Espectáculos
30.03.2009
La venganza de los piratas
No se preocupen de los artistas. ¿O alguien puede demostrarme que haya alguna diferencia, para este misterioso y sórdido planeta habitado por millones de esqueletos y fantasmas de la luz, entre el olor de nuestras defecaciones y un poema de Borges?
Por:
INFOnews
En el año 2001, después de arduas negociaciones económicas con los integrantes de la legendaria banda de rock chilena Los Tres que estaba a punto de separarse en esos meses, fui contratado por la editorial Alfaguara junto a la periodista Vera Land para escribir la historia de la banda.
Aprovechando la despedida bautizamos el libro con el nombre La última canción. La investigación fue ardua y nos llevó aproximadamente 50 horas de grabaciones que incluían visitas a familiares, cónyuges, plomos, sonidistas, y también extensas conversaciones con los músicos. El libro fue un escándalo mediático antes de ser editado. Los propios músicos intentaron evitar su publicación debido a que en la trama se destapaban escándalos sexuales, miserias económicas, combates por el prestigio, traiciones inauditas. La cantante Javiera Parra, que había sido amante de todos los músicos y amigos de su novio Alvaro Henríquez, trató por todos los medios de negar su actividad sexual compulsiva y perversa y sus negaciones públicas aumentaban la morbosidad de los lectores. Titulares de diarios, declaraciones en los programas de televisión masivos. Todo indicaba que el libro se iba a agotar en la primera semana.
Sin embargo, fue un fracaso.
Al día siguiente de que el libro se distribuyera en todas las librerías del país, una edición pirata de menor calidad pero de una impresión razonable, con un costo de casi un 70% del precio oficial, se vendía en todos los puestos callejeros, ferias y mercados del país. En Chile funciona el más eficaz y organizado sistema de piratería literaria de todo Sudamérica. Todos los best seller nacionales o extranjeros pueden comprarse en la calle al 30% del precio oficial. La red de piratería funciona con imprentas y sistemas de distribución clandestinos que nunca son desbaratados. La sospecha imposible de demostrar es que la organización está escondida en el mismo laberinto de las grandes editoriales.
Los derechos de autor que correspondieron por la trabajosa y costosa biografía fueron insignificantes.
El escritor y poeta chileno Pedro Lemebel, autor de célebres libros que fueron igualmente pirateados, declaró al respecto: “¿Cómo me va a parecer mal que me pirateen? Yo mismo lo hubiera hecho. Que se lleve la moneda toda esa gente marginal y que hagan negocios esos ladrones, que no son peores ladrones que los señores que se llevan todo desde la cima de la gerencia de las editoriales. Si eres un artista, hasta debes ponerte feliz de que te roben lo que tampoco era tuyo...”.
A pesar de mi honda decepción por la falta de recompensa, coincidí plenamente con las declaraciones de Lemebel. Un artista es un ladrón. Si fuera un trabajador, debería cobrar un sueldo. Así que: a nadie lo que es de nada.
¡Eureka! Descubrí Soulseek
Agobiado por el funeral del rock que los viejos setenteros y ochentenos habían instalado, como si el misterio de la música se hubiera agotado. Qué decir entonces de los dos discos más extraordinariamente rockeros de todos los tiempos: Las cuatro estaciones de Vivaldi (8.000 veces superior a Pink Floyd) y la Danza macabra de Saint Saenz (8.000 veces superior a cualquier disco de Led Zeppelin).
Me repugnaba dejarme envejecer por el pasado. Esa es la vejez, recordar. Esa es la juventud, olvidar. Así que decidí escuchar lo que escuchaban los niños.
La música más extraordinaria jamás escuchada comenzó a sonar desde todos los rincones del mundo. Siguiendo los consejos de Alfredo Rosso, en un cibercafé trucho de Barracas que funcionaba toda la noche, un notable hacker que hacía el turno nocturno (que además me enseñó algunos trucos maravillosos para hackear contraseñas) me sumergió en el infinito y maravilloso mundo de Soulseek, un programa donde los usuarios de todo el planeta comparten sus descubrimientos musicales y sus recomendaciones. Fue así que descubrí nuevamente el rock and roll a través de infinidad de bandas de todos los estilos: Tool, Mars Volta, Super Furry Animals, Yhon Zorn, Satie, Keane, Portishead, Radiohead, Primal Scream, Morcheba, el extraordinario ingenio que habita en todos los discos de Air, la belleza inaudita que emana de las canciones de Keane, el rock inaudito de Rain Again To Machine y hasta algunas espeluznantes dramatizaciones musicales de Dream Theather y hasta tardíamente, como si no hubiera estado en este mundo. Y estoy mencionando las más famosas pero también guardo, sin recordar sus nombres, discos desconocidos que me enviaron desde Suecia, Marruecos, Arabia Saudita, Alemania y, mayoritariamente, Inglaterra. Todas aquellas joyas, en impecable versión y hasta con tapita fotocopiada costaban ¡3 pesos!
Otro fenómeno extraordinario que descubrí en ese cíber es que, por ejemplo, el último disco que editó el Indio Solari y los payasos del aire acondicionado, ya estaba en las computadoras casi una semana antes de que fuera distribuido. “Los fanáticos igual van a comprarlo –me decía mi amigo el hacker– porque quieren tener la cajita con las letras y los dibujos y todas esas pelotudeces.”
No comprendo la afirmación final de Oppenheimer cuando declara como si fuera un vocero de las grandes empresas multinacionales: “Mi opinión: la solución del problema radica, más que nada, en la educación. Hasta que la gente no esté convencida de que la piratería no solamente perjudica a los magnates de Hollywood –y a otros países que hacen películas como Slumdog Millionaire–, sino también a sus propios artistas, escritores e inventores locales, no habrá mucho progreso en este frente”.
Lo que él está ignorando (o simulando ignorar) es que la gratuidad de libros, discos y films en realidad enriquece a la multitud, la cultura debe ser absolutamente gratuita para que millones de consumidores en todo el mundo, que jamás podrían tener acceso a esos materiales, reciban el conocimiento. Los artistas que se jodan, son un puñado de vagos inservibles. La piratería es una revolución cultural sin límites que dará por tierra con esa extensión bárbara del capitalismo sobre el concepto de propiedad privada. Es necesario recordar que jamás nadie pudo desmentir la tremenda frase de Proudhom: “El trabajo es esclavitud y el único delito es la propiedad privada”. Como todos sabemos, el arte jamás estuvo presente en una galería de arte, ni en un film, ni en una librería. Los editores, las discográficas, las productoras de cine, nunca hablaron de arte ni lo permitieron, siempre fue negocios. Esos son los cementerios de la imaginación y el saber. El invento de Gutenberg asesinó el poder de los sacerdotes. Entonces estos compraron esa iglesia. No importa cuántos millones de dólares se gasten en filmar Milk. Yo la vi hace un mes, en una versión excelente grabada en la Unión Soviética y me costó 3 pesos. Se la regalo a mis amigos para que la copien y a ellos simplemente les sale gratis.
No se preocupen de los artistas. ¿O alguien puede demostrarme que haya alguna diferencia, para este misterioso y sórdido planeta habitado por millones de esqueletos y fantasmas de la luz, entre el olor de nuestras defecaciones y un poema de Borges?.
*Fue redactor del diario La Voz en 1982, de Clarín en 1983, y en 1988 del diario Sur. Además trabajó en las revistas El Porteño, Eroticón y Fin de Siglo. Fue director y creador de la ya mítica y desaparecida revista Cerdos y peces. También fundó la revista El Cazador. Durante 1998-1999 escribió en La Maga. Luego partió hacia Chile, donde creó la revista The Clinic. Es autor de varios libros, entre ellos una biografía de Fito Páez y El señor de los venenos.







