Espectáculos
01.06.2010
El Bicentenario, la multitud y las huellas del acontecimiento
Por:
INFOnews
El acontecimiento del cual todos hablamos, a días de su realización, era tan sólo una fecha “débilmente convocante que deambulaba en el futuro cercano como un término rimbombante de imprevisible resultado”. Es más, si uno realizara el seguimiento de los comentarios vertidos en los medios de comunicación masivos los días previos, el denominador común de la oposición eran sus comentarios relativos al clima de “crispación político-social imperante”. Llegaron a cuestionar la supuesta irracionalidad de decretar el 24 de mayo feriado nacional vía decreto presidencial. Hubo quienes como el jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, consideraron un exceso el corte de la avenida 9 de Julio por el evento. Pero con el correr de las horas, tras la inauguración de los festejos, las agendas de los grandes medios comenzaron a ser atravesadas por la potencia de la multitud concentrada a la espera de la primera jornada en homenaje al rock nacional. Cientos de miles de personas fueron sumándose a esa muchedumbre heterogénea que se movía al ritmo de los íconos más reconocidos del rock argentino.
Con la conducción del decano Lito Nebbia, se mezclaron en esa primera noche mágica –articuladora de voluntades diversas– Ricardo Soule, “la voz de Dios” que nos transportaba en la máquina del tiempo de Wells hacia la más tierna adolescencia –de ese preludio cuasi hippie de la rebeldía setentista–. Un León Gieco, que fue el puente entre los amigos del ex Gato y la velada siguiente de la música latinoamericana, que brindó en su final a la gente una bocanada de solidaridad, con la presencia de personas con capacidades diferentes, de esos héroes anónimos de nuestro presente, el singular Mundo Alas.
Pero cuál es la enseñanza de la multitudinaria movida bicentenaria. Entendiendo el complejo entramado de la sociedad contemporánea, hubo lugar para todo y para todos, un hecho de por sí poco común. Desde el mordisco a la gastronomía criolla y universal, hasta esa Fuerza Bruta que nos acarició con los pantallazos de dos siglos de históricas tristezas y alegrías, hasta las colectividades y los pueblos originarios. Como todo acontecimiento, por su magnitud puede ser abordado desde múltiples dimensiones. Trataré de expresar en este breve análisis, una forma de aproximación a un fenómeno colectivo tan paradojal como el Bicentenario, en los tiempos que vivimos, con una cultura global, que propende al individualismo atomizante, el miedo al otro y la fobia a lo colectivo. Pero a pesar de esa cosmovisión del consumo, que atraviesa el planeta, y que nos va consumiendo poco a poco, la impronta humana mostró una véz más, como en los momentos más necesarios de nuestra historia, aparece con su potente presencia.
Pero cómo fue posible este acontecimiento que irrumpió en la realidad, surgido del inconciente colectivo, potenciando lo mejor de cada uno, en una epidemia de buena onda. Así es la naturaleza ambivalente de la multitud, que mostró por cinco días su esencia más noble, en esos atardeceres y noches interminables de la avenida más ancha del planeta.
Esa sumatoria de singularidades supieron ser multitud, envuelta en el penetrante devenir de los acordes musicales, y sin proponérselo se transformaron en el más maravilloso hecho artístico de las cinco históricas jornadas, en comunión con sus ídolos del canto.
Esa marea humana dejó a un lado sus temores, sus prejuicios, la inseguridad amplificada por los de siempre y se volcó a un abrazo fraterno que articuló desocupados y empleados, fieritas y chetos, medio pelo y marginales, familias enteras que rompieron con cualquier cuadrícula sociológica que quiera dividirlos o sumariamente encasillarlos en una categoría demográfica.
Y fueron capaces –no tan sólo como la sumatoria de infinitas singularidades sino como algo más, como multitud hecha sujeto– de generar por sí mismos la producción de una verdad, que marca a fuego la subjetividad del presente, en oposición a las habladurías paranoicas que instalan la inseguridad como el primer problema a resolver por los argentinos con más mano dura.
Registrar estas huellas del acontecimiento producido por esa muchedumbre diversa, alegre y potente es apostar a una sociabilidad posible en el futuro. Donde la mano dura, el gatillo fácil, o la represión como sistema, sean desterrados de la cabeza de la sociedad toda. Se calcula que fueron más de cinco millones los que compartieron esa fiesta pública, a lo largo de las cinco jornadas. Los medios no pudieron publicar el día después ningún hecho de violencia en sus páginas. Millones de personas sin butacas numeradas, sin miles de efectivos de seguridad policial, o guardianes privados que los controlen, generaron entre todos esa verdad maravillosa que es la libertad no vigilada, de un pueblo capaz de autorregularse.
A no engañarnos, los millones que gozaron del cumpleaños de la República Argentina, en esa producción colectiva inolvidable, son los mismos que en un marco distinto, en un ámbito donde la lucha entre los iguales sea la norma, serán capaces de potenciar lo peor de sí, los que en la competencia desmedida pueden arrancarle el hígado a su contrincante. Las reglas de juego de un mundo donde el norte es acumular, deja poco espacio para que lo mejor de las multitudes se exprese con toda su potencia. Esa ambivalencia que llevamos dentro –de cielo y de infierno– no se eliminó con las inenarrables jornadas del festejo comunitario por los doscientos años de la Patria. Pero la gran enseñanza que nos deja es que es posible y entre todos. La pregunta de este nuevo centenario que se inicia es si seremos capaces de construir una sociabilidad, bajo la condición de la huella del acontecimiento compartido hace tan sólo unos días. La fidelidad al mismo será cuando lo singular se articule en una nueva lógica del mundo a construir.
*Sociólogo Docente Fac. Cs. Sociales (UBA)
Con la conducción del decano Lito Nebbia, se mezclaron en esa primera noche mágica –articuladora de voluntades diversas– Ricardo Soule, “la voz de Dios” que nos transportaba en la máquina del tiempo de Wells hacia la más tierna adolescencia –de ese preludio cuasi hippie de la rebeldía setentista–. Un León Gieco, que fue el puente entre los amigos del ex Gato y la velada siguiente de la música latinoamericana, que brindó en su final a la gente una bocanada de solidaridad, con la presencia de personas con capacidades diferentes, de esos héroes anónimos de nuestro presente, el singular Mundo Alas.
Pero cuál es la enseñanza de la multitudinaria movida bicentenaria. Entendiendo el complejo entramado de la sociedad contemporánea, hubo lugar para todo y para todos, un hecho de por sí poco común. Desde el mordisco a la gastronomía criolla y universal, hasta esa Fuerza Bruta que nos acarició con los pantallazos de dos siglos de históricas tristezas y alegrías, hasta las colectividades y los pueblos originarios. Como todo acontecimiento, por su magnitud puede ser abordado desde múltiples dimensiones. Trataré de expresar en este breve análisis, una forma de aproximación a un fenómeno colectivo tan paradojal como el Bicentenario, en los tiempos que vivimos, con una cultura global, que propende al individualismo atomizante, el miedo al otro y la fobia a lo colectivo. Pero a pesar de esa cosmovisión del consumo, que atraviesa el planeta, y que nos va consumiendo poco a poco, la impronta humana mostró una véz más, como en los momentos más necesarios de nuestra historia, aparece con su potente presencia.
Pero cómo fue posible este acontecimiento que irrumpió en la realidad, surgido del inconciente colectivo, potenciando lo mejor de cada uno, en una epidemia de buena onda. Así es la naturaleza ambivalente de la multitud, que mostró por cinco días su esencia más noble, en esos atardeceres y noches interminables de la avenida más ancha del planeta.
Esa sumatoria de singularidades supieron ser multitud, envuelta en el penetrante devenir de los acordes musicales, y sin proponérselo se transformaron en el más maravilloso hecho artístico de las cinco históricas jornadas, en comunión con sus ídolos del canto.
Esa marea humana dejó a un lado sus temores, sus prejuicios, la inseguridad amplificada por los de siempre y se volcó a un abrazo fraterno que articuló desocupados y empleados, fieritas y chetos, medio pelo y marginales, familias enteras que rompieron con cualquier cuadrícula sociológica que quiera dividirlos o sumariamente encasillarlos en una categoría demográfica.
Y fueron capaces –no tan sólo como la sumatoria de infinitas singularidades sino como algo más, como multitud hecha sujeto– de generar por sí mismos la producción de una verdad, que marca a fuego la subjetividad del presente, en oposición a las habladurías paranoicas que instalan la inseguridad como el primer problema a resolver por los argentinos con más mano dura.
Registrar estas huellas del acontecimiento producido por esa muchedumbre diversa, alegre y potente es apostar a una sociabilidad posible en el futuro. Donde la mano dura, el gatillo fácil, o la represión como sistema, sean desterrados de la cabeza de la sociedad toda. Se calcula que fueron más de cinco millones los que compartieron esa fiesta pública, a lo largo de las cinco jornadas. Los medios no pudieron publicar el día después ningún hecho de violencia en sus páginas. Millones de personas sin butacas numeradas, sin miles de efectivos de seguridad policial, o guardianes privados que los controlen, generaron entre todos esa verdad maravillosa que es la libertad no vigilada, de un pueblo capaz de autorregularse.
A no engañarnos, los millones que gozaron del cumpleaños de la República Argentina, en esa producción colectiva inolvidable, son los mismos que en un marco distinto, en un ámbito donde la lucha entre los iguales sea la norma, serán capaces de potenciar lo peor de sí, los que en la competencia desmedida pueden arrancarle el hígado a su contrincante. Las reglas de juego de un mundo donde el norte es acumular, deja poco espacio para que lo mejor de las multitudes se exprese con toda su potencia. Esa ambivalencia que llevamos dentro –de cielo y de infierno– no se eliminó con las inenarrables jornadas del festejo comunitario por los doscientos años de la Patria. Pero la gran enseñanza que nos deja es que es posible y entre todos. La pregunta de este nuevo centenario que se inicia es si seremos capaces de construir una sociabilidad, bajo la condición de la huella del acontecimiento compartido hace tan sólo unos días. La fidelidad al mismo será cuando lo singular se articule en una nueva lógica del mundo a construir.
*Sociólogo Docente Fac. Cs. Sociales (UBA)







