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27.05.2009

Secretos de una marca

Construye su carrera política con la lógica de un empresario. Pocas palabras y “vitalismo positivista”.   

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Por Juan Morris

Dentro de la carpa hay un revuelo de funcionarios municipales, músicos de la banda de la intendencia con trombones, saxofones y bombos, chicas de la política que suelen ser señoras de cuarenta platinadas y con jeans ajustadísimos que reparten besos con rouge, alguna “celebridad”, como José Pampuro, y dos o tres grandotes que ponen orden en la puerta. Es el típico backstage de un acto político de baja intensidad, sin movilización de gente pero con medios cubriendo el evento y cierta carga simbólica para la gestión: la inauguración de ExpoLanús, una pequeña feria montada frente a la Municipalidad, donde comerciantes locales exponen zapatos, churros, paquetes turísticos, empanadas de carne cortada a cuchillo y lo que tengan para ofrecer, porque, según el intendente Darío Díaz Pérez, Lanús “es tierra de emprendedores”.

Son las ocho de la noche de un viernes de mayo y todos esperan por Daniel Scioli, gobernador de la provincia y, mientras tanto, candidato a diputado nacional junto a Néstor Kirchner en las elecciones del 28 de junio. Scioli, que confirmó su candidatura recién el 9 de mayo, antes se limitaba a responder con frases tan desconcertantes como ésta: “El fondo de la cuestión es defender el empleo y que no se detenga lo que está en marcha”. Y en eso llega él, abordo de una combi blanca con vidrios polarizados y, rodeado por un tumulto de guardaespaldas y asistentes, baja de la camioneta, entra en la carpa y se saluda con Díaz Pérez y Pampuro. Los tres caminan juntos hacia las fotos, dicen unas palabras, cortan la soguita y dejan inaugurada la exposición.

Abajo del escenario no hay más de cincuenta personas, y un tercio, por lo menos, es gente de prensa. Sobre todo, fotógrafos y camarógrafos de medios locales y del gobierno provincial. Scioli le da una sorprendente importancia a la difusión de actos tan minúsculos como éste. “Tienen una preocupación desmedida por mostrar públicamente su gestión”, dice una periodista acreditada en la casa de gobierno provincial. De hecho, este año tiene previsto desembolsar $ 741.000 por día en anuncios de su gestión, un 90 por ciento más que hace dos años. Los departamentos de prensa de todos los ministerios están centralizados en la jefatura de gabinete y en la página web de la provincia se puede ver en vivo y en directo conferencias y actos donde aparece el gobernador. Se ignora el rating.

Eso es algo que Scioli tuvo muy claro desde siempre: la importancia de la publicidad para instalar un mensaje, para construir una imagen. Lo aprendió en los ‘80, cuando Canal 9 transmitía, entusiasta, sus carreras a bordo de la lancha “La Argentina” (el relator, Enrique Moltoni, es hoy director de Culto de la gobernación). El periodista Gonzalo Bonadeo sugirió en 2003 en la revista TXT que Scioli corría en una categoría menor, que armaba carreras con pilotos que no podían ganarle, y que les pagaba a periodistas y responsables de medios para que potenciaran sus hazañas. Sin embargo, a fuerza de transmisiones televisivas, se convirtió en un héroe nacional. Y el tremendo accidente que sufrió en 1989, en el que perdió su brazo derecho durante una regata en el río Paraná, y su gran recuperación terminaron de forjar esa imagen. “Haber perdido un brazo le da a Scioli un handicap adicional de mayor credibilidad y cierto ‘blindaje’ ante ataques personales de políticos”, dice Diego Dillenberger, sociólogo experto en comunicación institucional.

A dos metros de distancia, Scioli tiene un bronceado permanente, las ojeras indisimulables de la gestión pública y cierta ansiedad que se delata en unos pequeños movimientos que hace con la boca mientras espera su turno para hablar. El ministro de Desarrollo, Daniel Arroyo, lo define como “hiperquinético”. Cada mañana, Scioli se levanta a las 6.30, desayuna en el comedor de su casa provincial de Benavídez con su esposa, Karina Rabolini, y su vocera, Dolores O’Reilly, y corre 40 minutos en la cinta, mientras sus colaboradores le dan las precisiones del día. Más tarde, en su despacho en La Plata, los informes que le pasan tienen que estar resumidos en una carilla: no le gustan papers de diez páginas. Su círculo íntimo es realmente íntimo y está conformado por sólo cuatro personas: Rafael Perelmiter, ex ministro de Economía provincial y reemplazante de Santiago Montoya en ARBA, Alberto Pérez, su jefe de gabinete, Gustavo Marangoni, director del BAPRO, y su hermano José “Pepe” Scioli. Toda decisión la consulta sólo con ellos.

De lejos, la mano ortopédica parece natural, aunque nunca se mueva. Es la prueba de que Scioli no es un hombre que se dé por vencido fácilmente y que es dueño de un pragmatismo a prueba de balas. No deja de ser admirable que alguien que necesita ayuda para cosas tan simples, como anudarse la corbata, comer un bife o atarse los cordones, haya llegado tan lejos y tenga ambiciones tan grandes. Ese mismo pragmatismo, que le hizo superar el accidente que lo dejó parcialmente discapacitado y no derrumbarse, es el que lo llevó a entrar a la política, en 1991, como ahijado de Carlos Menem, junto a Carlos Reutemann y Palito Ortega, que después sobreviviera a Menem, que se convirtiera en alfil de Eduardo Duhalde y que hoy sea una de las últimas esperanzas kirchneristas. Después del accidente, cuando despertó en el hospital, vio a Rabolini, su novia entonces, sentada a su lado, y le propuso casamiento.

Sobre el pequeño escenario de Lanús,  después de preguntarle a un ministro cómo se llama la feria, Scioli toma la palabra: “Es un gusto estar en ExpoLanús, un esfuerzo de los emprendedores…”. Si algo distingue a Scioli, si hay algo más llamativo y emblemático que su pragmatismo, es su discurso. O, mejor dicho, la ausencia de discurso. A comienzos de su carrera política, daba gracia verlo en el programa Hora Clave defendiendo la gestión de Menem con su léxico reducido, pero con el tiempo supo hacer de eso una especie de emblema que lleva con sorprendente orgullo. En agosto de 2007, cuando lanzó su candidatura a gobernador de la Provincia de Buenos Aires en el Teatro Auditorium de Mar del Plata, junto a Alberto Balestrini, coronó su discurso con esas tres palabras que repite y repite y repite: “Fe, esperanza y optimismo”.

Y para muchos, con sólo esas tres palabras, o algunas pocas más, Scioli podría llegar a ser presidente en 2011.

Los asesores de imagen conocen una máxima escrita por Nicolás Maquiavelo: “Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos”. Scioli, a lo largo de su carrera política, construyó la imagen de un hombre positivo que desea transmitir buenos deseos y noticias. Su oratoria está plagada de términos positivos: entre las diez palabras más usadas en sus discursos, se incluyen “Argentina”, “trabajo”, “seguridad”, “compromiso”, “voluntad” y “esfuerzo”, según revela un análisis de Newsweek de sus discursos entre febrero y mayo de este año.

Otros de sus puntos salientes en público es que siempre llama a funcionarios por su nombre de pila, y recurre a frases optimistas y eslóganes que destacan gestión sin dar detalles de acción ni planes concretos. Generalmente apela a fórmulas breves, originales y de uso recurrente en la propaganda política. Algunas de sus más recientes son: “Gobernar es crear trabajo y oportunidades”, “Cuenten conmigo para seguir avanzando” y “Gobernamos para que cada rincón de la provincia esté mejor”.  Para Dillenberger, el envase del discurso de Scioli se resume en “como superé mi accidente, doy testimonio de que se puede progresar con optimismo”. “Por eso suena creíble, a pesar de ser en esencia un discurso que puede considerarse trivial y de escaso contenido”, agrega.

Para Gabriel Dreyfus, asesor publicitario de la UCR y la Coalición Cívica, a Scioli le juega a favor que la gente no lo juzga como político sino como persona. “Nunca fue un tipo conflictivo, como Kirchner, y eso es algo que cae bien en la gente”, analiza.

Fernando Braga Menéndez, el publicista detrás de la campaña de Néstor Kirchner, dice que el capital inestimable de Scioli es ocupar un lugar en la memoria emotiva de la gente. “Haber sido campeón de off shore, su pareja con Karina Rabolini, es importantísimo... hay candidatos buenísimos, pero les cuesta mucho tiempo y dinero hacerse conocer”, dice.

Y la imagen que transmite es verdadera. Daniel Scioli es un hombre de gustos simples: en su casa come todos los días sopa, sea invierno o verano, y manzana asada de postre. Tiene un fanatismo ciego por la pastafrola, que lo hace llevar siempre alguna porción en un tupper, junto con un cubierto comprado en una casa ortopédica que es de un lado tenedor y del otro cuchillo. No se toma vacaciones más que algún fin de semana. “Vivo con mucha pasión todo lo que hago”, justifica a Newsweek. “Hasta cuando me desenchufo, hago llamados por teléfono”. Cuando su mujer lo espera para comer a la luz de las velas, le pide que mejor prenda la luz. Y no suele hacerle regalos: “Me da la plata y prefiero comprarlos yo”, comenta Rabolini. Cuando vivían en una casona en el Abasto, había una caja fuerte del tamaño de una heladera donde Scioli guardaba sus objetos más preciados. “Aceite de oliva que le traían del exterior, el vino y sus habanos”, cuenta su hija Lorena.

Jorge Asís cree que Scioli es “el tipo que representa al peronista básico: la ideología del vitalismo, su pragmatismo, cierta sensibilidad y esa cosa con el deporte”. Casi por obra del destino, las cualidades de Scioli se terminaron articulando y valorando en un contexto político donde destacan las ideologías individualistas y la forma excelsa del éxito individual: el éxito deportivo. “Scioli viene a ser una expresión superlativa de una tendencia que está presente prácticamente en todas las democracias modernas”, detalla Gabriel Puricelli, coordinador del programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.

Hay dos elementos dignos de mención con los cuales construyó su carrera política. Primero, logró convertirse en algo que su apellido ya era: una marca. Si su padre había logrado transformar una casa de electrodomésticos en una marca que le permitió a la familia protagonizar un ascenso social que en términos prácticos llevó a su hijo Daniel del jardín en Villa Crespo a un exclusivo colegio inglés en Ramos Mejía, Scioli lo aprendió un tiempo después en sus épocas de off shore. Y aplicó la misma lógica una vez adentro de la política, cuidando su marca, tratando de desvincularla de ideas o hechos negativos, más allá de las fronteras de su espacio político. “Detrás de Scioli hay una comprensión muy acabada de algunas ideas del marketing moderno”, apunta Puricelli.

Esa lógica de marca se traduce también en su forma de entender la política y actuar en consecuencia. “Scioli piensa la política como un empresario”, señala el politólogo Franco Rinaldi. “Lo que él hace es elegir lo más conveniente para su futuro. Todo es construcción hacia delante”. De hecho, su círculo íntimo desliza que a Scioli la candidatura de junio le parece una “locura”, pero dentro de su esquema personal, el costo político de negarse sería más grande.

El segundo elemento fue que no generó un espacio político propio, a diferencia de Macri con PRO, por lo que sus saltos desde el menemismo al duhaldismo y luego al kirchnerismo lo pusieron en movimiento sólo a él y a un círculo muy íntimo de colaboradores, sin diputados o intendentes de su corriente que pudieran significar algún tipo de atadura. Otra de sus cualidades es la de no generar conflictos, nunca pelearse con nadie. “En eso, y el vitalismo positivista, conecta directamente con la sensibilidad argentina. Los argentinos tampoco quieren pelearse”, asegura Asís.

Desde la oposición, a Scioli le suelen recriminar que no defiende a la Provincia. “Debería estar golpeando las puertas del Gobierno Nacional exigiendo la devolución de la coparticipación federal que la Nación le debe a la Provincia, y en cambio aumentó los ingresos brutos y quiso quedarse con el superávit de la caja provisional”, apunta Margarita Stolbizer, candidata a diputada nacional del Acuerdo Cívico y Social, para quien el gobernador no tiene capacidad de gestión. Felipe Solá, por su parte, le recrimina el mal manejo de la caja. “Hoy la provincia está como en mayo de 2001 y yo lo dejé a él con plata suficiente como para que, con una administración sana, pudiera seguir”, asegura.

Sin embargo, según una encuesta de la consultora Management & Fit, Scioli es el único dirigente kirchnerista que permanece inmune al deterioro de imagen. No lo afecta la ola de inseguridad, ni su controvertida candidatura “testimonial”. Mientras que la imagen negativa de Néstor Kichner llega a 45,4% y la de Cristina a 39,6%, la de Scioli es de apenas de 18%, al tiempo que su imagen positiva asciende a 42,4%. Así, lidera el ranking de los políticos mejor vistos, junto a Julio Cobos y Elisa Carrió. Eso lo volvió alguien valorable para los “K”, aunque no sea particularmente querido. “Lo consideran porque tiene buena imagen, por los votos que mueve, pero no por su fidelidad”, cuentan en el entorno “K”. “Pasa lo mismo que con Sergio Massa, con el que ideológicamente no tienen nada en común, pero por ahora les sirve”. Puricelli lo define mejor: “Su papel no es ejercer gobierno, sino ganar elecciones”. 

Es que Scioli se convirtió en una marca que distintos espacios políticos utilizaron para ganar votos o imagen positiva en su momento. Si ayer fue el menemismo y hoy es el kirchnerismo, mañana podría ser cualquier otro movimiento que surja dentro del PJ y necesite un mascarón de proa para ganar una elección. Algo que lo acerca a Mauricio Macri, otro político que, aunque en la capital llegó a ser jefe de Gobierno con su propio partido, en cualquier proyección nacional necesita una base justicialista que lo apoye. No por nada, Scioli y Macri son los dos nombres que más suenan como posibles candidatos justicialistas para 2011, sin ser ninguno de los dos del riñón justicialista. En todo caso, gran parte de su destino se juega en las elecciones del 28. Para Jaime Durán Barba, gurú político de Macri y De Narváez, Scioli ató su suerte a la de Kirchner: “Tuvo un gesto de extrema lealtad, obediencia o como se lo quiera llamar. Si a Kirchner le va bien, podrá ser candidato a presidente. Si le va mal, le fue mal a todos, incluido él”.

Al final, la banda municipal de Lanús se queda sin tocar, y cuando el gobernador termina su discurso, rodeado por una maraña de funcionarios, asistentes, camarógrafos y público, empieza el recorrido por los distintos stands de la feria: una escena entrañable y tradicional de la política provincial.  

Cuando termina el tour, Scioli se sube a un auto y el cronista de Newsweek sube a una camioneta de la policía. Lo que sigue es un rally vertiginoso por las calles de Lanús. Es raro escuchar a un gobernador de la Provincia de Buenos Aires decir que “con fe y con esperanza vamos a salir adelante”, porque después de recorrer un rato la zona sur del conurbano, ese paisaje gastado y gris de fábricas, paredones, calles oscuras y agujereadas, casas que se vienen abajo y marginalidad, lo primero que se pierde es la fe y la esperanza. Somos una caravana de cuatro autos con sirenas, corriendo a 100 kilómetros por hora, dejando atrás semáforos en rojo y ocupando los dos carriles de una calle doble mano, hasta llegar al Parque Udabe, una plaza pública con una canchita de fútbol con chicos jugando, otra de básquet y, a un costado, una pista de atletismo que circunda un helipuerto en el que espera el helicóptero de Scioli. Antes de que se vaya, queda registrado un minuto de charla en el grabador, con el ruido de las hélices del helicóptero cortando el aire.

- Los radicales dicen que el poder se sufre. ¿Usted cómo vive el hecho de estar a cargo de una provincia tan problemática como la de Buenos Aires?

- Con el deber y la responsabilidad de poner lo mejor de mí para honrar esta confianza que me han dado.

- ¿No es frustrante que haya tantas cosas para resolver y que muchas no tengan solución?

- Me da ganas de hacer más. No soy quejoso…


Ésas son sus últimas palabras. Después, Scioli se aleja con uno de sus asistentes y sube al helicóptero, que en seguida empieza a ganar altura. Pega un rodeo en el lugar, como si el viento lo bamboleara, y después se eleva con cierta majestuosidad sobre nuestras cabezas, hasta desaparecer en la noche oscura y sin estrellas del Conurbano. Con fe y optimismo.  



Con Juan Pablo De Santis







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