Dos semanas antes de que las calles cordobesas ardieran, ya eran numerosas las señales que hacían percibir un importante malestar en la fuerza policial.
 
Claras señales daban los grupos de mujeres de uniformados que se habían manifestado frente a la jefatura policial. No eran muchas, pero sí audaces. En una estructura tan verticalista, el solo hecho de dar la cara implica ponerse en escenario de riesgos.
Pero no las escucharon. Prefirieron la estrategia del “ninguneo”.
 
Esa estrategia fue la que condujo a que la segunda ciudad del país amaneciera el martes 3 de diciembre sin policías. Ni en las calles, ni en los bancos, ni en los comercios, ni en los edificios públicos. Estaban todos acuartelados en la sede policial de barrio Cerveceros, en la periferia cordobesa. Había llegado el Día D.
 
Cuestión de supervivencia. En la redacción de los diarios cordobeses las noticias se vivían con un clima de ansiedad. No estaba tan lejos el recuerdo del anterior acuartelamiento que atravesó Córdoba. Había sido en noviembre de 2005, cuando el cabo Claudio Cisneros se encadenó en plena Plaza San Martín para pedir aumento salarial para todos los uniformados.
 
A las pocas horas comenzaron a acercarse sus compañeros, se congregaron varios destacamentos y se generó una parálisis total en las fuerzas de seguridad, que también dejaron las calles desnudas de control durante toda una noche y hasta el mediodía siguiente. Llamativamente no se produjo esa noche ningún hecho delictivo.
 
Similitudes: era el mismo partido gobernante, mismo gobernador De la Sota, mismo verticalismo policial, mismo sometimiento de los niveles más bajos de la fuerza.
 
Diferencias: el antecedente inmediato del escándalo de la narcopolicía, que había generado una fuerte crisis de legitimidad hacia dentro de la fuerza, y de repulsión hacia las jerarquías enriquecidas y sospechadas. Pero también jugarían otros condimentos claves que hicieron que la asonada terminara con consecuencias muy diferentes.
 
La noticia del primer saqueo se vivió cerca de las siete de la tarde. Reportaban las radios que habían sido atacados dos supermercados en una zona muy cercana al mismo lugar adonde estaban los policías en huelga.
 
Los saqueos llamaban la atención. Aunque no sobra demasiado, Córdoba no vive una situación de estallido social, ni se puede afirmar que sus barriadas pasan hambre. El saqueo estaba directamente conectado con la falta de policías en las calles. Nadie podía dudarlo.
 
Comenzaba entonces a virar el eje informativo, pasando de un reclamo salarial que a esas horas intentaba ser cuantificado, a la alerta por una sucesión de episodios de violencia que iban avanzando desde la periferia hacia el centro. Y con ella, las portadas de los diarios fueron mutando: se descartaban las maquetas elaboradas a media tarde, y ahora comenzaban a pensarse títulos más cercanos al clima de plena tensión con el que había caído la noche en la ciudad mediterránea.
 
“Estamos evaluando la situación para ver si es necesario convocarla.” Con un tono prudente que no encajaba con el drama que ya se estaba viviendo en la ciudad, la ministra de Seguridad Alejandra Monteoliva negaba en ese momento que se hubiera convocado a la Gendarmería para venir en asistencia de un caos que se presumía inminente.
 
Pero a esa hora –cerca de las diez de la noche–, el termómetro más preciso lo ponían las redes sociales, que desde diversos puntos de la geografía urbana reportaban en palabras, en imágenes, en filmaciones, la destrucción, los disparos, las alarmas desatendidas, los golpes y el clima de tensión que se adueñaba de las calles, donde se comenzaba a discutir por la supervivencia.
 
Y eso lo corporizaron al extremo del absurdo diversos grupos de vecinos del barrio Nueva Córdoba, una zona a pocas cuadras del centro y habitada mayormente por estudiantes. A falta de policía, muchos decidieron convertirse en vengadores urbanos y salieron a las calles literalmente a la caza de presuntos saqueadores. O lo que se pareciera a uno de ellos.
 
En ese juego de indios y cowboys, hubo pibes que volviendo de trabajar en moto fueron linchados por hordas salvajes que creían ver en ellos la condensación del mal. Y para hacerlo más 2.0, tomaban fotos de sus presas sangrantes y tendidas boca abajo en el asfalto para subirlas a las redes sociales. La imagen recordaba a los elefantes muertos por el rey de España. Definitivamente, Córdoba estaba fuera de sus cabales.
 
Lejano oeste. Lo que vino luego es materia conocida. A lo largo de esa caótica noche en la que se escucharon disparos en casi todos los barrios de la capital, más de mil comercios de tamaño diverso fueron atacados y saqueados. Desde cadenas de tiendas deportivas hasta supermercados. Desde almacenes de barrio hasta joyerías. Desde tiendas de electrodomésticos hasta maxikioscos. Algunos, resignados, bromearían con el saldo en la mano: “No saquearon ninguna librería”.
 
Milagrosamente, hay que decirlo, el “lejano oeste” cordobés se cobró tan sólo una vida. Un joven de 20 años abatido por la espalda cuando transitaba en una moto. Su familia dice que lo mató una bala policial.
 
La ciudad amaneció irreconocible, como nunca se la había visto. No sólo por los destrozos materiales, por la devastación, por la cólera. Sino porque realmente se convirtió en una ciudad fantasma. Avenidas que a media mañana son intransitables, amanecieron ese triste 4 de diciembre totalmente desiertas. Si hasta se podía escuchar el sonido del arroyo de La Cañada fluir por el mismo centro de esa capital irreconocible, por donde nadie se animaba a transitar.
 
Fue una mañana de capitulación. El mismo gobernador José Manuel de la Sota, que había tenido que emprender regreso desde Panamá para tomar las riendas de un conflicto, tuvo que cambiar de discurso y estrategia. Sus amenazas con sancionar a los efectivos plegados al acuartelamiento y su categórica negativa a acceder a las condiciones que pedían, formuladas ni bien se bajó del avión, mutaron horas más tarde a una amplia concesión sobre los reclamos.
 
Buscando esconder la impericia que a regañadientes reconocían sus ministros, el tres veces gobernador de Córdoba intentó arremeter contra el gobierno nacional. “Por la falta de respuesta de la Nación, es como si los cordobeses tuviéramos que quemar nuestro DNI, porque pareciera que algunos no nos consideran parte de la República Argentina”, dijo el gobernador.
 
El destinatario era el jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, criticándole el no envío de las tropas de Gendarmería, ayuda que De la Sota insólitamente había pedido vía Twitter en la madrugada.
 
Trascartón anunció la firma del armisticio con los acuartelados, confirmando subas salariales que luego nadie de su propio gobierno lograría explicar con claridad y cuyo detalle y costo fiscal aún se desconocen.
 
Llamativo fue el carácter netamente político que tuvo el acto en el que De la Sota anunció el inicio de la normalización. Cuando toda la ciudad y municipios aledaños al Gran Córdoba vivían con pánico esas horas, el gobernador no se privó de rodearse de una tribuna de aplaudidores que ovacionaban cada intervención del mandamás. Demasiado contraste para la bronca instalada hacía varias horas en la población. No era momento de aplaudir. Nada más inoportuno.
 
Recuperar las calles. Tras el acuerdo, la ciudad comenzó a recuperar la calma. Aunque no de la mejor manera. Liquidado el pleito, el propio De la Sota se encargó de lanzar una especie de vendetta urbana. “Que se preparen los grupúsculos de delincuentes que todavía están en la calle. Ahí sale la policía”, disparó el hombre del que se esperaba mayor calma y menos agitación.
 
Los pronósticos se cumplieron. En medio de la euforia por el fin del acuartelamiento y el aumento de fin de año, las “fuerzas del orden” salieron a copar esos mismos barrios de siempre. Y no se podía esperar demasiado recato. La policía salió a hacer lo que sabe.
 
Era cuestión de poner en caja a los sectores de tradicional marginalidad. No era hora de ponerse a discutir métodos, ni mucho menos recordar lo que sólo una semana atrás se había instalado como “tema de discusión” en la agenda cordobesa, el polémico Código de Faltas. No era el momento para preocuparte por ese oscuro instrumento legal del que disponen los agentes policiales para detener a quien quieran y para avasallar las mínimas garantías constitucionales de los vecinos de sectores bajos.
 
“Temo que ahora la represión se vuelva feroz, y quienes pensaban a los policías reclamando como trabajadores con conciencia, se darán cuenta de que nuevamente se transforman en el aparato represivo del Estado”, escribía Lucas Crisafulli desde su Facebook ni bien veía salir las eufóricas patrullas a “recuperar las calles”.
 
Abogado criminólogo y miembro del Observatorio de Derechos Humanos de la Universidad Nacional de Córdoba, Crisafulli no se equivocaba: “Una vez más, salimos de la crisis por derecha”.
 
El primer acuartelamiento 2.0 de la historia. Cómo se hace para convencer al 80% de una tropa de 21 mil policías de que era el momento de acuartelarse? ¿Cómo vencer el natural miedo que los policías rasos tienen hacia sus superiores? ¿Cómo romper la rutina derrotista de este batallón de trabajadores sin derecho a planteos colectivos?
 
Marcelo Izquierdo es el hombre capaz de dar estas respuestas. Se trata de un agente que tres años atrás fue dado de baja de la Policía de Córdoba, luego de denunciar ante el programa de investigación ADN (el mismo que desató el narcoescándalo) un caso de corrupción en el que incurrían altos mandos de la fuerza. Terminó echado por “falta de decoro”.
 
Izquierdo fue pieza clave en la movilización de las mujeres de los policías, que durante varias semanas instalaron el reclamo de mejoras salariales con marchas frente a la Jefatura Policial. Y lo hizo valiéndose de las herramientas que dan las redes sociales.
 
“Ahí fuimos incentivando, generando el clima, pidiéndoles a los policías que mandaran a sus esposas para reclamar”, cuenta el hombre que todavía se siente policía, y que se valió de herramientas como Facebook y la aplicación WhatsApp para el envío masivo de audios y videos.
 
Fue un trabajo fino de reclutamiento de gente y de arenga para que se sumaran a la pelea salarial. Hubo incluso algunas “picardías”, como lo fue grabar la voz de un imitador que simulaba ser un conocido comisario que se mofaba del reclamo salarial y prometía días de arresto.

La repercusión en las redes sociales fue inaudita, y se convirtió en un vehículo perfecto para generar el clima. Sólo sería necesario fijar el día y el acuartelamiento se convertiría en realidad, como finalmente sucedió. Pero esta vez fue todo a través de las redes. 

LEVIATÁN

Hace tres meses los cordobeses descubrimos que quienes nos debían defender de los narcotraficantes en realidad negociaban con ellos. Los que nos cuidaban eran los que nos agredían. Fue el tiempo del narcoescándalo.

Durante el martes y el miércoles últimos, otra vez los que habitamos esta provincia nos sentimos solos. Pero esta vez esa soledad mostró su más cruel faceta. El desamparo se convirtió en saqueos, el saqueo en barbarie, la barbarie en destrucción, la destrucción –otra vez– en soledad.

Una interminable noche digna del Far West, con comerciantes defendiéndose armas en mano, grupos de vecinos plantando barricadas para frenar los ataques, linchamientos públicos de culpables –y de sospechosos–. Y lo peor: con autoridades arrojándose culpas unas a otras, más atentas a la pelea chica y miserable que a la intención firme de traer las soluciones por las que el pueblo clamaba.

Al medio de todo ello, la decepción de resignarnos a saber que la policía es mucho más necesaria que lo que pensábamos. De ser –en ocasiones– la causante de episodios luctuosos, ahora su dramática ausencia dejaba el terreno liberado para la delincuencia de más baja estofa, aquella que se aprovecha del caos para sacar rédito.

Lo que no sabremos los cordobeses, al menos por un buen tiempo, es cómo se saldrá de esta incómoda realidad en la que el tejido social terminó espantado ante su propia imagen.

Cómo se leerán esos dolorosos saqueos, esas hordas de jóvenes a bordo de motocicletas, barriendo con todo lo que encontraban a su paso. Cómo se sanarán las heridas de tantos pequeños y medianos comerciantes que perdieron todo en una sola noche de soledad absoluta.

Tal como sucedió después del desastre de los incendios en Punilla –a finales de agosto–, no tardarán en aparecer verdaderas compulsas de anuncios de créditos, planes, programas y beneficios, en las que los gobiernos municipal, provincial y nacional sobreactuarán asistencia a los damnificados. Quienes sin dudas la necesitan de forma urgente, pero que en igual medida lo requieren de manera coordinada. Tal vez sea mucho pedir...

Donde con certeza no se podrán esperar soluciones mágicas será en la reconstrucción de la confianza colectiva, en la reedificación del contrato social (si tal cosa existiera), en la posibilidad de volver a confiar en el vecino al que vi saquear mi negocio.

No está claro cómo haremos de ahora en más para volver a establecer un nuevo acuerdo sin necesidad de instalar el temerario Leviatán de Hobbes, en el cual el Estado es el único que puede evitar que el hombre se vuelva lobo del hombre.