Nota de Cielos Argentinos

E l furor vegano ataca en la Argentina. Famosos de este país como Marcela Kloosterboer, Nicolás Pauls, Daisy May Queen y Gustavo Cordera son veganos. ¿De qué se trata esto? A grandes rasgos significa abstenerse del consumo o uso de productos de origen animal, relacionado con una actitud ética que rechaza la explotación, el sufrimiento y la muerte de otros seres sensibles.
El veganismo abarca diversas áreas de la vida cotidiana: implica alimentarse sin sustancias de origen animal –como la carne, los lácteos, huevos, e incluso miel–; no utilizar lanas, cueros, pieles ni ningún tipo de tejido de origen animal para vestimenta, calzado y accesorios; rechazar todo espectáculo en el que usen animales, desde un circo hasta una película en que se los trate como objeto para la distracción humana. Por último, los veganos no consumen productos que hayan sido testeados en animales, como ciertos cosméticos, y rechazan la compraventa de animales, promoviendo la adopción responsable.

Florencia tiene 26 años, vive en San Isidro, estudia Publicidad, es vegetariana desde los 15, y vegana hace un año y medio. Como activista independiente, creó hace un año en Facebook la página “Mundo Veg” con el objeto de servir de guía a aquellos que se inician en la aventura vegana, y hoy tiene más de 135.000 seguidores alrededor del mundo. Al principio, se juntaban de a cuatro o cinco en citas a ciegas, para hacer un picnic en los bosques de Palermo o en alguna plaza. Cuando el grupo fue creciendo, los picnics se reemplazaron por actividades mensuales solidaridas con los animales o de concientización.

Es difícil que Florencia compre algo en un kiosco, pero en situación de emergencia unas galletas de arroz la pueden sacar del apuro. A ella, como a todos los veganos, les resulta trabajoso tener que andar leyendo la letra chica de las etiquetas de los alimentos. Por eso, escribió un proyecto de ley sobre el etiquetado, juntó firmas y lo va a presentar el año próximo. Su objetivo es que, cuando corresponda, los productos lleven una insignia que anuncie “Sin ingredientes de origen animal”.

Lo que más le costó dejar es el queso de pizza, incluso más que la carne, pero aprendió a prepararse ella misma un queso vegetal con harina de mandioca. Hace unos días fue a un asado con amigos, y llevó varias hamburguesas de lentejas para asegurarse la cena. “Mis amigos también comieron y no quedó ni una”, cuenta.

A diario, los veganos deben asegurarse sus viandas, ser previsores en reuniones sociales, conocer los circuitos verdes de la ciudad, agruparse, y acostumbrarse a largos debates con el grupo omnívoro. A

Martín, en cambio, si tiene que cumplir con alguna reunión social, prefiere cenar antes y luego excusar que no tiene hambre, para evitar que lo acusen de loco, o tener que pasar un buen rato explicando su punto de vista. Él tiene 40 años, trabaja en la Legislatura porteña y desde hace un año y medio que es vegano.

Los veganos compran la mayor parte de sus víveres en el barrio chino de Belgrano, pero también en el mercado de Liniers, por Internet o en dietéticas. Van cada 15 días o semanalmente, según cuán cómodo les quede acceder. Algunos eligen cocinar, y otros prefieren encargar la comida. Alejandra Podestá, por ejemplo, tiene un pequeño emprendimiento de cocina vegetariana y vegana. Recibe los pedidos con dos días de anticipación, y entrega congeladas las viandas personalizadas o dietas semanales especiales elaboradas artesanalmente.

Sheila habita en un monoambiente en San Telmo, tiene 33 años, y vive con los dos gatos y el perro que rescató de la calle. Es licenciada en Administración de Empresas y trabaja en una compañía de sistemas. Para almorzar, prefiere llevarse su vianda, y si no compra en algún restaurant chino una bandeja por peso.

Vegetariana desde los 21 y vegana hace casi 3, al principio recuerda haberse sentido un poco sola con sus nuevos hábitos. “Por suerte las redes sociales nos ayudan a conectarnos”, analiza.

Paola es dueña de un almacén orgánico y natural en el barrio de Caballito, donde ataja a las madres que llegan desesperadas en búsqueda de información, porque de repente sus hijos adolescentes se hicieron veganos y no saben qué cocinarles. “Me cuentan que sus hijos llegan a no comer, que las maltratan y hasta las acusan de asesinas”.

El veganismo es aún muy joven en la Argentina y no hay datos estadísticos que revelen detalles, como sí hay en Alemania (donde este grupo alcanza el 0,1%) o Estados Unidos (el 3%), pero Sheila asegura que en los últimos 10 años ve muchas diferencias. Hay cada vez más ferias, como “Buenos Aires Market” o “Veg Fest”, y más lugares para comprar. “No digo que no extraño, que no huele rico y que no es sabroso, pero a mí me impresiona, y por eso en mi casa no cocino carne”, explica. Si ella va a comer afuera, para evitar llamar la atención sacando una vianda de la cartera, pide pizza sin queso, y les agrega cebolla o espinaca, y también fainá.

Horrorizada porque su jefe se va a vivir a Brasil y comentó en la oficina que se va a comprar un perro, ella no perdió el tiempo y tras recorrer los buscadores, le apuntó 8 sitios adonde adoptar un animal. “A veces no me ubico”, dice, pícara.

Joaquín vive en La Plata, tiene 24 años, estudia Ciencias Políticas y Diseño Industrial, y trabaja en el Ministerio de Educación de la Provincia de Buenos Aires. Pertenece a una agrupación llamada Movimiento Abolicionista, donde militan por la abolición de toda esclavitud. En el mundo vegano sostienen que hay más veganas que veganos. “El paradigma machista y las tradiciones argentinas refuerzan el concepto de que el asado es del hombre, y que aquel que no sabe hacer un asado, no es hombre”, explica Joaquín, y cuenta con orgullo que es el rey de la parrillada vegana. Se deja libre un día al mes para hacer las compras y cocinar 30 hamburguesas de lentejas, 30 chorizos vegetales, salchichas, mayonesas vegetales, y demás. “Al hacerlo yo mismo, reduzco en 80% los costos”, revela.

Eva vive en Almagro, tiene 33 años, y es bailaora de flamenco y bailarina de tango. Tiene un estudio de Pilates, es vegana desde hace un año y, como casi todos los veganos, antes fue vegetariana. “Buenos Aires, aunque no parezca, tiene mucha oferta gastronómica para veganos, y a muy buen precio”. Ella optó por una forma de veganismo llamada Raw Food o crudiveganismo, en la cual basa su alimentación en 70% crudo y 30% cocido. Siempre que puede, cuenta a sus amigos de qué se trata el veganismo, pero ya está acostumbrada a las burlas y que le digan que solo debe comer tomate y lechuga.

A diario, los veganos deben asegurarse sus viandas, ser previsores en reuniones sociales, conocer los circuitos verdes de la ciudad, agruparse, y acostumbrarse a largos debates con el grupo omnívoro. Así como se dice que en la mesa no se habla de política, de fútbol, ni de religión, quizás sea hora de incorporar al veganismo como nuevo ítem de la lista.