Ricardo “El Topo” Sáenz salió de la zapatería de la calle Cossio al 7421 donde trabajaba y se fue a “la cita” (así llamaban los Montoneros al encuentro con otros compañeros) que tenía pautada con Pochi.

Esa tarde del 6 de diciembre de 1978 la familia Sáenz estaba reunida en el departamento de la calle Gallo, en la casa de Rosa, la madre del Topo. La vieja se parecía poco a las veteranas de barrio. Le encantaba vivir en pleno centro. Casi no cocinaba. Todos los días resolvía la Claringrilla y aunque siempre llevaba un rosario encima, vivía despotricando contra la Iglesia. 

En el departamento de Gallo estaba el papá del Topo, Enrique, y su hermana Estela, que había llegado con Néstor, su marido; y Fernando, por entonces único hijo. También estaba la mujer del Topo, María Elena, con Martín, de un año y cinco meses. El retraso del Topo los alarmó. Rosa decidió hacer un llamado. Marcó el 923-5869

-Número equivocado- le contestaron, al otro lado de la línea.

¡Tuc!, cortaron.

Rosa insistió.

-Hola. Hola…

-Número equivocado le dije.

¡Tuc!

La madre del Topo intentaba comunicarse desesperadamente con la mamá de María Elena. Se esforzaba por creer que en lugar de ir al departamento de Gallo, tal vez su hijo estaba en lo de Ana Catalina, su suegra. Pero a esa casa había llegado un Grupo de Tareas. Y su respuesta -número equivocado- fue la manera de evitar que los militares volvieran a Gallo. Ana Catalina fue desaparecida y muerta en la tortura. Y todavía más: el cuerpo de esa mujer de 68 años fue desechado sin vida en la puerta de su casa.

Eran cerca de las siete de la tarde cuando Néstor le dijo a la hermana del Topo:

-Estela, vayámonos de acá.

-¿Se van a ir?-, preguntó la madre de Ricardo.

-Rosa, tenemos un bebé. De acá nos vamos-, contestó su yerno.

-¿Pero qué le van a hacer a los chicos, si son bebés?-, preguntó Rosa.

La historia partida

La Plata, enero de 1992, tenía cinco años y participaba del momento más esperado del año: la pelopincho naranja convertía aquel patio rojo de Tolosa en el Aquasol del barrio. Mariano, mi hermano, 13 años, se tiró un clavado desde la ventana y se rompió la paleta izquierda. 

Pasó por más de diez dentistas que hicieron lo posible por camuflar la quebradura, pero nada funcionó. Ahora esa sonrisa de media-paleta es una seña personal y un rasgo que siempre me llamó la atención. Creía yo, porque no había forma de arreglarlo.

El carretel familiar

Soy Cecilia Toledo, tengo 26 años y un tío desaparecido. Se llamaba Ricardo Sáenz, aunque todos los recuerdan como “El Topo”. Fue Montonero y estuvo prisionero en la ESMA. Si bien mi mamá -su hermana Estela- siempre lo nombró, no sabía mucho de él. Como en tantas otras familias el tema es un poco tabú, pero ahora que empecé a reconstruir su historia todos necesitan hablar.

Mi mamá siempre dice que los hilos de la familia se cortaron para poder sobrevivir y, recién ahora comienzan a tejerse de nuevo. Crecimos con un desaparecido en la familia y eso nos marcó a todos. 

Eduardo, hermano mayor de Ricardo y con quien yo tenía poca relación, me llama casi todos los días y escribió unas apostillas con anécdotas sobre el Topo. Con mi mamá, hablar del tema nos sirvió para tener más diálogo: cada vez que ella se entera de un nuevo hallazgo viene a casa a revisar los documentos conseguidos. Como ese sábado a la tarde cuando suspendió la reunión con “las chicas” para leer el legajo de la Conadep, en el que por primera vez se denunciaba la desaparición de su hermano.

Para mí, esta búsqueda no fue fácil. Conocí el silencio y el dolor de mi familia y varias veces tuve miedo, me sentí perseguida y vigilada. Como cuando me paré por primera vez frente al Casino de Oficiales -centro de tortura y desaparición de la ESMA-. Era pleno invierno, no volaba una mosca, y estaba sola. Miré para atrás a ver si alguien me estaba siguiendo hasta que me di cuenta de que los ruidos que escuchaba eran las hojas secas y el viento.

En este tiempo también sentí que no estaba lista para contar quién fue el Topo y cómo vivió su cautiverio. Pero la necesidad de conocer la historia me trajo hasta acá.

Mi tío al chupadero

A mi tío lo chuparon el 6 de diciembre de 1978. Según los archivos del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), durante los nueve meses que estuvo en Capucha, en el altillo del Casino de Oficiales, fue identificado con el número 279.

En la mesa del bar donde nos encontramos, Daniel, sobreviviente y compañero del Topo, dibuja lo que fue su prisión. Sobre la madera puedo ver que Capucha estaba dividido por tabiques de menos de un metro de altura, uno al lado del otro. Daniel, parco y preciso, dice que el Topo siempre estuvo en el casillero uno, que era el primero en recibir las patadas, golpes y empujones de los guardias.

Durante los primeros meses, mi tío tuvo puesta en la cabeza una capucha de tela gris, con olor a adrenalina y sangre. Almorzaba siempre lo mismo: un sándwich de carne dura y un vaso de agua con una naranja. Con el tiempo, y por ser uno de los detenidos que más meses llevaba en cautiverio, llegó a tener una cama vieja y un plato de comida. 

En los nueve meses que estuvo prisionero conoció el humor y trato de los guardias. “Cuando había alguno con el que se podía hablar, el Topo lograba ablandarlos. A los tipos que eran más proclives a tener un gesto humanitario les entraba por todos lados”, dice Víctor, que compartió el cautiverio con mi tío.

Víctor y el Topo estuvieron juntos en Capucha por menos de un mes. “Nos enseñó cómo sobrellevar ese infierno”, dice. Y cuenta que mi tío les avisaba cuando venía una guardia mala (violenta) o cuándo podían pedir de ir al baño o a hacer un llamado telefónico.

Cuando lo vi por primera vez, en la plaza de Tolosa, el barrio de mi infancia, Víctor me dio un abrazo como si me conociera de antes.

-Tu tío era un pibe de barrio: con rasgos de compañero –me dijo después.

El arroz de Dánica Dorada

Cada vez que cuela arroz, Ana se acuerda del Topo. Menudita, rubia y de ojos achinados, en la ESMA hasta los militares la llamaban “Dánica Dorada”. Ella y mi tío militaban juntos y durante un tiempo vivieron en La Boca con la mujer del Topo y el Ruso, la pareja de Ana. Una noche, El Topo llegó cansado de trabajar y le pidió a Ana que le cocinara algo para comer. Como de costumbre no tenían plata: un arroz con huevo frito era todo lo que había. Ana puso a calentar la Ferrun celeste enlozada y tiró el arroz con tan poca agua que el resultado fue un plato de granos blancos, pegoteados y gomosos.

-¡Pero cómo no vas a colar el arroz!- Se quejó El Topo.

“Cuando se reía se llevaba la mano a la frente y se balanceaba de un lado a otro. Era un poco autoritario”, recuerda ahora Ana.

“Nuestra generación es autoritaria. Nosotros crecimos sin votar”, me dirá el tío Eduardo, hermano del Topo, cuando le cuente la anécdota.

Los compañeros del pensionado de Sarandí al que llegó desde Zapala para estudiar contabilidad, le pusieron el apodo al Topo. Ricardo pasaba días y días sin salir de esa casona.

Quizás para los militares fuera “material no recuperable” porque era buen tipo, o por su risa fuerte y explosiva. Sabía que su suegra, Ana Catalina, y el primo de su mujer, Alberto Eliseo Donadío, habían desaparecido en la ESMA. Igual, El Topo se mostraba esperanzado y para darles ánimo a sus compañeros solía decir que aquello no era como Campo de Mayo, donde un coronel llegaba borracho y te pegaba un tiro.

El tío Topo

A Ricardo lo conocí a través de una foto. Tenía siete años y miraba dibujitos recostada en la cama de la abuela. La imagen había sido tomada el 7 de enero de 1977, en el salón del Sindicato de Repartidores de Diarios y Revistas de La Plata, donde mis papás festejaron su casamiento. 

La misma imagen apareció varias veces en los avisos que la mujer del Topo, María Elena, publica en Página/12 cada vez que se cumple un aniversario de la desaparición de Ricardo. En noviembre de 2011 se leyó el dictamen por la megacausa ESMA, en los tribunales de Comodoro Py y mi primo Gustavo desarmó el cuadro, sacó la foto a la calle y llevó la imagen para que, desde algún lugar, su tío pudiera escuchar la sentencia que el tribunal leyó contra sus asesinos. 

"Sabía que su suegra, Ana Catalina, y el primo de su mujer, Alberto Eliseo Donadío, habían desaparecido en la ESMA".

Siempre sentí curiosidad por la vida del Topo, pero como hasta ahora no había encontrado ningún material que contara quién había sido mi tío, decidí investigar. Mi mamá, mis hermanos, tíos y amigos me apoyaron para seguir adelante cada vez que les conté sobre algún dato nuevo.

Además de curiosidad, también siento orgullo de que el Topo sea mi tío. Así lo nombraba en los recreos de la escuela 102, donde hice la primaria. “Tengo un tío desaparecido”, les contaba a mis compañeras de grado. Muchos se sorprenden cuando les digo que quiero contar quién fue mi tío. Es más común escuchar el relato de Madres, Abuelas e Hijos pero yo soy sobrina de un desaparecido y quiero saber qué pasó con él. No lo conocí, pero en casa el Topo siempre está presente. 

La cita

El encuentro de ese caluroso 6 de diciembre con Pochi estaba “podrido”. Así lo recuerda Ana, treinta años después. Ella y El Ruso, de quienes El Topo era responsable dentro de la organización, desconfiaban de la cita que el Topo tenía con Pochi. Pero mi tío insistía en volver a vincularse con otros grupos. 

Ricardo era muy riguroso, por eso se tranquilizó cuando en Varela y Avenida del Trabajo se encontró con Pochi, quien después sabría, era su entregadora. No llegaron a dar una vuelta manzana cuando un grupo de diez efectivos de la Marina lo cargaron encapuchado en un auto que tenía como destino la ESMA.

Le pegaron. Mientras otros oficiales vaciaban su departamento en Seguí al 748, le pegaron. Querían datos, nombres y direcciones. Le pegaron. Querían a María Elena, pero Ricardo resistía sin decir nada sobre su mujer. 

Aquella mañana la familia se preparaba para lo que creyeron sería un día de fiesta. El 6 de diciembre María Elena y Ricardo cumplían tres años de casados y mi primo Gustavo festejaba su primer año, pero ese miércoles no hubo torta, ni velas, ni felicitaciones. Sólo una pregunta: ¿Dónde está Ricardo? 

Calor de hogar

La mañana del 7 de septiembre de 1979 en Avenida de Mayo, Enrique y Rosa formaban fila para denunciar ante la OEA que tenían un hijo desaparecido. En Capucha, la radio de un oficial se encendía y Ricardo y Daniel escuchaban la transmisión del partido que la Selección Juvenil Argentina jugaba desde Japón, contra la URSS. Los dos prisioneros eran los únicos que quedaban en Capucha: los otros trece que estaban detenidos en ese sector ya habían sido trasladados al Silencio, una isla en Tigre. La orden militar, ante una inspección de la OEA, era borrar toda evidencia sobre el moribundo centro de detención.

Solos y en Capucha, Ricardo y Daniel se preguntaban: “¿Qué van a hacer con nosotros?” Eso cuenta Daniel que relata lo que sabe, lo que llegó a ver: cerca del mediodía a él también lo sumaron al grupo de prisioneros que trasladaron al Silencio. El Topo era el último que quedaba en Capucha.

Serían las dos de la tarde. La ESMA estaba vacía, todos los prisioneros, salvo él, estaban en El Silencio. Después de nueve meses de cautiverio, Ricardo asistía al parto de su muerte. Me pregunto qué habrá sentido mi tío en ese momento. Algunos de sus compañeros me dicen que él ya sabía que lo iban a matar.

Hoy, la temperatura del termotanque sigue siendo tema de discusión en mi familia. Salir tiritando del baño, al grito de “otra vez bajaron el termo” es una escena cotidiana. Cada vez que mis tres hermanos o yo queremos disfrutar de una ducha caliente, mi mamá Estela lo baja.

No sabía por qué, hasta que supe que cuando al Topo lo chuparon, todas las mañanas, ella se preguntaba si estaría abrigado, si podría ducharse con agua caliente.

No lo conocí, no escuché su voz ni sentí su olor, pero en casa el Topo siempre está. Revisando el legajo de la CONADEP de mi tío, en el que se denunciaba por primera vez su desaparición, doce años después del accidente de mi hermano en la pelopincho, leí: “Señas personales: diente partido”.