Cerebro, mujeres y números
Cerebro, mujeres y números

Por Sharon Begley

El dogma del cerebro como un chip rígido persiste a pesar de las evidencias en contra. Se supone que la corteza motora tiene un “cableado” particular y fijo: el lado izquierdo controla la parte derecha del cuerpo y el derecho, la parte izquierda. Pero las terapias para pacientes con infartos cerebrales consiguen que la corteza motora izquierda movilice el mismo lado del cuerpo, haciéndose cargo de las funciones de la corteza derecha dañada.  
Hasta la corteza visual, que supondríamos extremadamente cableada dado el rol central que tiene la visión, puede cambiar de funciones: cuando la gente pasa una semana con los ojos vendados y recibe una intensa estimulación táctil (puntos de Braille, por ejemplo), la corteza visual deja de procesar información de los ojos para pasar a interpretar la que envían las yemas de los dedos, según un equipo científico de Harvard, dirigido por el español Álvaro Pascual-Leone. Algo parecido sucede con los individuos que nacen ciegos. Así que basta ya de hablar de cableados o circuitos rígidos predeterminados. Si una estructura tan esencial como la corteza visual es flexible, ¿cómo alguien se atreve a afirmar que el cerebro de los niños está mejor preparado para las matemáticas que el de las niñas?
Es indiscutible que, en los niveles matemáticos de élite, hay muchos más hombres que mujeres. Entre 1993 y 2002, las féminas obtuvieron un 27 por ciento de los doctorados en matemáticas en EE. UU., y el año pasado el incremento fue de un 2 por ciento. Más aún, representan sólo un 19 por ciento del cuerpo facultativo de los departamentos de matemáticas y hasta ahora, ninguna mujer ha ganado la Medalla Fields, el “Nobel de Matemáticas”. Incluso el “Study of Mathematically Precocious Youth” (“Estudio de Jóvenes Matemáticamente Precoces”), que contempla a los menores de 13 años que obtienen 700 puntos o más en pruebas matemáticas estandarizadas de selección escolar, reflejan un desequilibrio 13-1 entre varones y mujeres, apuntando a lo que los investigadores denominan una “superioridad matemática masculina”.
Pero aquí viene el “pero”. Ese desequilibrio era válido en 1983, pero en 2005 cayó al nivel de 2,9-1. No hay estructura cerebral “cableada” que pueda cambiar con tanta rapidez. La información sobre jóvenes con capacidades matemáticas sobresalientes es aún más reveladora, como anunciarán los investigadores en el próximo número de Notices of the American Mathematical Society.
El grupo escudriñó los resultados de las principales competencias de matemáticas convocadas en todo el mundo durante los últimos 20 años (como las Olimpíadas de Matemáticas Internacionales y la Competencia Putnam). Lo más notable fue el origen de las chicas que obtuvieron las mejores calificaciones. De las 11 jóvenes que clasificaron en los 25 primeros lugares Putnam en los últimos 16 años, ocho no eran estadounidenses. La Olimpíada Internacional de Matemáticas, un examen de nueve horas y seis problemas, arrojó el mismo patrón. Las calificaciones más altas fueron para los equipos búlgaro, alemán y ruso, los cuales, por casualidad, incluían 21, 19 y 15 chicas, respectivamente, contra sólo tres mujeres en los equipos estadounidenses. Con el paso de los años, dos de cada diez miembros de los equipos rusos fueron mujeres, quienes también representaron la cuarta parte de los equipos restantes. En cambio, los equipos estadounidenses no incluyeron mujeres por 23 años consecutivos. A partir de 1988, las búlgaras participantes en las Olimpíadas internacionales ganaron el doble de medallas que las estadounidenses; y las rusas, el triple.
Los países cuyas jóvenes sobresalen en las Olimpíadas cuentan con un riguroso sistema de enseñanza de matemáticas, y sus culturas fomentan la excelencia en varones y mujeres. “La identificación de la habilidad matemática depende de aspectos sociales y culturales”, dice Janet Mertz de la Universidad de Wisconsin, directora del estudio. Es cuestión de “identificar” y “fomentar”: los participantes que obtuvieron las calificaciones Putnam más elevadas fueron entrenadas más allá de los contenidos de la currícula. Más allá de su talento con los números, esos chicos eligieron sacrificar tiempo libre para aprender. Los países cuyas niñas van a la zaga de los chicos tienden a considerar las matemáticas como una actividad de “nerds”, lo que las termina ahuyentando de la disciplina (aún cuando podrían tener condiciones). 
Quien intente encontrar una explicación biológica para las diferencias matemáticas según el género, tendría que echar un vistazo a países vecinos que comparten un fondo genético, como Alemania del Este y Alemania Occidental, o Eslovaquia y la República Checa. El primer integrante de cada par de países enviaba hasta 18 veces más mujeres a las Olimpíadas. Es evidente que las fuerzas sociales u otros factores ambientales juegan más que supuestas diferencias biológicas intrínsecas. En un estudio de 2007, las chicas sometidas al estereotipo de que las niñas son menos capaces para los números obtuvieron peores resultados que aquellas libres de ese prejuicio. El cerebro dio la explicación: la actividad de su corteza cingulada anterior, la base de emociones negativas como ira y tristeza, se disparó. En tanto, las áreas visuales y las regiones complejas de la memoria registraron una menor actividad, según Maryjane Wraga, del Smith College. En pocas palabras: la angustia por los factores sociales atenuó la actividad requerida para el razonamiento espacial. Así que la brecha genérica en matemáticas no deriva de designios biológicos del cerebro, sino que resulta de la exposición sostenida a prejuicios que, como en la economía, pueden volverse profecías autocumplidas.