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10.11.2011

En una playa junto al mar

26 Festival de Cine de Mar del Plata: por primera vez, la organización es realizada casi exclusivamente por la provincia de Buenos Aires, a diferencia de años anteriores que dependía más de organismos nacionales. Es un buen paso aunque falta bastante. Especialmente el de ser pensado y sentido como para que cada edición, genere un revuelvo entre los marplatenses.

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Por Jorge Belaunzarán

Es la primera vez que el Festival de Cine de Mar del Plata es organizado por un consorcio interjurisdiccional que formaron la Provincia de Buenos Aires y la Municipalidad del Partido de General Pueyrredon (Mar del Plata), con el apoyo logístico del Incaa en el área artística. La iniciativa anunciada unos años atrás en otra edición del Festival por la titular del Incaa, Liliana Mazure, finalmente se concretó. El objetivo era que definitivamente la ciudad se apropiara del festival que llevaba su nombre pero que siempre aparecía como una iniciativa que traía gente de la Capital Federal (en el mejor de los casos de algunas provincias) pero no movía culturalmente (como un festival de cine puede hacerlo) a la ciudad. Ahora la ciudad participa directamente en la organización de su festival. Es un buen paso, y se notó la diferencia.

La más notable, la presencia política en la inauguración, en la que Daniel Scioli sintetizó cuál es la idea provincial respecto al cine: esencialmente, la generación de trabajo. No es malo medir todo según la generación de empleo. Pero no es suficiente si se cree en la idea que el propio Scioli sugirió más de una vez: que los gobiernos deben apuntar a la felicidad de la gente. Si el cine se resume a su faceta de generador de empleos, algo de su tan mentada magia no sucederá. Y se alejará del cine. Si sólo va en búsqueda de esa mentada magia, algo de su faceta industrial no sucederá. Y se alejará de la gente. Y no es sólo un jueguito de palabras.

La ceremonia de apertura resultó novedosa. No por su originalidad, que pasó por raudas alocuciones de los funcionarios (el récord correspondió al director artístico del festival, José María Suárez, quien sólo dio las gracias y pidió buena suerte) y por un breve número de los sí originales Los Amados, que con su ironía leve y su un desenfado dosificado que le permite coquetear con el límite del absurdo, dieron un toque diferente a la ceremonia. Y precisamente en la primera que organiza casi directamente la provincia, cuyo gobierno es visto como el más propenso a avivar y fomentar eso que algunos sectores, con aspavientos, llaman nacionalismo cultural. Cosas de la política de este tiempo.

Y resultó novedosa también por la película que se eligió como apertura: ¡Vivan las antípodas! Rodada en parte en Argentina, la historia conformada por seis historias de tres pares de sitios del planeta qu viven en las antípodas (exáctamente en el lado opuesto del planeta), es un juego estético, por momentos metafísico, por otros perplejo, poco relacionado con el estilo más directo de otros años, o de intereses de fomentar un cierto de tipo de cine argentino. Un film extraño por su sofisticación y también por sus objetivos; el premio a una estética sin la mínima dosis de demagogia. Y esa cero demagogia también resultó novedosa en un festival en el que históricamente los discursos de largada propendieron a la arenga descarrilada más que a las declaraciones de intenciones.

En ese sentido, el único fuera de tono fue, precisamente, el número musical que dio la bienvenida a los visitantes que llegaban desde Buenos Aires. No porque la orquesta sonora sin tempo, el acto en la estación de trenes que traía a figuras de la cultura, autoridades del Incaa y prensa era el que no lo tenía: cualquier viaje genera cansancio y un buen deseo de sacarse todo rápido de encima; y la organización del acto no fue la mejor.

Por lo demás, fue todo cine. Que es lo que en verdad interesa, podrán decir algunos, pero lo cierto es que sin un perfil organizativo no hay posibilidad de que el cine suceda. Y que suceda de una manera que produzca el mayor de sus efectos: el de conseguir que una ciudad se sienta orgullosa, más importante y mejor, porque piensa en cómo sus ciudadanos pueden estar más cerca de la felicidad si participan del hecho artístico. *






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