En 1914, la Primera Guerra Mundial estalló cuando Rusia decidió apoyar a los serbios atacados por el Imperio Austro-Húngaro tras el asesinato en Sarajevo del archiduque Fernando. Obraban según el principio del paneslavismo: los eslavos defienden a muerte a los eslavos. Cien puntuales años después, una conflagración mundial empieza cuando Rusia defiende a los rusos de Crimea contra los ucranianos (y por elevación contra el “imperio” de Estados Unidos): los rusos defienden a muerte la vida de los rusos. En pocas semanas, la guerra llegó al horizonte mundial, más veloz que los aviones, los tanques y las flotas que hoy están en la península del Mar Negro. El domingo, en el referéndum que convocó la provincia ucraniana de Crimea –sin permiso del gobierno central de la capital Kiev– ganaron los secesionistas pro-rusos. De inmediato, el nuevo gobierno crimeo decidió incorporarse a Rusia, e instantáneamente el gobierno de Moscú aceptó. Ante esto, “sólo queda la opción militar”, declaró el presidente interino ucraniano, Alexander Turchinov. Ya hay muertos en Crimea, de los dos bandos. La pregunta es cuándo empezará a haberlos de muchos otros países, y cuándo el conflicto hará desplomar a la economía mundial.

Alertas rojas. Mientras el vicepresidente norteamericano Joe Biden anunciaba el envío de tropas a los países bálticos (Lituania, Letonia, Estonia, tres ex repúblicas soviéticas también vecinas de Rusia), Anders Fogh Rasmussen, secretario general de la mayor organización militar de Occidente, la OTAN, aseguraba que la presencia rusa en Crimea había colocado al mundo en un conflicto mayor que los de la Guerra Fría. Y no se privó de leer más allá. En Washington, en la conservadora Brookings Institution, el militar explicó que Crimea es el primer paso de una “estrategia” más amplia del presidente ruso Vladimir Putin para mantener la “inestabilidad” en una región que quiere evitar que se aproxime a Europa. “Esto no para aquí”, concluyó. La crisis provocada por la anexión de Crimea tras el referéndum –“ilegal e ilegítimo”, insistió– celebrado el domingo en la península ucraniana implicó el “mayor movimiento de tropas en décadas”. Acudió a dos razones para justificar la futura acción de las tropas de la Alianza Atlántica. Una de orden ideológico y otra de orden práctico. “La libertad de 45 millones de personas (la población de Ucrania) y su derecho a tomar sus propias decisiones está en juego”, dijo. Pero sobre todo, enfatizó, la urgencia se debe a que todo ocurre “en las mismas fronteras de la OTAN”.

Terror blanco. Entre quienes no son rusos en Crimea (especialmente los tártaros, los musulmanes, los judíos) empezó el “sálvese-quien-pueda”. También entre aquellos ucranianos que no son rusófilos. Todos están reuniendo sus ahorros, renunciando a sus trabajos, buscando cómo huir a Turquía, a Israel, a Canadá (donde hay tantos ucranianos), a otras naciones. Hay corridas bancarias para retirar todos los depósitos, pero el PrivatBank, el mayor banco ucraniano, cerró preventivamente sus puertas en Crimea. Los que parten procuran liquidar sus bienes: un buen terreno en la histórica ciudad (y balneario) de Yalta se podía comprar por dos mil euros, o aun por menos. Entretanto, las fuerzas pro-rusas tomaron el cuartel general de la Marina ucraniana en Sebastopol y arrestaron provisionalmente a su comandante en jefe, Serguei Gaiduk. La Corte Constitucional rusa votó por unanimidad la anexión de Crimea, y ya los institutos nacionales de cartografía recibieron instrucciones para imprimir nuevos mapas de Rusia, que incluyan la Crimea rusa. El presidente interino de Ucrania, Alexander Turchinov, dio un ultimátum de tres horas a las fuerzas pro-rusas para la puesta en libertad del almirante ucraniano –que ya venció–. Si no se cumple esta exigencia, Ucrania tomará “medidas adecuadas”, advirtió Turchinov.

La ley de la sangre. En menos de un mes, los acontecimientos desplegaron una violencia incubada durante décadas. Cuando el ejecutivo pro-ruso fue derrocado por el Parlamento en Ucrania, los rusos declararon que fue un golpe express –como el Mercosur dijo en 2012 que fue la deposición de Fernando Lugo en Paraguay–. Moscú no reconoció al nuevo gobierno de Kiev, formado por nacionalistas ucranianos de diversas filiaciones. Y sigue respaldando hoy al depuesto Viktor Yanukovich. De todos los países que integraban la ex Unión Soviética, ninguna de las repúblicas socialistas resultaba más “eslava” y próxima a Rusia que la de Ucrania. Como la caída del Muro parecía impensable aun en la década de 1980, Ucrania se vio favorecida con enclaves estratégicos (navales, atómicos, industriales) por su adyacencia con Rusia. Es por ello también que en 1954, tras la muerte de Stalin, en un nuevo trazado de las fronteras interiores soviéticas por Nikita Kruschev, la península de Crimea, de población mayoritariamente rusófona, pasó sin inconvenientes de la administración rusa a la ucraniana, situación que se perpetuó tras el fin de la Unión Soviética en 1991. El referéndum del domingo revirtió la situación. “Crimea pertenece al mapa de Rusia”, proclamaba el miércoles el periódico Novaya Gaseta. Para este diario, crítico con el Kremlin, el discurso que el martes pronunció Putin fue el “mejor” de su carrera. Y el ex líder soviético Mijail Gorbachov, fundador de este medio gráfico, pide a Occidente que acepte la voluntad de los crimeos y evite mayores tensiones. Crimea produce y exporta gas y la empresa estatal rusa Gazprom tiene desde hace tiempo la vista puesta en las reservas de materias primas del Mar Negro.

El efecto dominó. “La península de Crimea es sólo el comienzo para Putin y su verdadero objetivo es el mantenimiento de Ucrania como un país vasallo de Rusia”, dice en el diario francés Libération Camille Grand, director de la Fondation pour la Recherche Stratégique. Según Putin, Ucrania ha de ser el pilar mayor de la Unión Euroasiática que busca fundar para restablecer la Unión Soviética con otro nombre. Y también para competir con la Unión Europea: a sus ojos, la unión de Rusia y Ucrania es una “locomotora” como lo fue en Occidente el matrimonio de Francia y Alemania después de la Segunda Guerra. Rusia hará sentir su peso diplomático para contrariar a los occidentales en temas que les importan –y así logrará profundizar a su favor el desequilibrio europeo–, como la crisis en Siria y el programa nuclear iraní. La prensa rusa celebra en estos días a un presidente que expande el territorio nacional y humilla a un Occidente al que desprecia, y al que, acaso peligrosamente, considera débil –como el zar Nicolás II consideraba débil al Imperio Austro-Húngaro–. Putin ha consolidado su autoridad en el país y, para regocijo de muchos rusos, mostró la nueva fortaleza de Moscú, publica el miércoles el diario Vedomosti. Un día después de la firma del tratado de anexión de Crimea, el Ministerio de Medio Ambiente ruso ha recordado las aspiraciones rusas en el Ártico. Se trata de un territorio de 1,2 millones de kilómetros cuadrados en los que podría haber 5.000 toneladas de petróleo, recordó el viceministro Jramov, para quien esa es ahora una de las “prioridades”. Rusia quiere llegar a un acuerdo con los países que tienen aspiraciones en esa zona, recordó Jramov. Pero nadie olvida que Putin amenazó en varias ocasiones con intervenir militarmente en el Ártico, si se hace necesario.

Sanciones suicidas occidente se dispara el pie

El conjunto de sanciones que Occidente ha comenzado a aplicar en respuesta a la anexión de Crimea daña mucho a la economía mundial, y mucho menos al gobierno y la población rusos. En suma, resultan autolesivas para Europa y Estados Unidos. Esta admitida impotencia de las armas comerciales vuelve más tentadora la hipótesis militar, ya que el castigo económico es tan inocuo para Moscú como ponzoñoso para Bruselas, Frankfurt, Londres o Washington. China no tiene nada que ganar con apoyar a Rusia, su aliado estratégico, pero mucho que perder si no lo hace: Pekín enfrenta conflictos no disimilares en el Tíbet, Sinkiang y en su relación con Taiwán, la “provincia rebelde” en lenguaje oficial. El premier británico David Cameron reclama la exclusión definitiva de Rusia del G-8, mientras la City londinense, no sin dolor, congela capitales y activos rusos que son su propia sangre y savia. La canciller Angela Merkel anuncia el cese de la provisión de armas y el fin de proyectos de ingeniería alemana en Rusia, ventas de bienes y servicios vitales para su propia economía. Suiza busca imponer moderación a las sanciones, porque administra las cuentas bancarias de los oligarcas rusos. El mejor y mayor turismo de lujo con destino europeo, de Lisboa a Helsinki, y de París a Nápoles, es ruso –como rusos son también los inversores inmobiliarios de lujo–. Más que el inglés, el ruso es la lengua del turismo en Europa. La de todos los menúes bilingües de los restaurantes y la de los carteles “Se habla ruso” en joyerías y casas de moda. Por otro lado, si los rusos se decidieran a cortarles el gas, o a encarecerlo, los europeos sufrirían. Es cierto que cuentan, como los propios ucranianos, con que ahora viene el verano. También la guerra de 1914 empezó un verano.

El problema del doble estándar

La presidenta Cristina Fernández les pidió a las grandes potencias “coherencia” y terminar con el “doble estándar” en materia de integridad territorial, al cuestionar la postura de países como Estados Unidos y Gran Bretaña, que rechazaron el resultado de un referéndum realizado en Crimea para anexarse a Rusia, pero avalaron uno anterior hecho en las Islas Malvinas. Son los mismos países que, hace seis años, reconocieron la independencia de Kosovo de Serbia, a contramano de la opinión de Rusia. Siguiendo el razonamiento, el mismo Vladimir Putin está atravesado por esas contradicciones, ya que mientras estimula la secesión de Ucrania, no permite que Chechenia vote por su independencia de la Federación Rusa.

Tras una reunión en el Elíseo con François Hollande, CFK argumentó: “Reclamamos a las potencias que cuando se habla de integridad territorial sea aplicable para todos, porque mi país sufre el cercenamiento territorial por parte del Reino Unido de las Islas Malvinas, y sin embargo, las grandes potencias, fundamentalmente el Reino Unido y Estados Unidos, se han manifestado a favor del referéndum que los kelpers han hecho y que carece de todo valor”.

“Si carece de valor el que ha hecho Crimea a escasos kilómetros de la Unión Soviética (sic) o de Rusia, mucho menos puede tener valor uno de una colonia de ultramar a más de 13.000 kilómetros de distancia” de Londres, planteó.

Ante el mandatario francés, la Presidenta subrayó que “algo fundamental para mantener la paz en el mundo es no tener doble estándar a la hora de tomar decisiones”. Y de inmediato agregó que “no se puede estar de acuerdo con la integridad territorial en Crimea y estar en desacuerdo con la integridad territorial en las Malvinas, en la Argentina”.

Además, destacó que “las Malvinas siempre pertenecieron a la Argentina”, mientras que “Crimea hasta el 19 de febrero de 1954 pertenecía a la Unión Soviética y le fue obsequiada por Nikita Kruschev a Ucrania”.

En esa línea, razonó que “o respetamos los mismos principios para todos, o vivimos en un mundo donde no hay derecho, donde no hay respeto a lo que decimos, sino que prima la relación de los más fuertes”.

“Por hacer las cosas que les convienen a los más fuertes es que el mundo está como está y debemos cambiarlo. Por eso, apoyamos la integridad territorial, por eso votamos como votamos en el Consejo de Seguridad (en rechazo al referéndum en Crimea), pero reclamamos que todos sean coherentes y hagan exactamente lo mismo”, completó.

También se refirió al tema el secretario de Asuntos Relativos a las Islas Malvinas, Daniel Filmus, quien afirmó que “el pueblo argentino no concibe que en pleno siglo XXI parte de su territorio esté en manos de una potencia colonial”. El funcionario sentó posición en una nota publicada en Inglaterra por el matutino The Daily Telegraph, donde subrayó que “la cuestión de las Islas Malvinas es uno de los ejes centrales” de la política exterior de la Argentina. Y tras recordar que hubo negociaciones bilaterales “entre 1966 y 1982”, expresó que “es necesario reiniciar tal proceso”.El ex senador denunció que “llama la atención que el Reino Unido defienda el principio de libre determinación sólo en el caso de Malvinas: del total de votaciones en Naciones Unidas en las que estuvo en juego este principio, el Reino Unido votó en contra en el 88 por ciento de los casos”, recordó.