El presidente que esperaba el mundo
El presidente que esperaba el mundo
Por Fareed Zakaria

El mundo está encanta-do de que George W. Bush deje de ser presidente de EE. UU. Y quedó embelesado con el espectáculo que originó la puja electoral por su sucesión. James Dickmeyer, el director del Centro de Prensa Extranjera, quien ayuda a la prensa internacional a cubrir  campañas políticas en ese país, dice que los periodistas extranjeros no sólo acudieron en tropel a las preliminares de Iowa sino incluso a la votación no oficial de la Feria Estadual de Iowa, la cual no habían cubierto nunca. Bob Worcester, estadounidense y fundador de la casa londinense de encuestas e investigaciones Mori, dice que él “nunca vio una elección en la que tanta gente de tantos lugares haya estado tan interesada”.

Es claro en quién estaban interesados: en Barack Obama. John McCain y Sarah Palin se mantuvieron hasta el final en competencia, pero McCain se volvió, en la última parte de la campaña, un enigma político en un mundo que últimamente se conectó con Obama las 24 horas los siete días de la semana (el compañero de fórmula de Obama, Joe Biden, senador por Delaware, se convirtió en un extra de último momento para la audiencia internacional).

Obama obtuvo muchos más de los 270 electores necesarios para ganar la presidencia (superó los 350, con más de 62 millones de votos), pero ya se encaminaba a una victoria aplastante en el resto del mundo, encabezando las encuestas en prácticamente toda nación con márgenes fuertes: 70 por ciento en Alemania, 75 por ciento en China, y así. En algún momento del camino hacia la Casa Blanca, Obama se volvió el candidato del planeta: un recordatorio de que por todo lo que se habló de la caída de EE. UU., por el odio visceral contra Bush, el mundo todavía ve a ese país como una tierra de esperanza y oportunidad. “La aventura de Obama es lo que hace mágico a EE. UU.”, dijo a Le Parisien la secretaria de Estado francesa para asuntos exteriores y derechos humanos, Rama Yade, una inmigrante senegalesa que es la única negra en el gobierno de Sarkozy.

En los días finales de la campaña, fue como si el mundo y EE. UU. hablaran de dos elecciones diferentes. Los expertos norteamericanos enmarcaron la campaña de 2008 casi como lo hicieron con las dos anteriores. Fue una pequeña obsesión local con lo cerrado de la contienda, con partes de estados disputadas —no Ohio, sino el sur de Ohio—, dinamismo en el registro de votantes, recaudación de fondos, compra de espacios publicitarios y, por supuesto, ese fuerte producto provincial, la campaña negativa. Incluso la discusión por la “carta racial” tuvo eco. Los esfuerzos republicanos de jugarla contra Obama provocaron comparaciones con el esfuerzo en 1988 de los republicanos para vincular a Michael Dukakis con un convicto negro.

Fuera de EE. UU., la elección tuvo un papel transformador: un hombre del siglo XXI con quien todo el mundo se puede identificar, contra un viejo combatiente de la Guerra Fría fuera de sincronía con la compleja crisis política y económica de esta era. Al parecer, la elección se había convertido en una meta-elección.

Si en EE. UU., especialmente cuando la elección se acercó a su final, Obama parecía restarle importancia a su negritud, su intelecto, su pertenencia a la élite y sus ideas progresistas fueron las cualidades que lo atrajeron cada vez más al resto del mundo.

El mundo adoraba la idea de que un hombre llamado Barack Hussein Obama pudiera ser presidente de Estados Unidos después de una racha de 200 años de blancos apellidados Washington y Jefferson, Clinton y Bush. Asia trataba de reclamar a Obama por su niñez en Indonesia, África por su padre keniata, y Oriente Medio por su segundo nombre, dice Ahmed Benchemsi, quien edita dos influyentes semanarios de Marruecos, uno en francés y el otro en árabe.
Hubo una vez en que McCain también fue visto como parte de la reforma estadounidense posterior a Bush. Era el ex prisionero de guerra. Un inconformista de mucho mundo con cierta reputación en el extranjero por lanzarle ladrillos al sistema del Partido Republicano. Era un elemento común en las conversaciones europeas sobre política exterior, y todavía más atractivo por afirmar en 2000, cuando se postuló a la presidencia por primera vez, que no “complacería” a los “agentes de la intolerancia” de la derecha religiosa, cuya influencia en la política estadounidense desde hace mucho desconcierta y preocupa a todo el mundo. Cuando, a finales de agosto, McCain escogió a Palin para ser su compañera, buscando así el apoyo de los evangélicos conservadores, su brillo global se desvaneció rápidamente.

Ahora, para el resto del mundo, la elección de EE. UU. representó un verdadero cambio. Jonathan Freedland, columnista de The Guardian en Londres, dice que los últimos siete años fueron una larga y dolorosa lección pública para el mundo sobre la importancia de las decisiones tomadas por EE. UU. “Dos guerras y una crisis financiera global: estos eventos, al menos hasta cierto punto, tuvieron su origen en decisiones tomadas por Washington”, señala. Aun más, la conexión entre el mundo y el ocupante de la Oficina Oval se volvió personal, dice Constanze Stelzenmüller, directora del Fondo Marshall, en Berlín. “En un mundo globalizado, el presidente de EE. UU. puede determinar vidas. Él también es nuestro presidente”, dice ella.

Hasta cierto punto, eso podría ser cierto de cualquier ocupante del cargo más alto en EE. UU. en una época de liderazgo estadounidense en el mundo. Pero con Obama, apoyado por mayorías abrumadoras en el extranjero, la conexión es más fuerte que con cualquier otro presidente, el afecto más personal y la importancia de su elección, mucho más intensa. “El presidente estadounidense siempre afirma ser el ‘líder del mundo libre’, y nosotros odiamos esa soberbia”, dice Benchemsi. Pero “Obama puede decirlo, y no tenemos problema con ello”.

En todo el mundo, como nadie más lo hizo en el último medio siglo, afirma Vernon Bogdanor, profesor de la Universidad de Oxford, Obama genera “esperanzas por ser un líder progresista que puede restaurar el liderazgo moral de EE. UU.”.

En la Argentina, la presidenta Cristina Kirchner le envió una carta al presidente electo en la que, entre citas de Martin Luther King, define a su triunfo como un  “un gran hito” en la lucha por la discriminación. Además, coincidió con Obama en que para erradicar la pobreza se necesita “más diálogo entre los pueblos y sus líderes”.  Y se despidió diciéndole: “Quiero que sepa que puede contar con mi sincera amistad”. En tanto, en canciller argentino, Jorge Taiana, expresó que el triunfo de Obama “es un mensaje de esperanza y el fin del ciclo neoliberal”.

Obama, cuya historia de vida personal ya le permite ser visto como la personificación del cambio que prometió a sus compatriotas, cuenta con un apoyo aplastante en las encuestas globales.
Una medición de la firma londinense YouGov mostró que reúne el 70 por ciento de apoyo en los países nórdicos y mucho más del 50 por ciento en Egipto, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. Lo muestran escalando en las encuestas desde mayo, 13 puntos en Gran Bretaña, a 62 por ciento en octubre. En Francia, el Comité de Apoyo Francés para Barack Obama vendió online remeras con la inscripción “Francia por Obama”. La versión portuguesa de la red social Orkut, dominada por brasileños, tiene 293 “comunidades” dedicadas a la Obamanía, incluida Eu Amo Obama. En Brasil, al menos ocho candidatos en elecciones tomaron prestado el nombre de Obama y lo pusieron en la boleta en vez del suyo.

Más que ser sólo una adoración de la celebridad, el fenómeno de Obama ya tuvo un impacto muy real en el extranjero, por ejemplo suscitando dudas sobre la falta de progreso entre las minorías raciales de Europa. “En busca del Barack Obama francés” fue un titular reciente de Le Monde. Como parte de ese reporte, Kofi Yamgnane, oriundo de Togo y ex secretario de Estado para asuntos sociales e integración, dijo al periódico: “El modelo estadounidense funciona mejor que el francés”. “Amamos a Obama”, escribió el columnista Claude Weill en Le Nouvel Observateur, porque “odiamos la esclavitud, la segregación racial, la discriminación en todas sus formas; los pecados originales de EE. UU.”. Y concluye con una nota pesimista: “Somos el país de los derechos humanos, ¿no? Pero ¿estamos oyendo a Obama?”.

El mundo alcanzó a vislumbrar a su hombre en una tarde soleada de julio pasado, en Berlín. Se paró al pie de la Siegessäule, la Columna de la Victoria berlinesa en el Tiergarten. Alrededor de 200.000 personas se abrieron en abanico frente a él, una muchedumbre mucho mayor que cualquiera que hubiera atraído en su país durante los 18 meses en el podio. Aprovechó la oportunidad para dirigirse a una audiencia mucho mayor. “Gente del mundo —dijo Obama—, miren a Berlín, donde un muro cayó, un continente se unió, y la historia demostró que no hay retos demasiado grandes para un mundo unido”. Tal vez esto sea demasiado para que lo cumpla un presidente. De hecho, tal vez el mundo se está preparando para un amargo despertar cuando el
Obama presidente sea más pragmático y menos progresista de lo que se esperaba. Pero guiándose por el título de su segundo libro, la gente del mundo a la que se dirigió ese día le confirió la audacia de su esperanza.                                                         n

Con tracy mcnicoll en París, Mac Margolis en Rio de Janeiro, Akiko Kashiwagi en Tokio, William Underhill, en Londres, Barrett Sheridan en Nueva York, Melinda Liu en Beijing e Ignacio Rivera en Buenos Aires.