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14.01.2009

¿Por qué creemos?

El cerebro está “programado” para las creencias paranormales y para validar que las predicciones funcionan. Y más aún, cuando hay crisis. 

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Por Sharon Begley

Marcelo Pietraccone vive en el barrio porteño de Belgrano y cuando le preguntan la edad puede responder “32... en esta vida”. Hace cuatro años, durante un viaje a Egipto, recorría los templos sagrados cuando sintió una especie de electricidad en sus manos. Y se dio cuenta de que había estado ahí antes. “Estaba con las vestimentas de la época prefaraónica, con una túnica blanca dorada, pelado, con los ojos delineados, en medio de un grupo de gente en círculo y con muchas antorchas encendidas”, sostiene. Más tarde fue al desierto, a visitar las tumbas de los grandes reyes, y se descompuso. “Me bajaba la presión. Entonces me vi como un esclavo. Y supe que esas tumbas habían sido cavadas por esclavos, quienes morían picando piedras. Fue un momento de gran gozo, de misticismo”, recuerda con emoción. 

Hoy está convencido de que, tal cual propone el psiquiatra estadounidense de las regresiones Brian Weiss (cuyos libros son best-sellers y cautivaron a celebridades como Susana Giménez o Gloria Estefan), las vidas pasadas de cada persona pueden ser infinitas. “Uno se ve con otra fisonomía, pero sabe internamente que se trata de la misma esencia. Es tu alma. No caben dudas”, enfatiza. Puede ser que, a diferencia de Pietraccone, usted no crea en la reencarnación. Pero es posible que al menos haya sentido alguna presencia espectral que le sigue en una casa “vacía”, o haya escuchado a seres queridos que le hablan después de muertos, o sepa con anticipación que alguien está a punto de enviarle un SMS. Porque de acuerdo con encuestas periódicas de Gallup y otras organizaciones, hasta un 90 por ciento de la población en Occidente afirma creer o haber experimentado la existencia de fenómenos que van más allá de la razón. 

 En una encuesta que condujo sobre 700 estudiantes universitarios de Buenos Aires, el psicólogo Alejandro Parra, director del Instituto de Psicología Paranormal, constató que, por ejemplo, el 73 por ciento de la muestra había tenido sueños premonitorios y el 55 por ciento, transmisiones de tipo telepática. “El problema es explicarlo. Y además, mucha gente calla, porque siente vergüenza, como si hubiera cometido una falta, mintiera o sufriera una alucinación”, explica. 

La mayoría de los científicos y escépticos suspira exasperado ante esta situación. No obstante, una creciente cantidad de investigadores en campos respetables como la psicología y la neurobiología empiezan a tomar en serio las creencias en la percepción extrasensorial, los fantasmas y los fenómenos psíquicos.  Y la ven como una ventana al interior del funcionamiento de la mente humana. Sus estudios están llegando a una conclusión sorprendente: que la creencia en lo sobrenatural deriva de los mismos procesos mentales que subyacen a la razón y la percepción cotidianas. La diferencia es que cuando se cree en fantasmas, vidas pasadas o la capacidad de la mente para mover la materia, esos procesos mentales normales están  exagerados.


Al igual que Pietraccone, Walter Semkiw es un psiquiatra que está seguro de haber vivido otras vidas. Una de ellas es, modestamente, la de John Adams, el segundo presidente de EE. UU. Semkiw sostiene que si la gente aceptara la reencarnación, los suníes y chiitas iraquíes dejarían de pelear (ya que podrían matar a alguien que fue uno de los suyos alguna vez). Y descarta la idea de que la reencarnación no fue demostrada empíricamente. “El mundo está al borde de una ciencia de lo espiritual”, insiste. “No entiendo por qué no creen. Sólo hace falta apertura mental”.

A medida que los científicos estudian la creencia en lo paranormal, les resulta cada vez más evidente que esa fe también requiere de “apertura mental”: una creencia que no esté limitada a las pruebas de los sentidos y que permita que otras emociones, como la esperanza o la desesperación, pasen por encima de la falta de evidencias.

Tomemos por ejemplo el caso Tichborne. En 1854 sir Roger Tichborne (25 años) se perdió frente a la costa de Brasil y la inconsolable madre se negó a aceptar que su hijo hubiera muerto. Doce años después, un hombre de Wagga Wagga, en Nueva Gales del Sur, Australia, se puso en contacto con ella y le dijo que era sir Roger. Exultante, lady Tichborne le envió de inmediato el dinero requerido para viajar en barco a Inglaterra. Pero cuando el individuo se presentó, resultó ser un obeso (relata E. J. Wagner en su libro de 2006 “La ciencia de Sherlock Holmes”), cuando sir Roger había sido muy esbelto. Asimismo, sir Roger llevaba tatuajes en un brazo, y el recién llegado no los tenía. También lucían distintos lunares y color de ojos. A pesar de todo, lady Tichborne proclamó con deleite que era su hijo legítimo y le confirió una pensión anual de mil libras. Por supuesto, demandas legales posteriores terminaron por confirmar la impostura.

Permitir que la esperanza avasalle la evidencia tangible, como hizo lady Tichborne, resulta fácil: la idea de que el cerebro construye una realidad desde sus cimientos, empezando por las percepciones, es un lamentable equívoco. La razón de que la madre doliente no detectara al estafador de Wagga Wagga como los demás es que las regiones sensoriales de su cerebro, incluida la visión, estaban a merced de otros sistemas neuronales que controlan la atención y la emoción. Cuando lady Tichborne optó por no enfocarse en la apariencia de su supuesto hijo extraviado, lo que hizo fue cegarse de manera muy eficaz. Y ocurrió lo que diversos estudios con neuroimágenes revelaron: existe un intercambio continuo entre las regiones cognitiva y emocional del cerebro, que permite acentuar las percepciones, como cuando el temor agudiza la audición. Sin embargo, también obnubilan los sentidos.

La creencia generalizada en los horóscopos, técnicas de adivinación y lo sobrenatural puede resultar extraña en una era científica. Pero vivimos también en una época de angustia, de tensiones económicas, caos social y desarraigo. Y a lo largo de la historia, esas épocas se caracterizaron por un repunte de la astrología, las percepciones extrasensoriales y otros fenómenos paranormales, motivados, en parte, por el anhelo de refrenar un mundo que gira sin control.

Un estudio publicado hace pocas semanas en la revista Science reveló que, cuando se les pedía a los participantes que evocaran una época en la que sintieron haber perdido el control, los individuos percibían más “historias de conspiración” en sus lecturas e imaginaban más correlaciones ilusorias en los mercados financieros. “Cuando la gente percibe que las cosas están fuera de control, tiende a detectar patrones para recuperar cierta sensación de organización”, señala el psicólogo Bruce Hood, de la Universidad de Bristol. “Por eso los corredores de bolsa no sueltan sus amuletos”, mientras que psíquicos, astrólogos y especialistas en lo paranormal se vuelven estrellas de reality shows o protagonizan series televisivas de éxito. Así como los despertares religiosos coinciden con eras tumultuosas, la creencia en lo paranormal aumenta durante los ciclos de agitación social y política. “Son acontecimientos  que llevan a la mente a buscar explicaciones”, señala Michael Shermer, presidente de la Skeptics Society y autor del libro “Why People Believe Weird Things” (“Por qué la gente cree en cosas bizarras”). Según Shermer, la mente a menudo recurre a lo sobrenatural y paranormal porque ofrece el consuelo de seres benevolentes que nos protegen o nos permiten permanecer conectados con una realidad que trasciende las penas de este mundo.

A medida que la ciencia sustituya lo sobrenatural con lo natural, explicándolo todo, desde los truenos y relámpagos hasta la formación de los planetas, muchas personas van a buscar otra fuente de misterio. Y no les será difícil. Pocas historias tienen más impacto que los secuestros alienígenas o “abducciones”. En los Estados Unidos, casi 40 por ciento de la población cree en la posibilidad de que los ET hayan capturado algún habitante de la Tierra, contra apenas 25 por ciento en la década de 1980. “Es uno de los contactos que usan los extraterrestres para darnos un mensaje de liberación”, asegura el ufólogo argentino Fabio Zerpa (ver entrevista en página 45).

Cuando estudiaba psicología en la Universidad de Harvard, Susan Clancy quedó impresionada por la aparente normalidad de los “abducidos” que estudiaba. Se trataba de personas respetables y con empleo, normales en todo, excepto por la convicción de que unos seres bajitos y de ojos enormes alguna vez los capturaron para llevarlos a una nave espacial. El masajista Will, por ejemplo, fue secuestrado varias veces por alienígenas, según contó a Clancy, y alcanzó tal intimidad con uno de ellos que su unión produjo dos varones gemelos (que nunca pudo ver). Numerosos estudios revelaron que los abducidos no padecen de ninguna enfermedad mental, más allá de que son propensos a los recuerdos falsos, creativos y fantasiosos. Comparten, sí, un factor común: su incapacidad para pensar en términos científicos.

Clancy preguntó a los abducidos si entendían el concepto de “parálisis del sueño”, que ocurre cuando el sueño se filtra en la conciencia durante la noche, lo que produce visiones extrañas y un sentimiento de impotencia semejante al descrito por los secuestrados. “Por supuesto”, responden, pero eso no se aplica a su situación. ¿También entienden que la explicación más probable a la pesadilla, la sensación de impotencia, la soledad, la hemorragia nasal o el pijama por el suelo no tengan que ver con alienígenas? “Sí”, responden, pero la abducción sigue pareciéndoles la mejor explicación. El caso de Larry lo grafica. Cuando despertó, vio que figuras siniestras rodeaban su cama y sintió una punzada en la ingle. Evaluó todas las posibilidades: que una compañía de biotecnología hubiera tratado de robarle su esperma, la intervención de ángeles o un recuerdo reprimido de abuso sexual infantil. Pero concluyó que la causa más factible había sido un secuestro por parte de ET. 

Sin embargo, la incapacidad para el pensamiento científico está muy extendida. Somos seres más irracionales que racionales. Las emociones determinan los resultados de una votación con más fuerza que el análisis de los antecedentes y la plataforma de los candidatos. La necesidad universal del hombre de encontrar el sentido y el objeto de la vida es más poderosa y básica que cualquier influencia del empirismo, la lógica y la realidad objetiva.

El hecho de que aceptemos, sin chistar, las más absurdas creencias refleja que los sistemas cerebrales que las permiten “evolucionaron de otros elementos”, señala James Griffith, psiquiatra y neurólogo de la Universidad George Washington. Por ejemplo, un grupo de neuronas del lóbulo parietal superior permite diferenciar los límites del cuerpo y el inicio del mundo material. Sin esa estructura, no podríamos cruzar una puerta abierta. Sin embargo, otras regiones cerebrales, como las que controlan el pensamiento en el lóbulo frontal, a veces envían señales para que esa estructura se “apague”, como cuando empezamos a quedarnos dormidos o tenemos relaciones sexuales. Estudios con imágenes cerebrales demuestran que, durante la oración o la meditación intensas, el cerebro se adapta experimentando una sensación de holismo y conexión. Es decir, nos sentimos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos. Y podemos generar ideas que engendran un sentimiento de comunión, aunque sea ¡con alienígenas que bajan de sus platos para secuestrarnos!

Existen funciones del cerebro normales, que pueden “secuestrarse” para fines espeluznantes. Cuando la vista y el oído no pueden asimilar todos los aspectos de un objeto, el cerebro aporta la información faltante. Tomemos el caso de una ilusión óptica conocida como el “triángulo de Kanizsa”, donde tres figuras negras parecidas al famoso Pac-Man ocupan lo que serían las esquinas de un triángulo, dirigiendo sus bocas abiertas al interior del mismo. Casi todas las personas “ven” las tres líneas blancas que forman ese triángulo, pero que realmente no existen. Lo que completa esa imagen no es la vista, sino el cerebro, que toma información incompleta para transformarla en una imagen con significado.

El impulso de ver lo que objetivamente no existe es fácil de secuestrar. “Desde la perspectiva de la percepción, el mundo es una ambigüedad crónica que requiere de interpretación”, apunta Stewart Guthrie, profesor de antropología en la Universidad de Fordham. Y así, de pronto divisamos a Satanás en el humo de las Torres Gemelas. “Vemos a la virgen María en una papa frita o a Jesús en el muro de un túnel porque usamos las estructuras cognitivas existentes para dar sentido a un estímulo ambiguo o amorfo”, agrega el psicólogo Mark Reinecke, profesor de psiquiatría de la Northwestern University.

Cuando los científicos hablan de “ver”, lo hacen en el sentido más literal. Estudios con imágenes cerebrales demuestran que las regiones que se activan al imaginar que vemos o escuchamos algo son idénticas a las que se activan cuando realmente vemos o escuchamos algo en el mundo exterior. De allí que las personas normales no necesiten un estímulo mucho mayor para ver u oír algo en lo que están pensando con intensidad. Christina Puchalski, directora del Instituto George Washington para la Espiritualidad y la Salud, percibió que la presencia de su difunta madre la acompañaba de una manera muy profunda y vívida, “como si emanara de cierta dirección”, recuerda. “Quizá cuando pensamos mucho en una persona, la mente crea la sensación de que se encuentra allí”.

Una experiencia más común es detectar un patrón de coincidencias, algo que también se basa en el “abuso” de funciones cerebrales útiles y normales. Pensar en la chica que vio en la fiesta del sábado y ¡zas!, recibir su llamado telefónico. Pensar en la joven con quien se charló en clase y nunca volver a saber de ella. ¿Adivine cuál experiencia es más impactante? Gracias a un artificio psicológico conocido como “sesgo confirmatorio”, la mente recuerda mejor los acontecimientos y las experiencias que validan lo que creemos, que aquéllas que refutan esas creencias. Nos quedan más grabados los aciertos de los videntes, adivinos o astrólogos (que además tienen la precaución de hacer pronósticos vagos y sin demasiados detalles) que sus fallos. Pero ¿por qué recordamos las ocasiones en que pensábamos en alguien justo antes de recibir un mensaje de texto y olvidamos todas las veces en que no se cumplió la premonición? Cuando la mente evolucionaba, la incapacidad de establecer asociaciones (evitar a las víboras con cascabeles) podía resultar en la muerte, en tanto que una asociación falsa (lloverá si bailo) no es más que tiempo perdido, señala Shermer. “Tenemos una amplia herencia de falsos positivos”, comenta. “Las alucinaciones se convierten en fantasmas o alienígenas; los ruidos de una casa vacía indican espíritus; las sombras y luces de un árbol se transforman en la virgen María”.

El cerebro también evolucionó para retroceder frente al peligro, y las fuentes de peligro más comunes en la Edad de Piedra no eran armas o autos, sino tigres y otros seres vivos. Por consiguiente, estamos programados para validar incluso amenazas inanimadas, como demostró Hood, de Bristol. Cuando dicta un seminario sobre creencias irracionales, muestra un viejo suéter y pregunta quién estaría dispuesto a ponérselo a cambio de US$ 40. Casi siempre puede ver levantadas todas las manos del público. No obstante, cuando Hood agrega que el suéter perteneció a un famoso asesino, casi todas las manos desaparecen. “La gente percibe el mal como una entidad física, casi palpable y capaz de infectar el suéter” como si fueran liendres, explica el investigador. “Sólo media un paso para creer que un golpe en una casa vacía es una pisada”.

Es evidente que hay una ventaja de supervivencia en adjudicar vida sin hacer preguntas. Es por eso que, durante la evolución humana, nuestros antepasados desarrollaron una percepción aguda de la presencia de seres vivos, algo que se activa automáticamente cuando percibimos objetos que podrían tener vida o ser inanimados. “Entre una formación rocosa o un oso hambriento, es mejor asumir que se trata de un oso hambriento”, destaca Benson Saler, profesor emérito de antropología en la Universidad de Brandeis. “Porque si suponemos que es una formación de roca y resulta ser un oso hambriento, no habrá una nueva ocasión de vacilar”. Así, el desarrollo de ideas sobre fantasmas y espíritus es un producto secundario de esta hipersensibilidad a la posibilidad de estar frente a un ser vivo, resume Saler.

La creencia de que la mente no está ligada al cuerpo y que hay fantasmas y otros espíritus en el mundo físico refleja el arraigado dualismo de la psiquis humana. No importa que los neurocientíficos aseguren hasta el hartazgo que la mente no puede existir fuera del cerebro. La dualidad se manifiesta hasta en niños de apenas dos años, dice el psicólogo Paul Bloom, de la Universidad de Yale: los chicos realmente creen, por ejemplo, que las personas pueden cambiar de cuerpo y que, como los fantasmas, carecen de cuerpos materiales, aunque posean mente y recuerdos. En un nivel más primitivo de la percepción, el cerebro está capacitado para interpretar rostros, interpone Reinecke, de la Northwestern University. “Aún en las primeras semanas de vida, los bebés tienden a percibir ángulos, contornos y formas consistentes con rostros”, señala. Y la virgen María aparece de nuevo en la papa frita.

Todo esto plantea una interrogante. Si el cerebro está “programado” para que creer en lo paranormal sea inevitable, ¿por qué hay tantos escépticos? Y no “cualquier” escéptico, sino casi activistas. Grupos como el Committee for Skeptical Inquiry (que publica en Argentina la revista Pensar), la Skeptics Society y la Fundación Educativa James Randi trabajan para desacreditar las afirmaciones  paranormales. Algunos científicos y otros personajes se enorgullecen de lucir sus credenciales de “escépticos”, del mismo modo que cada vez más académicos se pronuncian ateos, como hizo Richard Dawkins en su libro “La ilusión de Dios” (2006). La floreciente población de escépticos (y ateos públicos) pone de manifiesto el hecho de que esas personas “sienten que pertenecemos a una minoría asediada”, revela Shermer. Sus actitudes, cada día más ácidas con los “oscurantistas”, generan un sentido de pertenencia a una comunidad que los escépticos anhelan tanto como los creyentes.

Una de las recompensas de la militancia escéptica es un sentimiento de superioridad intelectual. Es gratificante ver a las masas de creyentes, concluir que son tontos y deleitarse en el hecho de que uno no lo es. Otra satisfacción es que los escépticos creen (mejor dicho, esperan) que algún día puedan alcanzar por lo menos una de las cosas que buscan los creyentes, pero sin abandonar sus principios. Los escépticos, tanto como los crédulos, considerarían maravilloso poder hablar con sus seres queridos en el más allá o lograr el ambicioso objetivo de no morir. No obstante, los escépticos “buscan la inmortalidad a través de logros perdurables”, explica Shermer. “También ambicionamos la culminación de nuestros anhelos para la eternidad”. Es lamentable que en su lucha por la racionalidad tengan que vérselas con un poderoso contrincante: el cerebro humano.  n
                                        

Con Lucila Rolón.







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