Por Pablo Robledo
Cuando cayo de rodillas ante un pelotón de fusilamiento del Ejercito Argentino, Facón Grande no era un hotel del microcentro porteño, ni una banda de heavy metal de Rawson, ni un colegio secundario cuyos alumnos votaron llevar su nombre, ni una estatua en el cruce de las rutas 3 y 281, ni un personaje en cuya piel se metió Federico Luppi en el film La Patagonia rebelde. A casi 90 años de su asesinato, es todas esas cosas y también un símbolo de la lucha de los peones rurales patagónicos en el primer cuarto del siglo XX.
Nacido José Font en los pagos entrerrianos de las cuchillas de Montiel (aunque algunos historiadores todavía siguen "la pista uruguaya", que lo da como nacido en Villa del Durazno), con familia de origen catalán, su mayor posesión era un bien que escaseaba y aún escasea: la palabra de honor. Su lugar en el mundo fue la Patagonia y su apodo le venia del facón que le colgaba de la cintura, acompañándolo a todos lados. Llegó a Cabo Blanco en 1905, trabajó como cuarteador de zorras, en la cosecha de la sal y fue contratado por el estanciero Miguel Iriarte, administrador general de la sociedad dueña de la estancia San José, al que sirvió de fuerza de choque en algunas disputas territoriales.
De a poco logró establecerse como uno de los carreros más respetados de la zona de Puerto Deseado, trasladando lanas y cueros de un extremo a otro de Santa Cruz con una flota de 5 carros. Poco sabía de leer y escribir, mucho sabía del oficio de domador, gustaba de cazar chulengos (avestruz pequeño) y tenía un sueño, como buen pionero de semejantes inmensidades: "poblarse", poseer unas tierras.
Bajito y retacón, su carácter fuerte, frontal, carajeado y libertario le legó un prontuario y enemigos poderosos y no tanto que llegaron a definirlo como "un bravucón que a veces no entendía razones y quería imponerse a toda costa". Su generosidad (hay, por ejemplo, testimonios de auxilio con plata sin devolución para una familia que tenía un hijo enfermo y debía viajar a Buenos Aires) le ganó amigos fieles y reconocimiento entre los estancieros y las peonadas.
El estallido de las huelgas rurales lo sorprende en una posición económica holgada y resentido con el establishment local. Luego de un incidente en que había sido golpeado ferozmente por el policía Lopresti y echado de unas tierras que ocupaba en Bahía Laura, Font retorna a su viejo oficio de carrero y se mezcla sólo con los peones, mayoritariamente extranjeros, criollos pobres y anarcosindicalistas.
Era el primer gobierno de Yrigoyen. El negocio agroexportador de la lana, principal producto patagónico, estaba en crisis porque el mundo desarrollado vivía la posguerra. Las clases altas, de aquí y de allá, se alarmaban por el avance de la revolución rusa. En el sur argentino, los peones se rebelaron a las condiciones infrahumanas de trabajo. A fines de 1920 y comienzos del ’21 hubo ocupación de estancias y toma de rehenes. Yrigoyen mandó al Ejército, con el coronel Héctor Varela al mando, en misión mediadora. Se firmó un acuerdo que reconoció las demandas de los huelguistas.
Pero el tiempo pasa y los terratenientes no cumplen el acuerdo. Explota otra vez el conflicto, y esta vez con mayor virulencia. La Sociedad Rural, la embajada inglesa y sectores de la prensa de Buenos Aires presionan. Vuelve el coronel Varela al Sur, pero con un espíritu distinto: imponer la ley marcial y reprimir a los huelguistas. Se estima que hubo 1.500 víctimas. Los yrigoyenistas aseguran que esas no fueron las órdenes del presidente y que el conflicto se desmadró violentamente. Los críticos del gobierno sostienen que la evidencia histórica está en que Varela jamás fue sancionado por sus actos.
De paso por la estancia de los hermanos Tirachini, Font recibe el ofrecimiento de ponerse al frente de un grupo. Duda, duda mucho, pero finalmente decide sumarse. "Lo hago por la juventud", dice, y sigue diciendo provocador: "Mire, macho me parió mi madre y lo voy a demostrar: me han elegido y voy a cumplir". Recorren las estancias de la zona buscando adeptos, concientizando, obligando a los patrones que no conseguían escapar a rumbear con ellos y apropiándose de alimentos y caballos para sostener la lucha. Con la línea de ferrocarril que une Puerto Deseado con Colonia Las Heras como objetivo, mueve a sus hombres en esa dirección, acampando en Cañadón del Carro, cerca de la Estación Tehuelches. Varela desplaza sus tropas hacia allí. Intercepta una caravana de autos y camiones de huelguistas, inexpertos y mal armados. Dispara. El fuego es respondido, mueren varios huelguistas y un soldado. Varela se repliega a Jaramillo. Font, contrariando el consejo de algunos de sus hombres, acepta una oferta de negociación cara a cara con el coronel, que incluiría nuevas condiciones de trabajo y liberación de peones prisioneros.
Al llegar Facón Grande y sus hombres a la Estación Jaramillo, dejan armas y pertenencias en una fonda y entregan sus caballos. Pero Varela no cumple: lo toma prisionero, ordena aislarlo en un galpón, le quita el facón y las ropas. Font le grita: "Así no se trata a un criollo, carajo", y lo desafía a pelear a cuchillo. Por toda respuesta el militar ordena que lo aten de pies y manos y que lo arrojen a un camión. Lo maltratan especialmente porque le atribuyen la autoría del disparo que mató al soldado Fischer. Trasladan a Facón Grande y demás prisioneros a unos tres kilómetros de la estación y, poniéndolos en hileras, los fusilan. Sus cuerpos quedan a la intemperie, a merced de los animales y aves de rapiña, por varios días. El cadáver de Facón Grande sobresale de los otros porque alguien pone, a modo de agraviosa revancha, una lata de pickles en su mano. Hoy, su tumba es una fosa común, sin identificación personal, en un lugar conocido como Cañadón de los Muertos. Y nada se sabe del destino que tuvo, en qué manos quedó, el legendario y enorme facón que portaba ese trágico 22 de diciembre de 1921.