Espectáculos
09.07.2010
La alegría también es histórica
Es lícito cuestionar el corte sesgado que tuvo el guión histórico de la performance de Fuerza Bruta. No lo es menos que su vigencia demuestra que en la sociedad argentina no sólo hay patrioterismo por default.
Por:
INFOnews
Por Federico Lorenz
Durante su reciente intercambio televisivo con Horacio González, Beatriz Sarlo advirtió acerca del “patriotismo por default”, que a su juicio se había vuelto evidente durante los festejos por el Bicentenario. Señaló además que en “lo único que no compiten” la escuela y los medios de comunicación es en dicho patriotismo. Y trazó una genealogía de un posible patriotismo negativo: desde los festejos del Mundial 78 vecinos a la ESMA, pasando por la guerra de Malvinas, para llegar a los eventos de mayo último. Sorprendentemente, sin embargo, reivindicó el patriotismo cono necesario para “naciones periféricas y de segunda categoría como la Argentina”, tal vez más para reforzar su caracterización del momento histórico argentino que para recomendar una salida del escenario actual.
Acordamos en la valoración positiva de la necesidad del patriotismo. Tal vez en lo que cueste un poco más estar de acuerdo es en la mirada simplificadora acerca de los motivos que llevan a las personas a participar de los fenómenos de masas (muchos de ellos, pero no todos, patrióticos, aunque sí atravesados por su simbología). En primer lugar, es extorsivo alinear la fiesta popular de los días de mayo de 2010 con el Mundial de 1978, que evoca el terrorismo de Estado, y la guerra de 1982. También es anacrónico: las personas que se volcaron a las calles por estos días están marcadas por la memoria histórica de la represión vivida en la Argentina. No se puede decir lo mismo de muchos de los que salieron a las calles en el año 1978, vecinas o no a la Escuela de Mecánica de la Armada, por no hablar de aquellas habitantes de lugares distantes de la cabeza de Goliat, tan argentinas como los porteños.
Las mujeres y los hombres, al participar de un acto masivo, no realizan la cantidad de ejercicios conceptuales que desmontan sus pasiones del modo en que ex post podemos hacerlo los historiadores, los sociólogos o los opinadores profesionales. Justamente por esto es que muchos intelectuales comprometidos con la cosa pública y preocupados por las disputas simbólicas se plantean construir un modo de intervención que supere la etapa de la crítica. Esto obliga a no negar la politicidad de sus miradas sobre el pasado, a asumir que los relatos históricos combaten sobre el pasado tal como se enfrentan actores sociales, clases y facciones. Nada que no sea archisabido, pero que se suele soslayar cuando se critican diferentes iniciativas públicas sobre el pasado.
Perspectivas, equidistancias
Es que discutir estas cuestiones lleva también a cuestionar, y esto sí preocupa a los historiadores, la legitimidad para hablar sobre el pasado. Nuestro trabajo tiene que ver directamente con eso y es bueno decirlo claramente y no pretender una equidistancia inexistente. La crítica puede ser política per se, pero lo es sobre todo por la perspectiva que la alimenta. Precisamente son perspectivas diferentes sobre la realidad social y las pugnas históricas las que el Bicentenario hizo emerger, aunque probablemente poco actuadas en unos escenarios, y sobreactuadas en otros.
Si es lícito cuestionar el corte sesgado que tuvo el guión histórico de la performance de Fuerza Bruta, por ejemplo, no lo es menos, en todo caso, que su vigencia demuestra que en la sociedad argentina no sólo hay patrioterismo por default: también hay actitudes intelectuales, miradas sobre la democracia y la sociedad que gozan de fuerza normativa que también lo son. Demasiado ocupados en consolidar las instituciones desde 1984, acaso muchos intelectuales comprometidos con la transición descuidaron la disputa ideológica por ciertos símbolos que. efectivamente, tienen una profunda raigambre popular, como Malvinas, o significantes colectivos de profunda fuerza histórica, como las ideas de pueblo, clase, o nación. Se trata, en relación con el patriotismo, de un viejo debate que entre otras cosas obliga a pronunciarse acerca no sólo del pasado, sino de las formas históricamente concretas que imaginamos para éste en el presente. Y ya que estamos, del modelo de país que imaginamos.
Por supuesto que, por esto mismo, es mucho más fácil criticar al esqueleto que emerge del ropero. Muchos muertos matados intelectualmente desde el ochenta, gozan de buena salud justamente porque pese a haber sido declarados difuntos, viven en un país que es diverso, extenso y disperso (lo que también se vio por estos días festivos). No tocan las mismas cuerdas ni del mismo modo que aquí, en la Atenas del Plata desde la que se interpreta un todo llamado (aún) Argentina.
Por otra parte, la fuerza de estos símbolos colectivos y la alegría resultante es probablemente lo más novedoso de estos días mayos. Si la dictadura facilitó la instauración de un modelo individualista, y el festejo de unos pocos, y la marca del dolor para pensar el pasado hasta límites que por ahora solamente orillamos, esas calles llenas devolvieron una imagen novedosa, no sólo para los quinceañeros sino para quienes hicimos nuestros primeros pininos políticos bajo la marca de los fantasmas gloriosos víctimas de la dictadura y la sombra de sus compañeros sobrevivientes. Que una fiesta popular es posible, que la alegría también puede ser partera de la historia. Eso es algo que muchos descuidaron en su momento, antes de la matanza. Diferentes sectores eligen, también, diferentes medios de circulación de sus ideas: algunos relatos históricos son enunciados desde las conmemoraciones públicas, otros desde los libros, o desde las ediciones especiales y programas estimulados por los medios de comunicación.
La masividad de los festejos tal vez sea hoy una nueva posibilidad, no de regeneración ni aquellas palabras grandilocuentes a las que nos acostumbraron durante años, sino de reflexión y construcción. Entonces, si algo se puede criticar es el no utilizar ese piso para una propuesta política más profunda, aun a riesgo de ser tildados de oportunistas.
Aquello de palos porque bogas y palos porque no bogas, tiene hoy más fuerza que nunca. A lo mejor, con vistas al 2016, el Bicentenario recién empieza.
La fiesta, con un poco de suerte, perseverancia y algo de coraje intelectual, puede estar de nuevo en la calle, y es para todos.
*Es profesor de Historia. Es autor de Las guerras por Malvinas (2006), Los zapatos de Carlito. Una historia de los trabajadores navales de Tigre en la década del setenta (2007), Fantasmas de Malvinas. Un libro de viajes (2008), Combates por la memoria. Huellas de la dictadura en la historia (2008) y Malvinas. Una guerra argentina (2009). Es coeditor de Educación y memoria. La escuela elabora el pasado (2004), Historia, memoria y fuentes orales (2006). Prepara actualmente su tesis sobre el sindicalismo combativo de la década del setenta.







