Espectáculos
03.11.2011
El nuevo disco de Tom, el dulce
Bad as me, se llama. y parece una broma de muy buen gusto. porque es un discazo. Y porque él, a esta altura se sabe de sobra, de malo no tiene nada. El hijo de docentes vuelve a invitar a un viaje sobre cada uno, hasta lo más profundo que sea posible llegar.
Por:
INFOnews
Por Jorge Belaunzarán
No es fácil escuchar con tanta gente hablando, hablando alrededor. Y más, aún, si quien habla, le habla al otro al corazón. Así que sí, el hombre, dulce, si quiere conservar esa dulzura, debe dedicarse al juego; que (casi) siempre permite la seriedad en la misma proporción que la risa.
Dios, el que según dijo hace una década se fue de viaje de negocios (si alguna vez le llega esta crónica, la pregunta rastreada y no encontrada y que estaría buenísimo saber cómo respondería, es: ¿con quién hace negocios Dios?), le dio una voz a la que el lenguaje hablado todavía no alcanza a definir. Definir con precisión, precisamente como el adjetivo preciso, que tan preciso es.
Es de él la decisión de jugar en pos de una liberación de ese doble yugo divino: si un gran poder implica una gran responsabilidad (frase de la abuela del Hombre Araña de moda en estos días), entonces un gran voz implica expresarla en su forma más pura, sin trapisondas. Hacete cargo, sería. Podría haber elegido el camino convencional, el del dolor. Pero no es un camino elegido; como una pose, podría ser. Ademas el dolor es algo que sucede en cualquier camino. Tal vez más claro, así: tipo Charly Parker (al que homenajeó), o Ella Fitzgerald, por qué no Nina Simone, por suponer, al decir de los treinteañeros de hoy en su deseo de no perder la manzana del paraíso: la juventud.
Pero viró. Viró por una mujer. Y por un tiempo histórico (¿existiría la una sin el otro?). Y sobre todo lo hizo porque podía hacerlo: era un dulce esperando que a él también lo empalagaran. No es que conoció a Kathleen Brennan y conoció una forma de vida extraterrestre. No, ya tenía las condiciones de posibilidad de conocer a alguien que lo empalagara. Por un rato, claro, como los buenos dulces, esos que dan ganas de volver a comer y nunca dejar de sentir cómo se deshacen en la boca.
Porque ya unos años antes de conocer a quien se convertiría en una especie de manager, arregladora de algunos de sus temas, compositora de otros, consulta permanente para cómo oponer resistencia al mundo en caso de que fuera necesario, madre de sus tres hijos, se atrevió a Nighthawks At The Dinner (1975). Quería que fuera en vivo, entonces hizo dos sesiones de grabación en el Record Plant Studios, puso unas mesas frente a la banda, armó una barra y vendió entradas a la gente conocida. Amigos de la casa, como se acostumbra decir: toda buena gente de los cabarets de sospechosa estirpe que solía frecuentar para beber con gente como él, y aprovechar si la oportunidad daba para emborracharse. Entre otras estuvo Dewana, una stripper, y su marido, taxista. A ellos deleitó con música, cuentos y chistes. Tom, el dulce, les rendía homenaje.
Ya había grabado Closing Time (1973) y The Heart of Saturday Night (1974), pero Nighthawks... lo consagró. Por calidad. Más por atrevimiento: si la jugada salía mal, al crooner (algo así como juglar) se le iba a complicar seguir jugando. Y para soportar lo que dice esa voz es indispensable jugar. Hay algo de un más allá que dice al cantar, y no se puede estar en ese más allá todo el tiempo, ni estar allí sin jugar (acaso por eso sus discos se espacían tanto en el tiempo).
Y por eso los buenos muchachos de distintas industrias, en pos de aliviarlo, le propusieron usar algunos de sus temas para distintas publicidades de sus productos. Waits se negó. Entonces con su buena fe, los buenos muchachos se la imitaron. Waits los demandó. Y ganó. El triunfo podría haber servido de enseñanza, pero no. Eso fue en 1988 con Frito Lay y Waits se llevó 2,38 millones de dólares. Luego le sucedieron Levi's (1993), Audi (2000), Opel AG (2005). Ganó siempre, haciéndose de unos buenos pesos (dólares). Sin entender, mejor dicho, haciéndose que no entendían, manera altamente eficaz de hacer dudar a quien se niega a algo, Mercury Cougar le propuso una vez más participar de una publicidad: "Al parecer, la mayor virtud que nuestra cultura reconoce a los artistas es salir en los anuncios, preferiblemente desnudos y teniendo sexo sobre el capó de un nuevo automóvil". "Dudoso honor", calificó al ofrecimiento.
Hace unos días acaba de publicar Bad As Me (Malo como yo). Aparece en la tapa fuera de foco, en un gesto que duda entre la risa y el dolor. Si esas 14 bellas canciones son malas como él, entonces no hay duda de que Tom, el dulce, ríe. *
No es fácil escuchar con tanta gente hablando, hablando alrededor. Y más, aún, si quien habla, le habla al otro al corazón. Así que sí, el hombre, dulce, si quiere conservar esa dulzura, debe dedicarse al juego; que (casi) siempre permite la seriedad en la misma proporción que la risa.
Dios, el que según dijo hace una década se fue de viaje de negocios (si alguna vez le llega esta crónica, la pregunta rastreada y no encontrada y que estaría buenísimo saber cómo respondería, es: ¿con quién hace negocios Dios?), le dio una voz a la que el lenguaje hablado todavía no alcanza a definir. Definir con precisión, precisamente como el adjetivo preciso, que tan preciso es.
Es de él la decisión de jugar en pos de una liberación de ese doble yugo divino: si un gran poder implica una gran responsabilidad (frase de la abuela del Hombre Araña de moda en estos días), entonces un gran voz implica expresarla en su forma más pura, sin trapisondas. Hacete cargo, sería. Podría haber elegido el camino convencional, el del dolor. Pero no es un camino elegido; como una pose, podría ser. Ademas el dolor es algo que sucede en cualquier camino. Tal vez más claro, así: tipo Charly Parker (al que homenajeó), o Ella Fitzgerald, por qué no Nina Simone, por suponer, al decir de los treinteañeros de hoy en su deseo de no perder la manzana del paraíso: la juventud.
Pero viró. Viró por una mujer. Y por un tiempo histórico (¿existiría la una sin el otro?). Y sobre todo lo hizo porque podía hacerlo: era un dulce esperando que a él también lo empalagaran. No es que conoció a Kathleen Brennan y conoció una forma de vida extraterrestre. No, ya tenía las condiciones de posibilidad de conocer a alguien que lo empalagara. Por un rato, claro, como los buenos dulces, esos que dan ganas de volver a comer y nunca dejar de sentir cómo se deshacen en la boca.
Porque ya unos años antes de conocer a quien se convertiría en una especie de manager, arregladora de algunos de sus temas, compositora de otros, consulta permanente para cómo oponer resistencia al mundo en caso de que fuera necesario, madre de sus tres hijos, se atrevió a Nighthawks At The Dinner (1975). Quería que fuera en vivo, entonces hizo dos sesiones de grabación en el Record Plant Studios, puso unas mesas frente a la banda, armó una barra y vendió entradas a la gente conocida. Amigos de la casa, como se acostumbra decir: toda buena gente de los cabarets de sospechosa estirpe que solía frecuentar para beber con gente como él, y aprovechar si la oportunidad daba para emborracharse. Entre otras estuvo Dewana, una stripper, y su marido, taxista. A ellos deleitó con música, cuentos y chistes. Tom, el dulce, les rendía homenaje.
Ya había grabado Closing Time (1973) y The Heart of Saturday Night (1974), pero Nighthawks... lo consagró. Por calidad. Más por atrevimiento: si la jugada salía mal, al crooner (algo así como juglar) se le iba a complicar seguir jugando. Y para soportar lo que dice esa voz es indispensable jugar. Hay algo de un más allá que dice al cantar, y no se puede estar en ese más allá todo el tiempo, ni estar allí sin jugar (acaso por eso sus discos se espacían tanto en el tiempo).
Y por eso los buenos muchachos de distintas industrias, en pos de aliviarlo, le propusieron usar algunos de sus temas para distintas publicidades de sus productos. Waits se negó. Entonces con su buena fe, los buenos muchachos se la imitaron. Waits los demandó. Y ganó. El triunfo podría haber servido de enseñanza, pero no. Eso fue en 1988 con Frito Lay y Waits se llevó 2,38 millones de dólares. Luego le sucedieron Levi's (1993), Audi (2000), Opel AG (2005). Ganó siempre, haciéndose de unos buenos pesos (dólares). Sin entender, mejor dicho, haciéndose que no entendían, manera altamente eficaz de hacer dudar a quien se niega a algo, Mercury Cougar le propuso una vez más participar de una publicidad: "Al parecer, la mayor virtud que nuestra cultura reconoce a los artistas es salir en los anuncios, preferiblemente desnudos y teniendo sexo sobre el capó de un nuevo automóvil". "Dudoso honor", calificó al ofrecimiento.
Hace unos días acaba de publicar Bad As Me (Malo como yo). Aparece en la tapa fuera de foco, en un gesto que duda entre la risa y el dolor. Si esas 14 bellas canciones son malas como él, entonces no hay duda de que Tom, el dulce, ríe. *







