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06.05.2009

Manual destituyente

Best seller instantáneo, su “panfleto” reivindica los postulados neoliberales. Critica las retenciones, pide educación arancelada, elogia a Cobos y provoca: “Estamos peor que en los noventa”.

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Por Adrian Murano

Marcos Aguinis es psicoanalista. O sea: es hábil con la palabra. La usa, la esconde, la expone, la achica, la estira. La manipula con destreza quirúrgica para tallar una idea o forjar una historia clínica. Porque Aguinis también es médico. O sea: ausculta, intuye enfermedades aquí y allá, escribe recetas. Porque Aguinis también es escritor. Y no uno cualquiera. En las últimas tres décadas se convirtió en el autor más leído de la Argentina. Sin ir más lejos, hoy tiene el raro privilegio de encabezar los rankings de ficción y de no ficción con sus últimos trabajos: la novela Ay Carmela y el ensayo ¡Pobre patria mía!, un manifiesto en contra del gobierno K.

Porque Aguinis –que en los setenta fue un autor frecuente para el progresismo local, que fue prohibido y perseguido, que aportó a la recuperación democrática con la palabra– hoy es un referente ineludible de la derecha que fantasea con un futuro sin retenciones a la soja, ni Estado fuerte, ni juicios a los genocidas de la dictadura. La derecha que, camuflada en el “fin de las ideologías”, dejó todo en manos del mercado y ahora considera la propagación de la pobreza como una plaga potencialmente criminal, a los juicios de los crímenes del Proceso como “revanchismo resentido” y a la expansión del Estado como si se tratara de una pandemia terminal.

Aguinis abona esa teoría en su “panfleto”, donde condensa los lugares comunes del ideario anti-K. Y avanza sobre el doñarrosesco qué-barbaridad-así-no-va-más que  los intelectuales de Carta Abierta tildarían de “destituyente”. Hay motivos para la sospecha: Aguinis integra el Foro del Bicentenario, un “espacio plural y abierto” a las posturas filorreaccionarias de Rosendo Fraga, Claudio Escribano y Mariano Grondona, entre otros. Como sus colegas foristas, Aguinis suele publicar sus artículos en el periódico conservador La Nación. Allí sostuvo, contra todos los pronósticos, que su jefe político de entonces, Ricardo López Murphy, era de izquierda. No parece haber sido una confusión: en esta entrevista, el propio Aguinis dice ser “una persona que defiende los valores de la izquierda”, entre otras definiciones asombrosas.

Como se había escrito en los carteles de una antigua Feria del Libro –un espacio donde Aguinis es una celebridad, como se verificó en la última semana–: pase y lea. Entre al pensamiento profundo del hombre que le da letra a la derecha ilustrada.

–¿Por qué ¡Pobre patria mía!?

–Porque estoy triste, preocupado y temeroso por lo que está pasando la Argentina.

–¿Y qué lo aflige tanto?

–Noto una desintegración del concepto de república y de democracia que involucra a una gran parte de la sociedad. Por ejemplo: esto de que se le pida a funcionarios candidaturas para cargos que no van a asumir, lo cual le quita legitimidad y seriedad al voto. En 1983, cuando recuperamos la democracia, estábamos conmovidos. Y si ese primer eslabón de la democracia, que es el voto, es degradado, se termina degradando la democracia. Y lo más grave es que la sociedad no se da cuenta.

–También puede pasar que la sociedad, o el pueblo, no lo evalúe del mismo modo que usted. De todos modos, este episodio es posterior a la publicación de su proclama, ¿qué otras cosas lo llevaron a escribirla?

–Noto una desintegración institucional que es muy grave, porque aleja la posibilidad de recuperar al país de un proceso que lo llevó adonde está hoy.

–¿A qué proceso se refiere?

–La decadencia empezó antes del golpe del ’30, cuando ingresan a la Argentina las ideas totalitarias, el nacionalismo católico, el fascismo, las ideas colectivistas. Ahí empieza la decadencia en todos los órdenes. Primero la institucional, luego la educativa, después la sanitaria. Y por último se modifica un esquema de movilidad social ascendente que tenía como resumen aquella frase de “m’hijo el dotor”.

–En su panfleto plantea que un antídoto posible es el arancelamiento y el ingreso restringido a la universidad. ¿La gratuidad educativa no ayuda a la movilidad social?

–La educación es un elemento clave del progreso para los países emergentes. En la sociedad del conocimiento sólo se crea riqueza con ciencia y tecnología. En países como China, Indonesia o Malasia, donde se hacen esfuerzos para que no haya exclusiones clasistas, el ingreso a la educación no es irrestricto, se exigen esfuerzos extraordinarios para acceder a la educación.

–Y a los que no acceden se los condena al empleo esclavo...

–Acá tenemos que tomar una decisión: o igualamos para abajo o igualamos para arriba. El líder aymará Felipe Quispa dijo que si unos calzan zapatos y otros ojotas, que todos calcemos ojotas. Esa revolución facilista da la ilusión de igualdad, pero para abajo. Si queremos que todos calcemos zapatos, hace falta apuntar a la excelencia. En la época de (Juan Domingo) Perón se pagaban aranceles y había exámenes de ingreso que obligaban a prepararse.

–Convengamos que aquel país se parece poco al de estos días. Esta Argentina tiene niveles de marginalidad y exclusión que alejan alumnos incluso de la educación primaria...

–La Argentina necesita políticas en educación. Hoy el único tema docente es el salario, que es apenas una célula del problema. Acá no hay política de estímulo para estudiar carreras técnicas.

–¿Eso se resolvería con el arancelamiento?

–No, pero resolvería que nenes de papá, que pagaron colegios carísimos, no accedan a la gratuidad. Y que con lo que paguen se establezcan becas para los que no pueden pagar.

–El nene de papá, como dice, va a seguir accediendo a la educación. Al pobre, en cambio, se le suma una barrera más, la de la beca.

–Pero si ahora el pobre no va porque no tiene ni para pagarse el transporte...

–¿Y entonces?

–Mire, cuando (Francisco) Delich fue rector de la Universidad de Córdoba puso un arancel para mejorar la infraestructura universitaria. Era mínimo y fue muy útil. No estamos hablando de cuotas prohibitivas, sino de un pago que garantice el compromiso del estudiante. Si todo viene de arriba se hace fácil no cumplir. Por eso los estudiantes no cuidan las universidades, que están destruidas. Ahí tiene un caso: el que no puede pagar, debería ir unas horas a arreglar los bancos.

–Pero eso mantiene la diferencia de clases entre ricos y pobres: el rico paga, y el pobre, a arreglar los bancos...

–Hay que observar lo que hicieron los países desarrollados. En Nueva Zelanda no hay rejas, no hay robos. Acá hasta hace poco pasaba lo mismo, pero se fue cayendo el respeto mutuo, el respeto por las instituciones. Kirchner nominó a su esposa a dedo y nadie dijo nada. Si la sociedad hubiera dicho algo no se habría avanzado a este estado de cosas.

–En el libro traza una psicología del tirano en referencia a Kirchner. ¿En qué basa esa comparación?

–El atril que no admite preguntas ni críticas ha maltratado a distintos sectores de la sociedad y eso ha ido crispando un modelo de violencia dentro de la sociedad, por la cual muchos argentinos creen que se puede tratar con violencia al resto. Y ha ido generando el incremento de la ley de la selva.

–También califica a Cristina Fernández de “montonera soberbia”.

–Tiene ese tono, basta escucharla. Pero es una montonera especial, porque en ese período ella y su marido estaban haciendo dinero en Santa Cruz con la usura.

–En el libro expone dos obsesiones: la propiedad privada y la seguridad jurídica. ¿Qué valor les adjudica?

–La Argentina cometió un gran error a partir de la década del treinta, que es descalificar la propiedad privada. Por eso la marcha peronista dice “combatiendo al capital”. Esta idea se origina en Proudhon y fue copiada por Marx, que no conoció la producción de riqueza sin plusvalía. Porque Marx no conoció a Japón o a Singapur, que generaron riqueza sin plusvalía a través de la tecnología. Entonces, esto de que toda propiedad es un robo es un concepto equivocado. Se puede crear con la inteligencia. Si esa propiedad privada no es garantizada para quien la crea estamos en problemas. Sarmiento, cuando vuelve de Estados Unidos, trae dos ideas cardinales: la educación y que cada argentino sea dueño de una heredad, porque quien tiene una heredad la va a cuidar, la va a cultivar y va a respetar la del vecino. Ese deseo de querer violar la propiedad ajena metiéndose a través del Estado deviene en inseguridad jurídica. ¿Y qué significa la inseguridad jurídica? Que yo no me animo a tener los bienes en este país porque temo que me los van a robar. Eso explica por qué la Argentina bate récords en fuga de capitales.

–En la historia reciente no debe haber habido mayor confiscación a la propiedad privada que la provocada por el capital concentrado. Sólo basta ver la transferencia de fondos públicos, a pagar con impuestos de todos, que debió hacer Estados Unidos para salvar a las empresas que apostaron en los mercados de capitales. Sin embargo, usted dice que el Estado es quien viola la propiedad privada. ¿Cómo lo explica?

–Cuando se viola la propiedad privada no hay ganas de invertir. ¿Por qué el brasileño no envía su dinero al exterior? Es más, ni siquiera sabe cuánto vale el dólar... Ocurre que tienen más respeto por la propiedad privada. Esta falta de respeto a la propiedad privada hace que no haya inversiones y no se generen fuentes de riqueza. Porque las fuentes de riqueza no se generan con magia, sino con inversiones. China, por ejemplo, crece cuando empieza a respetar la propiedad privada. Lo mismo hace Brasil.

–En tal caso Occidente respeta la propiedad privada del capital concentrado, empeñado en sostener un modelo de derrame que fracasó. Al menos eso indican los 1.200 millones de pobres en el mundo...

–Que en Estados Unidos se viola la propiedad privada, es cierto, que hay trampas financieras también, pero hay ciertas leyes que en última instancia te defienden. Pero no hablemos de Estados Unidos, que es una potencia conflictiva para nuestra sociedad, hablemos de Nueva Zelanda, hablemos de Australia.

–Habla como si en la Argentina rigiera el comunismo. ¿En qué aspecto no se respeta la propiedad privada?

–Al sector agroindustrial, que es el más pujante del país, se le ha pretendido quitar gran parte de la ganancia a través de las retenciones. Se dijo que se iba a utilizar en hospitales y escuelas. Era mentira, se iba a utilizar en la caja destinada a sostener el poder del que gobierna.

–Aguinis, esa caja, como usted dice, también sostiene un tipo de cambio alto que beneficia los ingresos de las commodities agrícolas. Y para seguir con su línea de pensamiento: en tal caso las retenciones al agro serían una forma de compensar una violación a la propiedad privada anterior, que fue la confiscación del poder adquisitivo de los salarios vía devaluación.

–Eso no es así. El precio de las commodities crecieron por demanda internacional, y la rentabilidad creció por las inversiones agroindustriales. Inversiones previas, porque el Gobierno se encargó de espantar las inversiones extranjeras, que necesitan ser controladas, es cierto, pero no expulsadas.

–Descarto que está en contra de las retenciones...

–Si no hubiese retenciones, y si hubiese estímulos a la agroindustria, la Argentina podría repetir el fenómeno de la Segunda Guerra, porque hoy el mundo está hambriento y necesita alimentos.

–Más allá de las consideraciones morales sobre el hecho de especular con los alimentos, en aquella Argentina de posguerra se comía pan negro porque se exportaba toda la producción.

–Eso ocurrió en el ’52, antes la Argentina se dio el lujo de regalar trigo a España. Después la política controladora del IAPI depredó la producción y se tuvo que comer pan de centeno. Eso demuestra que el querer controlar todo termina siendo como el médico que mata al paciente.

–Es curioso, porque hoy hasta los países centrales reconocen que el descontrol llevó a la crisis.

–Pero esto no es descontrol, esto es estimular el nicho productivo argentino. Nosotros no podemos exportar computadoras o autos de última generación. No tenemos tecnología para eso, pero sí tenemos tecnología agroindustrial. O la teníamos, porque con las retenciones se está matando al productor.

–Es un slogan discutible: en el último lustro los productores ganaron como nunca. Se supone que quien obtiene alta rentabilidad también debe afrontar el riesgo de eventuales períodos de vacas flacas.

–Pero eso no ocurre así en el mundo. Fíjese el caso de Israel, un país con clima seco y suelo árido. Está íntegramente regado por sistema de goteo.

–Pero Israel tiene el tamaño de Tucumán...

–Es cierto, pero el punto es que si las retenciones fueran una política de Estado, el dinero debería destinarse a financiar un sistema integral de riego que erradique la dependencia de las lluvias. A mediano plazo esto nos convertiría en una potencia.

–¿Aplica la misma lógica a la eliminación de las AFJP?

–Claro, eso también fue una confiscación porque fue ir en contra de una decisión que tomó el ciudadano argentino al ver que la jubilación estatal fue el lugar donde todos los gobiernos siempre metieron la mano en la lata. Ahora, las AFJP no funcionan bien por sí mismas, deben ser reguladas. Por eso funcionan bien en Chile...

–No es cierto, en Chile el sistema está colapsado y el Estado debió rescatar a los jubilados estafados por el sistema privado. Algo similar ocurre en Estados Unidos con los sistemas de seguro de retiro, con compañías quebradas por la especulación financiera.

–Bueno, no conocía eso. De todos modos le aclaro que yo no soy de los que piensan que el Estado debe desaparecer, por el contrario, debe estar presente, pero como el maestro de una escuela. Que supervise, que observe que los alumnos estudien. Un regulador limpio, transparente y confiable.

–En su libro es muy duro con los piquetes sociales, pero no menciona a los piquetes chacareros. ¿Tiene valoraciones distintas de ambos?

–No, ambos son criticables, y lamento no haberlo puesto en el libro... Hay un artículo constitucional que garantiza el libre tránsito, quien corte un camino está cometiendo un delito. El problema es que en la Argentina nos hemos acostumbrado a protestar dañando al otro. Debemos acostumbrarnos a que lo que es delito es delito, lo cometa un gordo, un flaco, un pobre o un rico.

–Es un principio relativo. No es lo mismo protestar por hambre que por ganancias extraordinarias. Hasta la Justicia penal distingue a quienes roban por hambre. De hecho, en la Argentina las mayores atrocidades fueron cometidas por señores de buenos modales.

–La cultura y la erudición no son garantía de valores éticos. Un filósofo como Heidegger fue nazi incluso después de la muerte de Hitler. Ahora, los valores los tenemos todos, seamos pobres o ricos.

–¿En serio cree que estamos peor que en los noventa?

–Sí, estamos peor, porque los noventa nos llevaron a una situación muy mala que ahora estamos empeorando. Y eso que yo respaldé a Kirchner, yo creí en él. Pero su política de dar bofetadas fue creando un clima de enfrentamiento y de odio que prendió rápido, porque a los argentinos nos gusta eso. Por eso digo que estamos peor, porque Menem, al menos, hacía conferencias de prensa y respondía a los cuestionamientos. Lo hacía con chistes, con ironías, pero los afrontaba. Kirchner no admite eso.

–Todos los medios publicamos cuestionamientos.

–Sí, pero el Gobierno no se da por enterado, no los absorbe. Fíjese lo que pasó después del voto no positivo de Cobos: en vez de recibir el mensaje y abrir un diálogo abierto, serio y franco para tranquilizar a la sociedad, se armaron reuniones falaces donde se quiso imponer más que consensuar. Eso demuestra que el Gobierno no entendió el mensaje.

–En el libro sostiene que el voto de Cobos fue positivo. ¿Por qué?

–Cobos se dio cuenta de que la 125 no era buena para ese momento del país, y con gran dolor dio su voto no positivo, que de por sí ilustra el gran conflicto interno que le provocó esa votación. Porque fíjese que Cobos, a pesar de ser aislado y menospreciado, no tomó ninguna decisión que menoscabara el poder de la Presidenta.

–Bueno, con ese voto bastó y sobró para provocar una crisis institucional sin precedentes.

–Pero votó en función de su conciencia. Y eso que nunca fui cobista, nunca me cayó bien que un radical se hiciera miembro del justicialismo.


En la última semana, Aguinis participó de un foro que reunió a la derecha concentrada en la Legislatura porteña. En su mesa estaba el militante procesista Nicolás Márquez y el blogger neoliberal José Benegas. No fue la primera vez que el escritor disertó con representantes de la Argentina reaccionaria. De hecho, Aguinis es un abonado del programa de Mariano Grondona, quien en los últimos quince días retornó a la escena pública gracias a la didáctica charla golpista que mantuvo con el ruralista Hugo Biolcati: “¿Y el 29 de junio qué pasa? ¿Hay un señor que se llama Cobos, no?”, arriesgaron, soltando sus entrenadas lenguas destituyentes. Prevenido, Aguinis marca diferencias: “Yo quiero que Cristina termine su mandato, pero que cambie. Que relea la Constitución y la acate. Que lea los mensajes que le está dando la sociedad, como ocurrió con la muerte de Alfonsín, que sirvió de catalizador de ese reclamo popular”.

–Hebe de Bonafini observó que en esa manifestación no había ningún pobre.

–Bueno, es que a los pobres se los lleva con choripanes...

–Aguinis, se supone que los intelectuales deberían evitar los lugares comunes...

–...lo que sí vi fueron muchos jóvenes que no vivieron el gobierno de Alfonsín, pero que valorizan los símbolos que expresaba: honestidad, humildad y respeto.

–Como escritor, ¿qué pensó cuando Chávez le regaló a Obama un ejemplar de Las venas abiertas de América latina?

–Que deberían haberle regalado el Manual del perfecto idiota latinoamericano, una puntual refutación a todos los puntos que Galeano plantea en su libro.

–Y que oficia de biblia para la derecha latinoamericana.

–Es que el libro de Galeano expresa las ideas de la izquierda arcaica, que considera que un país es rico porque le robó la riqueza a otros. No niego que haya existido robo y expoliaciones, pero la decadencia de América latina no se debe a eso, sino a que los latinoamericanos hemos destruido nuestros propios recursos.

–En su libro defiende el caso de Pedro Lanusse, un ex juez de la dictadura que, a pesar de liderar una terna, no fue elegido por el Consejo de la Magistratura. ¿Por qué sostiene que eso fue una injusticia?

–Los argentinos tenemos un problema con la dictadura. Países como Alemania o España, que padecieron tremendas dictaduras, decidieron mirar para adelante y no para atrás. Por cierto, la Justicia tiene que hacer lo suyo, pero aquí se instaló una caza de brujas que nos puso los ojos en la nuca.

–¿Considera que enjuiciar a los genocidas es una caza de brujas?

–Los que cometieron delitos de lesa humanidad deben pagar, pero los perejiles, los funcionarios que hicieron su trabajo técnico, no fueron responsables de esos crímenes.

–¿O sea que exculpa a los civiles que saquearon al país mientras sus socios militares cometían un genocidio?

–Mire, tengo credenciales suficientes para hablar del tema, y creo que este gobierno usa los derechos humanos para hacer política. Y eso no persigue un afán de justicia, sino de especulación.

–Pero más allá de las intenciones del Gobierno, el reclamo de justicia trasciende cualquier mezquindad política: es el derecho de las víctimas versus la impunidad de los victimarios.

–Si se hiciera una revisión profunda quedaría limpio apenas el diez por ciento de la población. De alguna u otra manera, todos los argentinos fuimos responsables de lo que pasó. Insisto: no se puede ir para adelante con los ojos en la nuca.

–En los ochenta fue un autor requerido por los lectores progresistas y hoy lo invitan para hablarle a la derecha. ¿Se derechizó?

–Al contrario, sigo defendiendo los valores de la izquierda. Y esos que me llaman derechista son de la izquierda que traicionó los valores de la izquierda. Es decir: no les importa apoyar una dictadura si esa dictadura es funcional al rótulo de la izquierda.

–¿Y usted no se volvió funcional a los valores de la derecha?

–La derecha no me acepta ni me quiere, justamente por ser leal a los valores de la izquierda. Y el primer valor es la libertad. Si la izquierda no se escandaliza con los deseos cesaristas de (Hugo) Chávez está traicionando los valores democráticos de la izquierda. Eso es lo que yo no hago: puedo cambiar de punto de vista, pero no de valores.






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