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05.05.2009

El mentiroso de la verdad

Se hizo pasar por inmigrante ilegal o cronista sensacionalista para descubrir los engranajes de la explotación capitalista y la manipulación informativa. Luego lo contó en libros y artículos memorables. Perfil de un provocador que, a los 67 años, sigue irritando a los poderosos y también a sus colegas.

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 NOTA DE TAPA - Por Carlos Romero

Una versión posible: el periodista es una “mosca blanca” que sobrevuela el plato maloliente de la sociedad. Tiene el talento de flotar al ras del piso, incluso de posarse en el caldo sin quedar pegado, y así ver de cerca el origen de la pestilencia. Observa detenidamente, huele con perspicacia y así escribe sus artículos.
Otra versión, la de Günter Wallraff: el periodista debe comer de ese plato para conocerle el sabor. No es fácil. Necesita ocultar sus intenciones a los que montan el banquete para su provecho, pero no están dispuestos a contar sus infidencias a la prensa. Por eso el periodista miente, borra su identidad, cambia su tono de voz y su aspecto, se infiltra, trabaja a destajo, falsea sus ideas políticas y hasta roza la ilegalidad para dar a conocer a los que comenten los delitos de verdad. Sólo así, cree Wallraff, es posible entender la realidad de “primera mano”, es decir, las suyas propias. Cumplida la faena, recobra su identidad, escribe sus artículos y algunos cimientos tiemblan.
Wallraff es un alemán, nacido en 1942 en Burscheid, Colonia, periodista factótum de la técnica de investigación conocida como “enmascaramiento”. Una fórmula que lleva hasta las últimas consecuencias el precepto de que sólo se puede hablar de aquello que se conoce. “Y que se conoce por dentro”, apuntaría Wallraff. “Y que se padece”, agregaría cualquiera que haya leído sus crónicas. En especial sus dos grandes trabajos de contraperiodismo: la llamada Trilogía anti Bild, publicada entre 1977 y 1981, donde, con el alter ego del inescrupuloso Hans Esser, disecciona el modus operandi de la prensa amarilla; y el best-seller de posguerra Cabeza de turco (1985), en el que Alí Levent Sinirlioglu (otro alias) transita el calvario de ser un obrero turco e indocumentado dispuesto a todo para ganarse la vida, mientras hace sus mayores esfuerzos por conservarla, entre xenofobia y trabajos insalubres. En estos dos casos, como en toda su obra, el alemán les pone el cuerpo a las balas y sus actos están siempre guiados por un claro interés militante: hacer de cada artículo un artefacto diseñado para impactar de lleno en el criticable estado de las cosas.
Claro que Wallraff tiene sus detractores. Algunos consideran sus métodos como reñidos con la ética, otros lo tildan de exagerar los episodios en sus relatos e incluso hay quienes lo acusan de ser un espía político. Como sea, en el escenario de intereses cruzados y toneladas de lobby donde la Argentina debate hoy la posibilidad de consensuar una nueva ley de radiodifusión, una figura controvertida e inclasificable como la de Wallraff sirve para recordar un aspecto imprescindible pero que aparece relegado en medio del torbellino: ya no sólo el rol de los medios, sino el compromiso del periodista ante la sociedad.

Yo es otro

Aunque su nombre suene en el microclima del oficio periodístico y su enseñanza académica, Wallraff no es en la Argentina tan conocido como sí lo es a nivel mundial, donde comparte cartelera con figuras como Ryszard Kapuscinski, Hunter Thompson y otros miembros de ese reducido star system. Ayuda el hecho de que sólo una pequeña parte de su obra se encuentre disponible en español y que sus dos libros publicados en el país hace largo rato hayan desaparecido del stock, o sean de oferta azarosa en el Parque Rivadavia.
En lo concreto, al arte que hizo a Wallraff mundialmente famoso para unos, que lo llaman maestro, e indeseable para otros, que montan campañas en su contra y lo persiguen con abogados, consiste en cambiar de identidad, como si se tratara de un actor interpretando un personaje que logró colarse en territorio enemigo. “La ciencia de la observación participativa”, lo llamó alguna vez su creador, que así busca tener acceso a información e impresiones que de otra forma le estarían veladas. Para esto, a su vez, debe renegar de un precepto clásico del periodismo. Porque para Wallraff se vuelve imprescindible mentir. Mucho y bien. Mantener oculta su identidad no sólo a los victimarios –patrones de grandes empresas, dueños de medios, jefes militares nostálgicos, políticos deshonestos y ciudadanos cargados de prejuicios raciales– sino también a quienes padecen la realidad a la que Wallraff se introduce, pero que, por temor y hábito, también suelen mantener sus penas en silencio.
Así las cosas, ante la disyuntiva de la validez del engaño como recurso, Wallraff no se detiene. Su ecuación es cruda: “Hay que enmascararse para desenmascarar a la sociedad, hay que engañar para saber la verdad”. Una verdad focalizada, por cierto.
“Me han contratado. Empiezo mañana”, cuenta en la primera línea de “En la cadena de montaje”, de 1966, una de las crónicas incluidas en el libro recopilatorio El periodista indeseable. “La cadena devora hombres y escupe coches”, le advirtió ese mismo día un joven compañero y Wallraff, camuflado, lo comprobaría. No por la búsqueda de tres o más fuentes. Lo comprobaría en su propio cuerpo: “Al cabo de tres horas, yo mismo me he convertido en cadena. Percibo el movimiento, el deslizamiento de la cadena en mi cuerpo, me arrastra. Cuando la cadena se detiene un instante, es una liberación. Pero cuando vuelve a ponerse en marcha, todavía parece más inexorable que antes”. Un viejo operario lo consoló diciéndole que “uno se acostumbra”, que “lo importante es que el cuerpo aguante”.
Como Rodolfo Walsh, que con su obra buscó rescatar el testimonio y la voz de los que no suelen figurar en los relatos periodísticos –desde los obreros y peones de campo hasta los sobrevivientes de un fusilamiento en José León Suárez–, así también Wallraff muestra especial atención en mostrar la vida de los últimos orejones del tacho elegidos por el sistema, un puesto que cambia con los tiempos del mercado. Quizá por eso, junto a su crónica “Donde duele trabajar”, de 2008, sobre la vida de un empleado que llega a prestar servicios hasta veinte días seguidos en una fábrica de pan, otro de sus últimos temas de atención fue el floreciente rubro de los call centers. En “Estafa por teléfono”, de 2007, bajo el alias de Michael G. –con una peluca, ropa jovial y el maquillaje adecuado, logró parecer de 49 a pesar de tener por entonces 65–, Wallraff se introdujo en la firma alemana Call-On, para probar no sólo los ritmos y las presiones del trabajo a destajo vía SMS, sino también cómo los teleoperadores son entrenados para hostigar a los posibles clientes.
De esta experiencia, Günter salió con cansancio acumulado y bastante contracturado. Otras veces, los riesgos son más altos. Como en mayo de 1974, cuando en solidaridad con los presos políticos de la dictadura que gobernaba Grecia, se encadenó a una plaza de Atenas y, simulando ser un activista griego, comenzó a repartir panfletos contra el régimen. Fue detenido, torturado y condenado a 14 meses de cárcel, pero el desmoronamiento de la Junta Militar aceleró su libertad. Antes, desde la cárcel, le dedicó una carta abierta: “Gracias a mis dos semanas de encarcelamiento he podido hacerme una idea de la situación y de la cantidad de presos políticos mucho más exacta que al principio. (...) No soy un insensato que se larga de cualquier manera a la acción. Sabía claramente lo que hacía y ahora todavía lo sé mejor”.

Cabecita

“Este trabajo sería muy adecuado para un retrasado mental”, escribe Wallraff después de haber limado por tercera vez la misma plaquita de acero, mientras trabajaba en una fábrica de la vieja Alemania. “Es un trabajo que me resulta extraño y desprovisto de sentido, dado que no conozco la ‘pieza total’ una vez terminada”, reflexiona, preocupado porque sus pequeñas plaquitas no terminen siendo parte de un cañón o incluso un arma atómica. El texto “A destajo” (1966) es una demostración pedagógica de aquello que el marxismo llamó alienación. “Al cabo de dos semanas de limar, quien está ‘limado’ soy yo”, dice Wallraff, aunque no tanto como para olvidar su objetivo. Cuando terminó el trabajo, comprobó que había superado por 300 piezas las 15.000 que le pedía la empresa. El encargado lo miró extrañado. Nadie contaba las piezas que se le asignan. Sin éxito, Wallraff pidió una paga extra. Tras siete semanas, el operario renuncia y el periodista comienza a escribir.
Eso mismo –escribir– fue su terapia en 1963, cuando ingresó al servicio militar. Había intentado zafar presentándose como objetor de conciencia, pero al no lograrlo, se dedicó a volcar su experiencia como soldado en un diario. Entre el ’63 y el ’65 trabajó en grandes compañías alemanas, en especial automotrices, al igual que antes lo había hecho su padre, muerto cuando Günter apenas salía de la adolescencia.
Sus escritos iniciales fueron para el periódico sindical Metall y de esa misma época son sus primeros libros, como Reportajes Industriales, de 1970, siempre en la temática de los obreros del sector metalmecánico bávaro. Ya en esos orígenes el “estilo Wallraff” pronto puso en guardia a algunas compañías, pero no lo suficiente como para evitar que el “periodista indeseable” penetrara en sus filas.
En 1969 aparecieron sus 13 reportajes indeseados, donde logró el physique du rol de un indigente, un estudiante homeless, un alcohólico internado en un psiquiátrico y hasta un comerciante católico que probaba suerte con la industria del napalm.
Tras estos primeros golpes, luego llegaría el de gracia: la ruidosa saga anti-Bild.

El Reich

Muchos de los relatos de Wallraff transcurren en la Alemania de posguerra y uno de sus tópicos preferidos consiste en demostrar cómo el racismo y la persecución política sembrados por el régimen nazi aún florecían en democracia.
En uno de sus reportajes, interpretó a un universitario miembro de una organización estudiantil de filiación neonazi, muy preocupado por lo que estaba haciendo “el enemigo” de izquierda. Así caracterizado, ofreció a la policía de Würtzburgo, Heidelberg, Limburgo y Darmstadt hacer inteligencia sobre la Federación Socialista de estudiantes alemanes. El interés de los agentes fue inmediato. Repitió el esquema en otras tres ciudades, pero ahora como un estudiante muy preocupado por “los extremismos de derecha”. En Lünenburgo, Lauenburgo y Berlín, la policía política le dejó en claro su poco interés e incluso intentó reencauzar su fervor cívico: “Lo que podría comenzar a hacer sería observar a los trabajadores de la obra. Sus contactos, opiniones políticas, conversaciones. Es algo que podría sernos de mucha utilidad”.
En “¿Qué hacer del pasado?”, Wallraff vuelve a mostrar cuánto del viejo estilo nazi sobrevivía en la flamante república federal. “La Justicia alemana es expeditiva con los criminales nazis: los pone en libertad”, comienza por sostener en una pieza de ingeniería periodística implacable. En 19 puntos, relata los casos de igual número de jerarcas del III Reich condenados pero puestos en libertad antes de cumplir con su reclusión, gracias a los perdones de los tribunales adictos. Luego pasa a relatar cómo un librero de Paderborn, convocado para revisar la historia judía de esa ciudad, comienza a sufrir, fruto de su trabajo, la misma persecución que padecieron los judíos a los que se buscaba homenajear. Finalmente, es un ex miembro de las SA –cuadros paramilitares nazis– quien presenta el libro, lavado y casi sin manchas de sangre. Y ahí aparece Wallraff, “enmascarado” para entregarle una medalla del “Centro Cultural de Tel Aviv, por haber contribuido de manera excepcional a asumir el pasado”. El objetivo: “Ver hasta dónde pueden llegar el cinismo y la hipocresía (del) hombre que oculta su pasado, y que en eso encarna perfectamente a esta ciudad que falsifica su historia”.
Lo dicho: Wallraff no duda. Asume, sin más, el mismo código de sus interlocutores. Ellos mienten. Él, entonces, les miente a ellos. Como en “¡Atención: Milicias!”, donde busca confirmar la organización de grupos de choque en las grandes fábricas alemanas. Trató primero a la vieja usanza: “Me presenté como periodista”. No hubo grandes avances, sólo evasivas. “Modifico ligeramente mi voz y llamo por segunda vez”. Y entonces, bingo.

Turcos y amarillos

Las dos piezas más famosas de Wallraff son sin dudas sus trabajos en el poderoso diario alemán sensacionalista Bild-Zeitung, y sus memorias de un obrero turco para un libro que le llevó años de preparación y que en pocos meses se volvió un best-seller, con más de dos millones de ejemplares vendidos. En ambos casos, su técnica se vuelve una meditada llave maestra que pone en blanco sobre negro las relaciones de poder y de desamparo hacia el interior de la sociedad germana.
“Hay una cosa –reflexiona en “Los trabajadores inmigrados o el capitalismo ordinario”, de 1972– que los inmigrados suelen adquirir frecuentemente en la República Federal: la conciencia política. (...) No porque los obreros hayan sufrido ‘infiltraciones’ comunistas, sino porque han experimentado en sí mismos las diferencias entre las clases sociales.”
Durante sus cuatro meses en el Bild de Hannover, Wallraff se convirtió en una de las plumas más predispuestas de una redacción aleccionada por Alex Springer, dueño de uno de los multimedios más grandes del mundo. “Ahora me llamo Hans Esser, de 30 años, he estudiado economía (...) y después psicología; procedo de la publicidad y a partir de ahí encuentro un vínculo directo con mi nueva carrera”. En la piel de Esser, aprende el ABC de Bild para manejar la información de acuerdo con sus intereses, sin mayor preocupación por los nombres anónimos que quedan en el camino. También es entrenado para detectar qué es un tema Bild. Los reclamos sindicales, aprende rápido, no lo son. Tampoco las cuestiones de las minorías, salvo que se las acuse de algo. Los asesinatos, en cambio, son pan bendito. “No hay Bild sin asesinato (...). Los asesinos producen cada día el abono necesario para que la planta Bild crezca bien”, escribe Wallraff, que a los tres meses de su experiencia como cronista empezó a sentir los efectos nocivos del juego de roles. “Comienzo a ser un extraño para mí mismo. (...) Descubro que ya no soy capaz de escuchar a mis amigos con seriedad. No me sirven para escribir un artículo. (...) Es como si quisiera escribir un reportaje sobre el uso abusivo de la droga y yo mismo me inyectara, sólo para saber de qué estoy hablando. ¿Salgo relativamente ileso de este trip?”, se pregunta.
Cuando su identidad trascendió, el periódico de Springer tituló “Comunista salido de la sombra, se ha introducido entre nosotros”. Las revelaciones hechas por Wallraff le valieron una lluvia de acciones legales, de las que, en general, salió bien parado. Con parte de lo recaudado por los libros se creó un fondo de asistencia para que quienes se hayan sentido avasallados por el “estilo Bild” pudieran presentar demandas judiciales. Ese linaje iniciado por Wallraff se prolonga hasta la actualidad, por ejemplo, en el Bildblog, un popular sitio dedicado a documentar errores y atropellos endilgados al gran diario germano.
En sus entrevistas con la prensa, Wallraff confiesa que, a pesar de su larga experiencia en la materia, sigue sintiendo un profundo temor a ser descubierto, algo que nunca le sucedió. Es por eso que prepara sus caracterizaciones con lujo de detalles. Para Cabeza de turco, llegar a ser Alí le tomó casi una década. El papel lo exigía. Lo interpretó por dos años, en un raid de experiencias insalubres y mal pagas: corrió contra reloj en McDonald’s, fue obrero de la construcción en el gigante Thyssen y en otras empresas que lo contrataron en total ilegalidad y lo usaron como material de descarte, integró una cuadrilla de turcos dispuestos a reparar una central atómica y sin demasiadas expectativas de salir con vida, y hasta se ganó unos pesos haciendo de cobayo en experimentos médicos. Una y otra vez fue tratado como una mercancía, presa de traficantes de indocumentados y de la discriminación racial.
“La primera tarea que se le asigna a Alí –dice Wallraff– sirve para dejar bien en claro desde un principio cuál es su sitio. Algunos de los retretes destinados a los obreros están atascados desde hace más de una semana y la orina llega casi hasta los tobillos”. Y cuando Alí pregunta por qué no mandan un plomero, el capataz se lo explica: “Tú no tienes por qué plantear ninguna cuestión, sino hacer lo que se te diga. Los pensamientos mejor se los dejas a los burros, que tienen la cabeza más grande”.
En otra constructora, uno de sus jefes despuntaba el vicio de la xenofobia en las paredes. “Lo sorprendo garabateando en la pared del retrete con un rotulador: ‘¡Muerte a los turco...’. Cuando yo (Alí) intento que se explique, me lanza un escupitajo a los pies y se marcha del urinario sin haber concluido la frase.”

67 años

“Me siento más cómodo con los vulnerables, con las minorías, porque esas personas, que viven en los intersticios de la cultura, tienen opiniones realmente interesantes, porque viven en la realidad”, explicó Wallraff en noviembre pasado, durante su visita a México, donde participó de la Feria del Libro de Guadalajara y dictó talleres de periodismo encubierto. Ahí mismo, para quienes lo quisieran escuchar, dijo que le encantaría tener la edad necesaria y hablar un buen español para investigar los crímenes de Ciudad Juárez, ese punto en la frontera entre México y los Estados Unidos, donde se registraron más de 400 asesinatos de mujeres desde 1993, la mayoría sin esclarecer. Fiel seguidor del poeta y dramaturgo alemán Bertolt Brecht, Wallraff también cree que “el crimen tiene nombre y dirección”.
Y que es necesario ir a buscarlo. Como sea.







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