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14.05.2009

¿Qué tendrá Marcelo Tinelli?

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Cuando creíamos que estábamos condenados al concurso de baile como destino del zapping nocturno, cuando volvíamos a criticar la escatología de la cámara oculta de siempre, resulta que la tele nos vuelve a tentar con el anzuelo de la novedad. Porque aunque la idea de Gran Cuñado no es nueva, hacía tanto que estaba desactivada que vuelve potenciada. Como los personajes objeto de la parodia, que son los de siempre, pero que de golpe despiertan más interés en su versión trucada que en el original que a la misma hora estaba transitando por algún programa de cable.

¿Qué atrae tanto de esta versión reloaded de Gran Cuñado? Algunos celebran la recreación de un espacio de humor, y sueñan con que se trate de la vuelta del humor político (¿volverá?, ¿o nos tendremos que conformar con la imitación más propia de la estudiantina que de la agudeza crítica?). Otros aplauden que se desinstalara, por fin, el caño de la inmoralidad y que Tinelli cambiara al minón patrio por la candidez infantil y las bromas de vestuario que tanto disfrutan los televidentes que hace veinte años se procuran esta compañía nocturna.

Es fácil describir lo que se ve en los programas de Tinelli. Bromas gruesas, humor explícito, sexo verdoso, entretenimiento fácil de digerir. No hay sorpresa ni hace falta. En la repetición de las gracias está el secreto de la fidelidad de una audiencia numéricamente considerable. Como en las telenovelas o en las películas pochocleras, el placer no está en la sorpresa sino en constatar que sabemos lo que va a pasar: ahora Tinelli presenta el show cual presentador de catch, ahora se burla de su contertulio, ahora viene la cámara oculta, ahora Yayo empieza a putear, ahora se desviste Listorti, ahora la conductora-modelo se indigna, ahora dicen “es una joda para Tinelli”. Ja ja, vieja, qué loco este Marcelo...

Si hasta a los exégetas del fenómeno les encanta la previsibilidad del espectáculo: ahora amenazamos que vuelve Showmatch, ahora miramos con escepticismo el programa, ahora nos indignamos, ahora despotricamos porque la gente prefiere ver porquerías en lugar que la entrevista en blanco y negro a Cortazar, ahora...

¿De cuánto hablamos? Describir y criticar es fácil. Lo difícil es encontrar una explicación de por qué todo este tiempo la propuesta Tinelli se guarda un tercio de los televisores nocturnos y una buena parte de los programas de paneles, que refritan gozosos el mismo peceto (unos los sirven frío; descuartizado, otros). Pero todos comen del menú preparado por Marcelo. Y se justifican unánimemente en que se trata del “fenómeno argentino de los últimos tiempos”. Aunque ni siquiera los mejores récords avalen esta presunción.

Porque no hay registro de que haya llegado a poco más del 30% de los televisores de Capital y conurbano que entran en la medición de la audiencia (no es todo el país). Sin embargo, todos repiten, para festejar o para repudiar, que al programa “lo ve todo el mundo”. No importa que nunca, ni siquiera en su mejor noche de 40 puntos, haya tenido una mayoría real de audiencia. Nadie parece notar que la parte mayoritaria de la ciudadanía, en ese horario, está haciendo otra cosa. No importa. Anunciantes, periodistas, políticos, interpretadores, parten del supuesto de que no hay espectadores más allá de Showmatch. Paradójicamente, en este punto, festejantes y detractores parecen ponerse de acuerdo.

Y en esta presunción (elocuentemente errónea) reside la mayor parte del poder que se le asigna al conductor. Y hace suponer (erróneamente) a la clase política y a sus consultores que no se puede prescindir de ese espacio; al poder, temer lo que podría acarrearle estar o no estar; y al analista, que “el mundo” se está tinellizando...

El fenómeno Tinelli está un tanto sobredimensionado. Sobredimensionado por los que creen que su suerte electoral depende más del sosías que de sus actos. Sobredimensionado por sus detractores, que en cada crítica no hacen más que fortalecerlo. Sobredimensionado por el poder que ni siquiera se anima a informar públicamente qué deudas por infracciones tiene el programa en tantos años de discriminación y faltas al horario de protección al menor.

¿De qué te reís? Ya sabemos que el grotesco porteño es lo que mejor se le da a Tinelli. Con Los Roldán llevó al ridículo extremo la clase social que le da el rating. Con Bailando por un sueño fue exagerando en cada versión la burla al talento para el baile, al reducir la evaluación a las hazañas sexuales de la pareja (perreos, en la nueva jerga), aun si bailaban un vals vienés. Ni qué decir del escarnio a los que carecían de talento. En las cámaras ocultas se ríe cruelmente de los programas anodinos del cable. No es distinto lo que hace con Gran Cuñado. Lo que inquieta es que la cargada, esta vez, se dirige a algunos políticos con nombre y apellido. Pero aclaremos: no estamos hablando de un show al estilo Saturday Night Live, donde el político parodiado es protagonista de pasos de comedia que diseccionan aspectos comprometidos de su desempeño. Estamos hablando de la imitación del tic, la pose, el rasgo físico. De una parodia de trazo grueso más cerca de la denuncia al Inadi que de la crítica política.

La pregunta, entonces, no es por qué Tinelli reduce la política a una bobada, sino por qué la política no logra salirse del mote y sigue aceptando que es en la TV donde debe buscar su consagración. Por qué consentimos reducir el espacio público al monoambiente televisivo. Por qué los políticos no pueden transformar la realidad que ocurre por fuera de los medios, y terminan enroscados en la que fabrican estos.

Pero a pesar de lo mucho que hablamos de Tinelli, poco sabemos de lo que la gente hace con el programa. Apenas si constatamos que da tema de conversación a una buena parte de la sociedad para la que este domingo va a ser más fácil hablar del Gran Cuñado, que de los próximos comicios (lo que no es poco). Y lo mismo ocurre entre periodistas y opinadores. Tinelli, a favor o en contra, nos da tema de conversación. ¿Qué pasaría si no le diéramos el beneficio de la indignación? ¿Qué sería del Gran Cuñado sin los rumores de la inquietud del poder? ¿Qué sería de la máquina de los medios si no la estimuláramos tanto, aun desde la crítica?

Hablamos como si asistir dos horas cuatro días por semana siete meses al año al programa fuera la razón de todos los males. Pero como plantea Bauman, la cosa no es qué le hacen los medios a la sociedad, sino qué pasa con la sociedad en la que esos medios pueden hacer de las suyas. Podemos suponer una sociedad tinellizada, perjudicada por los efectos de contenidos de baja estofa. O podemos empezar a preguntarnos qué se hace por fuera de Tinelli para que la sociedad tenga interés en entretenimientos más edificantes. Poner la causa principal del deterioro de la cultura, de la debilidad de la escolaridad como estructurante social, del desinterés en los procesos electorales en “los medios” en general, y en Tinelli, en particular, es demasiado cómodo. Especialmente para los responsables de lo que pasa fuera de ese juego.


* Profesora UNLAM. Investigadora de medios.

 







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