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23.10.2011

Biografía de mi biblioteca

Diez escritores argentinos muestran su pertenencia más preciada. Cuentan cuáles son sus ejemplares favoritos, los que los avergüenzan, sus manías con los libros y cómo fueron construyendo un capital, que es mucho más que tinta y papel.

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Por Melisa Miranda Castro, Daniela Rossi y Denise Tempone

Abelardo Castillo

Por MMC

"Un escritor tiene derecho a tener casi cualquier libro", sentencia sin pudor Abelardo Castillo. Sólo guarda en sus estantes la obra de los autores que le gustan, por eso no se deshace de los libros. En sus muebles se puede encontrar desde "Las memorias de la princesa rusa" hasta "Mein Kampf" ("Mi lucha") o las obras de Lenin y Marx, que las tuvo a la vista, incluso durante la dictadura.

Su biblioteca se reparte por toda su casa: la principal está en su estudio, con los autores que lo han acompañado toda la vida; en el living tiene un bargueño con más ejemplares y otra más pequeña donde sólo guarda obras completas. Su esposa, Sylvia Iparraguirre, tiene su estudio con su propia biblioteca. Pero comparten los libros, aunque Castillo dice que a disgusto: "Yo soy muy cuidadoso; Sylvia, como es académica, tiene un trato un poco despiadado con los libros. Los universitarios los marcan y son capaces de hacerlo con tinta y de distintos colores", comenta indignado. En el dormitorio de ambos hay otra biblioteca, que es como una extensión de la mesa de luz. "Descubrí que me hartaba levantarme de noche en calzoncillos o como estuviera para ir a buscar un libro a la biblioteca, entonces decidimos hacer una. Ahí tenemos cerca de 800 ejemplares", comenta Abelardo.

El escritor estima que cuenta con unos siete mil libros. "Hay unos dos mil que yo recuerdo haber tenido siempre, porque a los 21 años ya tenía casi todos los libros que había leído. Sé dónde está cada uno y, además, sé, en una enorme cantidad de libros, qué ocurría cuando los compré o me los regalaron", afirma el autor de "El que tiene sed". Por ejemplo, al "Cancionero de Baena" recuerda haberlo robado cuando recién la conoció a Sylvia. "Ella era muy formal y estructurada, muy jovencita y fuimos a una librería del centro. Yo compré un libro muy chiquito de un peso y le pedí que fuera a pagarlo mientras yo me puse bajo el brazo el ‘Cancionero de Baena’ que es un libro que tiene un lomo de 20 centímetros. La esperé en la puerta y le dije: ’bueno, vamos, empezá a correr que me acabo de robar el cancionero’", cuenta el hombre que es capaz de recorrer buena parte de su vida, sólo tocando los libros de su biblioteca. "Los diarios de Kafka" y "La carta al padre", lo remiten a Olavarría, donde hizo el servicio militar; "El ser y la nada" también lo recibió ahí, por una novia que se lo mandó de sorpresa. Las obras completas de Poe, en una edición chica, también guarda recuerdos afectivos para Abelardo por haberla llevado consigo a todas partes. "No sólo podría referirme al momento de comprar los libros, sino a quién era yo o qué me pesaba o qué amor me había acometido en el momento de comprar ese libro. Para un escritor todos los libros tienen una historia relacionada con su vida personal", dice.


Alan Pauls

Por D.T

"Cuando me fui a vivir solo a los veinte me di cuenta que tenía libros que había acumulado, que me eran propios. Ahí entendí que tenía armada una biblioteca y que eso me daba derecho a llevármela. Quizás era lo único que tenía derecho a llevarme, después de todo, era lo único en toda la casa que era realmente mío. Entonces tomé conciencia de mi pasado como lector y a partir de ese momento construí sobre eso", explica Alan Pauls. ¿Qué construyó? Una pared de alrededor de cinco mil libros a los cuales define como "sumamente funcionales" y que asegura recurrir con cierta asiduidad. "Todos me sirven para algo, pero algunos los tengo más a mano. Son esos libros que releo al menos cada dos años. Entre ellos están ‘Roland Barthes por Roland Barthes’, los diarios de Kafka, y novelas como ‘Pálido fuego’ y ‘Lolita’ de Vladimir Nabokov. También hay tomos de Proust, Borges, Arlt y Puig", enumera.

Quien se tope con cualquiera de esos cinco mil ejemplares notará pronto que tienen la marca de Pauls: subrayados y anotaciones que le hizo en diversas etapas de su vida, diferentes interpretaciones a lo largo del tiempo que hoy los vuelven "imprestables", aún cuando su dueño no le tema a la práctica de compartir letras. "Yo los presto, pero suelen rechazarlos. No todos soportan enfrentarse a textos tan intervenidos", explica comprensivo.

No existen en esta biblioteca construida a lo largo de 40 años -empezó a comprarlos cuando tenía 13-, libros que hayan llegado de manera azarosa o que se hayan infiltrado sin conocimiento del escritor. "Sé por qué los conservo y no temo deshacerme de los que no me gustan. Utilizo las mudanzas para eso, cada mudanza es una purga. Y a la hora de incorporar nuevos, confieso que raramente me equivoco con un libro". Pauls destaca en esta suerte de bendición literaria la fortuna o el poco sentido de aventura, simplemente explica que quienes le mandan libros ya lo conocen lo suficiente como para entender qué cosas son de su agrado. "La gente de las editoriales me conoce, otros escritores también y yo mismo me conozco lo suficiente como para seguir ciertas corazonadas e ignorar otras", aclara. ¿Existe un género vergonzante entre sus joyas literarias? "En un momento me gustaron mucho los relatos pornográficos, de ésos que salían como correo de lectores en revistas porno y hasta los guardaba. Ahora no estoy al tanto de tener de eso", concluye entre risas.


Samanta Schweblin

Por MMC

La biblioteca de Samanta Schweblin comenzó a formarse cuando tenía 13 o 14 años y empezó a ir desde Hurlingham, donde vivía, hasta Capital. En esos viajes conoció las mesas de saldo de la calle Corrientes. "En ese entonces valía lo mismo comprarse ‘Rojo y negro’ de Stendhal, que un alfajor Jorgito", recuerda esta escritora de 33 años que está considerada por muchos de sus colegas como la mejor cuentista argentina. Cuando los libros fueron creciendo en cantidad, su padre le fue agregando estantes en su cuarto, muchos de los cuales forman la biblioteca actual de su casa. Entre esas primeras obras, tenía algunas que había tomado de la biblioteca familiar y otros que le regaló su abuelo, como los cuentos completos de Cortázar, de Adolfo Bioy Casares y de Borges. "Él me regalaba muy buena literatura, me los compraba para mí y me leía también. Fue el que por primera vez me leyó como adulta, no tenía esta cosa que los padres tienen que leen con un entusiasmo casi infantil. Agarraba un libro de Gabriela Mistral o Alfonsina Storni y se le caían las lágrimas. Creo que mucho de mi fascinación con la lectura empezó ahí", recuerda Schweblin.

Cuando los estantes se multiplicaron y ya eran como cinco o seis, implementó por primera vez "el estante de la basura", donde están esos libros que no quería leer pero que no podía tirar. "Cuando elegí ese estante fue porque había cosas que a la biblioteca le sobraban", comenta. Pero esos ejemplares tampoco los regala, porque dice que le gusta dar buena literatura. "Si entrego un libro se lo doy a alguien que no lee demasiado, y siento que regalar libros que no te alucinan es como perder disparos", asegura. Ella es fanática de Etgar Keret, un joven escritor israelí que hace unos años publicó "El chofer que quería ser Dios" pero como no era muy conocido pasó enseguida a la mesa de saldos. Samanta aprovechó la oportunidad: calcula que debe haber comprado unos 20 ejemplares que le dio a todos sus amigos. "Los libros que me sobran en la biblioteca los vendo. No me interesa tener una biblioteca gigante, me gusta saber lo que tengo y pongo en los estantes sólo los que leí o los que están empezados", explica.

Cuando empezó a viajar por literatura, comenzó a descubrir libros que no llegaban a la Argentina y así conoció, por ejemplo, a Flann O’Brien. También empezó a recibir ejemplares dedicados de los otros escritores y eso cambió su biblioteca. "El ‘sólo queda lo que me interesa’, empezó a no ser tan así", reconoce. Entre libros que atesora están los de Ray Bradbury, la primera edición de los "Diarios de Kafka" (que compró usado a bajo precio) y una versión antigua del "Martín Fierro", que le dio su abuelo.


Ana María Shua

Por MMC

"Los primeros libros que me regalaron fueron ‘Azabache’ y ‘Artemito y la princesa’. Los compartía con una amiga de la primaria y las dos nos peleábamos por ‘Artemito’ porque tenía un dragoncito en la tapa. Jugamos a las figuritas y yo perdí, me tocó ‘Azabache’ y ése fue mi encuentro con la literatura. Me cambió la vida", reconoce Ana María Shua al hablar del libro fundacional de su biblioteca. Hoy en día tiene sus ejemplares muy ordenados por idioma y orden alfabético. Entre muchos paneles y estantes se pueden encontrar algunas rarezas, como el ejemplar de "El monitor argentino", un texto impreso manuscrito con distintos tipos de letras, que servía para enseñar a los chicos a escribir. Se hizo a fines del siglo XIX. "Mi papá me lo legó creyendo que iba a ser valiosísimo, pero no es el caso. Se imprimieron cientos de miles de copias", comenta. En ese vasto universo, todos sus ejemplares tienen un valor afectivo o alguna anécdota detrás. "Si reviso mi edición del ‘Vizconde de Bragelonne’, tiene manchas de manteca, porque lo leía cuando tenía 15 años y comía galletitas Express untadas que se me caían sobre el libro".


Fabián Casas

Por MMC

Revisar la biblioteca de un escritor puede ser la oportunidad para detectar esos otros libros que lejos de exhibirse con orgullo se esconden con cierto pudor. Las elecciones "estéticamente incorrectas" tienen un lugar en la biblioteca de Fabián Casas que no teme en señalar el título de un libro le avergüenza guardar. "Otoño, poemas de desintoxicación de tristeza", de Gaspar Houses, dispara sin temor a desnudar un pedazo oculto de su ser. Aunque lo dice con un truco sólo para entendidos y atribuye a Gaspar Houses (Casas, en inglés), una obra de su propia autoría, que ha quitado de su bibliografía. "A los 18 años me di cuenta de que mi biblioteca tenía entidad, como el océano protoplasmático que habita en el planeta Solaris", compara Casas. Entre los libros más antiguos que guarda está una edición original del primer Ferdydurke de Gombrowicz y entre las obras que más vuelve a leer se encuentra "Viaje al fin de la noche" de Céline, "es un libro que releo siempre que estoy bien de ánimo, para no perder el equilibrio y saber que el mundo es un infierno", confía. Al autor de "Ocio" no le tiembla el pulso cuando tiene que deshacerse de alguna obra y cuando ya no le importa para nada o no le dice nada, la descarta. Eso sí, no es egoísta con sus posesiones y suele prestar libros. "Si uno no presta libros, los libros no te enseñaron nada", sentencia.


Marcelo Birmajer

Por D.R.

En la sala por la que se accede al departamento del Abasto hay cajas, un armario con revistas y más arriba, libros. En la habitación principal, donde Marcelo Birmajer prepara el libro que editará en 2012, "El suplente", también abundan los estantes. A la izquierda están sus libros publicados, ordenados por título, con sus respectivas traducciones al inglés, alemán y hebreo, entre otros. A la derecha, los de su colección de ciencias sociales (política, historia nacional e internacional) y, en el otro costado, los de ficción.

"Hace varios años que ésta se convirtió en mi biblioteca principal", cuenta Birmajer. En su casa guarda algunos ejemplares más antiguos, o que no consulta tan a menudo para su trabajo. Aquí trae los que compra. "Son pocos los libros que heredé de mi padre", hace memoria. "Hay uno que recuperé hace poco de la casa de mi madre: ‘Diecisiete historias perdidas’, de Somerset Maugham. Ése era de él y ahora lo tengo acá", explica. Ese autor inglés fue el primero que recuerda haber leído "en serio", a los 19 años. El libro más antiguo data de los años ‘30, y son pocos los que prestó y no volvieron. Es que en realidad prefiere otro método para que los libros no se pierdan: "Si quiero que alguien tenga un libro, prefiero comprarlo y regalárselo, así el mío queda aquí". "Tampoco tengo ningún ejemplar que me avergüence. Si me pasa eso, lo tiro y con ganas", dice.

La biblioteca del autor de "Tres mosqueteros" y la serie de "Historias de hombres casados", entre otros, está ordenada, pero no tanto como él quisiera: "Una vez contraté a un chico que los ordenó todos; sería bueno tener otro orden general ahora". Sin embargo, todos tienen sus lomos hacia fuera, están parados y siguen un patrón: orden temático los sociales, y orden alfabético por autor, los de ficción. Los suyos están por título. Uno de los únicos ejemplares que está fuera de lugar es de Henry Kissinger y tiene su motivo: el escritor lo consultó para el epígrafe de una novela. Los que relee con más frecuencia por gusto, según confiesa, son los autores de los que también tiene más libros: Maugham e Isaac Bashevis Singer. "Ésos los leo todo el tiempo", revela.

Libros especiales no hay muchos en los estantes de su biblioteca, asegura. Sí cuenta que tiene una figurita difícil de conseguir, "Seis crisis", de Richard Nixon. Y enseguida hace una salvedad en referencia a los libros: "Tengo en la biblioteca un disco de Andrés Calamaro que me dedicó él cuando cumplí los 40, dice: ‘Un nuevo amanecer’".


Mauricio Kartun

Por MMC

La biblioteca de Mauricio Kartun no se limita al espacio asignado a sus estantes, es una biblioteca sin fronteras. Los libros del dramaturgo invaden toda la sala de su casa y descansan también sobre los muebles, la mesa ratona y cualquier rincón que encuentren para apoyarse. A pesar de esto, está ordenada por género, por país y por autor. El dramaturgo tiene muy fresco el recuerdo de cómo empezó a armarla. "Fue en los años cincuenta, el día en que mi madre me regaló un mueblecito de estilo futurista porque los lomos amarillos de la colección Robin Hood rebalsaban los rincones", cuenta. Pero recién unos años más tarde, a los 19, cuando hizo su primera mudanza, se dio cuenta del volumen que había adquirido su biblioteca. "Tuve que comprar estantes de madera y unos rieles con ménsulas y rebuscármelas para hacerle la albañilería. Y otra vez, a los 24, cuando me fui a vivir solo y el señor del taxiflet no podía entender para qué tantos", recuerda.

En ese universo bibliográfico, Kartun tiene variados ejemplares, pero entre los más antiguos tiene unos que datan del siglo XIX. También conserva "amorosamente" algunos de su infancia. A pesar de que su biblioteca es muy numerosa, tiene criterio para descartar algunos. "Regalo los repetidos. Los que me interesan menos van a parar a cajas. Pienso a veces en canjearlos por otros que necesite pero nunca me da el tiempo y las cajas se apilan…", reconoce. Para poder obtener la residencia permanente en la estantería de Kartun y no ser exiliadas a las cajas, las obras tienen que pasar la prueba de fuego de la lectura completa, o al menos generarle expectativas ciertas de una lectura futura.

El diccionario etimológico de Joan Corominas nunca llegará a las cajas porque es de los que más uso tiene. "No hay semana desde hace muchos años en que no deba abrirlo al menos un par de veces", dice. Es uno de los que atesora especialmente. "Descubrir el origen de una palabra suele ser la mejor manera de renovarla en su sentido, de sacarla de la rutina y hacer la ruta hacia otro lado, de hallarle en esa distancia condición poética. Al fin y al cabo el mecanismo más requerido por mi profesión", asegura el autor de "Chau Misterix".

Los libros son tesoros preciados para el dramaturgo y está muy consciente de lo que tiene entre sus posesiones. Cuando presta uno hace fichas en una libretita y reconoce que suele recuperarlos. "Y si no, no dudo en reclamar. Así y todo perdí cosas muy interesantes", confiesa. 

Fotos: Eugenia Kais, Alejandro Kaminetzky y Archivo 7 Días






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