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10.07.2010

A casi una década de la crisis de 2001, el trabajo solidario se mantiene vigente

Organizaciones platenses que brindan una mano sin esperar nada a cambio

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Carla tenía 17 años cuando se enteró que una amiga de una amiga era voluntaria en Casa Cuna. Al año siguiente, se anotó en la carrera de Maestra Jardinera y, en paralelo, en el voluntariado: su feeling con los chicos no podía esperar el transcurrir de todos los años de estudio hasta llegar a la práctica. “La experiencia me encantó tanto que hace diez años que soy voluntaria. Soy feliz con eso”, relató a Diagonales. Va rigurosamente todos los lunes a la mañana, juega con los chicos, les da de comer, los prepara para la siesta. “Mi semana empieza distinta porque sé que vengo acá”. Dice que el cariño que recibe es mucho más del que da, y que no se imagina esta tarea si fuera remunerada. “Me gusta así, nunca esperé nada”. Como ella, hay cien voluntarios más en Casa Cuna.
Son prácticamente invisibles, la mayoría de ellos trabaja desde el silencio y muy pocas veces reciben reconocimiento público, pero en la ciudad de las diagonales son muchos los emprendimientos que apuntan a la labor desinteresada. La propagación de lazos solidarios tuvo su punto álgido en la crisis 2001, cuando los emprendimientos comunitarios proliferaron y el gesto de tenderle una mano al vecino se multiplicó. Pero la tendencia, aunque aletargada, dejó una estela que continúa vigente. Aunque siempre hay contradicciones en su funcionamiento y puntos en los que flaquean las buenas intenciones, a contramano de lo que el sentido común diría, Argentina, en el ranking mundial, se posiciona como un país propicio para las tareas solidarias. Las últimas encuestas de la Consultora Gallup al respecto señalan que casi el 20 % de la población nacional realiza alguna actividad pensando en el prójimo y sin esperar remuneración a cambio. Muchas ideas se importaron desde países con derechos vulnerados; otras surgieron de nuestras propias entrañas.

VOLUNTAD DIVINO TESORO. El voluntariado de Casa Cuna funciona desde hace 40 años y nunca decayó en participación; su pico máximo de inscriptos fue después del estallido del 2001 y de allí en más la admisión debió sesgarse a un turno por año. Es que “la continuidad no es sencilla y no todos los que se acercan en primera instancia toman un compromiso real con el asunto”, explica la directora de la institución, María Alicia Marini. Los voluntarios cuidan a alrededor de sesenta chicos, desde recién nacidos hasta que tienen cinco o seis años. Además, Casa Cuna recibe cantidad de donaciones por día. Una de las últimas fue un departamento que dejó una señora sin herederos, y otra muy reciente fue de diez mil pesos, apunta la directora.
“Para mí participar en el voluntariado produce un efecto multiplicador a tu alrededor”, asegura Marianela Troncotti, que también se acercó a Casa Cuna como voluntaria y desde hace tres que se convirtió en la abogada del hospital. “Cuando empecé, hace trece años, la almacenera de enfrente se enteró y me regaló de allí en más una bolsa de caramelos por mes, mis hermanas se hicieron voluntarias, y mis papás empezaron a donar periódicamente”.
Hasta una anciana vecina del hospital, que había enviudado y se encontraba muy deprimida, logró recuperar el ánimo cuando Marianela le sugirió que teja prendas para los chicos internados. “Me llama cada tanto, me pregunta las medidas, visita a los chicos y después vuelve con unos modelitos hermosos”. Marianela asegura que la experiencia del voluntariado le abrió la cabeza y que “todas las personas deberían pasar por una experiencia como esta: que te ponga en contacto con otra realidad, con chicos con Sida y enfermedades irreversibles, chicos que te brindan mucho más cariño del que les puede dar uno”.

IDEAS SOLIDARIAS IMPORTADAS. El Banco de Alimentos es una ONG que funciona en la ciudad desde el año 2000 recuperando alimentos que desechan las empresas, los restaurantes y el Mercado Regional. “Recuperamos los productos que no se pueden comercializar pero están aptos para el consumo”, contó su encargada administrativa, Marcela Mennueci. Los distribuyen en parroquias, comedores e instituciones que los necesiten. La idea desembarcó en la ciudad importada desde Italia de la mano de Luis Sisto, un médico local que vio el emprendimiento en marcha y se entusiasmó en que sería de gran ayuda en el país.
“Empezamos a hacerlo en el Galpón de Cáritas, pero nos independizamos al tiempo”, señaló Marcela, que aclaró que la ONG la sostienen entre varios voluntarios que se dedican a las diversas tareas que tienen por delante: desde selección de la comida hasta recupero en sus depósitos, visitas a empresas y relevamiento de comedores con necesidades insatisfechas. “Colaboramos con cien comedores de La Plata, Berisso y Ensenada, y una vez por mes les mandamos un informe a las empresas que colaboran para que sepan dónde fueron a parar sus alimentos”.
Entre los más asiduos colaboradores figuran Arcor –”hizo una de las últimas donaciones más exitosas: muchísimos kilos de carbonara en lata”- y también ARBA, que colabora entregándoles parte de las decomisaciones de camiones que hace. Los comedores que se llevan la comida pagan, en contraprestación, una cuota de recupero de 30 centavos por kilo, lo que le permite al Banco Alimentario solventar gastos. A eso se le suma el aporte de socios que aportan de manera bianual y de los “pétalos de vida”: una estrategia de la institución para recaudar que consiste en ofrecer, en funerales, donaciones por el valor de lo que sería una corona de flores, como una forma de que la gente esté presente y que luego quede ese dinero en un lugar que se necesite.
Otro proyecto que se importó a la ciudad hace ya diez años traído desde muy lejos, de Bangladesh, es el Método de Microcréditos Grameen. En aquel país contiguo a la India, donde el 95 % de sus habitantes (160 millones de personas) son pobres, un economista del otro 5 % creó una manera de ayudar a esa gran mayoría con necesidades insatisfechas. El sistema comenzó con mujeres de aldeas, allí por el año '74, y se expandió con tanto éxito que en 2006 su fundador obtuvo el Premio Nobel de La Paz, y en Bangladesh ya son 4 millones sus beneficiarios.
Grameen fue la primera organización de microcréditos en establecerse en La Plata (ya existen tres similares) y la quinta del país. Roberto Deliú, uno de los fundadores, llegó a dar con el proyecto a través de un libro que lo explicaba. “Desde fines del 2000 explotaron distintas organizaciones en el país, y desde el 2006 se avanzó muchísimo en el afianzamiento de los que bregamos por conseguir dinero para sostener el trabajo de la gente, con el apoyo brindado por el Estado a partir de la sanción de la Ley de Microcréditos”, señaló a Diagonales.
En los barrios de la zona Sur, Arana, Aeropuerto, Villa Alba, Villa Montoro, altos de San Lorenzo, Los Hornos y Berisso, grupos compuestos por cinco personas como mínimo para garantizar la devolución y fomentar el trabajo en comunión, presentan su proyecto y obtienen un crédito de $750 como máximo, que devolverán con el 6 % de interés dividido en el tiempo en el que se sostenga el emprendimiento. “Ya tenemos prestatarios de nueve años de antigüedad y van por el crédito número quince, que son alrededor de 2000 pesos prestados”, cuenta Deliú. Grameen –que se solventa con fondos de donaciones privados y con dinero del Estado– no enseña nada, “confía en la fuerza de trabajo de la gente”. Según pasan los años, las dieciséis personas que trabajan en la organización de este método notan que los que llegan a pedir crédito y ya están trabajando por su cuenta presentan proyectos más sostenibles que los que recién empiezan. “A pesar de eso agotamos los recursos para que los proyectos no fracasen”, apunta. Los trabajos financiados de las 320 familias prestatarias platenses son, en un 50 %, de reventa de ropa, un 30 % de productos elaborados manualmente, desde alimentos hasta artesanías, y un 20 % de servicios. 







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