Nota de Tiempo Argentino

Algo sale de esos agujeros", dice Mariano Pinasco, sacerdote palotino, al señalar las marcas en la alfombra que dejaron las decenas de tiros con que remataron sobre el piso a los cinco religiosos de esa comunidad en lo que se conoce como Masacre de San Patricio.

La alfombra es uno de los objetos preciados dentro de una pequeña capilla de la casa parroquial, donde casi 38 años atrás fueron asesinados los sacerdotes Alfredo Leaden, Alfredo Kelly y Pedro Duffau, y los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti.

Cada 4 de julio se lleva esa alfombra al altar de la parroquia San Patricio, en la esquina de Estomba y Echeverría, en Belgrano.

Pinasco vive parte del año en Roma, donde preside la comisión histórica de los palotinos, y en Brasil, donde enseña historia en la Facultad Palotina de Santa María, ubicada en Rio Grande do Sul.

Esta semana está en Buenos Aires luego de presentarse a declarar como testigo en la investigación por el crimen (ver página 16). Además de él, declararon Roberto Killmeate, seminarista al momento de la masacre, quien estaba estudiando en Colombia (ver aparte), y Gastón Barletti, hermano de una de las víctimas.

Mariano nació en Belgrano y se crió cerca de la iglesia y del grupo de sacerdotes y seminaristas que había hecho una opción por los pobres e integraban el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. "La masacre fue un hecho que marcó la vida de todos los que participábamos de este lugar de una manera muy profunda. Yo terminé el secundario y decidí entrar a la comunidad palotina, influenciado sin dudas por ese hecho. No es que me gustaría ocupar su lugar sino seguir el camino que ellos marcaron", aseguró el sacerdote a Tiempo Argentino horas después de declarar ante Torres.

En la casa parroquial, donde los cinco palotinos vivieron y fueron asesinados, Mariano recuerda el tiempo que compartió con ellos y destaca su lucha. "Cada vez que entro acá es una emoción muy fuerte, es como revivir ese 4 de julio. Sentarse frente a la alfombra y ver los agujeros de las balas, que gritan por memoria, por verdad y por justicia. Desde esos agujeros creo que hay un grito y que la sangre de ellos no fue en vano. La sangre nos habla y nos interpela, y nos pide andar con esperanza para construir un mundo, una ciudad, un país más justo, fraterno y solidario, una mejor distribución de la riqueza".

–¿Cómo vivió la transformación impulsada por estos curas?
–Fui mamando todo eso de pequeño, viendo ese cambio y escuchando nuevas cosas. Que el mundo no era tan así como nos habían contado, sino que existían cosas que había que transformar, de una forma por supuesto cristiana, que era lo que nos enseñaban nuestros padres y aquí en la iglesia. Y a través de la llamada Doctrina Social de la Iglesia, una transformación para construir un mundo más solidario. Ciertos anuncios y denuncias eran fuertes: que acá en el barrio existía situaciones de injusticia, que alguien empleaba a personas a las que nos les paga un salario justo, no les hacía las cargas sociales, por ejemplo, o que de repente eran propietarios de empresas que derrocaban gobiernos democráticos.

–¿Eso se discutía en la iglesia?
–Se hacía lo que se llama el análisis de la realidad: ver, juzgar y actuar. Ver la realidad, juzgarla, y actuar frente a eso. Generando proyectos solidarios a partir de la comunidad. Uno de los primeros proyectos nació después de la masacre y fue una cooperativa de autoconstrucción para gente que no tenía casa. Se conseguían tierras y se construían las viviendas. Eso fue en la dictadura, a partir de 1979, con Roberto Killmeate, quien volvió en 1978 a Argentina.

–¿Cómo afectó ese tipo de discusión política?
–Había un sector del barrio que cuestionaba la prédica y el tipo de trabajo pastoral que se hacía desde San Patricio. Después del golpe empiezan los sermones desde el púlpito denunciando desapariciones, asesinatos y que acá en el barrio compraban y vendían muebles de casas de desaparecidos. Eso lo denunciaba en la homilía de los domingos el párroco Alfredo Kelly. Eso generaba una tensión fuerte y discusiones entre vecinos después de las misas.

–¿Cómo supo de la masacre?
–Estaba en mi casa ese domingo. De golpe llamó alguien por teléfono y le avisaron a mis padres. Vinieron al dormitorio donde estaba con mis hermanos y nos comunicaron la noticia. Uno de mis hermanos saltó de la cama y dice: 'Yo estaba, yo los vi'". Mi hermano estaba justo en la esquina esa noche con sus amigos. En esa esquina vivía el interventor de la provincia de Neuquén, el general José Martínez Waldner, y su hijo Julio estaba con mi hermano en la esquina, así como su custodio. Ellos vieron el movimiento de los autos y el hijo del gobernador fue a la comisaría porque pensó que se la iban a dar a su padre. Cayó un patrullero, identificó a los autos y después les dijo a mi hermano y sus amigos: "Muchachos quédense quietos, no se muevan porque van a bajar unos zurdos. Quédense adentro". Nunca imaginaron lo que había pasado. Cuando se enteró, vino a la iglesia con sus amigos e hicieron una pequeña declaración a uno de los curas que llegaron después de la masacre.

–¿Qué les generó la masacre?
–Lo primero fue miedo. Fue un golpe no sólo para callar a la comunidad palotina, sino para callar a la Iglesia. Si ese fue uno de los objetivos, lo cumplieron con creces. Además de asesinar a los cinco (religiosos), creo que uno de los objetivos era darle un 'toque' a la Iglesia. De hecho, un mes antes, desaparecieron a dos estudiantes de la congregación asuncionista, que eran compañeros de Roberto. El 4 de julio sucede esto. El 18 sucede lo de (el fraile franciscano) Carlos de Dios Murias, asesinado junto a Gabriel Longueville en el Chamical. El 4 de agosto fue asesinado monseñor (Enrique) Angelelli. cuatro de junio, 4 de julio y 4 de agosto.

–¿Cuál fue la respuesta de la cúpula eclesiástica?
–La respuesta de la máxima jerarquía de la Iglesia fue lamentable. Lamentable el silencio, la falta de acompañamiento, la falta de algún gesto concreto. Creo que si a alguien le matan o desaparecen un familiar, el gesto concreto es pararte en la Plaza (de Mayo), como hicieron las Madres, o en cualquier otro lugar. Pero el miedo actuó en muchos que podían hacer algo y también actuó la complicidad de otros que estaban de acuerdo con lo que pasaba, no solo querían combatir el tercermundismo sino que estaban a favor de la dictadura.

–¿Qué significa esa justicia para vos?
–Justicia será encontrar al culpable y los motivos que llevaron a un hecho así. Como cristiano me enseñaron que para perdonar primero hay que arrepentirse y confesar el pecado. Después uno recibe el perdón. No sé si habrá un arrepentimiento, no sé si habrá una confesión, pero para poder dar el perdón tenemos que buscar que haya verdad, que haya justicia y mantener viva la memoria.

 

"La sangre nos habla y nos interpela, y nos pide andar con esperanza para construir un mundo, un país más justo, fraterno y solidario, una mejor distribución de la riqueza", dijo Pinasco.


El testimonio de un sobreviviente

Roberto Killmeate es uno de los sobrevivientes de la masacre. Era uno de los seminaristas que se formó en esa comunidad palotina que impulsaba las ideas tercermundistas. En 1976, estaba en Medellín, Colombia, estudiando Teología. Eso lo salvó. "Ingresé a la comunidad en 1969. Después de estar en Brasil, regresamos a Argentina en 1973 y decidimos ir a Belgrano, única sede palotina en la ciudad y en las cercanías de la universidad de Devoto, donde estudiábamos", recordó Killmeate desde Bariloche, donde vive desde que renunció a la congregación, en 1990.

"Habíamos hecho una elección de vida pastoral desde la Teología de la Liberación. Y se impulsaba un diálogo político, no partidario, en el peronismo. Teníamos un póster del Che Guevara, que en el contexto político del momento representaba un elemento de reflexión. Eso traía aparejado un cuestionamiento al estilo de vida de la San Patricio. La gente que iba antes de 1973 dejó de ir y se acercó otra. Planteábamos una iglesia liberadora."

Después de la masacre, aparecieron las acusaciones contra las víctimas –"En algo andaban"– de parte de la comunidad religiosa. "Se sigue pensando de esa manera. La congregación parecería tener vergüenza de ese hecho doloroso y lo trata de barrer. Sólo están los monumentos en la iglesia pero como mínimo debería solicitar que los cuerpos sean enterrados en la parroquia, por lo menos como testimonio real y concreto a un hecho que sacudió a la iglesia argentina", cuestionó Killmeate, quien calificó como "cobarde" la respuesta que dio la Iglesia después del hecho.

El lunes pasado, Killmate declaró como testigo ante la justicia. Destacó la conexión con la desaparición el 4 de junio de 1976, un mes antes, de los curas asuncionistas Carlos Antonio Di Pietro y Raúl Eduardo Rodríguez, que habían sido sus compañeros de estudio. "A eso se suma que cuando regresaron los cuerpos a la parroquia de San Patricio apareció el nombre de Emilio Neiras en vez de Emilio Barletti. Neiras era un párroco de una comunidad vecina que era muy amigo nuestro. Todos estos hechos hacen ver que habíamos estado siendo vigilados", contó.
Como sobreviviente, Roberto espera que la causa judicial "llame la atención a la propia Iglesia, para que tome el caso y lo coloque en el verdadero sentido que representa el hecho más trágico que tuvo la iglesia argentina", sostuvo y reclamó que los obispos "se pongan los pantalones largos y podamos enterrar los cuerpos en la iglesia."