En la Argentina todavía no está configurada una estrategia de linchamiento. Son casos esporádicos, efímeros, menos organizados y aislados", analiza el sociólogo Leandro Gamallo, quien estudió el fenómeno de los linchamientos en Latinoamérica y escribió su tesis de maestría en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) sobre el caso puntual de México. El especialista sostuvo que en ese país este tipo de ataques forman parte de "una estrategia de seguridad popular" muy consolidada e incluso se han televisado linchamientos en vivo.
 
Gamallo se anima a un primer análisis sobre el fenómeno en la Argentina. Destaca el componente de "estatus y segregación" que se repite en los casos que se dieron en Laferrere y Rosario, pero también en Palermo, y advierte sobre una paradoja: a diferencia de otros países de la región, en la Argentina los linchamientos se dan en un contexto histórico con un Estado presente y en el que las políticas neoliberales retroceden. Plantea que los agresores no forman un colectivo y que, si bien son pocos los que instigan a la violencia concreta, el resto "legitima con la mirada". Ante ese panorama, propone reforzar las políticas de inclusión y generar una "nueva escucha" sobre la cuestión de la seguridad ciudadana para desactivar la criminalización de la pobreza y las miradas más conservadoras sobre el tema.
 
En su tesis, "Crimen, castigo y violencia colectiva: Los linchamientos en México en el siglo XXI", Gamallo explica que estos episodios se dan en el marco de un cambio cualitativo de la violencia latinoamericana en las últimas décadas: allí donde orbitaban conflictos políticos, ahora se vinculan con la exclusión social, las condiciones de vida de la población urbana y la debilidad de los estados para conservar el monopolio de la fuerza en todo el territorio nacional.
 
−¿Por qué eligió trabajar los linchamientos mexicanos en su tesis?
 
−Estudiaba procesos de violencia colectiva en la Argentina como, por ejemplo, las protestas violentas de usuarios contra los ferrocarriles. Ni bien llegué a México me asombré por la cantidad de linchamientos que había. Así empecé a trabajar un primer registro a través de los medios y conté más de 400 entre 2000 y 2011. Después de analizar la forma en la que se daban, concluí que allí son una estrategia precaria de seguridad popular y que se dan en contextos donde hay lógicas comunitarias.
 
El discurso mediático y político de la inseguridad está instalado hace años y este, en cambio, el linchamiento es un fenómeno relativamente nuevo. La gente no lincha porque consume medios.
−A partir de bibliografía y de los registros de casos, llegó a la conclusión de que, aun con matices, hay linchamientos en toda Latinoamérica ¿Qué elementos comunes encontró?
 
−Se da en México, en Guatemala –que fue el caso paradigmático en los '90 y donde se hizo uno de los primeros estudios sistemáticos sobre el tema–, en Brasil a finales de los '80, en Perú, en Bolivia, en Ecuador y en la Argentina. En casi todos estos países, aparecen como una respuesta popular ante situaciones de inseguridad. Pero después de haber estudiado en profundidad el caso mexicano, creo que el argentino es distinto porque hay un componente de segregación social muy importante.
 
−¿Qué características tiene el fenómeno en México?
 
−El linchamiento, como violencia de muchos contra pocos, es un fenómeno siempre heterogéneo. Puede ser desde una golpiza a un joven a la salida de un boliche hasta un episodio de violencia disparado por un delito. Yo tomé todo ese amplio espectro. También hay cuestiones que son conceptualizadas en las noticias como ajusticiamientos por mano propia, pero en verdad son ajustes de cuentas familiares o enfrentamientos entre facciones políticas. En México, los linchamientos se dan en el marco de una situación de percepción de mucha inseguridad y van desde golpizas fugaces a supuestos ladrones en el subte hasta los casos masivos que se dan en pueblos donde hay una fuerte lógica comunitaria y ritualizada.
 
−¿Están aceptados socialmente?
 
−Hay cierta ritualización, se repiten cuestiones. Y acá entra en jaque la idea de espontaneidad: si se dan siempre de la misma manera no son tan espontáneos. Agarran a supuestos ladrones, los llevan a las plazas principales –a un lugar preestablecido– y, cerca de las iglesias y de la intendencia, los golpean. La idea es mostrarle a todos lo que puede pasarle a un delincuente. Hay un intento de escenificación y ante eso, la reacción del Estado es –por lo menos– pobre. Si bien el Estado rechaza los hechos, todavía no logra articular una respuesta o una solución concreta. Sí es un fenómeno que el gobierno tuvo que reconocer durante la ola de linchamientos de 2010-2011, aunque no ha podido dar una respuesta específica.
 
− ¿Cómo se construye la identidad del "nosotros" de linchadores y del "ellos" de delincuentes? 
 
−De maneras distintas según el país. En México, el "nosotros" se articula con vecinos o miembros de una misma comunidad y por eso también los hechos se escenifican. Hay algo simbólico importante relativo a la pertenencia, una organización entre la gente que preexiste al linchamiento y esto es importante. Es probable que los mismos marcos organizativos utilizados para preparar la fiesta patronal del pueblo sean utilizados para acciones colectivas como las de un linchamiento. En cambio, en los casos que vimos en Argentina en los últimos días, hay sin dudas un tema de estatus y de segregación muy importante. Hay un "nosotros" integrado por sectores de clase media y clase media alta y un "ellos" de "pibes chorros", "negros" y "pibes con gorrita". De todas maneras, hay que estudiar mejor esto porque no en todos los casos es así, los pobres también linchan.
 
−¿Qué otras diferencias encontró entre el fenómeno mexicano y el que se da en nuestro país?
 
−En la Argentina todavía no está configurada una estrategia de linchamiento. Son casos esporádicos, efímeros, menos organizados y aislados. Insisto en que hay que estudiar mejor el tema, pero tengo la impresión de que los colectivos que agreden en nuestro país se disuelven completamente cuanto termina el episodio. Al menos hasta hace poco, en nuestro país se agredía a los violadores o asesinos y muchas veces se emprendía contra la casa, la intendencia o la comisaría. Esto a veces tenía componentes populares muy fuertes, incluso eran reacciones contra la policía en casos de gatillo fácil, como ocurrió en Bariloche en 2010. Lo que vimos en los últimos días es otra cosa.
 
−¿Qué  rol juegan el resto de las instituciones?
 
−En México, por ejemplo, el rol de la Iglesia es fundamental porque muchas veces son los campanarios los que le avisan a los pobladores que hay un linchamiento en la plaza, son los encargados de la convocatoria. Pero públicamente las autoridades eclesiásticas lo rechazan porque argumentan que las campanadas se usan para muchas cosas. No hay sanción religiosa, la Iglesia funciona como convocante. Los medios tienen más naturalizado el tema y lo cubren como un hecho más de inseguridad. Hay una condena pero también es discriminante: como son de pobres contra pobres se dice que son hechos producidos por ignorantes o salvajes.
 
−¿Cuál es el tratamiento mediático de los linchamientos?
 
−No hay un cuestionamiento al rol que cumplen los medios. En México se han llegado a mostrar linchamientos en vivo y ahí sí hubo un debate por el morbo de las imágenes. De todas maneras, y esto a la luz del debate que se da en nuestro país hoy, no creo que un discurso mediático pueda generar un linchamiento, pero ayuda a preparar el terreno. En estos días claramente han propagado el fenómeno; sobre todo cuando son acciones que –hasta el momento– no estaban en el repertorio de la gente.
 
−¿En qué medida el discurso de la inseguridad que multiplican los medios y algunos sectores de la dirigencia alimenta estos fenómenos?
 
−El discurso mediático y político de la inseguridad está instalado hace años y este, en cambio, es un fenómeno relativamente nuevo. La gente no lincha porque consume medios. No hay que reducir el fenómeno a una respuesta a un discurso, sería muy simplificador. Sí creo que la utilización de la palabra "linchamiento" en los medios no es ingenua. Un linchamiento supone cierta legitimidad de justicia en el ejercicio de la violencia de muchos contra pocos. Pero cuando un grupo de pibes ataca a otro a la salida de un boliche los medios no dicen que fue un linchamiento.
 
−El diputado Sergio Massa justificó los ataques al argumentar que se daban por cierta "ausencia del Estado". ¿Coincide con este criterio?
 
−En México, donde esto está mucho más propagado, lo que se ve no es exactamente ausencia del Estado sino una mala e insuficiente intervención del Estado, convivencia del Estado con el narcotráfico y la corrupción.
 
−¿Y en el caso argentino?
 
−Acá esto es más complicado porque se dan en un contexto histórico en el que las políticas neoliberales retroceden. Mi primera impresión es que hay una doble motivación. Hay una sensación de inseguridad exacerbada, cierto hartazgo frente a una realidad que se percibe como insegura aunque no necesariamente es ausencia del Estado porque las cárceles están abarrotadas. Y a eso se suma el tema de la segregación social, la percepción del otro, del diferente, como escoria. Lo que queda por pensar y estudiar a partir de ahora es el linchamiento como acción colectiva: ¿Cómo es que un grupo de personas actúa concretamente contra otras?  Javier Auyero, cuando analiza los saqueos, dice que hay una vanguardia, una ola de diez que empieza y el resto los sigue. Tiendo a pensar que con los linchamientos pasa igual: pocos instigan a la violencia y el resto legitima con la mirada. Cuantas más personas participan pasivamente de una acción, aun cuando la rechazan, es más difícil que alguien se exprese en contra y la frene, algo parecido a lo que se conoce como "Dilema del voluntario". Tal vez esto se dé en el caso de los linchamientos.
 
−¿Cuál cree que es el rol que, ante esta situación, debería jugar la clase política?
 
−Primero, condenar con claridad y sin peros los hechos. Los que estudiamos temas vinculados con la violencia colectiva solemos enfrentarnos al problema de interpretar y entender la violencia sin justificarla. Hay que dejar en claro, antes que nada, que el linchamiento atenta contra los Derechos Humanos, discrimina y, fundamentalmente, que es un delito penado por el Código Penal.  Entonces, creo que primero hay que condenarlo, pero después hay que generar una nueva escucha para el tema de la inseguridad y dar una respuesta para desactivar los discursos y las miradas más conservadoras que hay sobre el tema y que no hacen más que criminalizar la pobreza.
 
−¿Qué políticas públicas pueden ayudar a desactivar la escalada?
 
−Hay que trabajar muy fuerte en la prevención del delito en dos sentidos: con políticas de seguridad y con políticas de inclusión, en las que el Estado viene trabajando. Por otra parte, hay una percepción de que la justicia es ineficaz que retroalimenta mucho el discurso que sostiene este tipo de expresiones de violencia colectiva.
 
En ese punto, Gamallo propone analizar la violencia desde una perspectiva relacional, porque sólo de esa forma se puede comprender una acción colectiva que involucra procesos de negociación entre actores. "No creo que sean simples expresiones de odio o de ira las que generen los linchamientos. Tenemos que pensar por qué el miedo o el odio a veces se traducen en acciones violentas y a veces no", propone.
 
−En una de sus últimas intervenciones, la presidenta usó como ejemplo a los organismos de Derechos Humanos que supieron esperar 30 años para tener justicia sin arrogarse el derecho de ejercer violencia. ¿Es válido el ejemplo?
 
−Sí. Las Madres y las Abuelas jamás se arrogaron el derecho de activar un proceso de justicia por mano propia. Es pertinente el ejemplo y es interesante ver que distintos grupos sociales responden de manera diametralmente opuesta ante la violencia. Pero me parece importante remarcar que no es lo mismo la violencia que se ejerce desde el Estado que la que puede padecer un ciudadano en la calle.
 
−En ese sentido, ¿hay un hilo conductor entre los episodios de quema de vagones o de comisarías y los linchamientos?
 
−En su último libro, Auyero habla de la violencia como un repertorio, sobre todo en barrios pobres. Comparto esa mirada, sobre todo a partir de lo que veo como un escenario de fragmentación de la violencia; una trama que, si bien es mucho menor que en otros países de Latinoamérica, propicia este tipo de episodios. El narcotráfico, las mafias, la violencia institucional y el uso que determinados grupos políticos hacen de la violencia generan un contexto, un escenario.  «
 
El origen: los EEUU del siglo XIX
 
Las primeras investigaciones sobre el tema surgieron a fin del siglo XIX en los EE UU, cuando la violencia colectiva hacia individuos se generalizó. Allí nació el término linchamiento –lynching, en inglés– que se usó por primera vez en la Guerra de Independencia, cuando el juez Charles Lynch decidió castigar por fuera de la ley a un grupo de leales al imperio británico aun cuando éstos habían sido absueltos ante un jurado oficial. A partir de allí, la palabra comenzó a usarse para designar a los "cazadores de hombres", blancos del sur de EE UU  que se organizaban en "patrullas" civiles.
 
Con el tiempo, esta práctica daría paso al uso de la fuerza colectiva  como un método de explotación y segregación racial de blancos hacia negros. Al finalizar la guerra, "linchamiento" se utilizó para denominar el castigo colectivo violento a personas de distinto color, específicamente de blancos hacia negros. Recién, luego de la Segunda Guerra Mundial, el significado se amplió a ataques a otras minorías como los homosexuales y comenzó a hablarse de "linchamiento legal" para aludir a los abusos del sistema de justicia penal.