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19.05.2011

13. Julieta Lanteri

Fue la primera italiana que obtuvo un título de médica en la Argentina. Se nacionalizó para poder elegir y ser elegida. Sentó precedentes en Latinoamérica. Fue contra todos los tabúes incluido el de la educación sexual. Sólo la detuvo un "accidente" con tufillo fascista.

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Por Natalia Gelós

Aquel domingo 26 de noviembre de 1911, alguien perturbó la concentración de testosterona enfilada en los pasillos de la Iglesia San Juan Evangelista del barrio de La Boca. Ese día en el que se renovaban las listas de concejales de Buenos Aires, y mientras todas las mujeres de la ciudad miraban cómo sus hombres opinaban sobre el curso político a través del voto, hubo una, de 37 años, que cruzó el portal de la iglesia que funcionaba como primer Juzgado de Paz de la ciudad. El cuerpo robusto de Julieta Lanteri, enfundado en un traje blanco y sombrero a tono, aguardó en la fila poblada de corbatas, bigotes y sombreros de fieltro masculinos. Sus tacos resonaron en el interior de la parroquia. La doctora Lanteri exigió emitir el voto, que todavía no era secreto, sino verbal o escrito en papel y luego leído en voz alta por la autoridad de mesa. Adolfo Saldías, el presidente de mesa, validó ese sufragio y Lanteri se metió así en la historia como la primera mujer que votó, en la Argentina y en Latinoamérica. Faltaban aún treinta y seis años para que Eva Duarte de Perón anunciara a las mujeres de su patria la Ley de Voto Femenino.

No sería ese el único logro de esa mujer nacida el 22 de marzo de 1873 bajo el nombre de Julia Magdalena Angela en el pueblo italiano de Cuneo. Desafió cada límite que la sociedad le impuso. No siguió directivas. Nunca se afilió a los partidos tradicionales, creó el propio. Y se casó, pero a los 37 años, con un joven 14 años menor que ella, sin títulos académicos, ni apellido de linaje, ni mucho menos dinero. Obligó a que los diarios no permanecieran indiferentes a sus batallas feministas, hasta su sospechosa muerte en 1932.

Los Lanteri fueron de los primeros italianos en partir hacia esa promesa llamada América. Cuando tocaron suelo argentino, ella tenía apenas seis años. Estuvieron un lustro en Buenos Aires y mudaron a la recién inaugurada ciudad de La Plata. Allí vivió Julieta hasta culminar sus estudios secundarios en el Colegio Nacional.

Cuando en 1897 aprobó el ingreso a la carrera de medicina en la Universidad de Buenos Aires, Lanteri se paseó otra vez por salas donde los hombres monopolizaban el paisaje. Aunque en 1889 Cecilia Grierson se había graduado en esa facultad (y se convertía en la primera médica de Latinoamérica), los hombres aún se escandalizaban ante la idea de que una mujer examinara un cuerpo desnudo. Además, el Código Civil obligaba a las mujeres a permanecer bajo la tutela de su padre o su esposo, prohibiéndole la independencia económica. Por aquello de que la unión hace la fuerza, en 1904, Lanteri cofundó la Asociación Universitarias Argentinas.

A los 34 años, un ocho adornó la tesis que la convirtió en "doctora en Medicina y Cirugía". Era la quinta médica recibida, pero la primera mujer de origen italiano que obtenía un título universitario. Trabajó en la Asistencia Pública de Buenos Aires, un puesto despreciado por los hombres. Desde su lugar y a través de la publicación Semana Médica, denunció las falencias de la política municipal. "Se preocupan por las bellezas edilicias de esta capital y echan al olvido la belleza física de sus habitantes y llevan la incuria hasta el punto de permitir que una de las enfermedades más evitables de todas las que azotan a la humanidad (la viruela), marque su afrenta en el rostro de los hombres, las mujeres y los niños", decía, siempre directa y sin eufemismos. La prevención sanitaria era una de sus obsesiones. Y en tándem con Raquel Camaña (de las primeras pedagogas argentinas, admirada por José Ingenieros) intentaron quebrar el tabú que impedía hablar de educación sexual, asunto que todavía hoy se discute a 200 años de historia patria.

Lanteri se destacaba ya dentro de los movimientos feministas que tomaban visibilidad en el país. En el Primer Congreso Femenino en Argentina de 1910 (del que fue promotora y secretaria) levantó revuelo: "Hago, pues, moción para que el congreso formule un voto de protesta contra la tolerancia de los gobiernos al sostener y explotar la prostitución femenina que es para la mujer moderna su mayor dolor y su mayor vergüenza", propuso, y su moción fue apoyada.

Entre su vida profesional y su ajetreada militancia, todo parecía indicar que en la agenda de Lanteri no figuraba el casamiento. Pero a los 37 años comenzó una relación con Roberto Renshaw, joven de 23 años recién llegado de Europa. Lanteri, que por entonces ya había fundado la Liga Argentina de Mujeres Librepensadoras, no reparaba en habladurías y un 6 de junio contrajo matrimonio. Aunque la unión fue breve y años después diría a Mundo Argentino que "el matrimonio es una monotonía y con frecuencia un aburrimiento grave", ese invierno la doctora sumó a su firma el apellido de su esposo.

Una carta le comunicó la negativa a su solicitud de adscripción a la cátedra de Enfermedades Mentales porque no tenía la ciudadanía argentina. Y allá fue Lanteri, a pegar un salto más en su carrera de obstáculos. Obtuvo en 1910 un fallo que sentó precedente. El juez dictaminó que la mujer gozaba "en principio" de "los mismos derechos políticos que los ciudadanos varones". Y formalizó su inscripción en el padrón municipal de 1911. "Doctora Julieta Lanteri Renshaw, de nacionalidad naturalizada, profesión médica, domiciliada en Suipacha 782, que paga impuesto...". Así, pudo ser protagonista del voto histórico en la Iglesia San Juan Evangelista, en La Boca.

La ley Sáenz Peña, que instauró el sufragio universal y secreto, tuvo sin embargo un costado restrictivo para las mujeres: para votar, era requisito indispensable el empadronamiento en el Ejército, y eso fue lo que pidió Lanteri en 1919, en sede militar. Esta vez fracasó judicialmente, pero junto a su abogada Angélica Barreda, encontró un atajo reivindicativo: si no podía elegir, al menos podía ser elegida. Fue así como nació su candidatura a diputada. El 15 de abril de ese año, entre los carteles de campaña que empapelaban la ciudad, había uno que, imperativo, decía: "En el Parlamento, una banca me espera. Llevadme a ella". Se destacaba, sobre todo, porque era una mujer la que daba la orden. Respaldada por el flamante Partido Feminista Nacional, Lanteri lo hizo otra vez. Ahora se convertía en la primera mujer en candidatearse para un puesto político. Su plataforma abogaba por los derechos femeninos, proponía reformas a la legislación laboral e igualdad para hijos legítimos y no legítimos. En la esquina de Rivera Indarte y Rivadavia, Plaza Flores, subida a un cajón y con apuntes de su discurso en la mano, protagonizó el primer acto de campaña callejero, frente a unas dos mil personas, en su mayoría hombres que la escuchaban entre curiosos y atentos. Eran más que los que luego la votaban: su postulación obtuvo un promedio de mil a mil quinientos votos en las cinco veces que se presentó sin obtener banca.

Una Lanteri desconocida apareció en 1928: promocionaba un novedoso tratamiento contra la calvicie. Pero no podía con su genio y mientras daba entrevistas sobre su método, filtraba comentarios políticos. Según cuenta su biógrafa Ana María De Mena, autora de Paloma Blanca, cierta tarde un ladrón irrumpió en su vivienda de Berazategui. Lanteri ignoró las amenazas y contragolpeó con un sermón laico sobre solidaridad y moral, al cabo del cual el hombre decidió entregarse en la comisaría más cercana.

En 1930, Lanteri presentó su última candidatura. Dos años después, un automóvil la atropelló en la esquina de Diagonal Norte y Suipacha. El conductor huyó y ella, luego de dos días de agonía, murió el 25 de febrero de 1932. Una mujer, Adelia Di Carlo, fue la única periodista que por entonces puso en duda la versión del accidente. Las investigadoras Araceli Bellota y Ana María De Mena adhieren a la hipótesis del asesinato. De Mena es contundente: "El expediente judicial está manchado donde figura el nombre del conductor y la matrícula del vehículo (que la atropelló). Sin embargo el diario El Mundo lo publicó: era David Klapenbach, de la Liga Patriótica (una fuerza de choque de la derecha), a la que se le comprobaron varios asesinatos". La policía fue a su casa, sacó sus pertenencias a la calle y allí las dejó. "¿No es esa una metodología de amedrentamiento?", se pregunta De Mena.

En un clima de creciente violencia política y represión, no era la de Lanteri una muerte más. Amante del tango y de sus mascotas (muertas al poco tiempo), amiga de Alfonsina Storni y Alfredo Palacios, cercana a la masonería y sin grandes riquezas, la mujer de los podios feministas falleció a menos de un mes de cumplir los cincuenta y nueve años. Sólo la muerte pudo pararla.






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