Marcela y Juan Carlos están sentados en unos banquitos de plástico blanco, agarrados de la mano. Miran un video en donde muchas personas les desean que "sean felices para siempre" y les dicen que el amor que construyeron "es multiplicador". Ella llora y él, casi. Acaban de casarse por iglesia y lo festejan junto a toda su gente querida en un lugar muy significativo: bajo el gomero gigante de las Barrancas de Belgrano al que van todos los jueves a un comedor popular.

 

Marcela (35) y Juan Carlos (41) se conocieron hace años. Ella ya tenía dos hijas, juntos tuvieron cuatro más y ahora disfrutan de dos nietos y esperan a uno que está en camino. Cuando llegaron al Comedor de Barrancas allá por el 2002 vivían en un terreno que la Prefectura les prestaba en Olivos. Su “casa” eran unos postes contra la pared con una lona que oficiaba de techo. Iban y venían a Capital Federal para conseguir changas, tal como lo siguen haciendo.

Dos hechos les brindaron un poco de estabilidad en medio de tantas necesidades materiales. "La casa que heredaron en Troncos de Pacheco del papá de ella y la Asignación Universal por Hijo (AUH) que les permitió plantarse mejor ante la vida y pensar en salir adelante", opinó el voluntario del Comedor, Carlos Durañona. "Es una familia muy unida y que se pudo haber destruido muy fácilmente entre tantas privaciones. Sin embargo la pelearon, la pelearon y vivieron enamorados", agregó entusiasmado.

"No puede ser que nos pase a nosotros, siempre le pasa a los demás", dijeron sobre el sueño de casarse por iglesia

Durañona recuerda muy bien el día que Marcela se acercó por primera vez al gomero, donde todos los jueves desde hace once años un grupo de voluntarios comparte la cena con gente sin techo o personas que viajan del conurbano a la Ciudad a rebuscársela. "La vi llegar por la calle Zavalía con un cochecito y embarazada. Nos sentamos a charlar en ese banco", evocó señalando el sitio exacto. Desde ese día, comenzó una relación tan especial que él los considera como hijos y el sentimiento es recíproco. "Después de que se murió mi papá, Carlos es como un nuevo padre para mí", manifestó ella, entre lágrimas.

El casamiento, algo que "siempre le pasa a los demás"

"Su sueño era casarse y siempre les prometí que los iba a ayudar y que ese día, íbamos a hacer la fiesta en las Barrancas porque ellos son la historia misma de este comedor", contó el militante social. Dicho y hecho.

Los preparativos de la jornada, una de las más felices de sus vidas, empezaron el viernes pasado cuando fueron a bautizarse y tomar la primera comunión a la Parroquia San Benito, ubicada en Maure y Villanueva. Necesitaban tomar esos sacramentos para poder dar el sí. Cuatro voluntarios del comedor fueron sus padrinos y Cáritas les regaló un ágape luego de los ritos.

El sábado a las 17.30 fue el gran momento. Marcela, de vestido blanco y cola larga (llevada por sus nenas) ingresó a la monumental iglesia del brazo de Durañona mientras en el altar la esperaba un ansioso Juan Carlos junto a la madrina de bodas Beatriz, una trabajadora social jubilada que también ayuda en la olla de los jueves. Los bancos de adelante estaban colmados de familiares, amigos, vecinos y los muchachos del Centro de Integración Monteagudo que habían sido invitados.

Tras la ceremonia, los novios fueron llevados a pasear por Buenos Aires, book de fotos mediante. Los voluntarios aprovecharon ese tiempo para preparar una hermosa fiesta de casamiento a la intemperie. Velas en las escalinatas del parque, una pelotita bolichera, cintas colgando, manteles con centros de mesa (todo a composé), una mesa de dulces, un DJ y una pantalla fueron algunos de los detalles que hicieron emocionar a los recién casados cuando hicieron su "entrada" en un salón que no tenía fronteras. Inclusive, hasta habían alquilado unos baños químicos y contratado un servicio de pizza que instaló el horno bajo el gomero.

"No me va a alcanzar la vida para agradecerles tanto", expresó Marcela al alzar su copa durante el brindis, momento que precedió al de sacar el anillo y antecedió al carnaval carioca. Sus nenas, vestidas con ropa que les regaló para la ocasión un comercio de la calle Juramento, no pararon de bailar con los reggaetones y cumbia que ponía el DJ. "¡Qué vivan los novios! ¡Viva!"", fue el grito que se repitió una y otra vez en una noche de pura felicidad.

Se desarrolló tan bien el festejo que pese al ruido - no mucho más alto que el de cualquier vereda de Palermo un sábado por la noche- ningún vecino se acercó a quejarse. Es más, una señora de un edificio de enfrente que conoce el trabajo del comedor se sumó y gastó la pista de baile. Es que ese lugar es un espacio de contención y referencia para mucha gente. Lo fue para los cartoneros que utilizaban el Tren Blanco, brutalmente desalojados en 2008, y lo es hoy para la familia de Marcela y Juan Carlos como para decenas de personas más. 

Dos días después, Durañona habló con el flamante matrimonio que no salía aún de su asombro tras esa jornada de cuento de hadas. "No puede ser que nos pase a nosotros, siempre le pasa a los demás", dijeron. Y sí, les pasó, así que: ¡Qué vivan los novios!