Este escenario presenta un claro desafío para los objetivos de educación, cultura, ciencia, desarrollo sustentable y paz que impulsa la organización.

La profundización de la desigualdad en el caso de la educación, la ciencia y la tecnología muestra una gravedad particular, ya que al tratarse de la formación de las nuevas generaciones, tiene un impacto decisivo sobre el futuro de la integración y la calidad de vida de los pueblos de los países del sur. En varias oportunidades se resaltaron los enormes déficits que actualmente la humanidad enfrenta en materia educativa. A pesar de los avances obtenidos en el mundo, los objetivos del milenio que nos propusimos para 2015 están lejos de ser cumplidos. No es cierto que este incumplimiento esté vinculado a la actual crisis financiera global. En momentos de crecimiento y disponibilidad de recursos, tampoco el mundo y los gobiernos invirtieron lo suficiente como para atender las necesidades educativas de millones de niños, jóvenes y adultos. Esta falta de inversión no depende de la situación financiera coyuntural, sino de las decisiones políticas que se toman a nivel internacional y nacional.

Cuando hay crisis, se practican fuertes reducciones presupuestarias en el sector educativo. Pocas veces hay recortes similares para los recursos dirigidos al armamento o al sector financiero. ¿Hay alguna prioridad más urgente que atender a los 50 millones de niños del mundo fuera del sistema educativo y a los más de 720 millones de adultos analfabetos? Es inconcebible que, a pesar de los grandes avances científico-tecnológicos y de los recursos que brindan las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, la desigualdad en la distribución de los bienes educativos y culturales se acreciente cada vez más.

Si no modificamos las prioridades que se fijan cuando se distribuyen los recursos, el programa educativo a implementar a nivel mundial a partir de 2015 tampoco logrará alcanzar sus objetivos. No son suficientes los buenos discursos y la retórica. Las políticas económicas de los países centrales y la cooperación internacional deben tener en cuenta las razones profundas por las cuales no se cumplieron los objetivos del milenio y modificar las estrategias para el futuro. En este sentido, la Argentina ha decidido en los últimos años duplicar los recursos dedicados a la educación. La Ley de Financiamiento Educativo posibilitó elevar el porcentaje del PBI dedicado a esta área del 3,7 al 6,47 por ciento. Por supuesto, aún quedan muchas asignaturas pendientes, especialmente en el aspecto cualitativo, pero este impulso ha permitido el acceso de cientos de miles de niños, jóvenes y adultos de manera tal que nuestro país ya ha cumplido con los objetivos del milenio para 2015.

La humanidad no necesita de la educación sólo para generar mayores niveles de igualdad, integración social y productividad laboral. También necesita su papel en la difusión entre las nuevas generaciones de los valores que dieron razón de ser a la UNESCO. Existen hoy en el mundo, inclusive en muchos países que muestran elevados índices educativos, graves situaciones de discriminación, intolerancia y racismo, también en sus sistemas educativos. Observamos con alarma los hechos de violencia simbólica y material que se desarrollan contra minorías migrantes, religiosas y de género en diversas regiones del mundo. Esta violencia por momentos nos recuerda la intolerancia de los peores momentos de la historia de la humanidad. El concepto de calidad educativa debe incluir necesariamente la formación en valores humanistas. En el Consejo Ejecutivo también he reafirmado el compromiso de nuestro país y de su pueblo con los ideales que dieron origen y hoy sostienen el trabajo de la UNESCO. A pocos meses de cumplir sus 70 años, los pueblos del mundo siguen reclamando y mereciendo que se alcancen los objetivos de educación, justicia, solidaridad y paz que están presentes en la carta fundacional.