Nota de tiempo Argentino

Estela tiene problemas con la temperatura del termotanque. No se permite que la perilla del aparato quede cerca del máximo. Cuando el agua está lo suficientemente caliente, esa mujer de 59 años, cuerpo menudo y madre de cuatro hijos, corre a bajar el termo. Bien podría tratarse de una de esas manías típicas de cualquier mortal, como ordenar la ropa por color, dormir con las puertas del placard cerradas o chequear cinco veces la llave del gas ante de salir. Pero no. 

Desde que su hermano desapareció Estela se preguntó todos lo días dónde estaría Ricardo. La preocupaba que el Topo no pasara frío. De ahí su control sobre la temperatura del termo, como si a través de ese objeto pudiera manejar la temperatura del resto del mundo, o al menos la de la celda donde, suponía, estaba Ricardo. Pero esa es una historia dentro de la historia. 

El 6 de diciembre de 1978 a las 18:30 un operativo de la marina secuestró a Ricardo "El Topo" Sáenz para siempre. Nunca más su mujer, su hijo, ni Estela, su hermana menor, lo volverían a ver. Pasó los siguientes nueve meses en Capucha, el altillo de detención y tortura de la ESMA. Fue el último prisionero que quedó en ese infierno –cuenta Daniel uno de sus compañeros de cautiverio– luego de que el edificio de Avenida del Libertador fuera vaciado temporalmente ante una inspección de la OEA.

Hace exactamente 35 años de ese irreversible instante en el que, en Varela y Avenida del Trabajo, en el barrio de Flores, un grupo de tareas lo sorprendió en medio de un encuentro con La Pochi, una compañera de Montoneros que sería su entregadora. Junto a él fueron secuestrados Ana, El Ruso y Julio, tres jóvenes militantes que el Topo tenía a su cargo.

Un topo en capucha

Charles Darwin en su teoría de la selección natural comprobó que el topo no necesita de la vista en los ambientes subterráneos porque tiene la capacidad de ver en la oscuridad. "El Topo" Sáenz se asemejó bastante al apodo que le pusieron sus compañeros del pensionado porteño donde se alojaba, porque pasaba allí días y días sin salir. Después de algunos meses prisionero en Capucha, con esa bolsa de tela gris en la cabeza, aprendió a ver en la oscuridad y a manejarse en un mundo de sombras. 

Tampoco es que los apodos definan la historia. O quizá esta sea la excepción, porque al Topo también le decían Perón. Corría la primavera de 1964 y se jugaba un torneo de fútbol de estudiantes en Chivilcoy. Ricardo era el cinco del equipo local y sus compañeros lo vieron tan parecido al Viejo que lo apodaron Perón. Él sonrió cuando escuchó su alias pero algo le hizo ruido. 

Ese era el apellido que sonaba en las discusiones familiares y El Topo abría los ojos como dos de oro cuando escuchaba al tío Luis Compagnucci –tornero, empleado de YPF y peronista de cabo a rabo– hablar de política. Pero lo que más le gustaba era escucharlo contando sobre ese viaje a Chile que había hecho con grupo de sindicalistas gráficos, para participar de la asunción Salvador Allende. 

Por un pueblo sin puterío

El Topo nació en Villegas, el 11 de mayo de 1950 y vivió allí hasta los diez años. Cuando estaba en la mitad de cuarto grado la familia Sáenz se mudó. Enrique, su padre, trabajaba en el Banco Nación y por entonces una nueva sucursal se abría en Tres Lomas. Esa fue la primera de las seis mudanzas que vivió, pasando por Rafaela, Bolívar, San Juan y Zapala. "Ah, por eso tenía una tonada rara", cae ahora en la cuenta Ana, una de las militantes que El Topo tenía a su cargo en la organización.

Durante su juventud, Villegas fue un punto en el mapa al que El Topo siempre regresaba. Tenía allí a uno de sus primeros compañeros de militancia, El Cuqui Damiani. Nadie es profeta en su tierra, dicen. Pero Ricardo lo intentó en Villegas. Y tuvo bastante éxito. Nunca se supo que él junto a otros compañeros, terminó con Kabuki, el puterío del pueblo. 

–¡Es de no creer! Los tipos que van son los dueños de estancias de acá afuera. Los mismos que le regatean plata a los empleados pero se deliran esa guita en alcohol y putas, decía siempre.

El 31 de diciembre de 1974 tenía 24 años y ni se imaginaba –no tenía cómo– lo que se venía. Pero ya daba muestras de su impulso: a bordo de un Dodge Polara cargado con bidones de nafta partió hacia Kabuki. El y sus compañeros rociaron la casona con combustible y seguros de que adentro no hubiera nadie –era fin de año– dieron mecha a la hazaña. Se fue a dormir sin escuchar el ruido de bomberos. Le pareció raro, vivían a media cuadra del destacamento, "¿Se habrá prendido esa bosta?", pensó El Topo. 

El 1 de enero, en el mismo Dodge Polara que la noche anterior usaron para prender fuego el puterío, viajaba al campo la familia Sáenz. El Topo miró sonriente y silencioso a Eduardo cuando pasaron frente de Kakuki hecho ceniza y, vieron que dos monjas rezaban alrededor de los restos humeantes de la whiskería.

Bostero a muerte

Olimpia obtenía la primera Copa Libertadores de América. Era 27 de julio de 1979. El equipo paraguayo, luego de triunfar 2-0 en Asunción, en el primer partido, logró igualar 0-0 a Boca durante la revancha en La Bombonera. En Capucha el resultado del partido era de lo único que se hablaba.

–No se puede creer. Faltó correr, faltó sangre.

–Topo, ya lo dijo el DT de ellos cuando asumió: "Vengo para ganar la copa", le retrucó Cachito Fukman, un compañero de cautiverio desde las primeras horas de ese 6 de diciembre de 1978.

–¡Pero callaaaaate! Salís por Olimpia y del Rojo no tenés nada para decir, le gritaba Ricardo. 

De tanto estar encerrados algunas condiciones se habían flexibilizado y los guardias más antiguos les permitían a los prisioneros estar con la capucha levantada a la altura de la frente. Eso sí: ni bien oían que entraba alguien, todos encapuchados de nuevo. Ese 27 de julio El Topo era la campana del grupo.

–Además ustedes zafaron por Bochini. Y decí que le pusieron la tapa a las gallinas, que si no…, analizaba Ricardo cuando vio entrar a Raúl Scheller, capitán de navío y responsable de inteligencia. Silencio de iglesia en capucha: los secuestrados creyeron que eran boleta. Scheller volvió sobre sus pasos y entró de nuevo. Estaba enfurecido con los guardias. "¡Cómo lo putié ese día! Pero era así: Cuando hablaba de fútbol se olvidaba de todo", se acuerda hoy Cachito.

Seña particular: diente partido

A fuerza de armar y desarmar valijas, de hacer y deshacer amigos, de esperar el "Che pibe, ¿jugás?" al costado del potrero, El Topo se hizo de un espíritu callejero y entrador que lo convertía en el centro de amoríos con olor a pueblo. Y también en el protagonista de algunas peleas de baldío. Una de ellas le costó medio diente. Jorge Sapag, hoy intendente de Neuquén, le rompió una paleta.

Era invierno de 1967 y la familia Sáenz vivía en Zapala. Sapag golpeó a Eduardo, el hermano mayor del Topo. Lo había visto charlando con la chica más linda del pueblo: María Elena Lozada. Al Topo le saltó la sangre y acordó con Sapag lugar y hora donde el asunto se arreglaría a piñas. "Para mí siempre fue como un hermano mayor", recuerda Eduardo. Desde que se llevaron a Ricardo, El Flaco siente un vacío como a quien le falta una mano o le cortan una pierna y eso se nota en el detalle con que a 35años de su desaparición recuerda las anécdotas. Como la de la pelea en el baldío.

En medio de pastos largos y toscas desparramadas, con el hijo del tesorero del banco como árbitro, al Topo le partieron el diente. No sospechaba que "diente partido" sería la seña particular que lo identificaría luego en el legajo de la CONADEP donde María Elena, su mujer, denunciaría por primera vez su desaparición.

El vértigo porteño

Corría 1968 cuando llegó a Buenos Aires y comenzó a estudiar contabilidad en la UBA. La ciudad le pareció reveladora. Sintió que estaba en el momento justo y en el lugar indicado: una generación entera confiaba en que la transformación profunda estaba del otro lado de la puerta, sólo era necesario que alguien se animara a patearla. Y el Topo estaba dispuesto.
Un año después y en un baile de fin de división conoció a María Elena. Se casaron cinco años más tarde y tuvieron a su primer hijo, Martín.

Acostumbrado a los cambios profundos, El Topo, estudiante de contabilidad, hijo de una "familia bien" y con un futuro económicamente estable, se proletarizó. Alejado de los libros, las aulas y la teoría contable –esa que enseñaba a evadir al Estado, como siempre se quejaba– comenzó a trabajar en una fábrica de zapatos. El momento histórico que vivía impulsó a ese hombre de lentes con marco grueso, más parecido a un intelectual que a un peón rural, a transitar en primera persona la experiencia obrera. Y ordenó a Ana y El Ruso, a quienes tenía a su cargo dentro la organización, que hicieran lo mismo, que buscaran trabajo en una de fábrica. 

Víctor Basterra es bastante petiso, tiene una memoria de elefante y unos ojos redondos y saltones que miran desconfiados a quien no conoce. Con esa misma mirada observó –debajo de la capucha– a Ricardo durante las primeras horas de los 23 días que compartió con él. "El Topo era un misterio al principio", recuerda. Por el tono con el que le hablaba a los guardias llegó a confundirlo con uno de ellos. Hasta que al décimo día que llevaba prisionero, El Topo le dijo a la guardia de turno: "Dejalo al pibe que respire, está medio jodido. Que respire un poco, che."

El que estaba jodido era Víctor, y Ricardo logró ablandar al guardia. "Pueden levantarse la capucha y fumar un cigarrillo", dijo el milico. "Entonces lo vi por primera vez", recuerda Víctor. "Nos enseñó cómo era la vida ahí. Tenía esa especie de candidez, de compañero", describe Basterra que desde hace años vive en Tolosa, La Plata, el mismo barrio donde Estela, la hermana de Ricardo vive y crió a sus cuatro hijos.

–¿Cómo eran los días en Capucha?

–Uno se quería morir. Por momentos entrabas en esa zona gris de la angustia y era muy complicado.

Pasar horas y horas observando cómo una araña se alimentaba fue para Víctor su punto de fuga, su modo de evasión. Para el Topo fue Boca, el club de sus amores. "Tengo los dos peores defectos del planeta. Soy bostero y peronista", decía.

Víctor también recuerda que Ricardo había hecho todo lo posible para que a su compañera, María Elena, no la secuestraran y así proteger también a su hijo de un año y cinco meses. Decía que su suegra, Ana Catalina Dulón, y a un primo de su mujer, Alberto Eliseo Donadío, habían estado en la ESMA. Y no se equivocaba. La mamá de María Elena y su primo están hoy desaparecidos. No hay certezas, pero ese habría sido uno de los motivos por los que, El topo, desaparecido hace 35 años, no sobrevivió. 

¿Quién fue mi tío?

Soy Cecilia Toledo, sobrina del Topo Sáenz. Escribo esta historia porque después de años de silencio familiar decidí averiguar quién fue mi tío Ricardo. Me entrevisté con compañeros de Montoneros, y con sobrevivientes que lo conocieron en la ESMA. Recorrí el lugar donde estuvo prisionero y charlé con mi mamá y mis tíos, para unir los pedazos de la historia que iba recolectando.

De chica, lo poco o mucho que supe sobre él llegaba a mis oídos los 6 de diciembre. En esa fecha mamá volvía siempre del hospital donde trabaja con el Página/12 bajo el brazo. Me acuerdo como si fuera hoy: en la mesa del comedor abría el diario y buscaba el recordatorio que todos los años la tía María Helena publica. Al rato contaba alguna anécdota, como la del termotanque, y sacaba a la luz ese recuerdo con el que convive, silenciosamente, todos los días.

Pero hoy 6 de diciembre, es un día todavía más especial. Al recuerdo que mi vieja pueda traer sobre su hermano se le sumarán algunas de las anécdotas que relato en esta nota y que, estoy segura, desconoce. "Tuve miedo de que la desaparición de mi hermano sea un agujero negro en la vida de ustedes", me dijo hace poco. Pero hoy, cuando pasaron 35 años de ese día en que al Topo lo secuestraron, me animo a decir que la historia está menos agujereada: podemos contarnos a nosotros mismos y al mundo quién fue El Topo Sáenz.

El Topo según el legajo de la CONADEP

Apellido: Sáenz

Nombre: Ricardo Pedro

Fecha de nacimiento: 11/5/50

Apodos: Topo

Altura: 1,83

Cabello: castaño oscuro

Cutis: blanco

Ojos: pardos oscuros

Otras señas particulares: Diente partido

Lugar de trabajo: fábrica de calzado

Filiación política: peronista

N° de hijos: 1