Espectáculos
02.10.2009
El peronismo, ¿existe?
Por:
INFOnews
Uno los ve, tan orondos, convencidos de su propia existencia, como si tal cosa. A Hugo Moyano, por ejemplo: uno se lo imagina leyendo el título de esta nota y pensando “¿Qué le pasa a este pibe?”, o coloque usted el adjetivo que se le ocurra. O a Aníbal Fernández, cada vez más convencido de que es un heredero de Charles De Gaulle, sonriendo ante la mera pregunta con ese dejo de ironía sobradora, igual que lo hacía hace un par de meses cuando estaba convencidísimo –yo-que-conozco-el-terreno-te-lo- aseguro– de que Kirchner le ganaba por diez puntos a De Narváez. O uno lo ve a José Pampuro llamando “titán” a Kirchner en una reunión en Lanús. Y está tentado de decir que sí, que por supuesto, que los días más felices fueron, son y serán peronistas.
Sin embargo, si yo perteneciera –digamos, es un decir, es obvio que no es así– a la cofradía, diría, con todo cuidado, no vaya a ser cosa (¡decilo, Enzo!), en fin, que ya es hora de hacerse la preguntita.
¿Existimos, Hugo?
¿No será todo esto apenas un estertor, un retazo, una mueca, los últimos morlacos de una herencia que nos patinamos, Néstor?
¿No será, Aníbal, momento –ahora sí– de pasarnos la marchita por ahí donde vos nos recomendaste hace unos años?
¿No ocurrirá que parecemos vivos pero vistos a cierta distancia se nos nota cierta palidez, digamos, que haría sensata una visita al clínico, nada para preocuparse, pero mejor nos quedamos tranquilos?
No digo que eso pase ni que vaya a pasar, pero hay algunos elementos –ya sin ironía, perdónenme, pero no puedo con ella– que permiten pensar que el peronismo está en serios problemas. El último dato al respecto es la derrota del PJ en Santa Fe, que nos deja sin Carlos Reutemann como candidato a presidente. Entonces, resulta que en las cinco provincias principales del país no tenemos un solo dirigente peronista en pie. Digamos: en Buenos Aires perdió Kirchner, en Capital no conseguimos ni siquiera un candidato (cuando hace quince años ganábamos con Erman González), en Córdoba salimos terceros, en Mendoza nos ganaron por 25 puntos.
Con sólo mirar las encuestas, uno ve que –más allá de la inigualable, y esto lo digo en serio, voluntad de Néstor Kirchner– no hay un solo candidato peronista en pie. No es sólo que los de ahora están mal. No hay uno solo en el horizonte. Sobrevuelan Das Neves y Felipe, amenaza Urtubey, pero lo cierto es que a ninguno se lo puede mirar –aún– con demasiada seriedad. Si, incluso, en los mentideros políticos se especula con que el peronismo disidente puede llegar a ir detrás del radical Julio Cobos en las próximas elecciones, y el no disidente detrás del socialista Hermes Binner. Pobreza franciscana, que le dicen.
O sea: parece que no hay crisis porque nadie desafía a la conducción del peronismo. Pero, en términos de consenso popular, se trata, realmente, de una pelea de nadie contra nadie. Sólo que uno de los dos conduce el Estado y, hay que decirlo, mantiene una fidelidad que oscila entre el 20 y el 25 por ciento de la población.
Lo que está pasando con los caudillos peronistas quizá sea un reflejo de algo que los encuestadores serios –no los de la Casa Rosada: los serios– vienen registrando hace mucho tiempo: es cada vez menos la gente que se identifica a sí misma como peronista. En los últimos sondeos ese porcentaje representa apenas un veinte por ciento de la provincia de Buenos Aires. Ese dato ha generado múltiples debates en todas las fuerzas. Es, por ejemplo, lo que hizo que Néstor y Cristina, durante los años felices del primer mandato, prefirieran la foto de Angelelli a la de Perón y Evita y prohibieran cantar “Los muchachos peronistas” en los actos. En esa época, no fue hace mucho, ¿se acuerdan?, arrasaban. Luego se encerraron. Esa misma discusión se produjo en Unión-Pro durante la última campaña, cuando debieron armar las listas de candidatos en la provincia de Buenos Aires.
De Narváez, que se desvivía por captar parte de la estructura peronista, en un momento decidió limpiar lo más posible su proyecto de figuras identificables con el PJ. “Los peronistas son apenas el 20 por ciento. Ocho de cada diez de ellos están con Kirchner. Tenemos poco para ganar ahí. Ahora: tratar de acercarlos a ellos nos obliga a realizar gestos que nos alejaría al ochenta por ciento restante de la población.” Y ganó De Narváez.
Es evidente que algo pasa en términos de identidad social. Y, en algún sentido, es superlógico. En la última campaña electoral, la aparición de Kirchner iba precedida por una voz en off que repetía: “Porque los días más felices fueron, son y serán peronistas...”. Pues bien, era una frase con apenas un 33 por ciento de verdad. Fueron peronistas. Pero no lo son: de los últimos veinte años, dieciocho fueron gobernados por el peronismo y la pobreza aumentó aquí como en ningún otro lugar del continente –en la mayoría de los países bajó–. En estos tiempos, además, un gobierno peronista ¡sin política social coherente! (como lo señalan, entre otros, el ex viceministro de Acción Social, Daniel Arroyo), les dice a los pobres que no son pobres. Entonces, ya hace dos décadas que el peronismo les dice a los peronistas que los días más felices eran aquellos pero no estos.
Los viejos, que vivieron los días felices, son cada vez menos. Los jóvenes están cada vez más lejos. Si las cosas no cambian, todo parece cuestión de tiempo, de mera biología.
La estructura, además, sólo sirve para preservarse a sí misma, como lo empezó a entender Chiche Duhalde cuando perdió frente a Fernández Meijide en 1997, como lo terminó de entender en el 2005 cuando fue derrotada por Cristina, y como se lo aleccionó a Kirchner hace unos meses, tras la caída frente al millonario De Narváez.
O sea: si no hay identidad, no hay candidatos, y la estructura hace agua, ¿no sería hora de revisar algo?
La debilidad del peronismo, con todo, parece menos extendida que la de los otros partidos. El Acuerdo Cívico y Social, por ejemplo, se partió en cuatro –o cinco, según se cuente– durante el debate de la Ley de Medios. El macrismo es, apenas, eso: una agrupación que se nuclea alrededor de un jefe de gobierno derechoso que, en las últimas elecciones, perdió casi un treinta por ciento de sus votantes. Todo se reduce a un archipiélago de dirigentes sin grandes partidos o identidades que los respalden.
Ese panorama puede ser alentador para los optimistas: si no hay nada, puede ser que surja finalmente “algo” nuevo.
O angustioso para aquellos que quieren seguridad en la vida: que será ese “algo”, ¿el comunismo?, ¿el fascismo?, ¿seremos todos mormones o evangelistas en el futuro?
Y a los más, nos deja curiosos.
Si no hay peronismo, ni radicalismo, ni nada, algo habrá de haber, porque tampoco será cuestión de vivir tan desprotegidos, a merced del viento.
A esperar entonces, que todo espacio vacío es ocupado por la llegada de otro amigo, según decía Euclides, Hipócrates, Pitágoras o alguno de esos.
Y, si no, que el Barba nos ayude.
¿No, Diego?
Sin embargo, si yo perteneciera –digamos, es un decir, es obvio que no es así– a la cofradía, diría, con todo cuidado, no vaya a ser cosa (¡decilo, Enzo!), en fin, que ya es hora de hacerse la preguntita.
¿Existimos, Hugo?
¿No será todo esto apenas un estertor, un retazo, una mueca, los últimos morlacos de una herencia que nos patinamos, Néstor?
¿No será, Aníbal, momento –ahora sí– de pasarnos la marchita por ahí donde vos nos recomendaste hace unos años?
¿No ocurrirá que parecemos vivos pero vistos a cierta distancia se nos nota cierta palidez, digamos, que haría sensata una visita al clínico, nada para preocuparse, pero mejor nos quedamos tranquilos?
No digo que eso pase ni que vaya a pasar, pero hay algunos elementos –ya sin ironía, perdónenme, pero no puedo con ella– que permiten pensar que el peronismo está en serios problemas. El último dato al respecto es la derrota del PJ en Santa Fe, que nos deja sin Carlos Reutemann como candidato a presidente. Entonces, resulta que en las cinco provincias principales del país no tenemos un solo dirigente peronista en pie. Digamos: en Buenos Aires perdió Kirchner, en Capital no conseguimos ni siquiera un candidato (cuando hace quince años ganábamos con Erman González), en Córdoba salimos terceros, en Mendoza nos ganaron por 25 puntos.
Con sólo mirar las encuestas, uno ve que –más allá de la inigualable, y esto lo digo en serio, voluntad de Néstor Kirchner– no hay un solo candidato peronista en pie. No es sólo que los de ahora están mal. No hay uno solo en el horizonte. Sobrevuelan Das Neves y Felipe, amenaza Urtubey, pero lo cierto es que a ninguno se lo puede mirar –aún– con demasiada seriedad. Si, incluso, en los mentideros políticos se especula con que el peronismo disidente puede llegar a ir detrás del radical Julio Cobos en las próximas elecciones, y el no disidente detrás del socialista Hermes Binner. Pobreza franciscana, que le dicen.
O sea: parece que no hay crisis porque nadie desafía a la conducción del peronismo. Pero, en términos de consenso popular, se trata, realmente, de una pelea de nadie contra nadie. Sólo que uno de los dos conduce el Estado y, hay que decirlo, mantiene una fidelidad que oscila entre el 20 y el 25 por ciento de la población.
Lo que está pasando con los caudillos peronistas quizá sea un reflejo de algo que los encuestadores serios –no los de la Casa Rosada: los serios– vienen registrando hace mucho tiempo: es cada vez menos la gente que se identifica a sí misma como peronista. En los últimos sondeos ese porcentaje representa apenas un veinte por ciento de la provincia de Buenos Aires. Ese dato ha generado múltiples debates en todas las fuerzas. Es, por ejemplo, lo que hizo que Néstor y Cristina, durante los años felices del primer mandato, prefirieran la foto de Angelelli a la de Perón y Evita y prohibieran cantar “Los muchachos peronistas” en los actos. En esa época, no fue hace mucho, ¿se acuerdan?, arrasaban. Luego se encerraron. Esa misma discusión se produjo en Unión-Pro durante la última campaña, cuando debieron armar las listas de candidatos en la provincia de Buenos Aires.
De Narváez, que se desvivía por captar parte de la estructura peronista, en un momento decidió limpiar lo más posible su proyecto de figuras identificables con el PJ. “Los peronistas son apenas el 20 por ciento. Ocho de cada diez de ellos están con Kirchner. Tenemos poco para ganar ahí. Ahora: tratar de acercarlos a ellos nos obliga a realizar gestos que nos alejaría al ochenta por ciento restante de la población.” Y ganó De Narváez.
Es evidente que algo pasa en términos de identidad social. Y, en algún sentido, es superlógico. En la última campaña electoral, la aparición de Kirchner iba precedida por una voz en off que repetía: “Porque los días más felices fueron, son y serán peronistas...”. Pues bien, era una frase con apenas un 33 por ciento de verdad. Fueron peronistas. Pero no lo son: de los últimos veinte años, dieciocho fueron gobernados por el peronismo y la pobreza aumentó aquí como en ningún otro lugar del continente –en la mayoría de los países bajó–. En estos tiempos, además, un gobierno peronista ¡sin política social coherente! (como lo señalan, entre otros, el ex viceministro de Acción Social, Daniel Arroyo), les dice a los pobres que no son pobres. Entonces, ya hace dos décadas que el peronismo les dice a los peronistas que los días más felices eran aquellos pero no estos.
Los viejos, que vivieron los días felices, son cada vez menos. Los jóvenes están cada vez más lejos. Si las cosas no cambian, todo parece cuestión de tiempo, de mera biología.
La estructura, además, sólo sirve para preservarse a sí misma, como lo empezó a entender Chiche Duhalde cuando perdió frente a Fernández Meijide en 1997, como lo terminó de entender en el 2005 cuando fue derrotada por Cristina, y como se lo aleccionó a Kirchner hace unos meses, tras la caída frente al millonario De Narváez.
O sea: si no hay identidad, no hay candidatos, y la estructura hace agua, ¿no sería hora de revisar algo?
La debilidad del peronismo, con todo, parece menos extendida que la de los otros partidos. El Acuerdo Cívico y Social, por ejemplo, se partió en cuatro –o cinco, según se cuente– durante el debate de la Ley de Medios. El macrismo es, apenas, eso: una agrupación que se nuclea alrededor de un jefe de gobierno derechoso que, en las últimas elecciones, perdió casi un treinta por ciento de sus votantes. Todo se reduce a un archipiélago de dirigentes sin grandes partidos o identidades que los respalden.
Ese panorama puede ser alentador para los optimistas: si no hay nada, puede ser que surja finalmente “algo” nuevo.
O angustioso para aquellos que quieren seguridad en la vida: que será ese “algo”, ¿el comunismo?, ¿el fascismo?, ¿seremos todos mormones o evangelistas en el futuro?
Y a los más, nos deja curiosos.
Si no hay peronismo, ni radicalismo, ni nada, algo habrá de haber, porque tampoco será cuestión de vivir tan desprotegidos, a merced del viento.
A esperar entonces, que todo espacio vacío es ocupado por la llegada de otro amigo, según decía Euclides, Hipócrates, Pitágoras o alguno de esos.
Y, si no, que el Barba nos ayude.
¿No, Diego?







