Espectáculos
04.07.2010
La Iglesia Católica organiza la batalla opositora en el Senado
El debate por el derecho de las personas del mismo sexo a contraer matrimonio
no es teológico, sino estrictamente político
Por:
INFOnews
¿Qué diría Juan Domingo Perón del matrimonio gay? Imposible saberlo. Un elemento puede ayudarnos a esclarecer la cuestión: el General ya incluía en el año 72, entre sus interpretaciones políticas, la perspectiva ambiental, la cuestión ecológica. Nadie en la Argentina hacía tal cosa, ni en la izquierda ni en la derecha. Un bloque conservador ultramontano resistía todo cambio conceptual. Ni el matrimonio entre personas del mismo sexo, ni divorcio vincular, ni separación entre la Iglesia y el Estado. Todo debía ser como en 1853, y alterarlo equivalía –y todavía equivale– a traición a la patria. Es la patria del bronce patricio donde los hijos de inmigrantes, los pueblos originarios y los homosexuales, o no existen porque los exterminaron, o no debieran existir por ser una aberración de la naturaleza. Dicho taquigráficamente; sólo lo mismo, lo idéntico, lo que no se diferencia en ningún punto tiene derecho a la vida. Lo demás, todos los demás, en el mejor de los casos son tolerados, como la prostitución.
Una institución siempre procuró históricamente congelarlo todo: la Iglesia Católica. Si bien había logrado un curioso acuerdo con el primer peronismo –la educación religiosa en las escuelas públicas– terminó enfrentando al General, y finalmente lo excomulgó. La Iglesia que no excomulgó a Adolf Hitler expulsó de sus filas a Perón. Para el Vaticano el peronismo fue un enemigo histórico. No es poco mérito.
Recién con el viraje del Concilio Vaticano II –ese que Benedicto XVI redujo a casi nada, para dar cómoda cabida a la derecha del Concilio de Letrán– y la aparición de los sacerdotes obreros, los curas del Tercer Mundo, la deteriorada relación Iglesia peronismo muta. Claro que el 1 de julio de 1974, Perón moría sin completar su peleado mandato. Electo pocos meses antes presidente de la República por tercera vez, único caso de nuestra estadística histórica, con el respaldo de la compacta mayoría, intentó un camino de relativa autonomía nacional sintetizado por las tres banderas de su movimiento: independencia económica, soberanía política y justicia social.
Fracasó, el proyecto fue abandonado.
El hombre que inauguró en 1945 un nuevo ciclo histórico, con la incorporación de la clase obrera a la república parlamentaria, moría sin lograr cambiar la inserción de la Argentina en el mercado mundial. María Estela Martínez de Perón, su viuda, abrió en cambio el curso que Carlos Saúl Menem completaría, en otras circunstancias, con idéntica voluntad histórica. Es decir, el gobierno más cipayo ejecutó, paso a paso, la política del Consenso de Washington. No es poco decir, si se piensa en el tendal de víctimas y en el estallido final.
Conviene no equivocarse: El mundo que tuvo a Perón como uno de sus protagonistas ya no existe. Ni el welfare state –del que el general fue expresión local– ni los llamados países del socialismo real –encabezados por la Unión Soviética– soportaron la ácida prueba de la historia. Un camino posible se cerró definitivamente en 1989, con la caída del Muro de Berlín, y un nuevo curso, orientado por los Estados Unidos, se abrió paso con la fuerza de la victoria. El mapa del mundo cambió a velocidad sorprendente, y China, la nación más populosa del globo, que en los siglos XIX y XX aparentemente no jugó un gran papel, se volvió la potencia emergente. La Argentina, en cambio, tras la muerte de Perón reinició un ciclo de decadencia cuyo punto cúlmine se registró el 19, 20 y 21 de diciembre de 2001. Dos preguntas encabalgadas se nos presentan; ¿qué significa la figura de Perón a 36 años de su muerte? ¿y cómo afecta la práctica política actual?
Marquemos la cancha. Para los menores de 40 años el General sólo es una fotografía borrosa. Ni la naturaleza de su movimiento, ni el enfoque estratégico de su conceptualización política, generaron escuela. A tal punto que fue reducido a figura iconográfica. Esto es, queda bien disponer de su foto en algunos actos –ya Menem se ocupó de descolgarla durante su última campaña electoral– y sigue siendo discursivamente un punto de reagrupamiento interno. Todavía es una acusación fuerte sostener que el proyecto de Juan no es peronismo. Pero lo cierto es que para la compacta mayoría, el peronismo es o Menem o los Montoneros. Por tanto, si no se trata de seguidores de Menem (como en el caso actual) deben ser montoneros. La taxonomía no puede ser más simple y adquirió una suerte de versión universitaria: populismo. Eso sí, ya hay populismo en Venezuela, Brasil e incluso en los Estados Unidos. Una suerte de explicación omnipresente que borra las diferencias específicas y por tanto termina siendo una generalización poco operativa.
Para los mayores de 50 años, el General es una batalla perdida, una gigantesca frustración. No importa si fueron o no peronistas, ya que la lucha –dentro o fuera del peronismo– se saldó inmisericorde en 1975. Dos decretos inconstitucionales permitieron aplastar las organizaciones guerrilleras, primero, en Tucumán y luego en todo el país. En el 76 se desató la cacería de militantes, y de allí hasta el 2001 la sociedad argentina sufrió una suerte de lobotomía colectiva. De modo que la muerte del General fue una suerte de prólogo de una muerte más extendida; la capacidad de pensar críticamente la sociedad argentina, de transformarla, se perdió como horizonte compartido. Por eso, cada intento por restablecer la voluntad de no aceptar lo inaceptable resuena como intempestiva clarinada.
El General está muerto, y la posibilidad de su retorno, como parte del caudal de experiencias populares, depende de la aparición de un nuevo movimiento. Mientras tanto, derecha e izquierda se miden en el debate que se libra en el Senado. De un lado la Iglesia Católica que no vacila en jugarse entera, encabezando la oposición gorila que atraviesa transversalmente todas las fuerzas políticas, incluso las que sostienen al Gobierno, y del otro Cristina Fernández. Igual que en 1955, o en 1976, la coalición conservadora entiende que se discute en derredor del matrimonio gay. No se trata de un debate ideológico, sino de saber quién manda. Después de todo, leyendo un texto impreso por integrantes de la St Martin of the Fields, anglicanos británicos de Londres, queda claro que el Antiguo Testamento carece de modelo familiar único. No existe una sola cita del texto bíblico que remita a una familia vincular heterosexual, compuesta por la madre, el padre y los dos consabidos niñitos. Y en el Nuevo Testamento, Cristo llama a abandonar la familia para seguirlo. Este no es un debate teológico, sino uno estrictamente político. En el terreno textual, la postura de la Iglesia Católica resulta indefendible, pero se apoya en los prejuicios más retrógrados que esparce sistemáticamente. La fobia contra los homosexuales de la Iglesia sólo es comparable a la cantidad de víctimas de abusos sexuales infantiles que continuamente aporta. Nadie lo ignora, ni siquiera los padres de los abusados, ni la prensa, pero eligen voluntariamente cerrar los ojos. Es el precio para que una pareja que se ama, cuya sexualidad no sigue el patrón católico, no pueda suscribir un contrato de partes –el casamiento no es mas que un contrato refrendado por el estado– y tenga que soportar las humillaciones y sevicias impuestas por el Santo Oficio.
Para la oposición derrotar al Gobierno en una cuestión de Estado, ésta no es una ley más, y contiene la posibilidad de enhebrar una política que transforme el partido del descontento en partido del próximo gobierno. Para el Gobierno se trata de otra batalla, y su resultado no está escrito en las estrellas.
Una institución siempre procuró históricamente congelarlo todo: la Iglesia Católica. Si bien había logrado un curioso acuerdo con el primer peronismo –la educación religiosa en las escuelas públicas– terminó enfrentando al General, y finalmente lo excomulgó. La Iglesia que no excomulgó a Adolf Hitler expulsó de sus filas a Perón. Para el Vaticano el peronismo fue un enemigo histórico. No es poco mérito.
Recién con el viraje del Concilio Vaticano II –ese que Benedicto XVI redujo a casi nada, para dar cómoda cabida a la derecha del Concilio de Letrán– y la aparición de los sacerdotes obreros, los curas del Tercer Mundo, la deteriorada relación Iglesia peronismo muta. Claro que el 1 de julio de 1974, Perón moría sin completar su peleado mandato. Electo pocos meses antes presidente de la República por tercera vez, único caso de nuestra estadística histórica, con el respaldo de la compacta mayoría, intentó un camino de relativa autonomía nacional sintetizado por las tres banderas de su movimiento: independencia económica, soberanía política y justicia social.
Fracasó, el proyecto fue abandonado.
El hombre que inauguró en 1945 un nuevo ciclo histórico, con la incorporación de la clase obrera a la república parlamentaria, moría sin lograr cambiar la inserción de la Argentina en el mercado mundial. María Estela Martínez de Perón, su viuda, abrió en cambio el curso que Carlos Saúl Menem completaría, en otras circunstancias, con idéntica voluntad histórica. Es decir, el gobierno más cipayo ejecutó, paso a paso, la política del Consenso de Washington. No es poco decir, si se piensa en el tendal de víctimas y en el estallido final.
Conviene no equivocarse: El mundo que tuvo a Perón como uno de sus protagonistas ya no existe. Ni el welfare state –del que el general fue expresión local– ni los llamados países del socialismo real –encabezados por la Unión Soviética– soportaron la ácida prueba de la historia. Un camino posible se cerró definitivamente en 1989, con la caída del Muro de Berlín, y un nuevo curso, orientado por los Estados Unidos, se abrió paso con la fuerza de la victoria. El mapa del mundo cambió a velocidad sorprendente, y China, la nación más populosa del globo, que en los siglos XIX y XX aparentemente no jugó un gran papel, se volvió la potencia emergente. La Argentina, en cambio, tras la muerte de Perón reinició un ciclo de decadencia cuyo punto cúlmine se registró el 19, 20 y 21 de diciembre de 2001. Dos preguntas encabalgadas se nos presentan; ¿qué significa la figura de Perón a 36 años de su muerte? ¿y cómo afecta la práctica política actual?
Marquemos la cancha. Para los menores de 40 años el General sólo es una fotografía borrosa. Ni la naturaleza de su movimiento, ni el enfoque estratégico de su conceptualización política, generaron escuela. A tal punto que fue reducido a figura iconográfica. Esto es, queda bien disponer de su foto en algunos actos –ya Menem se ocupó de descolgarla durante su última campaña electoral– y sigue siendo discursivamente un punto de reagrupamiento interno. Todavía es una acusación fuerte sostener que el proyecto de Juan no es peronismo. Pero lo cierto es que para la compacta mayoría, el peronismo es o Menem o los Montoneros. Por tanto, si no se trata de seguidores de Menem (como en el caso actual) deben ser montoneros. La taxonomía no puede ser más simple y adquirió una suerte de versión universitaria: populismo. Eso sí, ya hay populismo en Venezuela, Brasil e incluso en los Estados Unidos. Una suerte de explicación omnipresente que borra las diferencias específicas y por tanto termina siendo una generalización poco operativa.
Para los mayores de 50 años, el General es una batalla perdida, una gigantesca frustración. No importa si fueron o no peronistas, ya que la lucha –dentro o fuera del peronismo– se saldó inmisericorde en 1975. Dos decretos inconstitucionales permitieron aplastar las organizaciones guerrilleras, primero, en Tucumán y luego en todo el país. En el 76 se desató la cacería de militantes, y de allí hasta el 2001 la sociedad argentina sufrió una suerte de lobotomía colectiva. De modo que la muerte del General fue una suerte de prólogo de una muerte más extendida; la capacidad de pensar críticamente la sociedad argentina, de transformarla, se perdió como horizonte compartido. Por eso, cada intento por restablecer la voluntad de no aceptar lo inaceptable resuena como intempestiva clarinada.
El General está muerto, y la posibilidad de su retorno, como parte del caudal de experiencias populares, depende de la aparición de un nuevo movimiento. Mientras tanto, derecha e izquierda se miden en el debate que se libra en el Senado. De un lado la Iglesia Católica que no vacila en jugarse entera, encabezando la oposición gorila que atraviesa transversalmente todas las fuerzas políticas, incluso las que sostienen al Gobierno, y del otro Cristina Fernández. Igual que en 1955, o en 1976, la coalición conservadora entiende que se discute en derredor del matrimonio gay. No se trata de un debate ideológico, sino de saber quién manda. Después de todo, leyendo un texto impreso por integrantes de la St Martin of the Fields, anglicanos británicos de Londres, queda claro que el Antiguo Testamento carece de modelo familiar único. No existe una sola cita del texto bíblico que remita a una familia vincular heterosexual, compuesta por la madre, el padre y los dos consabidos niñitos. Y en el Nuevo Testamento, Cristo llama a abandonar la familia para seguirlo. Este no es un debate teológico, sino uno estrictamente político. En el terreno textual, la postura de la Iglesia Católica resulta indefendible, pero se apoya en los prejuicios más retrógrados que esparce sistemáticamente. La fobia contra los homosexuales de la Iglesia sólo es comparable a la cantidad de víctimas de abusos sexuales infantiles que continuamente aporta. Nadie lo ignora, ni siquiera los padres de los abusados, ni la prensa, pero eligen voluntariamente cerrar los ojos. Es el precio para que una pareja que se ama, cuya sexualidad no sigue el patrón católico, no pueda suscribir un contrato de partes –el casamiento no es mas que un contrato refrendado por el estado– y tenga que soportar las humillaciones y sevicias impuestas por el Santo Oficio.
Para la oposición derrotar al Gobierno en una cuestión de Estado, ésta no es una ley más, y contiene la posibilidad de enhebrar una política que transforme el partido del descontento en partido del próximo gobierno. Para el Gobierno se trata de otra batalla, y su resultado no está escrito en las estrellas.
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