Nota de Revista Veintitrés.

"Un día como hoy, hace ocho años, fue el día más feliz de mi vida. Ya eres un hombrecito. Nunca olvides que tu responsabilidad es cuidar de tu hermanita y de tu mamá. Tienes que protegerlas”, escribió Pablo Escobar Gaviria a su primogénito en su octavo cumpleaños. Sin suponerlo, el patrón del mal delineaba de esa manera el futuro de Juan Pablo, que unos años más tarde saldría despedido de las comodidades de su país natal para terminar alojándose en Argentina.

El 2 de diciembre de 1993, el patrón narco habló por última vez con su hijo, entonces de 16 años, y le prometió volver a llamarlo enseguida. Pero la promesa no pudo cumplirse, porque el Bloque de Búsqueda colombiano –en el que participaban la DEA, el FBI y los paramilitares de Los Pepes– lo mató segundos después, mientras intentaba escapar por los techos del departamento en el que estaba escondido. En pocos meses, Escobar pasaba de ser el séptimo hombre más rico del mundo, benefactor de los pobres y político, al más buscado por controlar alrededor del 80 por ciento del tráfico de narcóticos en el mundo.

“Si pudiera matar a todos esos hijos de puta que lo mataron, yo solo los mato. De malparidos”, declaró por radio ese mismo día Juan Pablo, aunque después volvió a hablar con los medios y dijo que era un hombre de paz, que no iba a vengar la muerte de su padre. Que lo único que buscaba era la reconciliación para Colombia. Sabía que los enemigos de su padre lo buscaban.

Ese mismo día, la familia comenzó a buscar país para irse: necesitaban fijar residencia en un lugar donde no quisieran matarlos. Las opciones eran pocas, la mayoría de los países en los que intentaron recalar les negó la residencia; sólo Mozambique y la Argentina menemista aceptaban recibirlos sin mayores inconvenientes, previo cambio de identidad.

Ya pasaron dos décadas de aquel día en que María Victoria Henao, esposa de Escobar y madre de sus hijos, pasó a llamarse María Isabel Santos Caballero; Juan Pablo se rebautizó como Juan Sebastián Marroquín y su hermana Manuela, siete años menor, se pasó a llamar Juana. También la mujer del joven, que en ese momento era menor de edad, se cambió el Andrea Ochoa que portaba de nacimiento y pasó a llamarse María Ángeles Sarmiento.

“Siempre buscamos pasar inadvertidos por una cuestión de supervivencia porque cuando sabían quiénes éramos, nos discriminaban”, explicó años después Sebastián. Por eso, la familia no aprueba la novela colombiana Pablo Escobar Gaviria, el patrón del mal, producida por la cadena Caracol TV, que primero explotó en Chile y este año se volvió un éxito en la Argentina promediando 10 puntos de rating en Canal 9, algo impensado para la emisora.

“No me parece serio un proyecto en el que se habla de una persona, pero nunca consultaron a su familia. Es fácil imitar a mi padre con tantas fotos dando vueltas, pero ninguno de los que hizo esa novela conoció a mi padre… Soy un pacificador: no puedo apoyar relatos en los que se engrandezca su figura”, declaró el primogénito de Escobar Gaviria esta semana en la TV chilena. El verdadero enojo del joven radica en una vieja disputa que la familia tiene con el Estado colombiano por el registro y uso del nombre de su padre como marca, algo que se les negó el año pasado a través de la resolución Nro. 00053907.

“Quise registrar el nombre de mi padre, con la intención de protegerlo del mal uso, de la manipulación mediática, política e histórica y del usufructo indiscriminado sin autorización de la familia”, escribió Marroquín en su blog en septiembre del 2013, donde además informó que desobedecería el mandato. Acto seguido, redobló la promoción de su última empresa, Escobar Henao –los apellidos de su padre y su madre–, que fabrica remeras y pantalones con impresos de las tarjetas de crédito, la visa y el pasaporte del líder del cartel colombiano. Todo, remeras a 95 dólares y pantalones a 150, se vende en dólares desde Argentina por Internet o en locales de ropa de Estados Unidos, Guatemala, Puerto Rico, Austria y México.

Desde su llegada a Argentina la mujer se definía como decoradora y declaraba tener unos cien mil dólares.

Pero el ostracismo de los ex Escobar no es nuevo. La cara de María Isabel apareció en todos los diarios en 1999, cuando la Justicia comenzó a investigarla: el entonces juez Gabriel Cavallo la acusó de utilizar su empresa inmobiliaria Gelestar S.A. para el narcolavado. Los titulares de la época aseguraban que hasta entonces sólo algunos miembros del gobierno de Carlos Menem sabían que la familia de Escobar estaba en Argentina, y que guardaron silencio por un acuerdo con Colombia.

En la investigación, se ponía en tela de juicio que desde su llegada a Argentina la mujer se definía como decoradora y declaraba tener unos cien mil dólares, aunque Cavallo insistió en que mantenía un nivel de gastos cercano a los 12 mil dólares mensuales.

Antes y después del juicio, María Isabel aseguró que llegaron a Argentina sin dinero de la mafia. “Todo el mundo quería matar a Sebastián, así que fui firmando poderes, entregando dinero y obras de arte. Todo lo que teníamos se fue en el pago a los que amenazaban con matar a mi hijo”, se defendió la mujer. Finalmente, la Justicia los sobreseyó por no encontrar pruebas suficientes para la acusación, que le valió 18 meses de cárcel a la madre del clan y 45 días a Sebastián.

Desde ese año, la postura de Sebastián cambió. Se recibió de diseñador industrial en la escuela técnica ORT y estudió arquitectura en la Universidad de Palermo: con ese respaldo fundó Box Arquitectura, una empresa orientada al diseño con la que se asoció a Nexo oportunidades Urbanas, creada por su progenitora en 2007 para comprar, remodelar y vender departamentos porteños.

“Soy un hombre de paz”, declara Sebastián en todas las entrevistas que ha concedido. En la vida pública de los Marroquín, todo apunta a mostrarse en las antípodas de Pablo Escobar. A esa imagen colaboró el documental Pecados de mi padre, dirigido por el argentino Nicolás Entel. “Empecé este proceso desconfiando mucho de Sebastián, lo investigué, me metí mucho en la historia para no equivocarme. Lo bueno es que sobre sus testimonios fuimos encontrando material fílmico de la época que demostraba lo que nos decía”, explica el director, que consiguió lo impensado: registrar cuando Sebastián se reencontró con los hijos de Rodrigo Lara Bonilla y Carlos Galán, ambos asesinados por su padre, a quienes pidió perdón. “Fue un encuentro muy sentido, sentimos que la carta que nos envió Sebastián era sincera y pensamos que todos necesitábamos un paso de reconciliación. Eso significó aquel encuentro, que además demostró la valentía de ese muchacho, viajando a Colombia para concretarlo”, sintetizó a Veintitrés Juan Manuel Galán, hoy senador colombiano.

Lejos parecen los Marroquín de aquellos Escobar Henao que muestra la novela en el prime time del 9. Sebastián y su madre suelen recibir a la prensa en departamentos bien ubicados pero modestos de Palermo Soho y Recoleta, aunque pasan más tiempo en la casa que ocupan en Nordelta. “Lo que tenemos es fruto de nuestro esfuerzo”, afirmó el año pasado Sebastián en la exclusiva que dio a Chilevisión, una entrevista por la que, según los medios chilenos, cobró 9 mil dólares.

“¡Hola Amigos! Los tengo abandonados por estos días. El nacimiento de mi primogénito en diciembre pasado me ha robado felizmente toda la atención. Les mando un fuerte abrazo a todos y mis mejores deseos de paz y bien para el 2013 y los que vengan. ¡Saludos mil!”: fue el mensaje que escribió Sebastián en su cuenta de Facebook. De esa manera hacía público el nacimiento de su primer hijo con la mujer, dos años mayor, que conoció a los 14 años y con la que convivió lujosamente en su departamento de soltero de Medellín, antes del éxodo que los trajo a la Argentina.

Cuando en 2010 dos periodistas de Veintitrés le preguntaron qué soñaba ser cuando era niño, Marroquín no dudó: “No pensaba en eso: tienes treinta motos para utilizar cuando sólo puedes manejar una sola. Quería agregarle más horas al día para dar una vuelta en todas. Pero había dejado de pensar en ser abogado o médico: sólo quería vivir en paz y tener a mi familia reunida en una sola casa, no tener que meterte ocho horas en la selva caminando o arriba de una mula para ver a tu padre un fin de semana”. Hoy, a cuatro años de esa entrevista y a veinte de la llegada de los Escobar Henao al país, una de las familias más polémicas de Colombia no tiene causas pendientes con la Justicia, aunque el revival de Pablo Escobar Gaviria gracias a la pantalla chica los obligue a resguardarse en el anonimato.

La princesa escondida

Manuela Escobar Henao tenía solo 10 años cuando supo que su padre había muerto, aunque la posibilidad ya rondara por su cabeza desde antes, dadas las circunstancias. En la novela biográfica Cierra tus ojos princesa, el periodista José Alejandro Castaño contó en detalle lo que pudo reunir sobre los recuerdos del vínculo de la chica y su padre, luego de vivir un mes con la familia Marroquín en Buenos Aires.

Manuela pisó suelo argentino llamándose Juana y las crónicas de la época la recuerdan como una verdadera princesa, una niña a la que se le cumplieron todos los caprichos, pero que con la muerte de su progenitor devendría en mujer triste. Castaño escribió sobre aquella navidad en que Juana le pidió a Pablo Escobar un unicornio: “Sus sicarios trajeron, por solicitud del patrón, un caballo blanco al que le pegaron con grapas un cuerno bajo su crin y adhirieron largas alas de papel a su torso. El animal murió como consecuencia de una infección”.

A diferencia de María Isabel y Sebastián, la menor de los Marroquín es la única del clan que se negó a aparecer en el documental Secretos de mi padre. En sus 30 años de vida, estudió Relaciones públicas en la Universidad de Palermo y nunca aceptó ser entrevistada. En 2009, su hermano confió a El País que durante la adolescencia, la protegida de la familia “tuvo varios episodios depresivos y varias veces ha intentado quitarse la vida”.

La denuncia de un sicario

“El patrón quería que el hijo fuera como él”

La familia había recibido al primogénito de Sebastián Marroquín con felicidad y buenos augurios, pero a fines del 2013 la tranquilidad volvió a quebrarse para los herederos de Escobar Gaviria. La sombra de la mafia narco volvió a taparlos cuando desde la cárcel, Jhon Jairo Velásquez, uno de los sicarios de confianza del narco, al que apodaban Popeye, afirmó a la televisión colombiana: “Juan Pablo sabe muy bien que estuvo con ‘el patrón’ en la operación para matar al capitán Fernando Hoyos, en 1992, cuando en Medellín dinamitaron la casa del oficial y luego lo remataron a bala”. Además, Popeye agregó que él mismo le pagó 30 mil dólares a un testigo que había señalado al joven en la escena para que se retractara de la declaración, hecho por el cual Juan Pablo habría sido sobreseído de esa causa.

El hombre recordó que en 1989, él y otros matones de Escobar capturaron a dos hombres del cartel de Cali, cerca de la hacienda Nápoles, y los torturaron. “Llevamos a los de Cali en helicóptero –declaró Popeye– y Juan Pablo estaba ahí, nos acompañaba a las caletas porque el patrón quería que fuera como él”. Más tarde, el abogado de Velásquez afirmó que Marroquín había recibido cinco millones de dólares de un total de 28 millones que Escobar les quitó a sus socios, Fernando Galeano y Gerardo Moncada, antes de ordenar que los mataran.

Otra vez fue Sebastián el encargado de salir a negar todo, e inmediatamente prefirió volver a bajar el perfil. Algo que no dudó en mantener hasta ahora, aún con la repercusión que tuvo la novela colombiana en la Argentina.