y luego a construir casas. Decidió agregarles el color por la imposibilidad que brinda el lugar de tener vegetación. "No se las vendimos a cualquiera, sólo a gente con onda", aclara. La mayor parte de los compradores fueron de Capital Federal y La Plata, quienes "empezaron viniendo de a poco y terminaron radicándose".
Entre los últimos que decidieron comprar figuran una pareja de Barcelona y una familia de franceses. Construyeron comunicándose con Susana vía mail, y piensan instalarse cuando se jubilen. "El invierno acá es muy crudo y no cualquiera se lo banca, y pasar el primero es clave: si lo lográs, este es tu lugar".
Silencio. Tan sólo se oye ruido de pajaritos y de olas que rompen, y se ven agapanthus violetas (las únicas flores que crecen en la aridez) que sorprenden cada tanto entre los pastizales que crecen entre casa y casa. Carla es docente y vive en Avellaneda. Hace cinco años, llegó paseando por los lugarcitos de la costa atlántica. Los elementos mencionados, el viento, las casitas y sus acogedores colores, la enamoraron y decidió adquirir un terreno. "Este lugar es el paraíso para los que lo elegimos porque no queremos ruido, ni asfalto, ni semáforo, ni playa con balneario", asegura. Renegaría si se instalara un almacén, un kiosco, o colocaran postes de luz en las calles.
"Aquí sólo corre el viento y el tiempo", reza el cartel colgado en el frente del hogar de Rody, herrero y escultor que le construyó la casa a Carla y a otros lugareños. Las hizo respetando el color y la tipología de casas de piedra, madera y material como patrón común. Nació en un pueblito de Necochea y pronto se mudó a Mar del Plata, pero 10 años atrás decidió migrar a Camet Norte. Buscaba tranquilidad y la encontró, pero también se queja por la cantidad de gente que circula en verano.
Juanchi, Juan y Toto son amigos y llegaron desde Los Hornos, en La Plata, para pasar quince días en la casa de los padres de Nacho. Hace ocho años, la compraron para hacerse escapadas una vez por mes. "En ese momento fue una ganga", cuenta Nacho. "Vinimos buscando tranquilidad, y no nos movemos de acá", cuentan los cuatro veinteañeros. Están haciendo "vida de viejos" pero no les preocupa. Amanecen cerca de las 8 de la mañana y temprano a la nochecita ya los sorprende el sueño: "Pero como vinimos a experimentar con el surf y este lugar es óptimo para aprender, estamos contentos", explican, aunque el mar despojado de escolleras sea más bravo que en cualquier otro lugar, y el viento les complique la aventura más de lo esperado.







