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09.09.2011

La canción como un ejercicio para pensarnos

Hoy se presenta en La Plata el libro del periodista Martín Graziano

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Por lo general, las canciones dan cuenta del momento cultural, social y político que les toca vivir a sus autores. Aunque esta especie de principio no puede afirmarse de manera rotunda, ya que no hay ninguna ciencia exacta en el medio sino canciones y músicos (tan ciclotímicos ellos).

¿Las canciones persiguen un fin? Y de hacerlo, ¿cuál sería? Imposible saberlo. Sí podemos saber, que en más de una ocasión distintos artículos periodísticos, ensayos o libros han dado cuenta de algunos procesos musicales que han creído detectar. Muchos de ellos reales y otros tantos "creados". Lo que nadie puede negar que en los últimos años la música del Río de La Plata fue testigo del florecimiento de numerosos songwriters, que moviéndose en una escena común y partiendo del rock van más allá y abrazan el folclore, el jazz, el tango, la chanson  y la canción latinoamericanista.

Por ese camino transita el libro Cancionistas del Río de la Plata, del periodista Martín Graziano y editado por Gourmet Musical Ediciones. El trabajo que propone una interacción entre distintas facetas del arte tendrá esta noche, a las 20, en el Centro Cultural Islas Malvinas (19 y 51) su presentación platense. Y como no se trata sólo de música (estarán Lucio Mantel, Julieta Rimolidi y Nacho & los Caracoles), habrá espacio para disfrutar de las fotografías de Lula Bauer y de las proyecciones de Sonido Ambiente.

“Aunque tiene mi nombre en la tapa, se trata de un libro colectivo, multidisciplinario y en tiempo presente. Entonces la presentación del Malvinas -como la de Buenos Airess y las que vengan- debe respetar esas condiciones. Por empezar, van a estar las fotos de Lula Bauer que no sólo ilustran el libro, sino que también lo construyen: hablamos de una retratista que vive la escena de los cancionistas palmo a palmo, interviniendo no sólo con su cámara sino también como productora, docente y activista.

También vamos a proyectar varios episodios del sitio web Sonido Ambiente (otro espacio fundamental para la escena, en este caso audiovisual) y tendremos la fortuna de contar con las canciones de Lucio Mantel, Julieta Rimoldi y Nacho & los Caracoles (esto es, el proyecto de Nacho Rodríguez, Faca Flores y Alvy Singer). En el medio, charlaremos sobre el libro y otras tantas cosas con la propia Lula Bauer, Sergio Pujol y Leandro Donozo, responsable de Gourmet Musical Ediciones”, comenta a Diagonales sobre el evento de esta noche Martín Graziano, la firma responsable de este trabajo.

–¿A partir de qué elemento nace un libro como Cancionistas del Río de la Plata?
–Cancionistas del Río de la Plata nace de la necesidad de pensarnos desde la canción, en este lugar y -como diría Liliana Herrero- este tiempo. Nace de la urgencia por dejar registro de una escena activísima que los medios masivos registran en muy poca escala y, para los medios especializados, resulta un desafío. Concretamente, el libro es el retrato de una generación que, aunque tiene una formación afectiva vinculada con el rock, en algún momento de la década pasada sintió que ese espacio era cada vez más estrecho. Que tal como lo planteaba el mainstream -y hasta una parte del indie-, cada vez nos representaba menos y no tenía sentido seguir alimentando una sensibilidad que, encima, era de otra época. Entonces, para oxigenarse, se abrió a otras culturas y comenzó a ponerse en contacto con los folklores latinaomericanos, con el tango, el canto popular del Uruguay, la MPB, la chanson, el cabaret berlinés, la trova comprometida, la música africana y hasta la -mal-llamada electrónica. Lo metabolizaron todo. Muchos decidieron expandir su formación acercándose a las escuelas de música, los conservatorios, la música académica y, mientras ese proceso avanzaba, asistimos al derrumbe de la industria discográfica. También sobrevino Cromañón, que dejó como saldo una herida mortal en el corazón de una cultura y, además, un circuito desierto. En ese contexto -y signadas por esas circunstancias- empezaron a aparecer las canciones de tipos como Pablo Dacal, Ezequiel Borra, Gabo Ferro, Tomi Lebrero o Lisandro Aristimuño. Algo había cambiado: en esas obras, Charly era tan referencial como Eduardo Mateo, Caetano Veloso, Corsini o Yupanqui.

–¿Por qué uno -en este caso usted- decide embarcarse en un proyecto como este?
–Porque, como periodista, había vivido el mismo proceso. Digamos, mi formación afectiva también tiene que ver con el rock y la contracultura. De hecho escribí -junto a Sebastián Benedetti- un libro dedicado al Expreso Imaginario, la prensa alternativa y la cultura rock. Pero en algún punto empezó a ser notorio que todo ese caudal contracultural ya no tenía que ver con el rock, porque las bandas habían dejado de estar inscriptas en un contexto cultural para insertarse en un mercado. A ver, una cosa era Woodstock o el festival Aquí, allá y en todas partes, pero otra cosa muy distinta es el Quilmes Rock. Las bandas se estaban convirtiendo en pymes (burguesas o proselitistas), los medios especializados en meras revistas de efemérides o entretenimiento y aquellos artistas que se asumían como novedosos estaban en realidad calcando el pasado. Al principio, como cualquier joven melómano, me interesó la tendencia. Pero cuando se convirtió en un tic y, mucho antes de que no quedara retro por formular, me había aburrido soberanamente. Por el contrario, casi al mismo tiempo había accedido a varios discos de Liliana Herrero. Ahí empecé a sentir que si bien ella estaba tomando voces del pasado, las estaba hablando como lenguas del presente y el futuro. Digo, yo había escuchado las canciones del Cuchi, pero a partir de allí me sonaron más cerca… porque tanto Leguizamón, como Mateo, Violeta Parra o Yupanqui eran interrogados en tiempo presente. Eran tratados como personas, y no como próceres congelados. Ahí encontré la punta de un hilo que me llevó a un viaje que todavía sigue y me estalló la cabeza. Como cualquiera, yo estaba buscando una identidad, una genealogía cultural posible que me explicara: hacia el pasado, pero también -y sobre todo- hacia el futuro.

–¿Qué tienen los “cancionistas” que no tienen las bandas de rock o pop?
–Primero hay que decir que todo esto no significa que no se haga una música interesante en nombre del rock. Por empezar, hay propuestas decentes y hasta muy buenas incluso en el mainstream. Por ejemplo, Massacre o Estelares (aunque Massacre viene de la contracultura y heredó ese lugar ante la caída de las grandes bandas barriales, y Estelares es -en realidad- la cancionística popular de un tipo como Moretti, que tiene tanto de Favio y de tango como de García y Wilco). A su vez, en el rock arty también hay cosas que me encantan, pero la verdad es que ya no marcan el pulso en tiempo presente de una ciudad. Son expresiones para minorías enteradas -como nosotros- a las que nos interesa específicamente la música. Digo, ir a ver un recital de -por ejemplo- Pez, como quien va a ver un concierto de -por ejemplo- Adrián Iaies. No se si me explico. Repito: creo que el rock cumplió un ciclo en la cresta de la ola y ahora su aporte es parte importante del cauce de nuestra cultura, como lo es el tango de los '40. Cualquiera me diría, 'pero los recitales masivos son del rock'. Claro, pero porque el mercado de la música 'joven' nació para y por el rock. Los grandes productores y los grandes medios y los periodistas de la actualidad vienen de ahí y van a perseverar en su ser. A todo esto, creo que es importante decir que La Plata es medio la excepción que justifica la regla. No casualmente todo el tiempo está repitiéndose que las bandas que van a salvar al rock son de acá. En ese sentido, creo que La Plata es una isla donde todavía parece tener sentido hacer rock. Por su multidisciplinariedad, porque nadie espera vivir de la música y tienen otros trabajos (para bien y para mal), porque quien sabe…

–¿De qué cree que da cuenta la existencia de tanta cantidad, variedad y calidad de songwriters?
–De la gran fertilidad que ofrece un terreno inédito. Cuando uno escucha una canción como el “Choro de la estaciones” -del último disco de Tomi Lebrero- escucha una lírica muy tanguera apoyada en una rítmica del Brasil y un humor muy rockero. Pero no es fusión. Digo, no es una banda de rock tocando una chacarera ni hay un intento de legimitimarse con géneros ajenos, como en el caso de cierto folclore jazzístico o, también, de cierto rock progresivo. Hay una tensión entre todos esos elementos puestos en pugna que le da vida a la canción. La mantiene alerta. Toda esta efervescencia también habla de un momento sociopolítico, porque sintoniza con un cambio de paradigma dentro de la coyuntura de Latinoamérica. La recuperación de un anhelo continental que el neoliberalismo había desdibujado, cuando buena parte de la sociedad lo único que hacía era mirar con ansias ese espejismo del Primer Mundo. Incluso a los músicos, claro, que compraban sólo discos importados y grababan en el exterior hasta una sección de caños. En ese sentido, creo que es una canción política.

–¿Es posible hallar tópicos comunes a todos en las letras? ¿Cuáles son los ejes que los unen y cuáles aquellos que los diferencian?
–Si bien esta generación rápidamente encontró un lenguaje musical, le costó más empezar a poblar un universo poético propio. Y se sabe: el tango tuvo su impronta como la tiene la zamba o el rock porque una cultura necesita construir sus tópicos y sus formas. En este caso, al comienzo muchos de los cancionistas heredaron esa naturaleza constantemente auto-referencial del último rock. Sin embargo, de a poco empezaron a contar las historias del siglo nuevo y a soltar la pluma (con mayor o menor fortuna según el caso, obviamente), buscando un registro que estos dos últimos años apareció con algunos discos decisivos como El progreso, El tiempo del amor, El hambre y las ganas de comer, Me arrepiento de todo y los Valses eróticos del Río de la Concha de tu hermana… Esa primera dificultad también pudo tener que ver con que antes podía ser más fácil encontrar una voz… estaba claro quién era el enemigo: tenía uniforme. Sin embargo, en la actualidad esa circunstancia es más sutil: están entre nosotros. Finalmente, esta generación parece rebelarse contra la dictadura del consumo, los medios masivos y la tecnología.

–¿Cómo trabajó las entrevistas?, ¿qué le interesó rescatar en cada una de ellas?
–Cancionistas del Río de la Plata tiene como modelo un libro fundacional para el rock argentino: Como vino la mano, de Miguel Grinberg. Un libro cuya última edición apareció a través de Gourmet Musical (que también publicó mi libro) y cierra con el manifiesto Asesinato del rock, de Pablo Dacal. No casualmente convoqué a Miguel para escribir el prólogo y él tuvo la gentileza de acceder y escribir un texto que -para mi- resulta revelador. En fin, aquel libro de Miguel tenía un largo ensayo iniciático y luego hacía casi un trabajo de campo con los protagonistas. Cancionistas era un caso similar: como no se trata de un relato acabado, sino de algo que está sucediendo ahora, el libro debía ser crítico, documental y fragmentario. Entonces sabía de antemano que el registro de las entrevistas debía respetar una cierta oralidad -como rasgo de época y de personalidad- e ir en busca del hilo de un pensamiento. Para encontrarlo, había que reconstruir la historia de cada protagonista, porque el pensamiento se construye sobre las circunstancias personales y sociales. Una estética es, también, una fatalidad. Es decir, que Pablo Grinjot comenzara a presentarse con un ensamble de cámara como la Ludwig Van  es fruto de su formación académica, pero también tiene que ver con el desierto del circuito under en el post- Cromañón.

–La presentación se convertirá en una suerte de comunión entre varias partes (música, literatura, periodismo, fotografía). Son esferas que también se comunican en el libro, ¿por qué cree que es importante esta interrelación?
–Es importante devolver a la música a un contexto cultural para que pueda pensarse horizontalmente. Inclusivamente. En diálogo con el otro. Con el cine, la política, el teatro, la historieta y la danza. Con otros géneros. Es la única forma de mantener una canción oxigenada y evitar que se cristalice. Se sabe: el poder prefiere que una cultura esté cristalizada para poder utilizarla y sustraer su poder de representatividad. Por eso existe el Día de la Tradición, el turismo for export, las publicidades de Levis con guitarras eléctricas o las canciones-slongan de campaña política. Esta generación -como el Cuchi, como Ramón Ayala, Cabrera o Liliana Herrero- trabaja la identidad como si fuera algo líquido. En construcción permanente. Así es capaz de escamoteársela al poder y devolverla a la gente. Algo así.






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