En junio de este año salieron al exterior por Ezeiza o Aeroparque un 8 por ciento más de argentinos que en igual mes de 2012, y si se comparan los respectivos meses de julio el aumento fue del 9,9 por ciento. Un claro indicio de que el dólar está barato.

Los datos oficiales de turismo receptivo muestran que en junio entraron al país por esos dos aeropuertos un 7,5 por ciento menos de extranjeros en relación a igual mes del año anterior, mientras que la caída en julio se acentuó hasta el 8,7 por ciento. Otro claro síntoma de que el país se encareció en dólares.

Con ese movimiento de tijeras, es lógico que el déficit que venía arrojando la balanza de divisas de pasajes y viajes se haya agrandado: en la primera mitad de este año casi se alcanzó el saldo en rojo de 4.667 millones de dólares que se había acumulado en todo el año pasado.

El incremento del desequilibrio es lógico. Pero la magnitud es desproporcionada. Los porcentajes de caída en la cantidad de extranjeros que llegan y de aumento en el número de argentinos que salen no alcanzan a explicar semejante salto en el déficit de dólares.

Una de las razones bien conocidas de esa desproporción es que muchos extranjeros –cada vez más– canalizan los dólares que traen por el mercado negro para aprovechar la brecha en la cotización, con lo cual esas divisas quedan fuera del circuito blanco y no son contabilizadas.

A esa trampa elemental se agrega la sobrefacturación de servicios turísticos, que consiste en presentarle a la AFIP una declaración inflada del valor que el operador efectivamente paga por estadías, traslados o cualquier otro consumo en el extranjero. El objetivo de la maniobra (que está siendo vigilada por el Gobierno) es, obviamente, acceder a una mayor cantidad de dólares al precio oficial, y la ventaja se distribuye, según el caso, entre el operador y el viajero. Como anécdota, al amigo de un importantísimo funcionario de Economía le ofrecieron dólares billete al tipo de cambio oficial como parte de un paquete turístico.

La sobrefacturación y la subfacturación ha sido un tradicional ardid en el comercio exterior. Un caso típico es el del exportador que, en connivencia con su cliente, declara la venta a un valor inferior con el fin de guardarse dólares en el exterior. Con lógica inversa, el importador abulta la factura en complicidad con el vendedor para fugar divisas y/o para acceder a un adicional de dólares a precio oficial. En esencia, esto último es lo que están haciendo algunos operadores turísticos con la Declaración Jurada Anticipada de Servicios que tienen que presentar ante la AFIP.

Este tipo de tretas ilegales son una fuente relevante del endémico problema de fuga de capitales que sufre la economía argentina. Tal como señalan Jorge Gaggero, Magdalena Rua y Alejandro Gaggero en un ensayo (“Argentina: fuga de capitales 2002-2012”) que presentaron hace un par de meses en un seminario realizado en Londres sobre paraísos fiscales, “las vías de evasión y elusión de mayor importancia parecen ser las ligadas a la exportación de commodities, a saber: el contrabando exportador, el fraude en la declaración acerca de la composición de las exportaciones a granel (cerealeras y mineras); la subfacturación de las exportaciones, y la triangulación de las operaciones a través de paraísos fiscales. De modo simétrico, la sobrevaloración de las importaciones y el manejo de los precios de transferencia siguen, en importancia, el orden jerárquico de las maniobras usuales. Vale decir, la manipulación de los precios de los insumos de estas actividades y también de la mayor parte de los de las actividades industriales y de servicios”.

Los autores sostienen que el monto de la filtración que se origina en todas las maniobras que se practican en relación con el comercio internacional debe estimarse en alrededor del 10 por ciento de las transacciones totales, lo que significa unos 15.000 millones de dólares anuales.

El problema es endémico y gigantesco. Si bien la estimación oficial del stock de capitales fugados ronda los 200.000 millones de dólares, cálculos alternativos (que han sido validados por funcionarios del Gobierno) elevan la cifra al doble. Eso equivale a cinco años de exportaciones, a once veces y media la cantidad de reservas del Banco Central, y a casi lo mismo que el Producto Bruto Interno anual. Esta última proporción ubica al país entre los tres que soportan la mayor fuga del mundo, junto con Venezuela y Kuwait.

El problemón endémico de la fuga de capitales en la Argentina no es el resultado de un determinismo genético, sino generado por una idiosincrasia que se ha ido (de)formando históricamente. En el trabajo citado, Gaggero, Rua y Gaggero apuntan algunas características clave de la estructura económica, de la configuración territorial y del andamiaje cultural-institucional que moldearon esa especificidad argentina: el gran peso de las exportaciones de materias primas; la acentuada extranjerización y concentración económica; fronteras muy extensas que dificultan el control; una administración tributaria relativamente débil y atrasada frente a los desafíos de la imposición global; una administración aduanera ineficaz y profundamente corrupta, y el afianzamiento en las empresas y personas de una cultura del incumplimiento bajo el estímulo de las rupturas políticas y los errores y fracasos macroeconómicos.

A lo que agregan que “la relativa estabilidad política alcanzada durante las últimas dos décadas (durante las cuales no se produjo ningún intento de golpe de Estado militar) no ha acarreado aún –sin embargo– una sustancial estabilidad económico-financiera que pudiera tener la virtud de favorecer la limitación del incumplimiento fiscal y de la fuga de capitales”.

En esta cuestión no es cierto que los últimos diez años hayan sido una década ganada.