Nota de Revista Veintitrés

No deja de sorprender que alguien que vivió tan de prisa e intensamente como él, pueda ser el mismo que ahora, sosegado, mientras hojea un diario, espera a Veintitrés echado en el sillón de un café del barrio de Abasto. Poeta, performer, colaborador de varios medios culturales y hasta letrista de rock, Fernando Noy es protagonista de una vida rica en hechos y personajes dignos de un largometraje. O varios. Desde el premio que a los once años le entregó la periodista Blackie por un poema, la efervescencia del Instituto Di Tella, pasando por el exilio en Brasil, hasta el ser representante del gran Gustavo “Cuchi” Leguizamón y el Dúo Salteño.

Acaso sea uno de los protagonistas más lúcidos de los años dorados del under porteño o –como él lo bautizó– “el engrudo”, aquel big bang creativo donde agitaban la escena artistas como Batato Barea, Alejandro Urdapilleta, Humberto Tortonese, las Gambas al Ajillo o Tino Tinto.

Como escritor lleva publicados cuatro poemarios: El poder de nombrar (1971), Dentellada (1990), La orquesta invisible (2006) y Piedra en flor (2012). Decidido a comenzar a compartir parte de su anecdotario inagotable, Noy por estos días da a conocer su primer libro de relatos, escritos “en primerísima persona”.

–¿Cómo nació Sofoco?

–Los textos que lo integran los fui publicando a lo largo de unos tres años, muy bien pago, en el suplemento “Soy”, del diario Página 12. Y Liliana Viola, directora de esa sección, al ver la buena recepción de los lectores, me sugirió que podían reunirse en un libro. Y como conozco desde hace muchos años a Francisco Garamona, del sello Mansalva, surgió la posibilidad. Él mismo –juglar alucinante, poeta maravilloso y editor exquisito– me empezó a perseguir para que los publicara.

–¿Por qué decidiste que fueran relatos y no poemas?

–Porque el relato es un género que me permite detenerme en la estación de tren que está entre los versos y la ficción, en prosa, del cuento y la novela. Tengo un poema que dice que los novelistas aman a los cuentistas, los cuentistas a los poetas y los poetas... a nadie. Y yo tengo esa condición, única, de ser también poeta, que tiene que ver con una cuestión de actitud ante la aparición de la inspiración. Aunque suene petulante, soy puramente un poeta en todo lo que hago, una Onassis del lenguaje. Eso es algo que alguien no puede decidir ser. Podés sentarte y ponerte a escribir un guión, un ensayo, una novela, pero el poema te toma y te sienta a escribir; ya sea en un banco o una servilleta de algún bar.

–¿La escritura de los siete textos del libro fue tan veloz como la urgencia que los habita?

–No. La velocidad que se percibe en ellos deviene de lo que se está narrando, que son “levantes” pasajeros. Expresan la eternidad del instante, la fugacidad perpetuada, la pasión, esta vez hecha papel, pero que tampoco ya existe.

–¿Cuánto hay de real y ficcionado en Sofoco?

–Un ochenta por ciento es ficción. Y el otro veinte son cosas que corté, que anexé, que sustentaron la argamasa del templo. Pero lo nuclear es siempre real en todos los relatos. Por eso se llama como se llama el libro, porque al escuchar la canción de Alcione –que dice: “No puedo más alimentar a ese amor tan loco, que me sofoco”– descubrí que es eso lo que te agarra en la garganta, un nudo, cuando mirás a alguien que te atrae. A un hombre cuando ve a una mujer bella le debe pasar eso. Yo cuando veo, todavía hoy, a un hombre muy hermoso, me trago la nuez de Adán y quedo con la térmica oscilante. Sofoco narra un panel de erotismo que podría haber sido, también, una investigación –desde el ego pasional– “antropo-ilógica”.

–¿Seguís algún ritual al momento de escribir?

–No, la vida y la experiencia son mi ritual. Yo, más que nada, plagio mi vida. Hay escritores que sí, hacen alguna cosa. Isabel Allende, por ejemplo, prende una vela, que le da millones de dólares. En mi caso, lo que se enciende soy yo, aunque lamentablemente nunca sé, de manera anticipada, cómo ni cuándo.

–Mucho de lo que contás en el libro es previo a la irrupción del HIV. ¿Tenés nostalgia de aquellos años?

–Sí, por supuesto. A partir de la llegada del HIV hubo que tomar precauciones. Lo que no entiendo es cómo nunca me entró, porque yo he estado en riesgos absolutos. No sólo hablo del sexo sino de las drogas. Y yo recurrí a millones de jeringas y anfetaminas, morfina, heroína, todas las “inas”. Un médico me dijo hace tiempo que tenía un organismo privilegiadísimo, que debía ser una excepción.

–Años atrás afirmaste que este era un país “amnésico para el placer”. ¿Seguís pensando lo mismo?

–Sí. Y es así para muchas cosas, no sólo para el placer. Los argentinos en el extranjero se destacan por su buena cama, por su placer inmenso. Pero andá a encontrarte afuera –como me pasó y relato en el cuarto texto del libro– con un compatriota. El asunto cambia, porque acá venimos de una historia de muchos tabúes, culpas y pecados. Hoy en día, por suerte, la Argentina ya es una Babilonia. Además, somos los seres más bellos del mundo, porque si hay algo que me impide irme del país es la hermosura de sus habitantes. Somos carne de exportación.

–Solés decir que deseás ser neutro e invisible. ¿Por qué?

–Es una manera de poder sobrevivir a mí mismo, porque esa invisibilidad me permite la visión pura. En cambio, cuando uno es el centro de la atención, tenés que permitirlo. Entonces prefiero ser el espía, el tercer ojo, y no que me estén espiando. Tengo atributos realmente mágicos para pasar desapercibido y ser invisible. No sé cómo lo logré. Quizá sea tantos años de represión. Porque durante la dictadura te tenías que poner y sacar el tutú de bailarina clásica en dos segundos.

–Sin embargo, a pesar de esa capacidad, nunca dejaste de ser centro de atención...

–Claro. Una amiga, muy querida, me decía en los años de Cemento que yo era Perón, porque cada vez que llegaba todo el mundo se daba vuelta. Y siento que eso me ha pasado desde muy joven, desde cuando fui al carnaval de Bahía, en Brasil, y sin darme cuenta terminé acaparando la atención de todos los fotógrafos. A veces me olvido de mí mismo, de quién soy, lo que me permite tomar cierta distancia y no creerme permanentemente un dictador del placer.

–¿Qué extrañás de la escena under porteña?

–A las personas que la compusieron. Aunque, al mismo tiempo, las siento a todas muy vivas en mí. Pero, sí, me encantaría estar de nuevo con Barea, Urdapilleta y tantos otros; volver a escuchar a Graciela Mescalina cantando. Hoy también encuentro ese under, pero algo desperdigado, como un espejo quebrado esta vez.