Termina un año complejo para los latinoamericanos. Un continente en el cual, sumando las dos locomotoras –Brasil y México, con 200 millones y 120 millones–, se acerca ya a 500 millones de habitantes distribuidos en 34 países. Una región con un vetusto sistema interamericano diseñado para mantener la hegemonía de los Estados Unidos tras los pactos de Yalta y Postdam, cuando las grandes potencias vencedoras hicieron una distribución territorial del poder mundial en 1945. Ese sistema se consolidó tras la expulsión de Cuba de la OEA, en 1962, tras derrotar a los mercenarios apoyados por la CIA y la marina norteamericana en Playa Girón. El saludo cordial de Barack Obama con Raúl Castro en los funerales de Nelson Mandela, aunque un signo novedoso de la diplomacia del Norte, no hace mella al sistemático bloqueo de la Casa Blanca y el Pentágono para que Cuba reingrese al sistema panamericano. Las reuniones de mandatarios y cancilleres de la región, como la Cumbre de las Américas, tienen decisiones no vinculantes y alcanza con la negativa de Estados Unidos para tirar por tierra las mayorías abrumadoras de los participantes. En efecto, en la sexta edición llevada a cabo en Cartagena, Colombia, de abril de 2012, bastó el veto de Estados Unidos y Canadá para que los representantes de las 34 naciones restantes vieran cómo caía en saco roto su pedido entusiasta de que Cuba forme parte de la vida institucional de los dos continentes.

Los estudios sobre las condiciones de vida en las Américas a menudo confunden más de lo que clarifican. Viven en estos dos continentes unos 1000 millones de personas, equivalente a la población de África, el continente más pobre del planeta, el que vivió la esclavitud, la descolonización de los '60, seguida de gobiernos neocoloniales de Gran Bretaña y Francia que promovieron guerras intertribales de exterminio y que ahora suma los intereses norteamericanos y sobre todo chinos para colonizar sus materias primas energéticas y minerales. Lo mismo de siempre. El continente más pobre al que los líderes mundiales de los países más ricos acaban de concurrir para venerar a Nelson Mandela, más que un símbolo del diálogo, un grito potente de igualdad entre los humanos, un hombre que dedicó sólo cinco años a gobernar su país y que luego se dedicó a liderar luchas por la niñez y contra el flagelo del VIH sida.

América Latina rompió sus lazos coloniales 150 años antes que la mayoría de los africanos pero vivió la doctrina Monroe desde 1823, cuando John Quincy Adams advertía a las potencias europeas que no cruzaran el Atlántico y también ponía límites al sueño de los patriotas, que había tenido un hito en Guayaquil un año antes y que se proyectaba en el Congreso de Panamá de 1826. Cabe recordar que Panamá era parte de la Gran Colombia y que en 1903, la combinación de marines, dólares y diplomacia palaciega le permitió a Estados Unidos crear un estado separado, colonizado para poder controlar la construcción del corredor bioceánico.

América Latina, balcanizada, corre una suerte parecida a la de África: las empresas multinacionales mineras, energéticas, agroalimentarias y de servicios, así como las de provisión de armamentos y equipos sofisticados de seguridad, tienen carta blanca de la mayoría abrumadora de los gobiernos de la región para operar en estas tierras a merced de sus propios intereses, con condiciones privilegiadas. Esas empresas, cuyas casas matrices están mayoritariamente en distintas ciudades de Estados Unidos, cada vez más mudan sus operaciones financieras a paraísos fiscales extraterritoriales o logran que algunos estados federales tengan normativas inspiradas en los modelos a las islas Caimán o Chipre, conforme a las necesidades de la gran banca financiera y sus clientes. Tal es el caso de Delaware, un pequeño estado cercano a Washington DC, donde grandes compañías como American Airlines, Bank of America, Apple, Google o JP Morgan Chase, con pequeñas oficinas destinadas a disminuir drásticamente sus cargas fiscales. La contracara es la creciente desigualdad en Estados Unidos. Según Joseph Stiglitz, el 1% de los estadounidenses se quedan con el 21% de las riquezas producidas, pero lo delicado es la tendencia: en 1997, ese 1% era propietario de un tercio de la riqueza del país y entre 2002-2007, se queda con las dos terceras partes del incremento de la renta nacional. Es decir, de cada nuevo dólar del PBI que se genera, 66 centavos va para esa ínfima minoría, que a su vez es la que cuenta con el lobby para que en un estado federal se moldeen las normas impositivas. Las multinacionales no sólo concentran el monopolio militar, el poder de la innovación tecnológica sino que logran ocultar el dinero. Todo en la más pura y plena democracia formal.

PERSPECTIVAS ECONÓMICAS DE AMÉRICA LATINA 2014. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) nació en 1961, al calor de los esquemas neocoloniales en el planeta y tuvo su origen en la Organización para la Cooperación Económica Europea cuando los dólares del Plan Marshall colaboraron con el diseño del renacimiento del viejo continente. Es un club selecto de 34 naciones donde sobresalen Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Japón, Francia, y tiene como misión mantener inviolables los sistemas proteccionistas de los países ricos en algunas áreas claves como la producción agropecuaria, al tiempo que promueven el librecambismo para el resto.

El pasado 18 de octubre, el secretario general de la OCDE, el mexicano doctorado en Harvard Ángel Gurría, disertaba en Panamá en el marco de una cumbre iberoamericana despoblada de mandatarios. No estuvieron, por ejemplo, Dilma Rosseff, Cristina Kirchner, Rafael Correa, José Mujica, Evo Morales, Nicolás Maduro ni Raúl Castro. No obstante, Gurría dio su pronóstico para 2014. Hay que decirlo, elaborado en buena medida por fuentes de la CEPAL dirigida por la también mexicana y de orientación progresista Alicia Bárcena, y en presencia del muy respetado uruguayo Enrique Iglesias, ex director de CEPAL y a cargo de la Secretaría General Iberoamericana.

El panorama pintado fue al menos preocupante. Entorno internacional menos propicio, desaceleración de la demanda externa, reducción del volumen comercial, la moderación en los precios de las materias primas que la región exporta, incertidumbre en las condiciones financieras y monetarias globales y crecimiento más moderado del PIB. Unas seis plagas, no de Egipto sino enviadas por los centros de poder. Todo esto debidamente cuantificado y reflejado en la prensa económica. Lo alarmante es la primera recomendación: impulsar reformas que reduzcan la brecha de productividad laboral entre la gran mayoría de los países de la región y los países desarrollados. Desde ya que es un desafío a la inteligencia para naciones que, mayoritariamente, reciben tecnologías y procesos descartados en los países centrales pero que les permiten notable rentabilidad en estas latitudes. No sólo las automotrices sino también las empresas de telecomunicaciones, las alimenticias, los laboratorios farmacéuticos o de paquetes tecnológicos para cultivos transgénicos o los bancos hacen grandísimas diferencias. Sin embargo, a la hora de medir los salarios, esas empresas quieren aislar el concepto de productividad con el deliberado propósito de tirar a la baja los ingresos y, desde ya, hacer saber a la dirigencia política regional que la llamada austeridad que están imponiendo en Europa debe ser emulada desde estos países. La segunda recomendación es mejorar la competitividad "como proveedor de recursos naturales al mundo entero".

Chile, México, Brasil y Uruguay. Es imposible terminar estas breves líneas sin algunas consideraciones con algunas postales de las fortalezas y debilidades de los países de la región. Michelle Bachellet se acaba de imponer en Chile sobre Evelyn Matthei, hija del general pinochetista Fernando Matthei, con el 62% de los votos frente al 38 por ciento. La derecha logró, sin embargo, anotarse un éxito: fueron las primeras elecciones de voto voluntario y la abstención fue del 59%, 10 puntos más que en la primera vuelta. Según estudios de la Universidad de Chile, el 1 % de los más ricos concentra el 31% de los ingresos, diez puntos más que en Estados Unidos (21%) y once más que Alemania (12%). El salario promedio de un gerente general es 100 veces mayor que el del promedio de los salarios de los trabajadores. Bachellet prometió una reforma tributaria. Si logra votarla y llevarla a la práctica en la medida que el país requiere, los latinoamericanos estaremos frente a una auténtica revolución. Caso contrario, la socialdemocracia transandina dialogará con el fracaso de José Luis Rodríguez Zapatero en España o los cambios de timón del francés Francois Hollande.

En México, los supermillonarios dominan todo. El progresista diario Jornada de ayer, lunes 16, titula, como la mayoría de los periódicos argentinos, con fútbol. Con una picardía mexicana: "Slim noquea a Azcárraga y se lleva el campeonato". Vale la pena aclarar: el Club León es propiedad del grupo Pachuca, controlado a su vez por América Móvil, una de las compañías de Carlos Slim. Le ganó 3 a 1 al América, propiedad de Emilio Azcárraga Jean. Emulando a Joaquín Sabina, también dice el periódico mexicano que el precio del metro (subte) pasa de tres a cinco pesos. Pero también aumentó el precio de la tortilla (hecha de maíz, como el pan para los argentinos) de 11 a 15 pesos. A su vez, el presidente Enrique Peña Nieto, a un año de asumir, avanza a paso firme con una reforma energética destinada a darle una cuota del negocio de la poderosa PEMEX a las multinacionales privadas.
Brasil es un mundo aparte. Una excelente nota de Daniel Ares (Miradas al Sur, domingo 15-12) rescata a Chico Mendes a 35 años de su asesinato. Mendes murió a los 44 años, el 22 de diciembre de 1988. Fue uno de los fundadores del PT de Lula y surgió de la Amazonia, participó de las luchas de los llamados soldados del caucho, cuando las multinacionales del neumático tenían dificultades para obtenerlo del sudeste asiático y Brasil se convertía en principal proveedor en base a trabajo esclavo.
Chico viaja a Estados Unidos, en Brasil la prensa grande lo acusa de "impedir el progreso". Las Naciones Unidas, en cambio, lo reconocen con el premio Global 500 por su defensa del medio ambiente. A finales de 1987 viaja una vez más a Estados Unidos convocado por el BID y el Banco Mundial, que ahora quieren oír mejor esa historia de las "reservas extractivas". Le queda un año de vida. Ese año, 200 mil incendios fueron provocados en la cuenca amazónica, devastando una superficie igual a la República de Panamá.

Por fin –cuenta Ares– el gobierno le concederá sus reservas extractivas, aunque para eso deba expropiar aquellos seringales, propiedad del hacendado Darly Alves da Silva. La victoria es completa, y ahora el odio también. Darly Alves da Silva, y su hermano Alvarinho, lo comandan. El 6 de diciembre habla en la Universidad de San Pablo en el marco de un seminario sobre el Amazonas y, seguro de su muerte, se anticipa: "No quiero flores en mi tumba porque sé que irán a arrancarlas a la selva. Sólo quiero que mi muerte sirva para acabar con la impunidad de los matones que cuentan con la protección de la policía." El 15 de diciembre de 1988, cumple 44 años. Lo festeja con su esposa Ilzamar, y sus dos hijos. Una semana después, el 22, allí mismo, en Xapourí, donde había nacido, en su propia casa, al caer la noche, sale para buscar una toalla tendida, cuando apenas oye sin ver el estruendo del escopetazo que le perfora el pecho, y cae muerto. Sus asesinos eran los que él decía. Darly Alves da Silva, y uno de sus hijos, Darcy Alves Pereira, de 22 años. En 1990 fueron condenados a 19 años de cárcel, pero en 1993 escaparon fácil de la prisión de Río Branco.

Ese mismo domingo 15, en Página/12 Martín Granovsky, desde Brasilia, cubrió el Foro Mundial de Derechos Humanos que sesionó en esa ciudad y que tuvo a Lula y a Dilma como expositores y contendientes de discusiones abiertas. Lula, al llegar, fue chiflado, sostiene Granovsky, y se deshizo de su discurso escrito. Dijo: "Si hay algo que no me asusta es la protesta. En la década del '80 y del '90 nadie protestó más que yo, y los trabajadores enfrentaron a la policía. Luchamos duramente por la democracia. Los gobernantes debemos tener conciencia de que la democracia permitió que un indio llegara a la presidencia de Bolivia, un negro a la presidencia de los Estados Unidos, un tornero a la presidencia de Brasil y una torturada por la dictadura a la presidencia de este país." Brasil tiene, a la vista, los crímenes policiales, la pena de muerte no escrita por parte de las policías estaduales con diseño y control de las Fuerzas Armadas. Por eso se las llama policías militares. Y sus efectivos, sean morenos o blancos, disparan sobre los morenitos de las favelas. El autor de la nota señala: en Brasil se habla de indios y no de pueblos originarios, así como se habla de negros y no de afrobrasileños. Sin vueltas.

El lector de estas líneas puede quedar indignado y deseoso de participar o también pensar que las sociedades no cambian si no cambian los poderes profundos y que los pueblos poco pueden hacer. De hecho, las democracias, frágiles, manipulables, indulgentes, que transitan en América Latina dejan espacio para muchos matices que circulen entre el compromiso militante y el descrédito pasivo. Si alguien quiere romper con los estereotipos y las opciones dramáticas y forzadas, vaya a la excelente entrevista que le hizo el cubano anticastrista Ismael Cala al sabio José Mujica y que salió al aire el viernes 13 de diciembre. No escapa a sus curtidos 14 años en cárceles destructivas, a la estaciones del amor con su Lucía Topolansky y cuenta por qué era partidario de la dictadura del proletariado décadas atrás y hoy no apoya ninguna dictadura. Habla de los tiempos del agricultor, su oficio, referidos a la política y a los cambios. Defiende la legalización del aborto y la marihuana. Cuando Cala le pregunta por su conocida austeridad, Pepe le aclara que no usa esa palabra ahora que los europeos expulsan ciudadanos a la pobreza en nombre de la austeridad. En cambio, habla de la sobriedad, de andar ligero de equipaje. Sin decirlo, cuenta cómo, en los tiempos del cólera, los ejemplos personales generan un contagio tan fuerte como la rabia misma.