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24.09.2011

La revolución tiene quien intervenga

La crisis en Libia I

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Por Khatchik DerGhougassian

Los ideólogos, teóricos y sinceros creyentes del llamado orden liberal internacional pueden celebrar tanto y quizá más que los rebeldes del Consejo Nacional de Transición el triunfo de la “revolución” libia con la irrupción primero en la céntrica Plaza Verde de la capital Trípoli de un centenar de combatientes la noche del domingo del 21 de agosto ocupándola efectivamente al día siguiente, y de ahí, dos días después, abriendo el complejo habitacional de Bab al-Azizía de Khadafi.

El asalto, sorprendentemente rápido y eficaz en una guerra caracterizada hasta entonces por avances y retrocesos recíprocos que indicaban más bien un equilibrio de las fuerzas antagónicas en el terreno, a la Plaza Verde y sobre todo la apertura de Bab al-Azizía no son, sin embargo, el equivalente del clásico concepto clausewitziano de la “batalla final”. El Guía de la Revolución no ha sido capturado pese a las expectativas de los rebeldes; su cuarto hijo, Saif ul-Islam, experto en procesos de democratización, tema de su tesis doctoral en el London School of Economics que se postulaba como el seguro heredero de la Yamahiría país ya no canalla sino más bien aliado desde 2003 a Occidente en su “guerra contra el terrorismo”, salió a desafiar en las calles de la capital a los rebeldes horas después de que la prensa internacional difundía la noticia de su captura para llevarlo delante de la Corte Penal Internacional; y, sobre todo, las tribus leales al régimen siguen combatiendo a los nuevos dueños del país. La guerra civil, en una palabra, va a seguir por algún tiempo, y por falta de referentes y proyecto coherente la alianza ad-hoc anti-Khadafi enfrentará un escenario de alto grado de inestabilidad, luchas internas y estallidos violentos.

Pero en este típico conflicto posmoderno, o de “cuarta generación”, la realidad virtual de los medios de comunicación impacta e importa mucho más que la realidad en el terreno. Y es ese tipo de realidad virtual que se necesita para la construcción del orden liberal internacional que en su etapa más reciente después de la Guerra Fría consiste en la consolidación de los mecanismos de la intervención humanitaria, pues, la realidad virtual convence, ayuda a crear –y creer en– la vigencia de la virtud de la alta ética por encima de la lógica del poder en las relaciones internacionales.

De ahí se entiende el júbilo de los entusiastas del intervencionismo humanitario por un emprendimiento exitoso once años después del primer intento en Kosovo. En aquel entonces, vale la pena recordar, Bill Clinton, pero sobre todo Tony Blair, promovieron la intervención humanitaria para impedir la masacre de los kosovares albaneses supuestamente amenazados de aniquilamiento por parte de los serbios. La propuesta no convenció a los miembros permanentes del Consejo de Seguridad donde Rusia ya la percibió como una agresión contra sus aliados eslavos en los Balcanes, y China se aferró aún más a su sospecha de cualquier noción dudosamente moralizadora. A falta de la legitimidad necesaria de la ONU, la asociación Blair-Clinton comprometió a la OTAN en una clara demostración de fuerza. Un poco menos de diez años después, en febrero de 2008, Kosovo declaró su independencia generando aún mayor controversia en torno del fin último del intervencionismo humanitario.

La intervención en Libia, en cambio, se hizo de un modo muy prolijo. Francia recurrió al Derecho a Proteger vigente desde 2005 en su primera implementación argumentando que Khadafi amenazaba de genocidio a sus opositores. El resultado fue la resolución 1973 que le permitió a la OTAN hacer uso de la fuerza para proteger a la población civil. La abstención de China y Rusia y el silencio de los países árabes demostró cuán no querido era el arrogante líder quien en 2003 se ilusionó de haber terminado con casi veinte años de aislamiento internacional luego de una larga lista de provocaciones, injerencia en asuntos internos en los países árabes y fomento de actos de terrorismo. Abandonó el programa nuclear, invitó a sus pares árabes a alejarse de la tentación de las armas de destrucción masiva, se sumó con mucho entusiasmo a la “guerra contra el terrorismo”, y sobre todo abrió generosamente su bolsillo para financiar a las víctimas de su más aberrante acto de terrorismo, comprar armas a los europeos, invertir en la economía italiana, permitir el acceso al petróleo, y mandar a Saif ul-Islam a construirse en Europa la imagen del joven reformador para asegurar, como es de costumbre en el mundo árabe, la continuidad de su dinastía.

Nada de estos favores aparentemente pesó cuando Sarkozy mezcló un toque de liberalismo anglosajón a su gaullismo para tomar la iniciativa de promover la intervención. Cameron lo respaldó probablemente no tanto para imitar a Blair en su fervor humanitario sino más bien para tomar distancia de su antecesor quien había sido el primer hombre de Estado europeo en abrazar al libio luego de perdonarle su pecado de terrorismo. Los alemanes se molestaron pero mucho no podrían oponerse, y hasta Berlusconi, con quien el libio quizá se sentía el más identificado por el gusto tan particular de caballerismo casanovesco que ambos tienen, terminó defraudándolo... En cuanto a Obama, consciente del costo político que significaría el alto perfil en una tercera guerra sin aún cumplir con la promesa de retirarse aunque fuera de una, se mantuvo en segunda fila; pero, Make no mistake! a la hora de las bombas, como en Yugoslavia allá en 1995, fueron sus boys los que tiraron los primeros 100 misiles Tomahawk, y mantuvieron firme el curso de la intervención ya que probablemente a los europeos pronto se les iba a acabar el poder de fuego a lo largo del mandato onusiano.

Si la intervención de los tres aliados de la OTAN salvó vidas inocentes es una cuestión que probablemente dependa más sobre el criterio político del significado de “salvar vidas” que cualquier demostración empírica. Lo cierto es que los daños colaterales no faltaron, y si se le creyera a Khadafi bastante se ocultaron pues aparentemente no se preocuparon demasiado de las vidas en su campo. Pero lo cierto también es que la intervención humanitaria terminó siendo respaldo militar a los rebeldes que probablemente terminarían muy mal y muy pronto sin la ayuda en armas, logística y entrenamiento que recibieron de los aliados de la OTAN y algunos países del Golfo –más precisamente Qatar–. Y si bien los aliados con mucha humildad saludan a los rebeldes como artífices del triunfo, no se debe descartar la supervisión en el terreno de la campaña de militares de la OTAN, sin hablar de todos los agentes de servicios ya presentes en el lugar para prevenir –o promover, como los sospechosos analistas anti-yankee aseguran– la infiltración de islamistas.

Que la intervención de la OTAN en Libia haya sido un trabajo prolijo no significa que el argumento de la alta ética del humanitarismo convence a la hora de preguntarse por las razones estratégicas detrás de la decisión. Tampoco está claro si fueron razones estratégicas las que determinaron la decisión de promover la intervención. La performance del presidente francés, por ejemplo, se vinculó más a las dificultades internas que enfrentaba con la caída de su popularidad; sin descartar viejos rencores que Paris tuvo con Trípoli que no les hizo fácil la vida de los soldados franceses en Chad. Pero llama la atención que Libia haya sido el primer país árabe donde a diferencia de Túnez, Egipto, Bahrein, Yemen, Jordania y otros convulsionados por las revueltas, las potencias occidentales tomen partido a favor de los manifestantes; de hecho, muchas notas de opinión y análisis entusiastas de la intervención humanitaria la saludan como el apoyo manifiesto de las potencias occidentales a la Primavera Árabe, y ya empiezan a formular argumentos a favor de una presencia militar en el terreno que de todas maneras muy probablemente pida el Consejo Nacional de Transición, además de todo el asesoramiento que va a necesitar para la etapa post Khadafi de reconstrucción y democratización.

Es decir, el triunfo de la “revolución” en Libia, país donde estaba al poder el hombre de Estado más aislado en el mundo, ha brindado la oportunidad a las potencias occidentales para intervenir y recuperar por lo menos la vigilancia sino el control de un proceso de cambio sistémico que las revueltas árabes, en particular el triunfo de las revoluciones en Túnez y Egipto, habían empezado a promover desde la movilización masiva contra autocracias corruptas pero aliadas a los países occidentales en la “guerra contra el terrorismo” y, sobre todo, socias de negocios públicos y privados de las democracias liberales y sus representantes a quienes no les falta el buen gusto de vacaciones todas pagas en hoteles lujosos de Sharm el-Sheij o las playas del Mediterráneo, sin hablar de intereses en las inversiones que sus pares, o esposas e hijos de estos, proyectan hacer. Los juicios a los Ben Alí o Mubarak hablan también de una autonomía que las revoluciones en Túnez y Egipto aspiraban fomentar en los asuntos públicos –internos o externos–. La autonomía así fomentada desde la democratización promovida por las movilizaciones sociales y sin el “auspicio” de las potencias occidentales podría, sin embargo, perjudicar sus intereses.

La intervención, en este caso “humanitaria”, en la “revolución” libia, entonces, les permite a las potencias occidentales volver a recuperar un espacio de control para seguir promoviendo la Primavera Árabe y el proceso de democratización pero a la Sinatra –haciéndola “a mi manera”...–. Todo lo demás, incluyendo el tan popular argumento de mayor acceso al petróleo de Libia, sigue lógicamente esta primera razón estratégica de recuperar un espacio de presencia y control en las revueltas árabes para impedir que el grado elevado de autonomía que la construcción de la democracia desde abajo promueve termine perjudicando sus intereses en la región.







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