Espectáculos
11.02.2010
Trabajo insalubre
Tres presidentes de los últimos años sufrieron cuadros cardio o cerebro vasculares. Cómo la política y la conflictividad afecta el bienestar.
Por:
INFOnews
Por Raquel Roberti
En los últimos 17 años tres hombres que estuvieron en la cima del poder político local fueron operados de urgencia por problemas cardio o cerebro vasculares. Carlos Menem en 1993, Fernando de la Rúa en 2001 y hace apenas unos días, Néstor Kirchner, pasaron por un quirófano y salieron diciendo que estaban mejor que antes. Quizá haya que rever el listado de profesiones peligrosas y agregar aquellas que se codean con el poder. “Lo que más desea el que ha tenido el poder algunos años, sea como rey o emperador, o presidente o gobernador, es seguir teniéndolo siempre”, señalaba ya en el siglo XIX el gran jurista, político y escritor Juan B. Alberdi. Una frase que pone el foco en los intereses que Menem, De la Rúa y Kirchner tuvieron en común en el momento de admitir su enfermedad.
“Me sorprende que no haya más casos, aunque posiblemente haya y no nos enteremos. El nivel de estrés que viven los políticos en los últimos años y el alto nivel de conflictividad tienen directa relación con alteraciones cardio vasculares”, señala Enrique De Rosa, neurólogo y psiquiatra que se desempeña como docente en las facultades de psicología y psiquiatría de la UBA y como psiquiatra forense de la Corte Suprema de Justicia de la Provincia de Buenos Aires.
Si bien “el estrés no es exclusivo de los cargos oficiales”, como señala Hugo Francés Maza –profesor de medicina interna de la Fundación Barceló–, bien puede hablarse de las enfermedades del poder que, indudablemente, están relacionadas con la presión que genera estrés. “La presión de Kirchner es que todo el mundo lo quiera, y eso es imposible. Cuando las cosas no salen como pretende, impactan en forma negativa en su salud porque él pone toda su vida en eso –considera Maza–. La presión, para algunos, puede ser la ambición de poder o el manejo de situaciones críticas, y para otros, la pérdida de un ser querido.”
Ateromatosis de la carótida, así se llama la patología por la que Carlos Menem y Néstor Kirchner fueron operados y que, por regla general, se da en personas de más de 70 años. Es un proceso lento en el que el colesterol se va depositando en las paredes de las arterias y obstruyendo el flujo sanguíneo al cerebro, por eso se lo considera un accidente cerebro vascular (ACV), de los que se producen 125 mil por año en el país. “Muere más gente por ACV que por cáncer de pulmón o de mamas –agrega Sebastián Ameriso, jefe de neurología vascular de FLENI–. Por eso no es raro que el problema se haya repetido en los presidentes, pero es cierto que llama la atención porque, además, ha habido varios casos en mandatarios de otros países. Hay una cosa del poder y tal vez algo influya en estos episodios. La vida sedentaria y el estrés facilitan el desarrollo de enfermedades y, es probable, el mal tratamiento de los factores de riesgo vasculares. Tal vez el poder hace que se cuiden menos, que tengan más estrés, la presión arterial más alta, con lo cual sube el azúcar y el colesterol, se fuma más. Lo que sucede es que lo ocultan, por ejemplo, Obama fuma pero no lo muestra en público.”
Si bien los ex presidentes no habían llegado a la edad promedio para sufrir este cuadro –Menem tenía 63 años y Kirchner tiene 59–, Maza considera que podría obedecer a la sumatoria de otros factores de riesgo como diabetes, hipertensión o tabaquismo.
“Todas las situaciones que generan presión o estrés activan el sistema nervioso simpático, relacionado con el alerta, que hace que el corazón trabaje, se contraiga más veces por minuto y más fuerte. Debería activarse en situaciones específicas, como al hacer ejercicio, pero eso mismo se repite en reposo, bajo estrés y se genera hipertensión arterial, arritmia o ataque cerebral hemorrágico o trombosis”, explica Maza.
Si de situaciones de estrés se trata, los tres ex presidentes tienen las suyas. Cuando lo operaron, Carlos Menem estaba empeñado en conseguir la reforma constitucional que le permitiera ser reelecto y evitar las investigaciones judiciales que lo jaqueaban. El 15 de octubre de 1993 estaba jugando al golf en la quinta de Olivos cuando sintió cosquilleo en el brazo izquierdo y luego se desmayó. La intervención se realizó en una clínica de Barrio Norte y, tal como sucedió entre el domingo 7 y el miércoles 10 con Kirchner en el Sanatorio de los Arcos, su habitación fue testigo de un desfile de políticos mientras los seguidores hacían guardia en la vereda. Apenas le dieron el alta, el ex presidente dijo: “Estoy mejor que antes, así que no pienso en renunciar a la reelección”. El 3 de noviembre selló el Pacto de Olivos con Alfonsín que lo habilitó para su segundo mandato.
En 1999, antes de asumir la presidencia, cuando lo operaron por neumotórax derecho (aire en la cavidad pleural, muy común en los fumadores), Fernando de la Rúa estaba obsesionado con la Ley de Presupuesto y la conformación del gabinete que lo iba a acompañar. En junio de 2001, cuando se sometió en el Instituto Cardiovascular a una angioplastia por obstrucción de la arteria coronaria –se realizan unas ocho mil al año en el país–, enfrentaba una seguidilla de paros gremiales y un caos económico que terminó con su escape de la Casa Rosada a bordo de un helicóptero.
El caso de Néstor Kirchner, en esta generalidad, resulta atípico a primera vista, ya que hace tres años cedió la banda presidencial. Pero a nadie escapa que comparte destino con su esposa, la presidenta Cristina Fernández. El domingo 7, después de trotar en la cinta de la quinta de Olivos, también sintió cosquilleo en el brazo izquierdo y por la tarde fue operado. Venía de una dura pelea interna en el PJ, del enfrentamiento con Martín Redrado, titular del Banco Central, por el uso de las reservas, y de la denuncia por su compra de dos millones de dólares que, según allegados, lo ofuscó más que el voto “no positivo” del vicepresidente Julio Cobos a la resolución 125 sobre las retenciones móviles.
“Cualquier otra persona hubiera tenido un infarto al segundo día de vivir esas situaciones. El estrés tiene tres respuestas: parálisis, ataque o huida. Cualquiera de las tres permite, en alguna medida, liberar tensiones, pero si en lugar de eso se elabora un nuevo ataque, un contraataque, se sostiene una situación hasta que explota. Esta gente se protege, en gran parte, negando y manipulando la realidad”, opina de Rosa.
Manipulación u ocultamiento mencionaba Ameriso. “Me voy al médico para hacerme un chequeo de rutina”, dijo De la Rúa antes de internarse para la angioplastia. Menem, como ya se dijo, salió hablando de la reelección. Y Kirchner, al salir de terapia intensiva, dio instrucciones para que no se modifique la fecha del 10 de marzo para su reasunción al frente del PJ. Además, cuando le dieron el alta médico, Cristina señaló que “hay Kirchner para rato”, en un intento de acallar los rumores sobre la salud de su esposo, quien en 2004 estuvo internado una semana en Santa Cruz por una hemorragia gástrica y en 2006 sufrió un desmayo en El Calafate que nunca fue explicado.
Para De Rosa esa preocupación extrema por ocultar los problemas de salud “tiene relación con lo totémico: el líder no debe tener rasgos humanos porque está imbuido de un poder sagrado. Por eso se repite constantemente ‘está muy bien’, cuando no estaría mal explicar que no está en sus plenos poderes y que requiere reposo. La sensación que deja esa reafirmación es que algo no debe andar muy bien, y termina generando lo que siempre se trata de evitar: el rumor. Es una visión tribal: el poderoso es el potente, debe ser desprovisto de cualquier idea de debilidad para evitar el ataque de enemigos y, como el Cid Campeador atado a la montura, aun muerto debe demostrar que está vivo.”
Presión, estrés, hipertensión, elementos que juegan en contra en el área de salud y que, al parecer, los poderosos no pueden evitar. Los cuidados deberían pasar por “un cambio total en el estilo de vida, con un ritmo regular de actividad física y de relajación, y seguir una dieta equilibrada donde predominen frutas, verduras y vegetales”, según Maza. En cambio De Rosa cree que “cuando el organismo pierde la capacidad de responder porque está en alerta permanente, no hay solución, el final probable es el infarto o cuadro cardiovascular. No se puede vivir en la hipótesis de conflicto permanente, es una ecuación mal planteada porque obvia otra gestión de poder, la colaboración”. En cardiología se denominan ‘personalidad tipo A’ y, como en el abecedario, están primero en la lista, pero no para recibir un premio.
En los últimos 17 años tres hombres que estuvieron en la cima del poder político local fueron operados de urgencia por problemas cardio o cerebro vasculares. Carlos Menem en 1993, Fernando de la Rúa en 2001 y hace apenas unos días, Néstor Kirchner, pasaron por un quirófano y salieron diciendo que estaban mejor que antes. Quizá haya que rever el listado de profesiones peligrosas y agregar aquellas que se codean con el poder. “Lo que más desea el que ha tenido el poder algunos años, sea como rey o emperador, o presidente o gobernador, es seguir teniéndolo siempre”, señalaba ya en el siglo XIX el gran jurista, político y escritor Juan B. Alberdi. Una frase que pone el foco en los intereses que Menem, De la Rúa y Kirchner tuvieron en común en el momento de admitir su enfermedad.
“Me sorprende que no haya más casos, aunque posiblemente haya y no nos enteremos. El nivel de estrés que viven los políticos en los últimos años y el alto nivel de conflictividad tienen directa relación con alteraciones cardio vasculares”, señala Enrique De Rosa, neurólogo y psiquiatra que se desempeña como docente en las facultades de psicología y psiquiatría de la UBA y como psiquiatra forense de la Corte Suprema de Justicia de la Provincia de Buenos Aires.
Si bien “el estrés no es exclusivo de los cargos oficiales”, como señala Hugo Francés Maza –profesor de medicina interna de la Fundación Barceló–, bien puede hablarse de las enfermedades del poder que, indudablemente, están relacionadas con la presión que genera estrés. “La presión de Kirchner es que todo el mundo lo quiera, y eso es imposible. Cuando las cosas no salen como pretende, impactan en forma negativa en su salud porque él pone toda su vida en eso –considera Maza–. La presión, para algunos, puede ser la ambición de poder o el manejo de situaciones críticas, y para otros, la pérdida de un ser querido.”
Ateromatosis de la carótida, así se llama la patología por la que Carlos Menem y Néstor Kirchner fueron operados y que, por regla general, se da en personas de más de 70 años. Es un proceso lento en el que el colesterol se va depositando en las paredes de las arterias y obstruyendo el flujo sanguíneo al cerebro, por eso se lo considera un accidente cerebro vascular (ACV), de los que se producen 125 mil por año en el país. “Muere más gente por ACV que por cáncer de pulmón o de mamas –agrega Sebastián Ameriso, jefe de neurología vascular de FLENI–. Por eso no es raro que el problema se haya repetido en los presidentes, pero es cierto que llama la atención porque, además, ha habido varios casos en mandatarios de otros países. Hay una cosa del poder y tal vez algo influya en estos episodios. La vida sedentaria y el estrés facilitan el desarrollo de enfermedades y, es probable, el mal tratamiento de los factores de riesgo vasculares. Tal vez el poder hace que se cuiden menos, que tengan más estrés, la presión arterial más alta, con lo cual sube el azúcar y el colesterol, se fuma más. Lo que sucede es que lo ocultan, por ejemplo, Obama fuma pero no lo muestra en público.”
Si bien los ex presidentes no habían llegado a la edad promedio para sufrir este cuadro –Menem tenía 63 años y Kirchner tiene 59–, Maza considera que podría obedecer a la sumatoria de otros factores de riesgo como diabetes, hipertensión o tabaquismo.
“Todas las situaciones que generan presión o estrés activan el sistema nervioso simpático, relacionado con el alerta, que hace que el corazón trabaje, se contraiga más veces por minuto y más fuerte. Debería activarse en situaciones específicas, como al hacer ejercicio, pero eso mismo se repite en reposo, bajo estrés y se genera hipertensión arterial, arritmia o ataque cerebral hemorrágico o trombosis”, explica Maza.
Si de situaciones de estrés se trata, los tres ex presidentes tienen las suyas. Cuando lo operaron, Carlos Menem estaba empeñado en conseguir la reforma constitucional que le permitiera ser reelecto y evitar las investigaciones judiciales que lo jaqueaban. El 15 de octubre de 1993 estaba jugando al golf en la quinta de Olivos cuando sintió cosquilleo en el brazo izquierdo y luego se desmayó. La intervención se realizó en una clínica de Barrio Norte y, tal como sucedió entre el domingo 7 y el miércoles 10 con Kirchner en el Sanatorio de los Arcos, su habitación fue testigo de un desfile de políticos mientras los seguidores hacían guardia en la vereda. Apenas le dieron el alta, el ex presidente dijo: “Estoy mejor que antes, así que no pienso en renunciar a la reelección”. El 3 de noviembre selló el Pacto de Olivos con Alfonsín que lo habilitó para su segundo mandato.
En 1999, antes de asumir la presidencia, cuando lo operaron por neumotórax derecho (aire en la cavidad pleural, muy común en los fumadores), Fernando de la Rúa estaba obsesionado con la Ley de Presupuesto y la conformación del gabinete que lo iba a acompañar. En junio de 2001, cuando se sometió en el Instituto Cardiovascular a una angioplastia por obstrucción de la arteria coronaria –se realizan unas ocho mil al año en el país–, enfrentaba una seguidilla de paros gremiales y un caos económico que terminó con su escape de la Casa Rosada a bordo de un helicóptero.
El caso de Néstor Kirchner, en esta generalidad, resulta atípico a primera vista, ya que hace tres años cedió la banda presidencial. Pero a nadie escapa que comparte destino con su esposa, la presidenta Cristina Fernández. El domingo 7, después de trotar en la cinta de la quinta de Olivos, también sintió cosquilleo en el brazo izquierdo y por la tarde fue operado. Venía de una dura pelea interna en el PJ, del enfrentamiento con Martín Redrado, titular del Banco Central, por el uso de las reservas, y de la denuncia por su compra de dos millones de dólares que, según allegados, lo ofuscó más que el voto “no positivo” del vicepresidente Julio Cobos a la resolución 125 sobre las retenciones móviles.
“Cualquier otra persona hubiera tenido un infarto al segundo día de vivir esas situaciones. El estrés tiene tres respuestas: parálisis, ataque o huida. Cualquiera de las tres permite, en alguna medida, liberar tensiones, pero si en lugar de eso se elabora un nuevo ataque, un contraataque, se sostiene una situación hasta que explota. Esta gente se protege, en gran parte, negando y manipulando la realidad”, opina de Rosa.
Manipulación u ocultamiento mencionaba Ameriso. “Me voy al médico para hacerme un chequeo de rutina”, dijo De la Rúa antes de internarse para la angioplastia. Menem, como ya se dijo, salió hablando de la reelección. Y Kirchner, al salir de terapia intensiva, dio instrucciones para que no se modifique la fecha del 10 de marzo para su reasunción al frente del PJ. Además, cuando le dieron el alta médico, Cristina señaló que “hay Kirchner para rato”, en un intento de acallar los rumores sobre la salud de su esposo, quien en 2004 estuvo internado una semana en Santa Cruz por una hemorragia gástrica y en 2006 sufrió un desmayo en El Calafate que nunca fue explicado.
Para De Rosa esa preocupación extrema por ocultar los problemas de salud “tiene relación con lo totémico: el líder no debe tener rasgos humanos porque está imbuido de un poder sagrado. Por eso se repite constantemente ‘está muy bien’, cuando no estaría mal explicar que no está en sus plenos poderes y que requiere reposo. La sensación que deja esa reafirmación es que algo no debe andar muy bien, y termina generando lo que siempre se trata de evitar: el rumor. Es una visión tribal: el poderoso es el potente, debe ser desprovisto de cualquier idea de debilidad para evitar el ataque de enemigos y, como el Cid Campeador atado a la montura, aun muerto debe demostrar que está vivo.”
Presión, estrés, hipertensión, elementos que juegan en contra en el área de salud y que, al parecer, los poderosos no pueden evitar. Los cuidados deberían pasar por “un cambio total en el estilo de vida, con un ritmo regular de actividad física y de relajación, y seguir una dieta equilibrada donde predominen frutas, verduras y vegetales”, según Maza. En cambio De Rosa cree que “cuando el organismo pierde la capacidad de responder porque está en alerta permanente, no hay solución, el final probable es el infarto o cuadro cardiovascular. No se puede vivir en la hipótesis de conflicto permanente, es una ecuación mal planteada porque obvia otra gestión de poder, la colaboración”. En cardiología se denominan ‘personalidad tipo A’ y, como en el abecedario, están primero en la lista, pero no para recibir un premio.







