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23.06.2010

Debimos boicotear a Corea del Norte

La escritora asegura que ese país debió haber sido excluido de la Copa del Mundo. La FIFA y Sudáfrica, dice, perdieron la oportunidad.

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Por Eve Fairbanks

En teoría, la copa del mundo constituye un bazar variopinto de naciones, pero en realidad todo está absolutamente globalizado: Nike dicta la moda, Coca-Cola pone los jingles musicales y Europa marca el estándar de juego. En ese contexto, la aparición de Corea del Norte, en su primera participación mundialista desde 1966, inyectó una dosis deliciosa de extravagancia en la uniformidad del campeonato. No tardaron en circular, por lo pronto, distintos rumores alrededor del equipo. Se dijo que los jugadores se divertían en la concentración jugando al piedra-papel-o-tijera. O que Kim Jong-il, el “líder supremo” del país, había colocado auriculares en los jugadores para transmitirles consejos en vivo desde Pyongyang. Aunque parezcan sin fundamento, estos rumores no se pueden verificar o desmentir porque cada conferencia de prensa en la que participa Corea del Norte fue precedida por una advertencia de los burócratas de la FIFA: no se permitiría ninguna pregunta que “cruce la política con el deporte”.

El lunes 21, mientras presenciaba la aplastante derrota de los norcoreanos ante Portugal (7-0) desde un bar mozambiqueño de Johannesburgo, no pude dejar de lamentar cada uno de los goles. Sobre todo, porque me preguntaba cuán seguros estarían los familiares y amigos de los jugadores. ¿Suena exagerado? Alcanza con leer el libro “Nothing to Envy” de la periodista de Los Angeles Times Barbara Demick, sobre la vida cotidiana en Corea del Norte, que incluye relatos sobre las desapariciones rituales de aquellos desafortunados cuyos seres queridos no honraron al Estado. Que tengamos esa preocupación pone en evidencia la principal cuestión: ¿cómo pudo ese Gobierno haber sido autorizado a participar en un torneo internacional? Corea del Norte debería haber sido excluido de la Copa del Mundo, en especial de una Copa del Mundo llevada a cabo en África.    

La FIFA, y Sudáfrica, perdieron la oportunidad. Una prohibición habría reflejado el “ethos” único y la historia de esa parte del continente. Sudáfrica es el único país donde un boicot logró elevar la percepción externa de los demonios de un régimen, así como pudo fomentar la movilización interna para el cambio. En la medida que se profundizaba la política del Apartheid, Sudáfrica fue siendo excluida, sucesivamente, de las Olimpíadas, de los torneos de cricket, del golf internacional y del mismísimo Mundial de Rugby, el deporte más popular del país. Al comienzo, la veda se basó en el hecho de que los equipos reflejaban el Apartheid del régimen: todos los participantes eran blancos. Pero, más tarde, cuando el Apartheid hizo algunos gestos que reducían el segregacionismo racial, los responsables del boicot dejaron en claro que la medida iba más allá de eso. El lema del Consejo Sudafricano del Deporte era: “No hay deporte normal en una sociedad anormal”. Su ex presidente Joe Ebrahim explicó en una entrevista de 2007 que el boicot se enfocaba a “llamar la atención pública a que no se podía llevar una vida dual en una sociedad en la que se nos negaba derechos humanos básicos, y, después, ir y jugar como si viviéramos en un mundo normal”. Sudáfrica es un país loco por los deportes, y la exclusión del Mundial de Rugby puso frente a los ojos del afrikáner común el aislamiento que su régimen estaba engendrando  (y, quizás, sentó una base para el cambio político).

Quienes están en contra de los boicots argumentan que la sanción afecta más a la gente común que a aquellos en el poder, que los intercambios culturales como giras de orquestas o partidos de fútbol ayudan a desmontar el sentido de “otredad” que pesa sobra los parias o más postergados. Pero en el caso de Corea del Norte, ese argumento me parece idiota. Consideren a la estrella norcoreana, el delantero Jong Tae-se. Jong dijo que la participación de Corea del Norte en esta Copa va a ayudar a desmitificar el país y a darle orgullo. Él maneja una Hummer, ama hacer snowboard, viaja con su iPod y su Nintendo. Además nunca vivió en Corea del Norte. Nació en Japón y sigue viviendo allí. Él fue quien le contó a la prensa sobre la inclinación de sus compañeros por el piedra-papel-o-tijera. Jong representa la existencia de la “vida dual” de Joe Ebrahim en términos de la sociedad norcoreana —en la cual a unas pocas estrellas gloriosas de la nación se les permite tener un estilo de vida capitalista mientras la mayoría sueña con alimento y derechos humanos.

Tras la paliza ante Portugal, Corea del Norte no jugará con chances de clasificar su partido de este viernes 25 ante Costa de Marfil. Sospecho que Jong Tae-se se las va a arreglar. Sin embargo, para los hinchas comunes norcoreanos no está claro si podrán seguir mirando los partidos del Mundial, por una disputa con Corea del Sur que afecta su señal televisiva. En cuanto a sus camaradas de piedra-papel-o-tijera que regresan a la Península de Corea, quién sabe —lo cual convierte la participación norcoreana en un evento como éste en una tenebrosa experiencia—. Un equipo cuyo propósito victorioso pasa por llevar honor a un régimen inhumano —como era la regla del Apartheid sudafricano— no debería tener una plataforma mundial para hacerlo, sobre todo cuando sus jugadores afrontan una dura recompensa por perder.

Fairbanks es escritora y vive en Sudáfrica, como miembro del Instituto de Asuntos Mundiales. 






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