Espectáculos
19.11.2008
La fábula del lobo y Obama
Con los cambios que llegan, ¿no convendría pedirle plata al Fondo?
Por:
INFOnews
Para apreciar bien un cuadro no hay que mirarlo muy de cerca, dicen los que dicen saber, y comparte el sentido común del neófito. Análogamente, si no se toma algo de perspectiva frente a los cambios históricos que están ocurriendo en el mundo se corre el riesgo de no advertir su trascendencia. El fin de semana pasado los presidente de los países del Grupo de los 20 que representan el 85 por ciento del Producto Bruto Mundial firmaron en Washington una declaración que favorece el uso de incentivos fiscales y monetarios para reactivar la demanda, promueve la vigilancia de las agencias evaluadoras de crédito y reconoce la necesidad de regular los mercados financieros. Además, si bien “subraya el importante papel del FMI en la respuesta a la crisis y saluda el nuevo mecanismo de liquidez a corto plazo”, se plantea el “compromiso de avanzar en la reforma de las instituciones de Bretton Woods (el FMI y el Banco Mundial) de forma que puedan reflejar los cambios en la economía mundial para incrementar su legitimidad y eficacia”. Sobre esto último agregaron que “los países emergentes y en desarrollo, incluyendo los más pobres, deberán poder hacer escuchar mejor su voz y estar mejor representados”.
Es verdad que el documento también afirma que “estas reformas sólo tendrán éxito si se basan en un compromiso con los principios del libre mercado, incluyendo el imperio de la ley, el respeto a la propiedad privada, inversión y comercio libre, y mercados competitivos y eficientes”.
Fidel Castro lo ridiculizó por su “lenguaje tecnocrático inaccesible para las masas, aburrido y plagado de lugares comunes”, y lo caracterizó como “una pleitesía al imperio, que no recibe crítica alguna a sus métodos abusivos”, y cuestionó puntualmente “las loas al FMI, al Banco Mundial y a las organizaciones multilaterales de créditos, engendradores de deudas, gastos burocráticos fabulosos e inversiones encaminadas al suministro de materias primas a las grandes transnacionales, que son además responsables de la crisis”. Su crítica publicada en Granma el lunes pasado termina así: “Si se dispone de la paciencia necesaria para leerlo desde el principio hasta el final, podrá apreciarse cómo se trata simplemente de una apelación piadosa a la ética del país más poderoso del planeta, tecnológica y militarmente, en la época de la globalización de la economía, como quienes ruegan a lobo que no se devore a Caperucita Roja”.
Así como nadie podía esperar que de esa cumbre surgiera un manifiesto con tinte revolucionario, no es irrelevante que ese ámbito emitiera una declaración de sesgo keynesiano, que revaloriza el rol del Estado, que incluye algunas autocríticas a la desregulación neoliberal, y que establece como un objetivo la reforma de un FMI al que se lo presenta como deslegitimado.
Todo eso en el contexto de la peor crisis del capitalismo, y días después de que Estados Unidos eligiera a Barack Obama como presidente.
Si alguna esperanza hay en que la declaración no se quede en palabras, una de las preguntas ineludibles es si a la Argentina le conviene ir revisando su decisión estratégica de no recurrir al Fondo en busca de financiamiento.
De hecho, ya hay quienes la están formulando con respuesta incluida. El hoy consultor Mario Brodersohn provocó señalando que “se podría decir que hoy el FMI es progresista, con Obama como presidente y con las políticas keynesianas puestas en práctica”. Y agregó que “no se puede descartar la alternativa de recurrir al Fondo” para cubrir los vencimientos del año que viene. Un paso más lejos, Juan José Llach opinó que “es un error no recurrir a un préstamo del FMI, teniendo en cuenta que las condicionalidades son distintas a las de antes”.
La tasa de interés del Fondo siempre fue más baja que la tasa de mercado. Pero los préstamos terminaban siendo mucho más costosos por las políticas de ajuste y sus respectivas metas que el organismo ponía como condición para los desembolsos.
Con Obama como presidente del país con mayor poder de decisión en el Fondo, y suponiendo que la declaración del G-20 efectivamente se concrete en lo referido a la institución, ¿tienen razón el ex secretario de Hacienda de Raúl Alfonsín y el ex viceministro de Domingo Cavallo?
El Centro para la Investigación Económica y Política (CEPR en su sigla inglesa) tiene sede en Washington, orientación bien heterodoxa, aunque cuenta en su consejo de asesores con los premios Nobel Joseph Stiglitz y Robert Solow. Sus dos principales economistas se adelantaron a los acontecimientos y un día antes de la declaración del G-20 emitieron un comunicado titulado “Advertimos sobre el resurgimiento del FMI”. Mark Weisbrot y Dean Baker alertaron que “si se permite que el Fondo controle los préstamos a los países en desarrollo durante la actual crisis... hay un riesgo importante de que se impongan políticas procíclicas inadecuadas, como lo han hecho en los diez años previos”. Recuerdan que el organismo “responde básicamente al Departamento del Tesoro estadounidense que usa su influencia para canalizar los salvatajes a través del Fondo y de esa manera establece sus condicionamientos y selecciona a los beneficiarios de esa asistencia de acuerdo a sus preferencias políticas”.
Weisbrot y Baker apoyaron enfáticamente a Obama, pero por ahora se muestran del todo desconfiados de que el lobo deje de ser tal.
El antecedente de la gestión de Bill Clinton les da la razón.
zlotogwiazda@hotmail.com
Es verdad que el documento también afirma que “estas reformas sólo tendrán éxito si se basan en un compromiso con los principios del libre mercado, incluyendo el imperio de la ley, el respeto a la propiedad privada, inversión y comercio libre, y mercados competitivos y eficientes”.
Fidel Castro lo ridiculizó por su “lenguaje tecnocrático inaccesible para las masas, aburrido y plagado de lugares comunes”, y lo caracterizó como “una pleitesía al imperio, que no recibe crítica alguna a sus métodos abusivos”, y cuestionó puntualmente “las loas al FMI, al Banco Mundial y a las organizaciones multilaterales de créditos, engendradores de deudas, gastos burocráticos fabulosos e inversiones encaminadas al suministro de materias primas a las grandes transnacionales, que son además responsables de la crisis”. Su crítica publicada en Granma el lunes pasado termina así: “Si se dispone de la paciencia necesaria para leerlo desde el principio hasta el final, podrá apreciarse cómo se trata simplemente de una apelación piadosa a la ética del país más poderoso del planeta, tecnológica y militarmente, en la época de la globalización de la economía, como quienes ruegan a lobo que no se devore a Caperucita Roja”.
Así como nadie podía esperar que de esa cumbre surgiera un manifiesto con tinte revolucionario, no es irrelevante que ese ámbito emitiera una declaración de sesgo keynesiano, que revaloriza el rol del Estado, que incluye algunas autocríticas a la desregulación neoliberal, y que establece como un objetivo la reforma de un FMI al que se lo presenta como deslegitimado.
Todo eso en el contexto de la peor crisis del capitalismo, y días después de que Estados Unidos eligiera a Barack Obama como presidente.
Si alguna esperanza hay en que la declaración no se quede en palabras, una de las preguntas ineludibles es si a la Argentina le conviene ir revisando su decisión estratégica de no recurrir al Fondo en busca de financiamiento.
De hecho, ya hay quienes la están formulando con respuesta incluida. El hoy consultor Mario Brodersohn provocó señalando que “se podría decir que hoy el FMI es progresista, con Obama como presidente y con las políticas keynesianas puestas en práctica”. Y agregó que “no se puede descartar la alternativa de recurrir al Fondo” para cubrir los vencimientos del año que viene. Un paso más lejos, Juan José Llach opinó que “es un error no recurrir a un préstamo del FMI, teniendo en cuenta que las condicionalidades son distintas a las de antes”.
La tasa de interés del Fondo siempre fue más baja que la tasa de mercado. Pero los préstamos terminaban siendo mucho más costosos por las políticas de ajuste y sus respectivas metas que el organismo ponía como condición para los desembolsos.
Con Obama como presidente del país con mayor poder de decisión en el Fondo, y suponiendo que la declaración del G-20 efectivamente se concrete en lo referido a la institución, ¿tienen razón el ex secretario de Hacienda de Raúl Alfonsín y el ex viceministro de Domingo Cavallo?
El Centro para la Investigación Económica y Política (CEPR en su sigla inglesa) tiene sede en Washington, orientación bien heterodoxa, aunque cuenta en su consejo de asesores con los premios Nobel Joseph Stiglitz y Robert Solow. Sus dos principales economistas se adelantaron a los acontecimientos y un día antes de la declaración del G-20 emitieron un comunicado titulado “Advertimos sobre el resurgimiento del FMI”. Mark Weisbrot y Dean Baker alertaron que “si se permite que el Fondo controle los préstamos a los países en desarrollo durante la actual crisis... hay un riesgo importante de que se impongan políticas procíclicas inadecuadas, como lo han hecho en los diez años previos”. Recuerdan que el organismo “responde básicamente al Departamento del Tesoro estadounidense que usa su influencia para canalizar los salvatajes a través del Fondo y de esa manera establece sus condicionamientos y selecciona a los beneficiarios de esa asistencia de acuerdo a sus preferencias políticas”.
Weisbrot y Baker apoyaron enfáticamente a Obama, pero por ahora se muestran del todo desconfiados de que el lobo deje de ser tal.
El antecedente de la gestión de Bill Clinton les da la razón.
zlotogwiazda@hotmail.com







